Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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Una oposición digna de «comiquitas»

Caracas, 18 de setiembre de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Confieso haber retomado el hábito de disfrutar de los dibujos animados. Eso sí, tras haber superado algunos complejos producto de los cuestionadores años 70 del siglo pasado. Años por los que merodeaban Freud, Jung, Lacan, Sartre, Simone de Beauvoir, Marcuse, Dorfman, Mattelart o cualquiera de sus aventajados discípulos, siempre dispuestos a formular sobre las comiquitas profundos análisis políticos y psicoanalíticos, de los que tampoco escapábamos quienes disfrutábamos de ellos; y que dada la talla de los críticos, terminábamos desarrollando un profundo sentido de culpa, que nos alienaba de un legítimo disfrute.

Superada esa etapa, así como la de la Posmodernidad, que en mi opinión personal no es otra cosa que pura PosNADAIDAD (por lo vacío de su contenido), regresé a los dibujos animados, sin que ello pueda ni deba ser entendido como que me esté declarando adepto de lo retro, que pareciera ser la tendencia de moda en estos tiempos. Signo inequívoco, una vez más, de la carencia de contenidos que se está evidenciando. Si no que se lo pregunten a un sector de nuestra sociedad, esa misma que alucina por lo que significaron los años 70, 80 y 90, de un muy inmediato pasado.

Entre mis preferidos (psiquiatras y psicólogos favor abstenerse de formular opiniones que no les he pedido) están Piolín y Silvestre, así como el Coyote y Correcaminos. Y por cuanto estamos en tiempos convulsos, aunque ausente de pensadores de fuste generadores de complejos y culpas (sobra decir que me refiero a los del patio, ya que desde Laureano Vallenilla Lanz, Venezuela ayuna de ellos), los dibujos animados me permiten, además de distraerme, hacer hondas reflexiones de índole política.

Razón por la cual Piolín y el Coyote han devenido en figuras en las que, sin el mayor esfuerzo intelectual, configuro a la oposición vernácula. Veamos el por qué de esta afirmación, blasfemia que dirán algunos.

Piolín, quien amparado tras el manto del candor y de la inocencia, no deja de ser (al menos para mí) el más perverso, retorcido e hipócrita personaje del mundo de las comiquitas (¿será por ello que Alberto Nolia lo tiene por un pajarraco jesuita?). Un personaje que provoca a Silvestre, pero eso sí, siempre y cuando tenga la seguridad de que la abuela está cerca para protegerle de la acción que él ha propiciado. Nada sería sin alguien poderoso que lo defendiera. Dejo a la inteligencia del lector la interpretación de esta afirmación. De lo que no me queda la menor duda es que si Jean-Baptiste Poquelin (alias Molière) en lugar de haber vivido en la Francia del siglo XVIII, le hubiera tocado vivir en el Hollywood de mediados del siglo XX, su Tartufo (el más claro exponente del individuo hipócrita, afectado, ignorante y creído de sí mismo), habría estado representado en un pajarito de plumas amarillas.

Más significativo que Piolín, por lo patético, es el caso del Coyote. Hay que ver la de vainas que inventa y que compra (más estas últimas, quizás allí la causa de sus múltiples fracasos) para acabar con el Correcaminos. No importa el pegamento que utilice, el disfraz que se ponga, lo alambicado o sofisticado del artilugio escogido en el catálogo de la casa Acme, ya que una y otra vez fracasa en el intento. Y una y otra vez la acción del Coyote habrá de concluir en una impresionante caída libre por un precipicio, en un peña que pesa toneladas aplastándole la humanidad (o más bien la coyotidad) o en la más frustrantes de las frustraciones, teniendo que aceptar que la peor de sus maldades acaba indefectiblemente por revertirse en su contra.

Tan patético es el personaje que uno termina sintiendo lástima por él.

Quizás en otra oportunidad haga referencia a Pinky y Cerebro.

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