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Mentiras legales
Carolina Espada

Sábado, 7 de julio de 2001

Carolina Espada

—¿Sufre usted de depresión?

Y ahí Benigno dejó de respirar. Todo estaba saliendo perfecto: veía estupendamente la letrica menuda con los dos ojos bien abiertos; caminaba derechito y seguro con los dos ojos completamente cerrados; la tensión la tenía equilibradísima y digna de elogio; nunca había chocado en la vida, ni había estado hospitalizado por ningún accidente de tránsito... pero el Dr. Gómez (que parecía un basquetbolista de los Lakers de Los Angeles) le estaba volviendo a preguntar:

—¿Sufre usted de depresión?

¿Cómo decirle a ese médico, que ahora se estaba asemejando a un pelotero de los Bravos de Atlanta, que una vez había padecido de depresión mayor, con angustia severa y anorexia nerviosa? ¿Cómo explicarle al galeno, que poco a poco se transformaba en un boxeador peso pesado del Madison Square Garden, que hace años se había deprimido a tal punto que consideró seriamente el suicidio como única vía de escape? Y es que el miedo, la angustia, la desesperación, las imágenes desenfrenadas e incontrolables de las mayores tragedias, y el dolor más agudo y desgarrador, los llevaba por dentro —reventándole el corazón— y no podía huir de ellos. No podía. Ni de día, ni de noche, ni siquiera con la sobredosis de pastillas Judy Garland que se tomó a ver si encontraba, si no la muerte, al menos unos segundos de sosiego.

Y todo porque a su esposa la habían multado esa mañana. Delfina, como siempre, lo había ido a llevar al trabajo en el único carro que tenían, y un policía excitado (por el súbito llamado y cumplimiento del deber) la detuvo. Los papeles los tenía en regla... menos el certificado médico para conducir. Ese se le había vencido en algún momento durante el pasado siglo XX. Y mientras el fiscal redactaba la boleta de infracción (sin poder reprimir una sonrisota orgásmica-policíaca), Benigno, guillaíto, revisó sus documentos. Su certificado médico había expirado en 1997, así que no dijo nada y se quedó con cara de copiloto orgulloso de llevar puesto su cinturón de seguridad. Pobrecita Delfina, a estas horas estaría cancelando la multa en el banco que le indicaron, y luego tendría que ir a la sede policial a entregar la constancia de pago y recibir el regaño correspondiente. ¡Y quedaría fichada de por vida!

Pero con un multado en la familia bastaba y sobraba: Benigno pidió permiso en la oficina y se fue al Departamento Nacional de Medicina Vial más cercano.

Tendría que esperar: aquello estaba lleno de gente conversadora.

—A mi hijo lo multaron hace una semana...

—A mi madrina, ayer tarde...

—Njda, a mí me tienen precisadísimo, no me pueden ver porque me paran...

—Es que es en serio: están multando, están multando...

Benigno desbloqueó su celular y llamó a su hermano, el pediatra.

—¡Carlos, sácate el certificado para manejar!

—Ah, no, si ya yo lo tengo...

—¿Te lo sacaste?

—No: me lo mandó un colega que trabaja en la Federación Médica.

—¿Y le pagaste?

—¡Claro que le pagué!

—Pero no te chequearon la vista, no te tomaron la ten...

—No, porque yo estoy bien.

Benigno, siempre preocupado, marcó el teléfono de su compadre.

—¡Cristóbal, te tienes que sacar el certificado para conducir!

—Ese me lo sacó Juan...

—¿Te lo sacó tu primo?

—Sí, con un amigo suyo me lo consiguió...

—¿Sin que te examinara un especialista?

—¡Ah, pues, Benigno!

Y allí estaba el Dr. Gómez, con aspecto de medallista olímpico en halterofilia:

—¿Sufre usted de depresión?

—¿Yooooo? ¿Depresión? ¡Qué va doctor!


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