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Venganza de seda

Domingo 24 de octubre de 2004

Amigos:

Este artículo, escrito hace quince días, no lo pude mandar para TalCual, porque allá no me dan tantos «caracteres sin espacio» (pero he de reconocer —y agradecer— que Teodoro siempre me ha publicado todo lo que le he enviado en estos años y sin la menor censura); tampoco me lo pudieron publicar en El Mundo, porque no es de humor «jajá»; y no lo pude enviar a El Nacional, pues su nueva política es la de no publicar a escritores que escriben para otros medios.

Por lo tanto, les ruego que le den difusión a este artículo. Está dedicado a sus madres, a sus hermanas, a sus esposas, a sus hijas, a sus nietas, a sus amigas.

Sé que Rogelio Chovet me lo colocará en www.chovet.com/nojile. Y que Jesús Nieves Montero lo ubicará en www.panfletonegro.com. Dudo que me lo pongan en www.analitica.com/bitblioteca/espada, no por nada, sino porque Roberto Hernández Montoya no ha tenido tiempo de actualizar mi página.

Le doy las gracias a Angélica Gorodischer en Rosario, Argentina.

Y a ustedes por reenviar esto.

Carolina Espada

Él la violó. Ella se defendió hasta donde pudo. Pero era un metro y cincuenta y cuatro centímetros y 49 kilos, contra una mole de testosterona de un metro ochenta, llena de músculos, descomunal erección y a mí no me detiene nadie.

Además del consabido desgarramiento vaginal, ella presentaba moretones en el cuello, en los antebrazos y en la parte interna de los muslos; mordiscos en los senos y excoriaciones en el cuero cabelludo.

¡Pero eso no se iba a quedar así! Asistida por un psiquiatra y un abogado, ella llevó su caso a juicio. Y lo perdió. Sí, lo perdió. La defensa del presunto violador alegó que la víctima no era tal cosa, que ella había deseado que su encuentro erótico fuera bestial y sangriento, y que el ahora-acusado sencillamente la había complacido. ¿Quieres violencia? No faltaba más.

Ella no salía de su estupor y el abogado de él seguía haciendo su trabajo imperturbable. Ella y una compañera de trabajo habían acudido «solas» a ese bar (debe entenderse por «solas»: sin hombrecitos que las representen). Ella vestía una minifalda demasiado provocativa, y ni hablar del escote pues, con un busto como el de ella, muy bien se podía haber puesto algo más abotonadito.

El abogado interrogó a su compañera: que sí, que habían ido «solas» a ver si conocían a alguien; que cuando él entró al bar las dos se quedaron babeadas, porque el tipo está… estaba buenísimo; que ella le dijo: «si te lo levantas tú, yo me voy, y si me lo levanto yo, tú te vas»; y que, bueno… se había ido como a la media hora y los había dejado conversando.

Otro testigo. El barman. Seis vodka tonics mientras los veía de reojo. Ella se tomaba un sorbito, echaba la cabeza hacia atrás y se reía. «A esa le van a dar lo suyo esta noche», pensó. Y habían bailado, bien pegados. Creyó que eran pareja, pues una mujer decente no baila así, de buenas a primeras, con alguien a quien acaba de conocer.

Ella lloraba calladita.

Finalmente lo interrogaron a él. Que él la había llevado hasta su apartamento —al de ella—, que se habían besado en la puerta, que ella lo había invitado a subir para que se tomara un café…

(Y todo eso era verdad).

…que él se había sentado en la sala y se había puesto a revisar unos cds, cuando ella le cayó encima y lo lamió y…lo tocó.

—¡¡¡Mentira!!!

Y el juez le ordenó a ella que guardara silencio. Prosiga usted, señor.

Bueno, que él, hombre al fin, respondió de inmediato y, para su sorpresa, a ella le gusta el sexo con resistencia y forcejeo: agárrame por el pelo, pégame contra la pared, arráncame la ropa, insúltame, muérdeme, ¡anda pues, papito!, más fuerte, más duro, más rápido, ¡maaaaaás!

«Mentira», ella susurró entre lágrimas. De nada le valió dar su versión de los hechos. Que ella sí le iba a preparar café pero, no bien él entró a su apartamento, cerró la puerta, la sometió brutalmente y la violó. Que ella gritó, que le dijo que no, una y mil veces que no, pero que nadie oyó nada. La vecina de al lado, octogenaria sorda. Los de arriba, de vacaciones. Los de abajo, en la clínica dando a luz a su primer bebé. Y ella como un trapo con un hueco diciendo que no.

Él, absuelto. Libre de toda culpa. Ella, condenada a hacer terapia, mucha terapia. A ver si comprendía cómo de víctima había pasado a ser la culpable. Eso, y el asco y la vergüenza que sentía.

Pero ella tenía amigas. Muchas amigas que se organizaron, establecieron horarios y se distribuyeron los turnos. Cada vez que él salía de su casa o de su oficina, a la hora que fuera, encontraba a dos mujeres silentes, vestidas de negro y bajo un mismo paraguas. Estaban en el cine, en el restaurante, en el supermercado. A donde quiera que él iba, ellas estaban allí. Las denunció ante las autoridades, pero no se pudo hacer nada. Estas señoritas no le están haciendo nada, tal vez es pura casualidad o, incluso, su imaginación. Y llegó un momento en que no pudo dormir más. En la madrugada, reptaba hasta la ventana, apartaba un poquito la cortina y las veía allá afuera, en la esquina, bajo la luz del farol, inmutables bajo su paraguas negro.

Fue demasiado para él, no lo soportó, a los nueve meses se quitó la vida de un pistoletazo. Su muerte nadie la lloró. A su entierro, en un día muy soleado, fueron decenas de mujeres, sin sonrisas, sin sombrillas y todas vestidas de blanco.


Carolina Espada en La BitBlioteca


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