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El marqués de Valmaseda*Carolina EspadaViernes, 16 de febrero de 2001
Blas Diego Villate vivía de lo más tranquilo en su castillo —en algún lugar absolutamente indefinido entre las Vascongadas y Cataluña— por allá a mediados rodaditos del siglo XIX, pero su señora esposa sufría de gran descontento: su marido no era un duraznito almibarado; ella no había podido darle un heredero, estaba envejeciendo y padecía de unas jaquecas espantosas; y, para colmo, las cortinas de palacio estaban hechas un desastre. No era la vida que había soñado cuando apenas tenía quince años y recibía clases de piano y aprendía francés. Como no podía resolver ni lo primero, ni lo segundo, pues optó por encargarse de lo tercero, y fue así como la señora marquesa contrató a una costurera catalana llamada María Cabruja. Simplemente María. Nueve meses y unos días más tarde, y con las cortinas sin terminar, María daba a luz un robusto varón de nombre José Ramón Cabruja —Cabruja como ella y a mucha honra— y cuyo padre no era otro que el Marqués de Valmaseda. A los retoños bastardos no les sale ni apellido paterno, ni título, ni mayores reconocimientos, pero lo cierto es que Don Blas estaba encantado con su primogénito. Ese pequeño, que era su vivo retrato calcadito, sería el único descendiente que tendría. Empezó la guerra en Cuba y el Marqués se vino al Caribe a pelear. Se trajo a su hijo y dejó allá en España a su mujer estéril, un tanto más aliviada del dolor de cabeza, y a la fecunda María, con el corazón vuelto una pasa. La marquesa respiró aliviada: mejor sola que con ese marido avinagrado e infiel. María se deshizo en llanto al ver que se le llevaban a su niño; sabía que no lo volvería a ver jamás. Y las cortinas del palacete siguieron siendo un desastre. En Cuba, Don Blas quiso hacer de su vástago todo un guerrero, pero le salió músico y compositor. A lo más que llegó fue a tocar el clarinete en la banda marcial del ejército español y la decepción del padre fue grande. No ha debido de ser un papá complaciente y querendón, pues en la isla había un refrán que decía: «Más malo que Valmaseda» y José Ramón, ya de grande, se refería a él como «El Marqués del Coño» y daba por finalizada la conversación. Un día, el joven Cabruja se montó en una goleta, con una mudita de ropa y un saxofón, y escapó. Desembarcó en las costas de Falcón y fue hecho preso al instante por unos militares impenetrables. Crespo o Castro , el de Misia Jacinta o el de Doña Zoila, uno de los dos gobernaba en medio de tensiones (aquí el relato pierde precisión y se nubla de nuevo) y a José Ramón lo apresaron en Coro. Quedó detenido por averiguaciones y completamente incomunicado, lo que no representó ninguna tragedia, pues él no tenía en este país nadie a quien llamar. Ninguna madre que se mortificara y se deshiciera en padrenuestros; ninguna novia que le enviara cartas de amor o pañuelitos perfumados; ninguna hija por la cual desvelarse de la pura angustia de saberla desamparada. A la mañana siguiente de su arresto, un soldadito tocó la diana y el prisionero se tapó los oídos, profirió un grito desgarrador e imploró ser llevado frente al comandante del cuartel. —¿Y a usté qué le pasa, nuevo?
—Ese toque... esa corneta... es una tortura... Usted me perdona, pero es imposible desafinar más... si usted me permite... Y José Ramón tomó el instrumento y demostró cómo se debía tocar con propiedad. De inmediato lo transfirieron: de presidiario muy sospechoso a trompetista oficial del batallón. Una vez que se demostró su inocencia (y que su cara no era de conspirador, sino de hombre serio), fue liberado. Se fue a Ocumare del Tuy, casó con Dolores Esteso y tuvo descendencia; compuso valses y dirigió la retreta del pueblo, y murió de una severa reacción alérgica a la picadura de un insecto. Un shock anafiláctico que ahora se cura con una inyección inmediata de Epinefrina. De allí es que vienen los Cabruja de Venezuela. La tatarabuela María nos dio a José Ramón y gracias a la tía Matilde tuvimos a José Ignacio.
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