Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

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Discurso ante la Convención

 [1858]

Con harto pesar, señor, tomo la palabra en esta cuestión, porque tal es mi deseo de complacer a las localidades, de uniformarme con el pensamiento de los señores que las defienden, bien manifestado en los aplausos que acaba de recibir el último orador, que de muy buena gana renunciaría a la palabra; pero es casi un deber dar cada uno sus razones en esta cuestión. Por fatigada que parezca la Cámara, espero que se tendrá indulgencia con las palabras que voy a decir.

Se ha hablado de centralismo, y algunos señores parece que lo defienden con calor. También se ha defendido el federalismo. Pero nadie ha abogado por el proyecto de Constitución, que no es ni puramente central, ni federal. Razonable es por lo menos que se oigan algunos de los motivos que la Comisión de Constitución, que tan silenciosa parece, ha tenido para presentar el proyecto que está en discusión.

Antes había dicho en otras discusiones que me detendría muy poco en la elección de una Constitución para Venezuela con tal que existiese en la República la que debe llamarse base eterna de las sociedades y de las constituciones políticas. Esto no quiere decir que una Constitución cualquiera es adaptable a todos los pueblos de la tierra; sólo quise manifestar la importancia que daba a esos primarios principios (pudieran llamarse así) sobre los cuales debiera formarse la Constitución política; pero como es necesario que haya relación entre la Constitución de un pueblo y su estado moral y su educación intelectual, la Comisión de Constitución ha encontrado que es adaptable el provecto presentado al estado actual de Venezuela. Ha tenido por mira, en parte, descentralizar el poder. Razones muy plausibles se han dado para esta idea; casi están agotadas; pero siguiendo la indicación hecha por el honorable diputado por Apure para que no divaguemos en teorías, y nos atengamos a la práctica, he buscado un argumento de práctica para probar la necesidad que tiene hoy Venezuela de descentralizar el poder, no porque crea como su señoría que las teorías son inútiles. La práctica de un gobierno está fundada en los principios; los principios son teorías, y teorías abstractas, y es preciso que la práctica esté fundada en las teorías, a menos que se tomase por norma el capricho y la voluntad mudal de los individuos. Sin embargo, procuraré dar una razón de conveniencia práctica para probar la necesidad imperiosa en que está hoy Venezuela de descentralizar el poder.

Consultaré solamente, señor, una especie de argumento. ¿Cuáles son las clases de individuos que obedecen al Gobierno y por qué motivo le obedecen? En el primero y en el mas alto lugar están los que obedecen al Gobierno por razón; los que reconociéndolo como una necesidad pública, como fuerza superior que instituye la sociedad en su provecho, le obedecen y sacrifican en su sostenimiento parte de su libertad y parte de sus propios intereses. Esta clase de la sociedad que obedece al Gobierno por razón es ciertamente la más ilustrada; es aquella que puede formarse una idea cabal de los deberes y de los derechos, de las relaciones entre los gobernantes y los gobernados, en fin, de la política. Desgraciadamente, en Venezuela esta es la clase que ofrece menos garantías a la sociedad. Limitada por la naturaleza, por la situación actual del país en que la ilustración no está muy difundida, es también la más viciada. De ella salen los conspiradores, los que aspiran constantemente a los destinos públicos, los que ansían por grados militares, los que minan la Constitución con teorías absurdas, con ideas corruptoras, para extraviar el pueblo. Esta es una verdad triste, pero es una verdad.

La segunda clase de los que sostienen el Gobierno, ¿cuál es? La de aquéllos que lo sostienen por conveniencia. ¿Cuáles son éstos? Los que derivan del Gobierno un salario pagado de las rentas públicas. Esta clase constituye una plaga. La mitad de la población aspira a vivir del público; es una lucha por tener empleos; y el hombre de honor y de conciencia que ocupa una vez el poder, lo arroja de sí para siempre porque o tiene que prevaricar o que hacerse enemigo de la mitad de la sociedad. Así es que el Gobierno y las instituciones tienen poco que esperar de los que le apoyan por interés particular.

¿Cuál es la otra clase de los que sostienen al Gobierno? Los que lo sostienen por pura preocupación; los que llaman Gobierno al Jefe del Estado, los que simbolizan la nación en un hombre, y no conocen más derechos, ni más voluntad nacional, que la voluntad de este hombre. Es una desgracia, pero es una verdad. Así es que hemos visto nuestros pueblos, arrastrados, sacrificar su voluntad, sacrificar sus deberes, obedeciendo a un buen instinto, a la idea del Gobierno; pero no sabiendo hacer diferencia entre el Gobierno que es una persona moral y el individuo que se llama Presidente de la República, que lo arrastra y lo lleva a la perdición.

Todas estas fuerzas unidas caen sobre el Gobierno central; unos para conspirar, otros para medrar en la lucha de los destinos públicos, y otros para dejarse arrastrar desde el momento que se les dice: «La voz del Presidente es la voz de la nación». Esta fuerza gravita sobre el Gobierno central, sobre un individuo que debe ser arrastrado por ella; y hoy que Venezuela aspira a ver el mando depositado en un individuo civil, en un simple ciudadano, para salvar este individuo es menester quitar toda esta inmensa responsabilidad que va a pesar sobre el Gobierno. Si es militar el que presida a Venezuela después de la escuela de diez años, usurpará, y usurpará necesariamente; se verá rodeado, asediado, adulado, y por su misma profesión será inducido al abuso del poder; abusará y volveremos a tener en la República, no un poder legal, un autócrata. (Aplausos). Si es civil, sucumbirá; porque caen sobre su cabeza todas estas inmensas pretensiones, todos esos odios. Conspiraciones surgirán a sus pies, y podemos decir desde hoy: «Un magistrado civil con el poder central será víctima en poco tiempo». (Aplausos).

Respecto del federalismo, el derecho extremo que ha debido examinar la Comisión, el federalismo es, sin duda, la más perfecta hasta hoy de las instituciones políticas. (Aplausos en una parte de la Cámara). Supone más capacidad, más conocimientos. Más moralidad. La libertad es una noción altísima; difícilmente la alcanza la filosofía; y los pueblos para realizarla han tenido que pasar por una larga serie de experiencias. Sin duda ninguna, el poder federal es el que realiza más plenamente la libertad política. (Aplausos en la Cámara); pero tenemos razón también para no admitirlo en toda su plenitud. (Aplausos en otra parte de la Cámara y risas).

Abandonando el campo de las teorías, descendamos a la práctica y, si se quiere, una humilde práctica, siguiendo en esto la indicación muy racional del señor diputado de Apure. Examinemos el elemento político de la parroquia. Figuremos a un extranjero que llega a una de nuestras parroquias rurales, que son las más numerosas en la República. Entrará a un pueblo en el centro del cual encuentra una gran plaza. Alrededor de la plaza tres edificios notables: la iglesia, la cárcel y la casa del juez. Desciendo, señor, a estas que parecen pequeñeces, pero que son verdades y que dan a conocer el verdadero estado de nosotros los venezolanos. Alrededor del cura (perdóneme el clero; estoy muy distante de hacer una sátira de su profesión), alrededor del cura está lo más ocioso y holgazán de la población (aplausos y risas); algunos santeros pidiendo permiso para pedir limosnas, otros con el calendario en la mano para saber las fiestas que se esperan, otros para repicar las campanas y quemar cohetes. El santero recorre las poblaciones empleando pláticas supersticiosas y recogiendo pequeños fondos de los vecinos. Los jornaleros tienen de memoria sabido el calendario, pues poco importa que se hayan reducido los días feriados; todos se guardan. Hay quince o veinte repiques que comienzan ocho días antes; desde la víspera empiezan los fuegos artificiales; y toda la población está convocada treinta o cuarenta veces al año a las fiestas religiosas, al templo, donde todo se tributa, menos el verdadero culto. ¡Lo que se ve en estas festividades es la holgazanería, es la reunión de una multitud de hombres que abandonan su trabajo! Es penoso decir esto; pero es un deber entrar en estos detalles, porque en ellos han fundado algunos su opinión sobre la Constitución del país. El cura abre el libro parroquial, suponiéndolo nuevo en su iglesia; encuentra el artículo de matrimonio; la parroquia tiene tres mil habitantes; hay diez matrimonios en el año.«¡Señor! -exclama-, aquí no hay matrimonios». Su interés personal está comprometido, se aflige; pero el sacristán le dice:«Señor, aunque no hay muchos matrimonios, hay muchos bautismos y muchos entierros». ¡No hay matrimonios! El matrimonio, sin embargo, es la base de la sociedad doméstica, donde se forma y se moraliza el hombre. De esto pueden dar razón todos los curas, y por esto reina tanta inmoralidad en nuestras poblaciones. De los nacidos, uno en diez es legítimo; y comparados los nacimientos con los muertos se encuentra que la población no adelanta. Todos los niños mueren por incuria, por negligencia, por abandono en Venezuela, en que tanto se necesita el aumento de la población. En los Estados Unidos se duplica la población, si no me engaño, en veinticinco años; en Inglaterra, acaso en treinta; en Francia. en cuarenta. En Venezuela no se duplica en medio siglo.

Dejando a un lado todo lo que tomamos como criterio para juzgar de nuestras poblaciones, de las casas de los curas pasemos a la del juez. ¿Qué rodea al juez? Lo más corrompido y viciado de la población. Allí están los que vienen a dar falso testimonio: allí están los que llegan a cohechar al juez, los perjuros, los que examinan los archivos para falsificar las escrituras, para excitar pleitos entre los vecinos. Es una observación exactísima que en los países americanos, como en los españoles, lo más corrompido de la población rodea los tribunales de justicia, que no deben llamarse de justicia, sino de execración, cuando en todas las naciones del mundo lo más respetable de la población es lo que tiene que ver con la justicia.

Estos son, señor, los elementos de la parroquia. Así es que, si nuestros abuelos resucitaran, encontrarían que no progresan siquiera en la parte material. El Nuevo Mundo parecería el Viejo al contemplarlo lleno de ruinas. Los pueblos no crecen; la parte más bella de Venezuela, los Valles de Aragua... no hay más que ver los pueblos: tienen todos el aspecto de milenarios.

¿Qué se deduce de todo esto? Que falta civilización. Los hombres no tienen la inteligencia suficiente para guiarse por sí mismos, para ilustrarse, progresar, conocer sus derechos y sus intereses; y es imposible que tengan una idea cabal de la Constitución política. Así vemos en la práctica llevar en las elecciones por delante como borregadas cada propietario sus poblaciones, y éstos son los que van a decidir de la suerte de la República en el nombramiento de los altos funcionarios. Es imposible, pues, aceptar con estos elementos el federalismo puro. El federalismo supone inteligencia, moralidad, independencia y buena voluntad, mucho patriotismo en la mayor parte, en el gran número de la sociedad.

Apartado, señor, a un lado el poder central como expuesto y tentador, y el federalismo como irrealizable por ser demasiado complejo para nuestra situación actual, queda un término medio, la descentralización administrativa y el ensanche del poder municipal. Me parece que el proyecto de Constitución satisface completamente a este deseo, realiza esta idea; y sería plenamente aceptable, estoy cierto, si no surgieran dificultades de las localidades. Yo quisiera abstenerme, señor, de entrar en esta cuestión; bastante se ha debatido y sobre esto me parece que la Cámara tiene ideas fijas que no serán variadas. Citaré sin embargo, un argumento, de paso, ya expresado, pero que puede repetirse. La capacidad de gobernarse por sí mismas las localidades requiere concurso de circunstancias y de elementos, y que éstos elementos sean puestos en actividad con economía. Me limito solamente a estos argumentos. El tren municipal establecido en un gran número de provincias sería costosísimo, absorbería todas las rentas en el pago de empleados, o el número de éstos sería muy limitado y no habría ni discusión en la legislatura, ni suficiencia en la administración de las rentas; o si se buscase llenar uno y otro extremo, los pueblos serían enormemente gravados.

El proyecto de Constitución establece que las legislaturas departamentales consten por lo menos de veinte individuos; veinte individuos en un territorio que componga dos o tres provincias de las actuales no gravarían excesivamente las localidades, pero si sería mucho para cada una de las veinte provincias, y tendríamos veinte multiplicados por veinte, cuatrocientos legisladores en Venezuela en el régimen municipal, y ciento en el Congreso; poco mas o menos, serían quinientos individuos legislando en Venezuela. Esto sólo indica la irrealización del proyecto de conservar las actuales provincias. Añádase a esto veinte gobernadores, algunos cien jefes políticos, un número cuádruple tal vez de concejales, y veamos si puede Venezuela en el estado lánguido en que se halla sostener este tren municipal. Es imposible.

Si se adopta el reducir la legislatura, tendremos las diputaciones provinciales de triste recordación; las diputaciones, que necesitaban para reunirse de las tres cuartas partes de sus miembros, que daban en algunas la mayoría de cuatro como número suficiente para deliberar, y tendríamos los intereses de las provincias sujetos a la decisión de cuatro individuos. Esto es, señor, por lo que respecta a la economía; por lo que respecta a inteligencia, el argumento es el mismo; ¡quinientos legisladores! Venezuela no tiene tantos hombres hábiles.

La pugna de las localidades es más encarnizada cuando es más pequeño el teatro. Sabemos que cada capital de provincia tiene sus prohombres y que éstos hacen la elección en sus amigos, y los otros pueblos se quejan de hostilidad y de opresión. Tomando un círculo más grande, a la influencia de una ciudad se opone la de otra, los intereses son más generales, las pasiones son menos violentas y están menos localizadas. No hay riña más atroz que la del vecino, no hay enemistad más fuerte que la del compadre. Así es que dominada por esta idea de que haya más economía, que habrá más hombres sabios, que las luchas sean menos encarnizadas, que los partidos políticos en las elecciones se equilibren mejor, que las elecciones sean la expresión de la voluntad de una gran sección, no el resultado de la influencia de una familia o de un individuo, la Comisión ha presentado el proyecto que se discute.

Terminaré aquí. No quiero abusar más de la tolerancia de la Cámara. Si el proyecto, sin embargo, creyeren los diputados que es una tea de discordia para la República; si al suprimir las provincias y sus tradiciones, como se nos ha dicho, el sacrificio de esas tradiciones, adquiridas algunas veces en seis meses, pudiera traer la conflagración de la República o nuevos inconvenientes al país en la sanción de la Constitución, yo sería el primero que los animaría que votasen contra el proyecto.

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