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Un Estado mundial con solidaridad, para regular la convivencia global

Felipe Pérez Martí
Profesor del IESA, Caracas, Venezuela
felipe.perez@iesa.edu.ve

Felipe_Perez

6 de marzo de 2002

Preliminar. Comentarios bienvenidos. Agradezco los comentarios de Fernando Vegas.

Imaginémonos por solo un momento una sociedad o país sin regulación económica, sin impuestos, con empresas, individuos o grupos contratando policías privadas, que no tenga un sistema judicial cuyos dictados sean acatados por todos, una sociedad que cuente con unas leyes sobre derechos humanos que no se pueden poner en efecto por falta de autoridad; una sociedad sin banco central, pero con bancos privados; un país en que cada quien se provea de su propia «seguridad social» (capitalización individual y privada para las pensiones, propios sistemas de salud y de educación privados); una sociedad sin leyes que regulan los monopolios. Imaginemos, sin embargo, que en esta sociedad imperan las leyes del mercado como asignador de recursos, único vínculo entre individuos y empresas, único coordinador de necesidades, capacidades y disponibilidades.

Pues bien. Sociedades así no son un mero ejercicio imaginativo, sino que existen. Ejemplos vivos son Somalia y el mundo «globalizado». Pensemos en el mundo como una sociedad, y los países como individuos o empresas de la misma. Se trata de una «sociedad» sin Constitución, sin leyes en su mayor parte. Algunos integrantes de esta sociedad acatan ciertas «leyes», como acuerdos internacionales contra la contaminación como el de Kioto, pero otros no. Aún más: algunos los firman y luego reniegan de ellos. El mundo no tiene un banco central que funja como prestamista de última instancia (el FMI y el BM no juegan este papel, por lo que han sido cada vez más criticados sobre todo a partir de las crisis financieras internacionales); Estados Unidos, por ejemplo, no acata los dictámenes de los tribunales internacionales de justicia (recordar aquí el dictamen en relación a la guerra sucia de los Contra contra Nicaragua); ese país toma «justicia» (recordar la «justicia infinita») por su propia mano, y desoye incluso los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, organismo no democrático de seguridad de la sociedad del mundo, a pesar de que en esa instancia ese país tiene derecho a veto entre unos pocos privilegiados. Mientras que a nivel de una país que tenga entre sus leyes la igualdad y no permita la discriminación el no venderle ni comprarle algo a un individuo por razones de sus convicciones políticas no estaría permitido, a nivel de la sociedad del mundo ocurren los llamados embargos, practicados por países que dicen creer en los derechos humanos, la igualdad ante la ley entre esos derechos. Si hubiera una violación inaceptable por la sociedad del mundo por el país penalizado por esta vía, la práctica de los embargos puede ser catalogada, en el sentido más benévolo, como tomar justicia por su propia mano, en ausencia de una autoridad que practique principios éticos y políticos aceptados universalmente. No tengo que convencerlos citando muchos más ejemplos de que el mundo «globalizado» de hoy es una «sociedad» sin un Estado.

Pero hay gente para quien este estado de cosas, en que no exista un Estado (excepto la parte de seguridad, tal vez), y sí exista el mercado, es una situación ideal. Según el neoliberalismo, por ejemplo, el mercado por sí solo, asigna eficientemente los recursos. El problema no es que no exista un Estado, cuya «intervención» modifica las condiciones para que el mercado funcione eficientemente, según el teorema de la mano invisible de Adam Smith, sino que no hay suficiente mercado, pues hay barreras al comercio internacional. Los índices de apertura serían un indicador del «modernismo» de los estados, y no tiene para nada en cuenta los factores políticos como ingrediente fundamental de esa modernidad [1].

Quiero decir primero que no es cierto que los países que más se abren son los que más crecen. Con frecuencia se hace una relación, un tanto mítica, entre apertura y crecimiento económico. Es imprescindible salir de la pobreza promedio, pero hay que reducir la desigualdad, incluso mas urgentemente (porque esto reduciría también la pobreza, como veremos). La creencia de que apertura conduce a crecimiento se basa en los estudios de autores como Jeffrey Sachs, Dollar y otros, cuyos resultados han sido puestos en duda por fallas fundamentales en su metodología por parte de un muy sonado paper publicado el año antepasado por Dani Rodrik y Francisco Rodríguez (1999).

En segundo lugar, y en el ámbito teórico, la ideología neoliberal oculta que la misma gente (Arrow, Debreu) que demostró la validez matemática del teorema de la mano invisible del mercado, también probó el segundo teorema del bienestar, que dice que hay infinitas maneras de ser eficiente, una de ellas repartiendo equitativamente los factores productivos (capital, tecnología), a nivel mundial, por ejemplo, para que el mercado trabaje. También oculta que la prueba del teorema mostró los supuestos tremendamente irreales del mecanismo puro del mercado, como la ausencia de monopolios y oligopolios, la existencia de mercados financieros completos, la disponibilidad de información simétrica y completa, la ausencia de bienes públicos y de externalidades, la existencia de derechos de propiedad bien definidos incluso sobre cosas como el aire, el espacio y el mar. La historia del pensamiento económico de los últimos 50 años no hace más que estudiar las condiciones, ineficientes, en que ocurren los equilibrios reales observados, y las formas óptimas de intervención del Estado para mejorar la eficiencia económica. Un ejemplo de ello son las contribuciones de Joseph Stieglitz, el premio Nobel más conocido del año pasado, sobre el tema de información asimétrica. Pero aunque Stieglitz puede ser acusado por algunos de izquierdista, simplemente porque cree en la conjunción del mercado con el Estado, Robert Lucas, premio Nobel, de la Universidad de Chicago, no puede ser acusado de ser contrario al mercado. Y resulta ser que este economista demostró en un importante pero no muy citado paper (citar fuente bibliográfica) que la presencia de una mínima falla de mercado, de información asimétrica en su caso, es suficiente para producir la evolución de una economía de mercado, incluso desde una situación inicial de completa equidad en la riqueza, hacia una distribución del ingreso completamente inequitativa: los ricos se vuelven pocos y muy ricos y los pobres se vuelven muchos y muy pobres. Es de hacer notar que en el modelo en cuestión lo que produce el resultado no es que los pobres, en particular los países pobres, son felices escogiendo su pobreza, porque son vagos (o, en lenguaje sofisticado, aprecian mucho el ocio), y los ricos, en particular los países ricos, escogen ser ricos porque se esfuerzan mucho, puesto que las preferencias en esa economía son idénticas; el resultado tampoco se debe a que hay una diferencia en las habilidades de unos y otros, que son idénticas al comenzar la economía. Es solo la falta de una igualdad ex ante en los niveles de información lo que produce infranqueables niveles de desigualdad social tanto en el mundo como en el interior de los países del mundo. Pero si la mera falta de acceso al crédito de unos empobrece sin remedio a las personas o los países que no cuentan con esas oportunidades, ese crédito provisto por un Estado, nacional o global, puede hacer una gran diferencia, y hay una plena justificación ética para que los países ricos financien estos créditos a los países empobrecidos, por el hecho de que su riqueza se debió en parte a la inequidad de condiciones en la competencia. Esto es una justificación para mecanismos de crédito preferencial a nivel internacional, pero también para la condonación de deuda e incluso para las transferencias de riqueza por la vía impositiva. No hay duda acerca de esto, sobre todo teniendo en cuenta que las fallas del mercado son muchas más, y que el principio ético y político de igualdad de oportunidades implica transferencias ex post de recursos para «nivelar el campo de juego», para que haya justicia, esta vez a nivel internacional.

Pasando ahora del terreno teórico al práctico, realmente no hace falta hablar de los inmensos problemas en el mundo de desempleo involuntario de factores, como el trabajo o incluso el capital, y las hambrunas no precisamente escogidas por amor al ocio, o la depredación totalmente descontrolada del medio ambiente, hechos que están suficientemente documentados, y son atribuibles a la falta de un Estado. Solo mencionaré aquí los hechos del 11 de septiembre, predichos por Carlos Marx con su teoría de la violencia del que no tiene nada que perder, que ha sido formalizada por John Roemer en su teoría sobre la probabilidad del conflicto (1995), y ha sido citada implícitamente por Noam Chomsky en su análisis sobre las causas de ese hecho terrorista. Lo paradójico del asunto es que Gary Becker, otro premio Nobel de Chicago, a quien tampoco podemos acusar de comunista, ni de marxista, no hace más que desarrollar la misma idea con su teoría sobre la economía del derecho y los incentivos institucionales para no delinquir. Básicamente la desigualdad explica la violencia, según se ha documentado también empíricamente en los mismos Estados Unidos. Si a esto se agrega la injusticia internacional, podemos seguir esperando hechos como los ocurridos, pues un Estado internacional no debe ser solo para garantizar la seguridad (de unos pocos, por cierto), sino, sobre todo, para garantizar la justicia, y por esta vía la verdadera paz.

De los muchos otros problemas prácticos que provienen de la falta de un Estado internacional es muy notoria la falta de un banco central en la sociedad del mundo. Es sabido tanto en la práctica como en la teoría, que la ausencia de un prestamista de última instancia al interior de un país posibilita los endémicos males de las corridas bancarias, con desastrosos efectos sobre la economía real, y no por casualidad existen los bancos centrales en los países, y en general en regiones de moneda única (no solo Europa, sino los estados de los Estados Unidos). Bancos, o en nuestro caso países solventes, en presencia de una corrida por razones espurias como un rumor, pueden experimentar una quiebra, totalmente injustificada, en ausencia de un ente financiero estabilizador. No es la ausencia de una teoría o de la experiencia que no han permitido la fundación de una arquitectura financiera internacional con las características adecuadas para evitar las crisis de liquidez que sufren los países, sobre todo los solventes como en el caso de los países asiáticos hace pocos años. Keynes ya en el 1944 proponía en Bretton Woods un mecanismo idóneo, similar al banco central europeo, para jugar ese rol. La falta de voluntad política hizo que los Estados Unidos prefirieran el acuerdo al que se llegó, un equilibrio inestable, como se demostró a partir del 75 cuando Richard Nixon lo rompió unilateralmente, y se produjeron como consecuencia las crisis financieras internacionales que ya conocemos, y que eran ya predecibles, pero cuyas causas y culpables nadie parece querer mencionar. El fenómeno de la fuga masiva de depósitos de bancos débiles a fuertes en presencia de una corrida y en ausencia de un banco central se manifestó a nivel internacional con las fugas masivas de capitales de los países pobres a centros financieros internacionales como Nueva York, con consecuencias reales negativas notables para los países sin resguardo contra problemas de liquidez. Paradójicamente los países pobres están financiando la inversión de los países ricos por esta vía, y se quedan ellos mismos sin crédito, y tienen que importarlo, en condiciones muy desventajosas, lo cual consolida la «trampa de la pobreza» (que alimenta, a su vez, la «plataforma de la riqueza» de manera injusta aun para los cánones neoliberales de competencia en buena lid).

Venezuela, como un ejemplo, ha pasado, en gran parte como consecuencia de ello, a disminuir su salario real en 50% en 20 años, y a ser el tercer país más desigual del mundo en ese período, por los problemas de volatilidad cambiaria que se generó desde el rompimiento de ese acuerdo. En ese período su sector privado pasó a acumular un ahorro más de 100 mil millones de dólares en el exterior, un monto superior a tres veces la deuda externa del país acumulada en el mismo período, y el sector financiero interno, medido por la cuantía del crédito, pasó a representar, del orden de un 50% del PIB, a un 10% del PIB. No hablemos de otros países pobres, de las hambrunas y del deterioro ambiental que se ha producido por la ausencia de mecanismos reguladores en todos los ámbitos del quehacer internacional que coordinen el accionar de los pobladores del mundo que tenemos en común, ni del conocido deterioro del medio ambiente que los poderosos de ese orden (o desorden) de cosas han querido en la práctica suponer como inacabable y de su propia discrecionalidad, sin pensar siquiera en su propia supervivencia futura.

¿Con qué moral vamos a pedir apertura de estos pequeños países, si hay condiciones políticas internacionales, en ocasiones producidas por restricciones al comercio de parte de los países desarrollados que piden apertura económica, que los han conducido a la miseria? ¿Porqué no se pide apertura, en particular política, a los países ricos, responsabilidad social a nivel mundial?

En todo caso es sabido el mercado, ni siquiera con la intervención del Estado, logra la máxima eficiencia económica. La solidaridad es un ingrediente imprescindible para resolver problemas que se presentan cuando hay información asimétrica (y corrupción si la gente es egoísta), bienes públicos, mercados financieros que no aseguran completamente contra el riesgo, y otras fallas del mercado y del Estado (Ver sobre esto Pérez-Martí, IESA, 2001). El amor verdadero, una base para la ética social e individual, componentes fundamentales hoy por hoy para el funcionamiento del mercado, es el secreto para la armonía y el aumento de la eficiencia económico-social, según lo reconocen hoy incluso las más reputadas escuelas de negocios del mundo (recuérdese la ética empresarial que prescribe el buen tratamiento del cliente y del trabajador, por ejemplo).

Lo que está planteado hoy por hoy para la sociedad del mundo, es pues, la conjunción de los mecanismos del mercado, el Estado y la solidaridad, algo que podríamos llamar «la cuarta vía», ya que la tercera, postulada como modelo de los países del mundo, incluye solo al mercado y al Estado. La solidaridad cohesiona grupos como familias, grupos de amigos, empresas solidarias (cooperativas y en general empresas en que el éxito de la organización se traduce en éxito de sus componentes) y grupos humanos como naciones; el mercado los relaciona entre sí para dividirse el trabajo y perseguir sus fines de bienestar como grupos o individuos. Finalmente, el Estado regula las acciones sociales de esos mecanismos, sobre la base de doctrinas éticas y políticas aceptadas por la mayoría, con respeto por las minorías.

Al mundo de hoy, globalizado, le hace falta urgentemente un Estado democrático para salir de su abismo, de su barbarie. Si debe hablarse de un mundo económico global, hay que hablar de una sociedad, de un nosotros, que se plasma en un Estado conformada por humanos en el sentido profundo de la palabra que incluye su carácter solidario. Pero la existencia de un Estado significa que sus miembros acatan sus dictámenes y sus leyes, y su carácter democrático implica la aceptación del principio de la igualdad política de todos los pobladores de la sociedad mundial, por lo menos en organismos decisorios de representación. En las naciones unidas, por ejemplo, cada individuo del mundo debería tener un voto, o, al menos, cada país debería representar a esos votantes, respetando el principio de la proporcionalidad en relación a la población del país respectivo. El poder de veto estaría completamente excluido de este esquema, y las naciones estarían sujetas a la normativa legal, so pena de exclusión del sistema. Esta exclusión, dado el principio de soberanía de los países, sería una de las alternativas a los mecanismos de castigo típicos de un Estado al interior de un país que tiene la potestad incluso para privar de libertad a un individuo por incumplimiento de las leyes vigentes en el lugar [2].

La investigación en teoría económica actualmente tiene una vertiente muy interesante: la unificación de lo que es y de lo que debería ser, de la economía normativa de la positiva. No habría disyuntiva aquí entre la equidad y la eficiencia. En teología de la liberación esta vertiente tiene una noción paralela que tiene que ver con el rescate de la unidad entre el Dios de la creación, que se manifiesta en la realidad, y el Dios de la revelación, el que anuncia la venida del Reino de la armonía, del amor. El principio dice que lo que debe ser es muy «práctico» (muy eficiente, técnica y socialmente), y por lo tanto es, o está en proceso de ser. En la literatura teórica, por ejemplo, la demostración del folk theorem, teorema del pueblo, muestra que el dilema del prisionero, en que cada quien tiende a buscar su propio interés en el corto plazo, y como consecuencia juega estrategias que no son optimas desde el punto social, tiene una salida: la cooperación es posible como un equilibrio de Nash, y es necesaria, o «racional», para el interés no solo social, sino también individual. En la literatura empírica, para justificar también la unificación de lo normativo con lo positivo, hoy por hoy se sabe que el crecimiento solo se da, entre otras cosas, si se invierte en capital humano, si hay poca desigualdad, si hay institucionalidad. Debemos extrapolar inteligentemente el pasado para vislumbrar el futuro: así como el racismo y la exclusión de las mujeres en el pasado reflejaban ignorancia de las posibilidades económicas de la inclusión y la tolerancia, asimismo la xenofobia, discriminación política y la exclusión social esconden ignorancia de todas las posibilidades futuras de crecimiento global armónico. Evitemos nuevas transiciones históricas dolorosas que consumen también tiempo y recursos. Todos deberíamos seguir ese camino de la inteligencia que aprende del pasado, de la evidencia empírica y de la teoría y los principios éticos, con voluntad política para dar poder político a una organización mundial para regular la economía y administrar justicia, para regular lo atinente a nuestro tan abandonado planeta que está muy cerca de un viaje ecológico sin retorno, para hacer transferencias sin (aparente) contrapartida de los países ricos a los pobres, medidas de redistribución de la riqueza que generan igualdad de oportunidades. Hoy puede ser condonar la deuda. En el futuro pueden ser establecerse mecanismos impositivos y de inversión en capital humano en los países pobres ( educación, salud, seguridad social) y también programas de desarrollo económico, incluyendo obras de infraestructura.

En relación a la economía solidaria, hay ejemplos que muestran que el futuro puede ser muy distinto al presente, dentro de la globalización, y no en contra de ella, y en consonancia con el principio de conjunción entre lo ético y lo práctico. Es de mencionar en este sentido el caso del Movimiento de Software Libre, uno de cuyos principales productos es el sistema operativo GNU/Linux. Se trata de bienes públicos no privatizados por la vía político-legal de las licencias, patentes y derechos de autor, que son producidos y distribuidos por vía solidaria mediante la facilidad de la comunicación global hecha posible por la Internet. Estos bienes son de muy alta calidad y tienen su desarrollo garantizado, según ha mostrado la evidencia empírica, y muestran algunas investigaciones teóricas en torno a la robustez de este tipo de organización productiva (ver por ejemplo Marhuenda y Pérez-Martí, 1999). La extensión de este tipo de modo de organización para la producción y distribución a otros bienes públicos como la tecnología de producción de medicinas y otros bienes, de transporte y comunicaciones, de salud, sistemas de información, promete ser una vía muy expedita para lograr tanto el crecimiento económico del mundo global, como la convergencia en los niveles entre los países del mundo, ya que la eliminación de las barreras del acceso a patentes y licencias por parte de los más pobres puede posibilitar un crecimiento más rápido dados sus inferiores niveles de utilización de bienes de capital. Los Estados del mundo, así como los organismos internacionales como la Unesco, tienen una gran responsabilidad en promover este tipo de arreglo productivo para ayudar a los países y las personas pobres a salir de su situación , y de esta manera a contribuir, directa e indirectamente al bienestar global.

Está claro, pues, que un mercado a nivel internacional es ineficiente sin un Estado, y un índice de «buen comportamiento» de un país en la sociedad del mundo debería incluir no solo variables económicas como aranceles, subsidio agrícola, etc., sino también variables que incluyan el ingrediente político que mida buenas maneras en el comportamiento internacional. Si se incluye en el índice de apertura, o de globalización, variables como el no acatamiento de las leyes internacionales, el rompimiento de acuerdos internacionales (Bretton Woods, Kioto, control de armas nucleares), la no firma de acuerdos de convivencia (como el de armas químicas y bacteriológicas, etc.), el subsidio a la propia agricultura cuando se recomienda la apertura de los países en desarrollo, el comportamiento no democrático y hegemónico en las Naciones Unidas, incluyendo las prácticas mafiosas en las votaciones de ese organismo (amenazando con retaliación económica a pequeños países si no se vota a favor de las propias propuestas), el no respeto del principio de igualdad de oportunidades (no condonando deuda y no haciendo transferencias de ingreso por la vía impositiva y de gasto), la falta de solidaridad con los países pobres, etc., muchos países desarrollados con índices altos de «apertura» económica, incluyendo a Estados Unidos, quedarían muy mal parados ante el resto de países de la sociedad global. Incluir solo ciertas variables económicas en este tipo de índice que proliferan actualmente como medidas de buen comportamiento es un sesgo ideológico inaceptable.

Venezuela, mientras tanto, que es hoy por hoy el tercer país más desigual del mundo, debe tener un indicador global económico-político bajo, pero está al comienzo de un proceso democratizador, de justicia social, que, incluso a pesar de los errores como la sobrevaluación que se han estado corrigiendo, debe mejorar los indicadores de igualdad de oportunidades y de solidaridad dadas las políticas que se están empezando a implementar (como créditos, tierras, viviendas, educación y salud para los pobres) y pienso que este país tiene mucho futuro en el mundo como ejemplo a seguir por los países en desarrollo.

El Estado global propuesto debe beneficiar a todos, con criterio democrático, y no debe representar los intereses de unos pocos, como es el caso del FMI, el BM, la OMC. Es fundamental, pues, la globalización política para poder tener una buena globalización económica. Además debe haber una globalización de la solidaridad. Sin esto, no funcionará el mercado a nivel internacional de manera eficiente, sustentable social y ecológicamente, con armonía política y la paz verdadera, basada en la justicia verdadera.

Si es mala la ideología neoliberal, mucho peor es la ideología del neoliberalismo para los pobres (apertura de mercados, etc.) con proteccionismo para los poderosos (los subsidios agrícolas en los países desarrollados y sus trabas comerciales hacia los países pobres montan a más del doble de la ayuda humanitaria de esos países hacia estos últimos). Pero lo peor de lo peor es la ideología neoliberal de los dominados: estos no solo caen en la falacia de que el neoliberalismo funciona, sino que se creen que los neoliberales son todos coherentes con sus planteamientos, y que nosotros debemos hacer lo que ellos nos dicen para avanzar, por el hecho de que eso es lo «moderno». Es, de hecho, la ideología del esclavo domesticado: Como el neocolonizador quiere mucho para sí mismo, el esclavo está contento porque quiere mucho para él (y, como consecuencia, poco para sí mismo...). No podemos convertir los índices de apertura en instrumentos de dominación ideológica que justifican el peor de los peores comportamientos descritos.

Desde este punto de vista, actos como la apertura unilateral de la frontera comercial a los Estados Unidos, o la dolarización unilateral propuesta por ciertos países de América Latina constituyen actos de sumisión política notable. No es una integración entre países, sino una integración de unos países a otro, sin conservar la dignidad de los países integrados, conformados por personas con derechos políticos. El ALCA tiene, básicamente esta característica. Estrictamente hablando estos son actos de sumisión económica, pues, mientras se tiene el dólar como moneda, no se goza del privilegio de prestamista de última instancia para el sistema financiero interno, ni se tiene representación en el directorio del FED para tomar decisiones de política monetaria que puede afectar la economía interna dadas las particularidades del ciclo económico del país en cuestión, ni se gozan de los privilegios del señoreaje, y, además, se corre el peligro de la manipulación estratégica sobre el signo monetario a la hora de conflictos políticos (como ocurrió en Panamá, país dolarizado, antes de ser invadido). En el aspecto del resto de la economía, la economía de los Estados Unidos se beneficiaría del comercio, sin asumir las responsabilidades políticas que conlleva una integración social, como el poder elegir los gobernantes, el poder decidir sobre las leyes y políticas económicas que afectan a la propia economía y el no gozar de los beneficios del sistema de bienestar social. Estrictamente hablando, una integración económico-monetaria unilateral, se asemejaría mucho a la autoconversión en un Estado de la Unión de los Estados Unidos, teniendo un presidente sin tener el poder de elegirlo y careciendo de otros derechos (y también deberes, es cierto) inherentes. Se tiene un presidente sin que se haya elegido, unas leyes sin que se haya decidido sobre ellas, un banco central sin que se goce de sus beneficios.

Recordemos de nuevo que los resultados de la literatura sobre el crecimiento señalan factores del crecimiento como la ausencia de desigualdad, la presencia de capital humano, el respeto a la institucionalidad (leyes, sistema judicial y de seguridad). Soy muy optimista, por lo tanto, sobre la inteligencia de los hombres y mujeres de este planeta, en particular de los países desarrollados, que les hará comprender que lo que explica el estancamiento económico que tenemos hoy por hoy en el mundo son precisamente la gran desigualdad entre los países, los bajos niveles de capital humano (evidenciados por los grandes niveles de analfabetismo y otros indicadores de educación, condiciones infrahumanas de los índices de salud, de seguridad social en el mundo), la falta de institucionalidad (por el hecho de que no hay leyes en el mundo, no hay sistema judicial, no hay ni siquiera un sistema de seguridad mundial que asegure la justicia internacional, y los países no respetan la institucionalidad mundial), los altos niveles de conflictividad y terrorismo, y no solo la falta de respeto a la propiedad (que tendría que definir propiedad sobre los mares, los cielos y los infiernos también). Pienso que los actores políticos mundiales verán en su propio interés cambiar este orden de cosas, y se van a dar cuenta, más temprano que tarde, que la actitud imperialista que identifica globalizar con colonizar nos llevará a un callejón sin salida. Para mí no cabe duda que la administración de los Estados Unidos, cambiará su política exterior, por propia conveniencia, y muy probablemente por una gran presión política interna.

Finalmente ¿debemos oponernos a la globalización, a la apertura económica? No, en absoluto. Lo que hay que hacer es hacerla bien. Es una buena noticia que Suiza acaba de aprobar, por referéndum, asociarse a las Naciones Unidas: es una muestra de inteligencia. Ese es el camino que todos debemos seguir y profundizar, teniendo mucho cuidado con las ideologías de la apología del poder que mantiene el status quo del conflicto que genera un equilibrio sub-óptimo. Pensemos cómo estaría Somalia si acogiera la cuarta vía en vez de la competencia salvaje entre clanes y mafias que tiene hoy, y extrapolemos la situación a un mundo global más armónico y civilizado que el que tenemos hoy de competencia igualmente salvaje de clanes y mafias. Mientras este programa de globalización social y política se inicia y se consolida, pienso que es natural que haya procesos de integración regional, como ocurrió en Europa y debe ocurrir en Latinoamérica, siempre y cuando haya liderazgo político que contrarreste las anexiones unilaterales a Estados Unidos. La conformación de polos de fuerza de los países pobres, no solo por la vía económica y política, sino, de manera importante, por la vía moral, y por la vía de los argumentos teóricos y empíricos, como los desglosados aquí.

Referencias

Lucas, Robert andu Andrew Atkenson (1995)

Francisco Marhuenda y Pérez-Martí, Felipe (1999) “On altruism, efficiency and public goods”, Avances de Investigación, Ediciones IESA, Caracas. También mimeografiado Universidad Carlos III de Madrid.

Felipe Perez-Marti (2000), “Altruismo y los mecanismos de asignacion de recursos”, I y II, Debates IESA, Caracas, Vol V, No. 4 y Vol VI No. 1.

John Roemer (1985) «Rationalizing Revolutionary Ideology», Econometrica, Vol 53, No. 1

Francisco Rodriguez y Dani Rodrik (1999) “Trade policy and economic growth: a skeptics guide to the cross-national evidence”, NBER working paper 7081

Notas

1. Es de hacer notar que ti tomáramos los países como entes con personalidad propia en la sociedad del mundo, para efectos de sus relaciones económicas, ellos estarían en su pleno derecho de definir sus preferencias, y por lo tanto qué compran y qué no, qué venden y qué no. La complejidad en la toma de decisiones para definir esas preferencias no elimina el hecho de que se trata de entes «soberanos» desde el punto de vista de su derecho de definirlas. Después de todo, las empresas son organizaciones complejas, cuyos procesos para definir sus objetivos tampoco son sencillos. Incluso los consumidores son entes complejos definiendo preferencias, y a menudo hablamos de «hogares» como un ente más idóneo para definirlas. Las barreras arancelarias, por tanto, pueden ejemplificarsed desde este punto de vista como un aumento en las preferencias por los bienes nacionales frente a los importados, ya que la locación misma diferencia a productos idénticos en otras dimensiones, así como los estados de la naturaleza o el tiempo también los diferencia. Desde este punto de vista, la presión social en pro del «modernismo» es una simple intromisión en asuntos privados de gustos y preferencias. La identificación de las empresas e individuos en el mundo como los entes primigenios de la sociedad del mundo cambia estas conclusiones.

2. De hecho, la exclusión puede ser muy efectiva, por lo menos del sistema de prestamista de última instancia, pues la moneda excluida queda sujeta a una volatilidad inconveniente para el país en cuestión.


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