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Manchitas de hígado, flores de muerto

Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Ella comprendió que había envejecido el día en que vio en sus brazos unas pintitas marrones y otras blancas, y luego posó su mirada en el typical corner. Sí, había llegado la hora de desmontar el typical corner. No se puede ser una señora de «¡ay, pero qué bien te conservas para tu edad!» y seguir teniendo un typical corner en casa.

Pero antes debía preparar la pócima.

 


 

En una olla grande se colocan 250 gramos de ojitos de sapo, preferiblemente bien tiernitos. Sin ojitos de sapo no se puede hacer el bebedizo como es. A eso se le agrega –revolviendo siempre para que no se pegue- un puñado de colitas de alacrán, una pizca de bigotes de acure, alitas de murciélago al gusto, 4 tazas de baba de baba, una culebra albina (o rosada, según la estación) previamente picada en rolitos, dos claras de huevo de iguana batidas a punto de alud, y una cucharada copetona de maicina americana gran-producto-nacional para que se espese el cocimiento, para que coja consistencia.

Se le da un primer hervor y se espolvorea con telarañas deshidratadas, un pellizco de sal y un alarido de pimienta guayabita.

Se lleva a un segundo hervor y se le añade una docena de ciruelas pasas (si es que se prefiere laxante, si no, no). Se baja a fueguito lento y se tapa.

Mientras se cuece, uno puede cantar algo acorde a la ocasión. Algo así como "lunes, martes, miércoles 3, jueves, viernes, sábado 6..."

Pasa el tiempo... una hora... dos... nunca se sabe... y en lo que los ojitos de sapo floten y se lo queden viendo a uno, es que el brebaje está.

Se coloca al sereno (preferiblemente en el patio de atrás, debajo de la mata de guanábana, al lado del tío loco que siempre se desamarra) y, mientras se serena, uno se deshace de cualquier cosa pavosa en su vida...

porque la pava arruina y envejece.

 


 

Así estaba escrito en el cuadernito amarillento de la abuela Dolores. Y así lo hizo.

Todo había empezado en su adolescencia, cuando su prima, la Embajadora, le había regalado una pipa tallada en Yugoslavia. Era larguísima, pintada con mil colorines, con unos guindalejos, y en la punta, un huequito en donde se encajaba un cigarrillo. Sí, un cigarrillo incrustado, erecto, en aquella artesanía entre turca y coloniatovar.

¿¡Y qué hacer con la pipita!? Pues... nada... ponerla allí, en esa repisa... ahí en la esquina, que no molesta...

La Embajadora insistió de nuevo. Le trajo de Colombia un racimo de chirrompios con otros frutos disecados y unos maíces tiesos y unas hojas tostadas y unos cascabeles. Eso y que era buenísimo contra el maldiojo.

Ah, y del Japón, vino cargando con un potecito de aire enlatado del Fujiyama y una muñequita, que sonaba como una campanita acuática y alejaba los espíritus diabólicos.

Todo fue a parar a la encrucijada del folklore, al altar del arroz con mango, al templo del repelús.

Luego llegó el botuto, regalo de un afortunado, con una lucesita de árbol de Navidad adentro y el cablecito verde que le salía por el rabito.

Se enchufaba y cumplía la función de night light. Así se podía ir a hacer pipí a la medianoche sin necesidad de mayor iluminación y mejor gusto. Más nunca volvió a hacer pipí de noche. Finalmente, y por recomendación de un urólogo, el botuto glow in the dark fue al rincón en donde ahora había más anaqueles... y más objetos causantes de escalofrío vertebral.

Estaban los escarpines peludos ideales para un peluche sudado; la concha de mar con la sirena bizca dibujada por un señor ciego y mocho, y que era una bellísima persona; la Divina Pastora de mazapán rodeada por ovejitas dulces y abrillantadas (todas con su capita protectora de Baygón, no fuera a ser...); el nacimiento quiboreño con su San José y la Virgen, el caracol y el buey; las maraquitas de piache famélico y las mini alpargaticas que decían:

                                                         erdo   Recu

                                                           e             d

rita  Marga

Ella lo botó todo. Es que no le tembló el pulso. Lo botó todo y, de inmediato, sintió un alivio, un fresquito en el alma... un noséqué como juvenil, libre de fardos y de ataduras... esa alegría y serenidad de saberse redimida de pesares, horripituras, zamuros y rebullones.

¿Y la pócima?

Había cumplido su cometido. Darle suficiente valor para terminar con el pasado de un solo escobazo.


Carolina Espada en La BitBlioteca


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