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Instrucciones para ir al dentista en Navidad
Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

  1. No se aterre cuando llegue al consultorio y un mini Santaclós —ahorcado allá arribita en el dintel— se encienda colorao y se carcajee en inglés electrónico: «¡Jou, Jou, Jou!» (Esto es sólo el comienzo del «Espíritu de la Navidad»).
  2. Al entrar masculle algo así como «mns días...» (porque de «buenos» no tienen nada) y acuérdese de que en esta época hay que estar bien contentos porque sí, celebrar obligados y gozar a juro.
  3. No se tropiece con el morrocoy de la mamá del dentista que anda ahí atravesado comiéndose un titiaro. Su dueña se fue para Maturín a buscar el propio onoto para la masa y lo dejó encomendado y adornadito para las fiestas.

    Luce en el carapacho un nido de muérdago con una estrella de Belén y un velón rojo (apagado por razones de seguridad).

  4. Júrele a la secretaria de su odontólogo que la decoración le quedó soñada: El pinito rosado-pelúo con los cepillitos de dientes guindando y, al pie, las cajitas de muestras médicas envueltas para regalo. Si no tiene nada piadoso que decir sobe el Nacimiento, mejor no diga nada. (Sí... la mula es más grande que la Virgen María y el buey parece un acure con cachitos...).
  5. Siéntese ahí resignado a esperar adolorido y anticipando el suplicio de un tratamiento de conductos —y mueva la patica o tamborilee los dedos o consulte su reloj cada tres segundos... pero, por su vida, no se quede absolutamente inmóvil y tibetano. (Esto puede poner mucho más nerviosos a los demás (im)pacientes).

  6. Déle gracias al Señor porque su dentista no es maracucho. Está usted en uno de los escasos lugares del territorio nacional en donde no lo aturden con el tucu-tucutu-tucutu de las gaitas. En el «hilo musical» de la clínica no hay Negrito Fullero, ni María la Bollera, ni Grey Zuliana-cual-rosario-popular... Puro Jingle Bells soso y pasmao.

    (Hay Dios...).

  7. No caiga en provocaciones. No se meta en la discusión que la señora del puente roto y la gordita de la extracción del canino han prendido: «¡¿Qué es eso de ponerle garbanzo a una hallaca?! ¡Ese pepero!» «¡Con garbanzo es que es, y no con ciruela pasa!» . (Total... usted, esa bola de maíz machacado, con ese mondonguero adentro y, para colmo, envuelta en aquel pedazo de mata, amarrada con esa cabuya y chorreando agua hirviente... Usted no come de eso).

  8. Intente hojear las revistas antes de que terminen de desintegrarse en la mesita. La más reciente es de 1977 (con el crucigrama rellenadito y la receta de cocina arrancada) y, como veinte años son una pelusa, agarre datos, que la moda está igualita. No deje de leerse la entrevista a esa miss titulada: «Mi primer amor y más grande amor fue, y sigue siendo, el Niño Jesús». Y los artículos: «La homosexualidad... ¿un impedimento para la procreación?» y «¿En dónde fallamos? Nuestra hijita le dice 'mamá' al televisor».
  9. Rechace con gentileza la copita de ponchecrema que le ofrece la asistente del doctor. No le salga de atrás pa'lante con una grosería a esta pobre niña, ahí, con su gorrito de gnomo ayudante de San Nicolás y sus boticas con cascabeles. Relea el punto 2 y no olvide que en diciembre todo es nochedepaz y hay que ver qué tiernos somos y lo mucho que nos queremos y venga un abrazo, mi hermano.
  10. No permita que le sobrevenga la náusea al pasar al baño y ver la poceta forrada de fieltro verde, con faralaos rojos y cintas y lazos dorados.

    Resígnese con el papel tualé: es importado y por eso tiene muñequitos de nieve y venados con trineo.

  11. Suspire por no llorar cuando, una vez reclinado en el potro de torturas, su odontólogo le ponga algodón en los carrillos; un aro metálico alrededor de la muela impactada por el turrón de Alicante; una especie de tiendita de campaña de goma que aísla la pieza; el tubito aspirador en forma de interrogación enganchado en la comisura; el espejito y el explorador incrustados en el paladar; el taladro martirizante en pleno diente, y le pregunte efusivo: «¿Y qué has estado haciendo en estas vacaciones?».
  12. Cuando ya no haya marcha atrás, cuando su especialista lo penetre con esas varillitas atormentantes y comience a removerle el nervio de lo más profundo, íntimo y privado de su ser... entréguese... entréguese completico... (¿Qué más le queda?). Piense en todas las entregas que usted conoce: las de las madres y los hijos, la de los Reyes Magos, la de los amantes y hasta la de los carteros y, quizá, tal vez, a lo mejor, quien sabe, de repente y tal... descubra en las entretelas de su corazoncito (porque usted también tiene uno) un sentimiento desesperado como de amapuche y besito; ¿y te acuerdas de los patines Winchester y la llave que uno se la colgaba al cuello con pabilo?; y... ¿si yo te presto mi G.I. Joe... tú me prestas tu bicicleta nueva?; y las parrandas que se armaban en la cuadra con aquello de «tucusito, tucusito...»; y coye, vale, tú sí eres, regálame un saltaperico... Entonces, poseído por esa sensación inesperada, que no le dé pena querer desearle a todo el mundo —de verdaíta— una Feliz Navidad y un 1998... mejor.


Carolina Espada en La BitBlioteca
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