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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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Necesidad y despotismo de los héroes

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Revista Imagen, Caracas: Consejo Nacional de la Cultura (Conac) de Venezuela, abril-mayo de 1998

Parte del dossier «Los héroes esos», del cual forman parte también:
Luis Britto-García,
Venezuela heroica
Sergio Pitol,
La isla púrpura
Juan Villoro,
El guerrillero inexistente

El santuario heroico opaca la visión que el presente tiene del pasado. En Venezuela, las glorias de la independencia se han convertido en el torcido baremo con que se miden los fenómenos posteriores.

Índice

La obligación de los superhombres
El culto justificado
Los problemas del altar
Patología del santuario
Cohabitación con las estatuas
Notas

Es probable que se espere de un historiador profesional, como quien escribe, la condena del culto a los héroes. Entendida como faena académica, la reconstrucción del pasado debe poner a los hombres y a los tiempos en su lugar. Un investigador formado en centros modernos de estudio, seguramente tendrá entre sus prioridades la demolición del santoral que ha sido la historia por obra de cronistas, demagogos, burócratas, poetas y aficionados. Tal vez sea así, como resultado de una mirada superficial. Los tabernáculos que han hecho los pueblos para venerar a sus fundadores, o a quienes los guiaron en situaciones difíciles, no son un capricho. Pueden ser un estorbo cuando distorsionan la mirada del presente, pero tienen fundamento. De seguidas se abordará el tema, insistiendo en algunos aspectos que puedan interesar al caso venezolano.

La obligación de los superhombres

Todos los pueblos requieren una cuna de oro. Así como los judíos han pregonado su calidad debido a que Dios los escogió como criaturas predilectas, el resto de las sociedades ha batallado por presentarse a la consideración del mundo con unos blasones que les funcionen como patente de dignidad. Si la historia de Israel es la «historia sagrada» por antonomasia, el resto de las sociedades ha ocupado un tiempo precioso en la fábrica de un pasado digno de veneración. Todos los pueblos se anuncian como producto de hechos insólitos, en cuyo desarrollo se encuentra un linaje especial de seres humanos. No son como nosotros, simples hombrecitos del futuro. Sus proezas son tan grandes que, así como causaron la admiración de sus épocas, son capaces de hacernos mejores y hasta parecidos a ellos. Casi parecidos, desde luego, pero jamás iguales.

En algunos casos tales personajes son figuras de la vida terrena y piezas de la voluntad metafísica, a la vez. Como Juana de Arco, quien rindió servicios a Francia porque Dios se lo ordenó a través de heraldos celestiales. De allí que mereciera, no menos que la Doncella, el honor de las estatuas y la elevación a los altares. Cuando no son producto de la influencia divina, se pierden en la oscuridad de los tiempos sin que manejemos pruebas sobre su existencia. Es el predicamento de Mío Cid Campeador, que sale de los cantares de gesta —mezcla de fantasía popular y realidad— para convertirse en arquetipo de virtudes caballerescas y en raíz de la unificación española. La corte del rey Arturo en Camelot, sobre cuyo tránsito no existen evidencias, ha dejado a la posteridad una nómina de varones portentosos que sirven de espejo a los británicos y un catálogo de prendas incuestionables para la sensibilidad occidental.

La idea procedente de Alemania de que cada pueblo poseyera un Volkgeist, esto es, un imprescindible espíritu nacional, influyó en las colectividades angloparlantes desde mediados del siglo XVIII, y condujo a la búsqueda de un hombre viril en quien se asentaran los valores de la nacionalidad. Arbitrarias nóminas de héroes inexistentes, cuyas hazañas improbables remontaban a los tiempos de Tácito, reforzaron entonces el imaginario que venía del medioevo y animaron las empresas de Albión en el extranjero. El historiador germánico Justus Möser divulgó el mito de los anglosajones libres por obra de unos adalides levantados contra el yugo normando, y sugirió que se desarrollara en Alemania una versión de la misma catadura. Sus discípulos pusieron manos a la obra, hasta el extremo de colocar los pilares del racismo ario. Tanto los colonos norteamericanos de los siglos XVI y XVII, como los revolucionarios de las Trece Colonias, alimentaron la rutina del poblamiento y la insurgencia contra el rey, en la ascendencia de esos sujetos sorprendentes cuyo resorte los impulsaba desde la antigüedad clásica. En cuanto ingredientes de supuestos designios nacionales, nadie se atrevió a poner en duda su existencia, ni su necesidad. Con esa levadura se horneó después el pan del Destino Manifiesto1.

Pero los héroes no aparecen sólo por influjo divino, ni como corolario de los ensueños plebeyos, ni por la manipulación de las élites. La mayoría son hombres que interpretaron con fortuna su circunstancia y pudieron realizar una obra remitida a un conjunto posterior de destinatarios. En cuando tales destinatarios los requieren como partida de nacimiento o como certificado de legitimidad, pero también como hilo capaz de reunirlos en cada presente, los llevan a la hipérbole. Mientras aumenta la estatura de la hipérbole, mayores son las posibilidades de integración afectiva y de congregación en torno a causas comunes. Pero a la vez pueden provocar el crecimiento de las influencias perniciosas de su culto, vinculadas a sentimientos e ideas sobre la patria y sobre el patriotismo. Si tales factores pudieron producir en Inglaterra las tropelías del imperialismo, en Alemania los horrores del racismo y la filosofía expansionista en los Estados Unidos, ninguna sociedad es inmune a sus perjuicios. Así como los necesita, puede convertirlos en escudos del mal y del disparate.

El culto justificado

Si se juzga por la cantidad de retórica, de estatuas y monumentos, la independencia es el período histórico que más influye en los venezolanos. En sus protagonistas, especialmente en Bolívar, se encuentra la base de nuestro culto a los héroes2. Pero que la independencia pese tanto no debe sorprendernos. La liquidación del imperio hispánico y la fundación de un mapa estable de repúblicas en la primera mitad del siglo XIX, cuando aún la topografía política de occidente debe esperar para asentarse, es un hecho trascendental. La alternativa de convertir en realidad las ideas de la modernidad en un territorio dispuesto para una renovación, mientras el antiguo régimen pugna en Europa por el restablecimiento, obliga a un análisis diferente del mundo. La aparición de unos interlocutores flamantes y de mercados libres del control metropolitano, mueve a otros usos en las relaciones internacionales. Los arquitectos del proceso, al principio desconocidos más allá de las fronteras lugareñas, se transforman en celebridades que han hecho morder el polvo a una de las potencias más influyentes de la tierra; o ascienden al poder en medio de grandes expectativas.

La república naciente, convertida en desierto por la inclemencia de la guerra, debe acudir al pasado próximo para sacar de sus hechos la fuerza necesaria en la inauguración del camino. No puede mirar hacia más atrás, porque luchó contra los antecedentes remotos. En la epopeya que acaba de terminar encuentra abono un sentimiento susceptible de unificar a la sociedad, mientras se pasa de la pesadilla de los combates a la pesadilla de un contorno agobiado por las urgencias. La apología de esos paladines y de sus hazañas, debe ayudar en el tránsito de una senda tortuosa. Un pueblo que al lograr su emancipación descubre que tiene un trabajo pendiente, pero que apenas posee las herramientas para realizarlo, siente que el tiempo transcurrido fue mejor. Un pueblo que deja de pelear contra el imperio para sacarse las tripas en casa, le hace un pedestal a quienes, según estima, cumplieron a cabalidad su cometido.

Hay suficientes elementos, pues, para encontrar apoyos al culto de los héroes que comienza a florecer. Tienen sentido los mitos de un país heroico y la liturgia cívica que nacen después de la insurgencia. El santoral erigido en lo adelante no es un capricho, sino una necesidad.

A partir de 1830, disuelta la unión colombiana y entendido el retorno de los restos de Bolívar como una urgencia política, como un vehículo de conciliación entre las banderías enfrentadas, la liturgia necesaria y comprensible comienza a vivir un proceso de acartonamiento que llega a la cúspide durante El Septenio presidido por Guzmán Blanco. Entonces los próceres de la independencia, especialmente El Libertador, se convierten en símbolos patrios junto con el himno y con la bandera nacionales. La insistencia del gobierno en presentarlos como resumen sentimental de la nacionalidad, los convierte en iconos incontrovertibles.

Pero, ¿para qué existen ayer y hoy, los símbolos de la patria? Su cometido es agruparnos y cobijarnos. La sociedad se siente reflejada en sus señales, en sus letras y colores. A nadie le parecen feos, ni anacrónicos. Pueden contener figuras y lemas incomprensibles, pero no están en las fachadas de los edificios para que la gente los interprete. Quizás anuncien cosas contraproducentes para la actualidad —como la superioridad de un pueblo sobre otros, por ejemplo—, pero su discurso no está sujeto a discernimiento. La gente sólo debe sentirlos como emblema mayor, en términos individuales y gregarios. Así ha pasado con ellos antes de que Guzmán los codificara como tales, y puede preverse que cumplirán el mismo rol en lo sucesivo. En la medida en que tienen un propósito de cohesión, como en todas las sociedades establecidas, los objetos-símbolos y los hombres-símbolo forman parte de una rutina cívica que no puede someterse a análisis, mucho menos a censura.

Los problemas del altar

Sin embargo, la adoración de esos demiurgos inevitables puede desembocar en problemas de entidad para la comprensión de la sociedad como resultado de un proyecto antiguo y plural. Cuando se les juzga como ejes del proyecto primordial hecho por la nación, o del que debe realizar, tienden a producir un conocimiento mutilado de la realidad. Por ejemplo, si se levantan pedestales al artífice de la independencia nacional y a sus seguidores, cuya gesta consistió en la ruptura del nexo colonial, se provocan sentimientos de desprecio y antipatía frente al pasado próximo. Como repitió hasta el cansancio Mario Briceño-Iragory, la excesiva apología de la independencia conduce a la negación de la presencia colonial, o a juzgarla como un patrimonio negativo3, no en balde fue el proceso contra el cual insurgió con éxito Bolívar.

No sólo la colonia sale mal parada, sino el período posterior. El siglo XIX, después de 1830, ha sufrido el olvido y el desprecio de los venezolanos. Los pocos que lo conocen ven en él un período de tiranías y anarquía, de retroceso económico y político. Hasta importantes historiadores lo juzgan como un tiempo de destrucción nacional. No es para menos. Si la independencia fue obra de titanes, los hombrecitos que les continúan apenas pueden dar tropiezos propios de hombrecitos. Si las hazañas de la patria ocurrieron entre 1810 y 1825, lo que viene después es morralla. Tomados como rasero para calcular las glorias de Venezuela, los hombres de la independencia y sus hechos, especialmente Bolívar, determinan la calidad de los fenómenos posteriores, como si la guerra contra España no hubiese concluido su ciclo histórico con la desmembración de Colombia. En la medida en que se considera que el proceso tenía o debía tener continuidad, el parecer de nuestro días se contenta con juzgar a los políticos y a los guerreros del período nacional como pésimos administradores de una herencia incalculable.

Una última consecuencia que provoca para mal el culto de los héroes, consiste en la clasificación de los antepasados a la cual nos obliga. La erección del tabernáculo para las figuras que reinan en el Panteón Nacional, en los textos escolares, en los discursos de los políticos y en el folklore, obliga a la detracción de quienes los combatieron en su tiempo, aun cuando lo hicieran en términos comprensibles. Quizá la división de opiniones se resuma a cabalidad en el caso de Páez. Sus servicios en el campo de batalla y en la administración de la república son incuestionables, pero es usual que se insista en la estrechez de sus miras y en sus ambiciones de poder. En mi niñez se escuchaban chistes que colocaban al Centauro como el grosero de la fiesta, como el incivil que debía recibir los consejos de urbanidad ofrecidos por Bolívar. Acaso era una forma de traducir el entrenamiento de la barbarie con la civilización que ha estado presente en el juicio habitual sobre una figura de tanta entidad. Como se atrevió a contrariar la política colombiana, esto es, al Libertador-Presidente; y como tuvo éxito, nunca falta quien le remiende las goteras. En el caso de otros rivales del héroe, como José Domingo Díaz, Rafael Diego Mérida y Pedro Carujo huelgan las palabras. El maniqueísmo los arroja a la quinta paila del infierno de los villanos.

Patología del santuario

Aunque susceptibles de atención y de remedio, los límites que impone el culto de los héroes a la apreciación del pasado son una nimiedad en comparación con el problema que causa a la comprensión de la actualidad. Pese a que, como es obvio, los hechos de Bolívar y de la independencia pasaron y desaparecieron para siempre, una neurosis patriotera se empeña en considerarlos como sucesos del presente. Al principio, según apuntó en su momento Briceño-Iragorry, la apoteosis republicana provocó una actitud de contemplación estéril que conducía a no hacer nada por el país, debido a que todo lo había hecho El Libertador4. Una conducta enferma, desde luego, pero casi inofensiva cuando la relacionamos con lo que hemos presenciado en nuestros días.

En otro lugar he referido lo sustancial del tema5, pero conviene describir de nuevo algunos de sus episodios con el objeto de provocar alarma sobre lo pernicioso de su recurrencia. Así, por ejemplo, el suceso ocurrido en septiembre de 1992, cuando se intentó asesinar a un diputado sospechoso de corrupción. Los delincuentes pretendieron cometer la fechoría basándose en un decreto de El Libertador. El decreto tiene fecha 12 de enero de 1824, se dio en situación de emergencia y ordenaba el patíbulo para los peculadores. Ni siquiera se aplicó en su momento, pero los delincuentes lo querían ejecutar ciento setenta y dos años después. Por fortuna no se antojaron de la proclama de Trujillo, mediante la cual el joven brigadier ordenó la Guerra a Muerte. ¡Imagínense la escabechina!

El 29 de agosto de 1996, un empresario solicitó al Presidente Caldera, a través de documento público, que no permitiera la venta del Banco de Venezuela a inversionistas de Colombia y Perú. De seguidas se copian las razones del peticionario: «Como podríamos aceptar como venezolanos esta situación, cuando no podemos olvidar que nuestro Libertador Simón Bolívar, que nació por cierto a escasos metros de la actual sede del banco, murió abandonado en Colombia y nuestro Gran Mariscal de Ayacucho murió vilmente asesinado en Berruecos, Perú [sic]». Si es lícito argumentar hoy de tal guisa sobre un negocio con los colombianos y los peruanos, sin que nadie se ponga el Cristo en la boca, piensen en aquello que la insensatez pudiera esgrimir en relación con inversionistas españoles.

Estos hechos que niegan la historicidad de los fenómenos humanos, encuentran origen inmediato en la intentona de golpe de estado ocurrida en febrero de 1992. Su líder, en uno de los ejercicios más antihistóricos de que se tenga memoria, proclamó entonces el ideario de Bolívar como panacea para las urgencias de Venezuela. Pero, no contento con la magnitud del anacronismo, mezcló las ideas del grande hombre con los atrevimientos latinoamericanistas de Simón Rodríguez y con los argumentos que supuestamente desarrolló Ezequiel Zamora durante el comienzo de la Guerra Federal. Como es evidente el tamaño del disparate, ahora sólo conviene llamar la atención sobre el entusiasmo que despertó en miles de seguidores; y sobre la posibilidad de que pudiera correr la sangre partiendo de tanta broza. Si de veras existe una actitud neurótica frente a la independencia y ante Bolívar, actitud susceptible de permear diversas capas de la sociedad hasta el extremo de provocar reacciones multitudinarias, seguramente estemos ante su más evidente compendio.

Cohabitación con las estatuas

A los franceses no les pasa por la cabeza la posibilidad de pensar que Juana de Arco estuviera chiflada, inventado tertulias con arcángeles y bienaventurados. Está la santa doncella en el lugar más encumbrado, sin alternativa de discusión. Un debate sobre la existencia real de Mio Cid es irrelevante para los españoles. El personaje forma parte de sus sentimientos, aun cuando estén ellos en contacto con una fantasía. Que fuera verdadera o falsificada la historia de la bravura contra los normandos, no les quita el sueño a los británicos. Están orgullosos de esos paladines que probablemente no existieron. Entonces no vayamos a ponernos cómicos con nuestros héroes que sin duda hicieron el tránsito terrenal, que no tuvieron la pretensión de hablar con Dios, que pelearon de veras por una causa y que cumplen la misma función. Como los demás, existen para apuntalar el ego de la república, para que presumamos de los orígenes, para que les recitemos jaculatorias y para que podamos respetar algo por unanimidad. En consecuencia, ni siquiera cabe la sugestión de un doméstico asolamiento de hornacinas.

La posibilidad de tocar algunos aspectos del culto apenas existe cuando surgen las aludidas patologías. Pero acaso sólo se pueda plantear la necesidad de suplicarles, pero especialmente a sus monaguillos, que no sean tan excluyentes. De hacerles notar, pero especialmente a sus acólitos, cómo la historia empezó mucho antes de sus obras y cómo siguió campante en lo posterior. De asumir la oportunidad de aumentar la nómina de candidatos a la estatutaria, aunque fuesen del bando enemigo. Y de ver porque quepan quienes vivieron sus peripecias antes y después de la emancipación. De disminuir el catálogo de los villanos, en una de las operaciones más beneficiosas para la memoria colectiva. Faena difícil, si se considera que, al tratarse de los próceres, los historiadores nos hemos empeñado en confundir la investigación con un folleto de catecismo. Trabajo casi imposible, si se reconocen los estereotipos fijados en el inconsciente de los ciudadanos por la insistencia de una versión unilateral del pasado. Pero es el camino plausible para restablecer las coordenadas de la vida, sin faltar a la obligación con la simbología establecida. En el fondo sólo se pretende, mediante una divulgación progresiva de muchas verdades ocultas, hacer a nuestros héroes más familiares y menos pomposos. Entonces será más cómoda la convivencia con sus efigies.

La operación de convertirlos en unas referencias más cercanas y menos hegemónicas, desemboca en la necesidad de remachar el hecho ya apuntado de que representan un capítulo estelar de la historia, pero no toda la historia. Seguramente los hechos realizados por ellos constituyan la cumbre más alta del empeño nacional, pero a la fuerza están sujetos a su historicidad. Están atados a los problemas exclusivos e irreparables de una época. Sus hechos se pueden proyectar como ejemplos de civilidad, como evidencias morales y hasta como paradigmas de sacrificios que nadie sufrió jamás, pero nunca como cartilla para la atención del futuro. La mayoría fueron políticos y soldados enfrascados en las solicitaciones de una realidad que no le daba tregua a los sentidos. De allí que apenas tuvieran posibilidades de pensar las cosas del momento, sin la pretensión de adivinar tiempos venideros. Aunque lo hubiesen deseado desde su vocación de arquitectos de la república, carecían de los elementos para hacerlo. Sin documentación suficiente, sin recursos materiales, rodeados de rivales, incomunicados físicamente en inmensos territorios, sólo pudieron labrarse la gloria sin obtener el diploma de pitonisos. Ya transcurridos casi dos siglos de su tránsito, hoy nadie les puede otorgar ese diploma. Lo pueden intentar, en caso de que quieran desairarlos. Pero también cuando pretendan burlar la inteligencia de unos hombres que, si se aferran a la lección de los padres fundadores, no le encontrarán desenlace a la patria cercana al año 2000. Los héroes no están para resolver problemas, sino para ocupar plazas estelares en el templo.

Notas

1. Para este punto ver Reginald Horsman, La raza y el destino manifiesto, México: Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 1985.

2. Punto ya desarrollado en mi Nueva lectura de la Carta de Jamaica, Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1997. Ahora sólo repito lo allí expuesto. Para un desarrollo diverso, pero fundamental del tema ver: Germán Carrera Damas, El culto a Bolívar, Caracas: Ediciones de la Bibliotca Central de la Universidad Central de Venezuela, 1969.

3. Un asunto que desarrolló atinadamente en numerosas producciones, pero en especial a través de El caballo de Ledesma, Casa León y su tiempo y El Regente Heredia o la piedad heroica.

4. «La historia como elemento de creación». En: Germán Carrera Damas, Historia de la historiografía venezolana. Materiales para su estudio, Caracas: Ediciones de la Biblioteca Central de la Universidad Central de Venezuela, 1961.

5. Otra vez, mi Nueva lectura de la Carta...


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