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Sección: Bitblioteca
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El gran hermano Caracas, 31 de octubre de 2002 Hace ya unos dos años atrás en España la televisión privada puso al aire el programa El Gran Hermano. En cuestión de meses hizo peligrar la sólida sintonía de los canales de la televisora oficial TVE, convirtiéndose en un fenómeno social que revolucionó la televisión hispana, por lo que hizo correr ríos de tinta analizándolo, ponderándolo, criticándolo y tratando de comprender el porqué de su éxito. En su estructura se trata, ya que aún sigue en el aire, de una casa construida ad hoc en la que conviven una serie de personas, seleccionadas previamente, sin poder salir de las cuatro paredes de ella, siendo observadas día y noche por decenas de cámaras de televisión colocadas en sitios estratégicos de la morada. Un canal por cable retransmite de manera continua lo que hacen sus moradores, mientras que otro de señal abierta le dedica dos horas al día, repartidas en cuatro segmentos de treinta minutos. Las personas sometidas a ese enclaustramiento van consolidando relaciones (amistosas y algo más que amistosas), así como enemistades, y con el tiempo va aflorando todo lo bueno y malo que hay en cada uno de esos seres. La audiencia escoge a quienes considera más simpáticos, así como a los más odiosos, y en base a eso van saliendo de la casa quienes han sido repudiados por los televidentes, así como los que han asumido conductas belicosas o que simple y llanamente no aguantan la presión del encierro, que está demás decirlo se extiende por meses. Terminan venciendo las dos personas que más aguante hayan tenido y que hayan contado con la aprobación mayoritaria de la teleaudiencia. Por estos lares hace algo más de un año Venevisión quiso montar la versión criolla de ese programa, hasta el extremo de que acondicionó un piso de la Torre Capriles para tal efecto. Por cosas del destino todo quedó en un fallido intento, por lo que el venezolano no pudo darle rienda suelta al voyeur que hay en él, rascabucheador que decían nuestros padres, no quedándole más remedio que seguir utilizando los binoculares para fisgonear a la vecina del edificio de enfrente. Pero como no hay mal que por bien no venga, finalizando el mes de octubre en la Plaza Altamira se dio el milagro. Con un costo cero de producción, para las televisoras me refiero, ese espacio urbano se convirtió en el escenario para la versión criolla del El Gran Hermano, haciendo palidecer a la versión española, la que nunca se planteó un programa con cientos de personas involucradas en él, y sin tener que pasar por exigentes y meticulosos filtros de selección del casting. Estamos en Venezuela, por lo que el «real maravilloso» de Alejo Carpentier y el «realismo mágico» de Gabriel García Márquez tienen perfecta cabida. Militares negados a colaborar con las labores sociales del Plan Bolívar, decidieron darle una satisfacción a un sector de nuestra sociedad que no requiere de ellos para remodelar sus viviendas o para que les limpien las calles de la urbanización, por lo que decidieron hacerles feliz la vida con algo que sí aprecian, como lo es un buen show de televisión. Por lo que, para la Plaza Altamira se fueron. Y detrás de ellos las cámaras de televisión. Dicen que Cisneros no anda de lo más feliz que digamos al haber perdido la exclusiva y no poder cobrar la millonada a la que aspiraba. Y como por aquí nos gusta romper moldes, los protagonistas que en la Madre Patria eran rechazados, es decir, los agresivos y virulentos, aquí se convirtieron en las estrellas, marginándose a los menos gritones y a quienquiera demuestre actitudes medianamente conciliadoras. A medida que pasan los días el escenario se ha convertido en un batiburrillo, en el que es dado ver cualquier cosa, presenciar cualquier situación y oler cualquier olor. Por lo que no extraña se hayan oficiado servicios religiosos, desde una misa hasta un funeral, aunque aún se esté esperando por el primer matrimonio y ¿por qué no?, bautizo. En los espejos de agua de la plaza sobra material para más de uno. Toldos y carpas albergan la más variopinta gama de personas sin distingo de edades, aunque sí de condición social. Quien no tenga apariencia de «gente bien» puede verse en serios apuros. Los que allí concurren siempre han sido muy quisquillosos a la hora de elaborar listas de invitados, teniendo por costumbre sacar a patadas de sus saraos a quien no pertenezca al entorno social, tolerándose sólo a los mesoneros y ello por motivos obvios. Durante largas horas del día y de la noche las cámaras hurgan entre los asistentes buscando rostros famosos, por lo que no es raro que en ese afán se topen con una adolescente en el más descomunal «jamón» (así lo decimos los de mi edad, los pavos le dicen «dándose senda lata»), o con un señor maduro haciéndole «ojitos» a una dama, lo que seguramente ha debido dar motivo a más de una reprimenda paterna o desavenencia conyugal, ya que ni el padre esperaba ver en «vivo y en directo» a su hija en ese agite, ni la esposa al marido en pleno levante. Se echa de menos, eso sí, la presencia de cámaras en un set, puesto que para que el reality show fuese completo debería también escudriñar lo que sucede en el interior del Hotel Four Seasons, en cuyas instalaciones los militares pasan la mayor parte del tiempo. A diferencia de la otra versión, en la que la duración está determinada de antemano y estipulado el «premio» para los ganadores, la nuestra se adereza con la incertidumbre en cuanto al tiempo de duración, y al monto del premio que se habrá de repartir entre quienes más aguanten. Por los vientos que soplan el premio pudiera ser una larga estadía, con todos los gastos pagos, en un hotel (no habrá de ser el Four Seasons) con un régimen disciplinario mucho más estricto, en cuanto a los militares se refiere. Mientras que a los civiles les quedará el orgullo de haber participado en el más descomunal y estrambótico happening del que se tenga noticia (vaya usted a saber si no será registrado en el libro Guinnes). Las damas participantes se verán gratificadas cuando alguna conocida les diga (cargada de envidia, sin envidia no tendría la misma importancia) en una fiesta (piñata, matrimonio, bautizo, primera comunión, velorio): ¡Qué bien te veías en la Plaza de «La Libertad», estabas «cuchísima»! ¡Me muuuueeeeero de la envidia! Por su parte los hombres, maraqueando un escocés, engolando la voz y poniendo cara de circunstancias, poder afirmar: ¡Valió la pena estar allí!, no hay «güey», de vaina si llega a diciembre de 2003. ¿No fue Andy Warhol quién habló del cuarto de hora de la fama?
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