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Carolina Espada

Miércoles, 23 de mayo de 2001

Carolina Espada

«¡Ese Fidias es un ladrón! ¡Ese corrupto se cogió ese oro y cuidado si tiene un chancullo montando con Pericles!»

Al noroeste de la Acrópolis, pasando el bosquecillo de olivos y luego a la derecha, estaba el ágora, y el escándalo que estaba formando Cleón —el vendedor de aceitunas negras— era de dimensiones ciclópeas.

Atenas era la cuna de la democracia y, por lo tanto, también arrullaba a la oposición, pues no puede existir una sin la otra.

Y allí estaba Cleón, ejerciendo su derecho democrático a disentir, pero batido de pitillo y espumita contra el escultor de, nada más y nada menos, una de las siete maravillas del mundo: la estatua de Zeus en el templo de Olimpia. Mas aquí la furia de Cleón no era contra ese glorioso monumento, sino contra otro: la colosal efigie de Palas Atenea allá arriba en el Partenón.

Tanto alboroto estaba armando Cleón, que la gente que hacía el mercadito se arremolinó a su alrededor. Los demás mercaderes: Lámaco, el del queso feta; Trásilo, el de las vasijas; Mnesicles, el del aceite; Escopas, el del vino; Calícrates con sus cabras; Nicias, el tomatero, y Pausanias, el aguador (no confundir con el que era historiador, viajero y geógrafo, pues el Pausanias del mercado era mejor conocido como «El Desmemoriado»), todos dejaron sus puestos y se acercaron a escuchar con sumo interés las denuncias. Recordemos que el ágora no era precisamente Quinta Crespo, originariamente fue el lugar de la asamblea popular y luego, rodeada por edificios administrativos y la famosa sala hipóstila, se convirtió en el centro de la vida política, comercial, religiosa y social de Atenas. Ese era el corazón de la localidad.

«¡Para nadie es secreto que Pericles, nuestro tan admirado gobernante, es amigo personal del tal Fidias! Todos sabemos que al artista este le dieron algo así como una montaña de oro para que esculpiera a la diosa de la sabiduría y protectora de nuestra ciudad. ¿Y qué fue lo que hizo el que les conté? ¡Sí, usó parte del oro, pero se robó más de la mitad! ¡Y eso, cambiado a dracmas, es una de las mayores fortunas de esta talasocracia!».

Del ágora, la acusación pasó a mayores y Fidias fue enjuiciado. Nadie entendió la extrema serenidad del escultor, los ojitos brillantes y esa sonrisita de triunfo mal contenida cuando cruzó el pórtico de los Propileos, pasó junto al Erecteion (y las cariátides lo vieron petrificadas) y entró al templo. Allí lo esperaban: Pericles, los jueces y el pueblo ateniense con cara de «¡Aaay, Fidias!...». Todos estaban a los pies de la gigantesca Atenea Parthenos («la virgen») que, al igual que la estatua de Zeus Olímpico, era criselefantina: de oro y marfil.

Para asombro de la concurrencia, Fidias y sus ayudantes comenzaron a desvestir a la diosa. Ella estaba hecha de marfil, pero su casco, su peplo, sus sandalias y su escudo eran de oro. Era un vestuario de «quita y pon». Atenea quedó expuesta, blanca y desnuda... y su tocado, traje y accesorios fueron pesados. Allí estaba toda la cantidad de oro —exacta, ni un gramo menos— que Fidias había recibido de Pericles, así que, de inmediato, le levantaron el cargo de malversación.

Cleón tuvo que tragarse sus palabras y sus aceitunas, porque, después de semejante gaffe, la ciudadanía completa le hizo el fo por camorrero.

Hay gente que elige darle un fin amargo a esta historia y hablan de un Fidias muriendo en prisión o en el exilio. Yo prefiero creer en las enseñanzas de mi profesor de arte (¡y de tantas cosas más!), el Padre Fernando Arellano, S.J. Los finales felices y justos, y las clases del mejor de los maestros son, sin la menor duda, la opción más acertada.

Lo que sí no le perdonaron a Fidias fue lo que hizo en el escudo de la diosa. Atenea, como hija favorita de Zeus y «nacida» ya adulta de la frente del máximo de los dioses, recibió de su padre un gran regalo. Él le confió su escudo adornado con la cabeza de la gorgona Medusa (su égida) y el rayo (su arma principal). Fidias esculpió todo esto, pero tuvo la osadía de agregar, allí mismo, como quien no quiere la cosa, su retrato y el de Pericles. Ese intento por congraciarse aún más con su amigo y, de paso, inmortalizarse, sí es verdad que no se lo perdonaron nunca. Él sería talentoso y honesto, pero no llegaba a ser ni un semidiós. ¿¡Qué se había creído!?

¡Pero tan bueno que sería tener en nuestra «democracia» actual personas que, acusadas de corrupción, pudieran rendir tan buenas cuentas como lo hizo Fidias cuatrocientos y pico de años a.C.!


Carolina Espada en La BitBlioteca


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