Roberto Hernández Montoya, Director
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Mocedades del cid
Personajes que hablan en ella
- El REY, don Fernando
- La REINA, su mujer
- El PRÍNCIPE, don Sancho
- La INFANTA, doña Urraca
- DIEGO Laínez, Padre del Cid
- RODRIGO, el Cid
- El CONDE Lozano
- JIMENA Gómez, hija del Conde
- ARIAS Gonzalo
- Per ANSURES
- HERNÁN Díaz, hermano del Cid
- BERMUDO Laín, hermano del Cid
- ELVIRA, criada de Jimena Gómez
- Un MAESTRO de armas del Príncipe
- MARTÍN González
- Un REY MORO
- Cuatro MOROS
- Un PASTOR
- Un GAFO
- Acompañamiento
Acto primero
Salen el REY, don Fernando y DIEGO Laínez, los dos de barba blanca
y el DIEGO Laínez decrépito. Arrodíllase delante el REY, y dice:
DIEGO: Es gran premio a mi lealtad.
REY: A lo que debo, me obligo.
DIEGO: Hónrale tu majestad.
REY: Honro a mi sangre en Rodrigo.
Diego Laínez, alzad.
Mis propias armas le he dado
para armalle caballero.
DIEGO: Ya, señor, las ha velado,
y ya viene...
REY: Ya lo espero.
DIEGO: ...excesivamente honrado,
pues don Sancho mi señor,
mi príncipe, y mi señora
la reina, le son, señor,
padrinos.
REY: Pagan agora
lo que deben a mi amor.
Salen la REINA, y el PRÍNCIPE don Sancho, la INFANTA doña Urraca,
JIMENA Gómez, RODRIGO, el CONDE Lozano, ARIAS Gonzalo, y Per ANSURES
URRACA: ¿Qué te parece, Jimena,
de Rodrigo?
JIMENA: Que es galán.
(Y que sus ojos le dan Aparte
al alma sabrosa pena.)
REINA: ¡Qué bien las armas te están!
¡Bien te asientan!
RODRIGO: ¿No era llano,
pues tú les diste los ojos,
y Arias Gonzalo la mano?
ARIAS: Son del cielo tus despojos,
y es tu valor castellano.
[Hablan al REY]
REINA: ¿Qué os parece mi ahijado?
PRÍNCIPE: ¿No es galán, fuerte y lucido?
[Habla a Per ANSURES]
CONDE: Bravamente le han honrado
los reyes.
ANSURES: Extremo ha sido.
RODRIGO: ¡Besaré lo que ha pisado
quien tanta merced me ha hecho!
REY: Mayores las merecías.
¡Qué robusto, qué bien hecho!
Bien te vienen armas mías.
RODRIGO: Es tuyo también mi pecho.
REY: Llegémonos al altar
del santo patrón de España.
DIEGO: No hay más glorias que esperar.
RODRIGO: Quien te sirve y te acompaña,
al cielo puede llegar.
Corren una cortina y parece el altar de Santiago, y en él una
fuente de plata, una espada y unas espuelas doradas.
REY: Rodrigo, ¿queréis ser caballero?
RODRIGO: Sí, quiero.
REY: Pues Dios os haga buen caballero.
Rodrigo, ¿queréis ser caballero?
RODRIGO: Sí, quiero.
REY: Pues Dios os haga buen caballero.
Rodrigo, ¿queréis ser caballero?
RODRIGO: Sí, quiero.
REY: Pues Dios os haga buen caballero.
Cinco batallas campales
venció en mi mano esta espada,
y pienso dejarla honrada
a tu lado.
RODRIGO: Extremos tales
mucho harán, señor, de nada.
Y así, porque su alabanza
llegue hasta la esfera quinta,
ceñida en tu confïanza
la quitaré de mi cinta,
colgaréla en mi esperanza.
Y, por el ser que me ha dado
y tuyo, que el cielo guarde.
de no volvérmela al lado
hasta estar asegurado
de no hacértela cobarde,
que será habiendo vencido
cinco campales batallas.
CONDE: (¡Ofrecimiento atrevido!) Aparte
REY: Yo te daré para dallas
la ocasión que me has pedido.
Infanta, y vos le poné
la espuela.
RODRIGO: ¡Bien soberano!
INFANTA: Lo que me mandas haré.
RODRIGO: Con un favor de tal mano,
sobre el mundo pondré el pie.
Pónele [la INFANTA] doña Urraca las espuelas
INFANTA: Pienso que te habré obligado.
Rodrigo, acuérdate de esto.
RODRIGO: Al cielo me has levantado.
JIMENA: (Con la espuela que le ha puesto Aparte
el corazón me ha picado.)
RODRIGO: Y tanto servirte espero,
como obligado me hallo.
REINA: Pues eres ya caballero,
ve a ponerte en un caballo,
Rodrigo, que darte quiero.
Y yo y mis damas saldremos
a verte salir en él.
PRÍNCIPE: A Rodrigo acompañemos.
REY: Príncipe, salid con él.
ANSURES: (Ya estas honras son extremos.) Aparte
RODRIGO: ¿Qué vasallo mereció
ser de su rey tan honrado?
PRÍNCIPE: Padre, ¿y cuándo podré yo
ponerme una espada al lado?
REY: Aún no es tiempo.
PRÍNCIPE: ¿Cómo no?
REY: Pareceráte pesada,
que tus años tiernos son.
PRÍNCIPE: Ya desnuda o ya envainada,
las alas del corazón
hacen ligera la espada.
Yo, señor, cuando su acero
miro de la punta al pomo
con tantos bríos le altero,
que a ser un monte de plomo
me pareciera ligero.
Y si Dios me da lugar
de ceñilla, y satisfecho
de mi pujanza, llevar
en hombros, espalda y pecho,
gola, peto y espaldar,
verá el mundo que me fundo
en ganalle; y si le gano,
verán mi valor profundo
sustentando en cada mano
un polo de los del mundo.
REY: Sois muy mozo, Sancho; andad.
Con la edad daréis desvío
a ese brío.
PRÍNCIPE: ¡Imaginad
que pienso tener más brío
cuanto tenga más edad!
RODRIGO: En mí tendrá vuestra alteza
para todo un fiel vasallo.
CONDE: (¡Qué brava naturaleza!) Aparte
PRÍNCIPE: Ven y pondráste a caballo.
ANSURES: (Será la misma braveza!) Aparte
REINA: Vamos a vellos.
DIEGO: Bendigo,
hijo, tan dichosa palma.
REY: (¡Qué de pensamientos sigo!) Aparte
JIMENA: (¡Rodrigo me lleva el alma!) Aparte
INFANTA: (¡Bien me parece Rodrigo!) Aparte
Vanse y quedan el REY, el CONDE Lozano, DIEGO Laínez, ARIAS Gonzalo
y Per ANSURES
REY: Conde de Orgaz, Persanrules,
Laínez, Arias Gonzalo,
los cuatro que hacéis famoso
nuestro consejo de estado,
esperad, volved, no os vais;
sentaos, que tengo que hablaros.
Siéntanse todos cuatro, y el REY en medio de ellos
Murió Gonzalo Bermúdez
que del príncipe don Sancho
fue ayo, y murió en el tiempo
que más le importaba el ayo.
Pues dejando estudio y letras
el príncipe tan temprano,
tras su inclinación le llevan
guerras, armas y caballos.
Y siendo de condición
tan indomable, y tan bravo,
que tiene asombrado el mundo
con sus prodigio extraños,
un vasallo ha menester
que, tan leal como sabio,
enfrene sus apetitos
con prudencia y con recato.
Y así, yo viendo, parientes
más amigos que vasallos,
que es mayordomo mayor
de la reina Arias Gonzalo,
y que de Alonso y García
tiene la cura a su cargo
Peransures, y que el conde
por muchas causas Lozano,
para mostrar que lo es,
viste acero y corre el campo,
quiero que a Diego Laínez
tenga el príncipe por ayo;
pero es mi gusto que sea
con parecer de los cuatro,
columnas de mi corona,
y apoyos de mi cuidado.
ARIAS: ¿Quién como Diego Laínez
puede tener a su cargo
lo que importa tanto a todos,
y al mundo le importa tanto?
ANSURES: ¿Merece Diego Laínez
tal favor de tales manos?
CONDE: Sí, merece; y más agora,
que a ser contigo ha llegado
preferido a mi valor
tan a costa de mi agravio.
Habiendo yo pretendido
el servir en este cargo
al príncipe mi señor,
que el cielo guarde mil años,
debieras mirar, buen rey,
lo que siento y lo que callo
por estar en tu presencia,
si es que puedo sufrir tanto.
Si el viejo Diego Laínez
con el peso de los años,
caduca ya, ¿cómo puede
siendo caduco, ser sabio?
Y cuando al príncipe enseñe
lo que entre ejercicios varios
debe hacer un caballero
en las plazas y en los campos,
¿podrá, para dalle ejemplo,
como yo mil veces hago,
hacer una lanza astillas,
desalentando un caballo?
Si yo...
REY: ¡Baste!
DIEGO: Nunca, conde,
anduvistes tan lozano.
Que estoy caduco confieso,
que el tiempo, en fin, puede tanto.
Mas caducando, durmiendo,
feneciendo, delirando,
¡puedo, puedo enseñar yo
lo que muchos ignoraros!
Que si es verdad que se muere
cual se vive, agonizando,
para vivir daré ejemplos,
y valor para imitallos.
Si ya me faltas las fuerzas
para con pies y con brazos
hacer de lanzas astillas
y desalentar caballos,
de mis hazañas escritas
daré al príncipe un traslado,
y aprenderá en lo que hice,
si no aprende en lo que hago.
Y verá el mundo, y el rey,
que ninguno en lo crïado
merece...
REY: ¡Diego Laínez!
CONDE: ¡Yo lo merezco...
REY: ¡Vasallos!
CONDE: ...tan bien como tú, y mejor!
REY: ¡Conde!
DIEGO: Recibes engaño.
CONDE: Yo digo...
REY: ¡Soy vuestro rey!
DIEGO: ¿No dices?...
CONDE: Dirá la mano
lo que ha callado la lengua!
Dale una bofetada
ANSURES: ¡Tente!...
DIEGO: ¡Ay, viejo desdichado!
REY: ¡Ah, de mi guarda...!
DIEGO: ¡Dejadme!
REY: ¡Prendedle!
CONDE: ¿Estás enojado?
Espera, excusa alborotos,
rey poderoso, rey magno,
y no los habrá en el mundo
de habellos en tu palacio.
Y perdónale esta vez
a esta espada y a esta mano
el perderte aquí el respeto,
pues tantas y en tantos años
fue apoyo de tu corona,
caudillo de tus soldados,
defendiendo tus fronteras,
y vengando tus agravios.
Considera que no es bien
que prendan los reyes sabios
a los hombres como yo,
que son de los reyes manos,
alas de su pensamiento,
y corazón de su estado.
REY: ¿Hola?
ANSURES: ¿Señor?
ARIAS: ¿Señor?
REY: ¿Conde?
CONDE: Perdona.
REY: ¡Espera villano!
Vase el CONDE
¡Seguidle!
ARIAS: ¡Parezca agora
tu prudencia, gran Fernando!
DIEGO: Llamalde, llamad al conde,
que venga a ejercer el cargo
de ayo de vuestro hijo,
que podrá más bien honrallo;
pues que yo sin honra quedo,
y él lleva, altivo y gallardo,
añadido al que tenía
el honor que me ha quitado.
Y yo me iré, si es que puedo,
tropezando en cada paso
con la carga de la afrenta
sobre el peso de los años,
donde mis agravios llore
hasta vengar mis agravios.
REY: ¡Escucha, Diego Laínez!
DIEGO: Mal parece un afrentado
en presencia de su rey.
REY: ¡Oíd!
DIEGO: ¡Perdonad, Fernando!
(¡Ay, sangre que honró a Castilla!) Aparte
Vase DIEGO Laínez
REY: ¡Loco estoy!
ARIAS: Va apasionado.
REY: Tiene razón. ¿Qué haré, amigos?
¿Prenderé al conde Lozano?
ARIAS: No, señor; que es poderoso,
arrogante, rico y bravo,
y aventuras en tu imperio
tus reinos y tus vasallos.
Demás de que en casos tales
es negocio averiguado
que el prender al delincuente
es publicar el agravio.
REY: Bien dices. Ve, Peransures,
siguiendo al conde Lozano.
A ARIAS Gonzalo
Sigue tú a Diego Laínez.
Decid de mi parte a entrambos
que, pues la desgracia ha sido
en mi aposento cerrado
y está seguro el secreto,
que ninguno a publicallo
se atreva, haciendo el silencio
perpetuo; y que yo lo mando
so pena de mi desgracia.
ANSURES: ¡Notable razón de estado!
A ARIAS Gonzalo
REY: Y dile a Diego Laínez
que su honor tomo a mi cargo,
y que vuelva luego a verme.
A Per ANSURES
Y di al conde que le llamo,
y le aseguro. Y veremos
si puede haber medio humano
que componga estas desdichas.
ANSURES: Iremos.
REY: ¡Volved volando!
ARIAS: Mi sangre es Diego Laínez.
ANSURES: Del conde soy primo hermano.
REY: Rey soy mal obedecido,
castigaré mis vasallos.
Vanse. Sale RODRIGO con sus hermanos HERNÁN Díaz y BERMUDO Laín
que le salen quitando las armas
RODRIGO: Hermanos, mucho me honráis.
BERMUDO: A nuestro hermano mayor
servimos.
RODRIGO: Todo el amor
que me debéis, me pagáis.
HERNÁN: Con todo habemos quedado.
Que es bien que lo confesamos,
envidiando los extremos
con que del rey fuiste honrado.
RODRIGO: Tiempo, tiempo vendrá, hermanos,
en que el rey, placiendo a Dios,
pueda emplear en los dos
sus dos liberales manos,
y os dé con los mismos modos
el honor que merecí;
que el rey que me honra a mí,
honra tiene para todos.
Id colgando con respeto
sus armas, que mías son;
a cuyo heroico blasón
otra vez juro y prometo
de no ceñirme su espada,
que colgada aquí estará
de mi mano, y está ya
de mi esperanza colgada,
hasta que llegue a vencer
cinco batallas campales.
BERMUDO: ¿Y cuándo, Rodrigo, sales
al campo?
RODRIGO: A tiempo ha de ser.
Sale DIEGO Laínez con el báculo partido en dos partes
DIEGO: ¿Agora cuelgas la espada,
Rodrigo?
HERNÁN: ¡Padre!
BERMUDO: ¡Señor!
RODRIGO: ¿Qué tienes?
DIEGO: (No tengo honor.)
Aparte ¡Hijos!
RODRIGO: ¡Dile!
DIEGO: Nada, nada...
¡Dejadme solo!
RODRIGO: ¿Qué ha sido?
(De honra son estos enojos Aparte
Vertiendo sangre de los ojos
con el báculo partido...)
DIEGO: ¡Salíos fuera!
RODRIGO: Si me das
licencia, tomar quisiera
otra espada.
DIEGO: ¡Esperad fuera!
¡Salte, salte como estás!
HERNÁN: ¡Padre!
BERMUDO: ¡Padre!
DIEGO: (¡Más se aumenta Aparte
mi desdicha!)
RODRIGO: ¡Padre amado!
DIEGO: (Con una afrenta os he dado Aparte
a cada uno una afrenta.)
¡Dejadme solo...!
BERMUDO: Crüel
es su pena.
HERNÁN: Yo la siento.
DIEGO: (¡Que se caerá este aposento Aparte
si hay cuatro afrentas en él!)
¿No os vais?
RODRIGO: Perdona...
DIEGO: (¡Qué poca Aparte
es mi suerte!)
RODRIGO: (¿Qué sospecho? Aparte
Pues ya el honor en mi pecho
toca a fuego, al arma toca.)
Vanse los tres
DIEGO: ¡Cielos! ¡Peno, muero, rabio!...
No más, báculo rompido,
pues sustentar no ha podido
sino al honor, al agravio.
Mas nos os culpo, como sabio.
Mal he dicho, perdonad.
Que es ligera autoridad
la vuestra, y sólo sustenta
no la carga de una afrenta,
sino el peso de una edad.
Antes con mucha razón
es vengo a estar obligado,
pues dos palos me habéis dado
con que vengue un bofetón.
Mas es liviana opinión
que mi honor fundarse quiera
sobre cosa tan ligera.
Tomando esta espada, quiero
llevar báculo de acero
y no espada de madera.
Ha de haber unas armas colgadas en el tablado y algunas espadas
Si no me engaño, valor
tengo que mi agravio siente.
¡En ti, en ti, espada valiente,
ha de fundarse mi honor!
De Mudarra el vengador
eres; tu acero afamado
desde el uno al otro polo;
pues vengaron tus heridas
la muerte de siete vidas,
¡venga en mí un agravio solo!
¿Esto es blandir o temblar?
Pulso tengo todavía;
aún hierve mi sangre fría,
que tiene fuego el pesar.
Bien me puedo aventurar;
mas, ¡ay cielo!, engaño es,
que cualquier tajo o revés
me lleva tras sí la espada,
bien en mi mano apretada
y mal segura en mis pies.
Ya me parece de plomo,
ya mi fuerza desfallece,
ya caigo, ya me parece
que tiene a la punta el pomo.
Pues, ¿qué he de hacer? ¿Cómo, cómo
con qué, con qué confïanza
daré paso a mi esperanza,
cuando funda el pensamiento
sobre tan flaco cimiento
tan importante venganza?
¡Oh, caduca edad cansada!
Estoy por pasarme el pecho.
¡Ah, tiempo ingrato! ¿Qué has hecho?
¡Perdonad, valiente espada!
¡Y estad desnuda y colgada
que no he de envainaros, no!
Que pues mi vida acabó
donde mi afrenta comienza,
teniéndoos a la vergüenza,
diréis la que tengo yo.
¡Desvanéceme la pena!
Mis hijos quiero llamar;
que aunque es desdicha tomar
venganza con mano ajena,
el no tomalla condena
con más veras al honrado.
En su valor he dudado,
teniéndome suspendido,
el suyo por no sabido,
el mío por acabado.
¿Qué haré?... No es mal pensamiento.
¡Hernán Díaz!
Sale HERNÁN Díaz
HERNÁN: ¿Qué me mandas?
DIEGO: Los ojos tengo sin luz,
la vida tengo sin alma.
HERNÁN: ¿Qué tienes?
DIEGO: ¡Ay hijo! ¡Ay hijo!
Dame la mano. Estas ansias
con este rigor me aprietan.
Tómale la mano a su hijo, y apriétala lo más fuerte que pudiere
HERNÁN: ¡Padre, padre! ¡Que me matas!
¡Suelta, por Dios, suelta! ¡Ay cielo!
DIEGO: ¿Qué tienes? ¿Qué te desmaya?
¿Qué lloras, medio mujer?
HERNÁN: ¡Señor!...
DIEGO: ¡Vete! ¡Vete! ¡Calla!
¿Yo te di el ser? No es posible...
¡Sale fuera!
HERNÁN: ¡Cosa extraña!
Vase
DIEGO: ¡Si así son todos mis hijos,
buena queda mi esperanza!
¡Bermudo Laín!
Sale BERMUDO Laín
BERMUDO: ¿Señor?
DIEGO: Una congoja, una basca
tengo, hijo. Llega, llega...
¡Dame la mano!
Apriétale la mano
BERMUDO: Tomalla
puedes. ¡Mi padre! ¿Que haces?
¡Suelta, deja, quedo, basta!
¿Con las dos manos me aprietas?
DIEGO: ¡Ay, infame! Mis manos flacas
¿son las garras de un león?
Y aunque lo fueran, ¿bastaran
a mover tus tiernas quejas?
¿Tú eres hombre? ¡Vete, infamia
de mi sangre!
BERMUDO: Voy corrido.
Vase
DIEGO: ¿Hay tal pena? ¿Hay tal desgracia?
¿En qué columnas escriba
la nobleza de una casa
que dio sangre a tantos reyes?
Todo el aliento me falta.
¿Rodrigo?
Sale RODRIGO
RODRIGO: ¿Padre? Señor,
¿Es posible que me agravias?
Si me engendraste el primero,
¿cómo el postrero me llamas?
DIEGO: ¡Ay hijo! Muero...
RODRIGO: ¿Que tienes?
DIEGO: ¡Pena, pena, rabia, rabia!
Muérdele un dedo de la mano fuertemente
RODRIGO: ¡Padre! ¡Soltad en mal hora!
¡Soltad, padre, en hora mala!
¡Si no fuérades mi padre,
diéraos una bofetada!
DIEGO: Ya no fuera la primera.
RODRIGO: ¿Cómo?
DIEGO: ¡Hijo, hijo del alma!
¡Ese sentimiento adoro,
esa cólera me agrada,
esa braveza bendigo!
¡Esa sangre alborotada
que ya en tus venas revienta,
que ya por tus ojos salta,
es la que me dio Castilla,
y la que te di heredada
de Laín Calvo y de Nuño,
y la que afrentó en mi cara
el conde... el conde de Orgaz...
ése a quien lozano llaman!
¡Rodrigo, dame los brazos!
¡Hijo, esfuerza mi esperanza,
y esta mancha de mi honor
que al tuyo se extiende, lava
con sangre; que sangre sola
quita semejantes manchas!
Si no te llamé el primero
para hacer esta venganza,
fue porque más te quería,
fue por más te adoraba;
y tus hermanos quisiera
que mis agravios vengaran
por tener seguro en ti
el mayorazgo en mi casa.
Pero pues los vi, al proballos
tan sin bríos, tan sin alma,
que cobraron mis afrentas,
y crecieron mis desgracias.
¡A ti te toca, Rodrigo!
Cobra el respeto a estas canas;
poderoso es el contrario
y en palacio y en campaña
su parecer el primero,
y suya la mejor lanza.
Pero pues tienes valor
y el discurso no te falta
cuando a la vergüenza miras
aquí ofensa y allí espada.
No tengo más que decirte
pues ya mi aliento se acaba
y voy a llorar afrentas
mientas tú tomas venganza.
Vase DIEGO Laínez, dejando solo a RODRIGO
RODRIGO: Suspenso, de afligido,
estoy... Fortuna, ¿es cierto lo que veo?
¡Tan en mi daño ha sido
tu mudanza, que es tuya, y no la creo!
¿Posible pudo ser que permitiese
tu inclemencia que fuese
mi padre el ofendido? ¡Extraña pena!
¿Y el ofensor el padre de Jimena?
¿Qué haré, suerte atrevida,
si él es el alma que me dio la vida?
¿Que haré--¡terrible calma!--
si ella es la vida que me tiene el alma?
Mezclar quisiera, en confïanza tuya,
mi sangre con la suya,
¿y he de verter su sangre? ¡Brava pena!
¿Yo he de matar al padre de Jimena?
Mas ya ofende esta duda
al santo honor que mi opinión sustenta.
Razón es que sacuda
de amor el yugo y, la cerviz exenta,
acuda a los que soy; que habiendo sido
mi padre el ofendido,
poco importa que fuese--¡amarga pena!
el ofensor el padre de Jimena.
¿Que imagino? Pues que tengo
más valor que pocos años,
para vengar a mi padre
matando al conde Lozano,
¿qué importa el bando temido
del poderoso contrario,
aunque tenga en las montañas
mil amigos asturianos?
¿Y qué importa que en la corte
del rey de León, Fernando,
sea su voto el primero,
y en guerra el mejor su brazo?
Todo es poco, todo es nada
en descuento de un agravio,
el primero que se ha hecho
a la sangre de Laín Calvo.
Daráme el cielo ventura,
si la tierra me da campo,
aunque es la primera vez
que doy el valor al brazo.
Llevaré esta espada vieja
de Mudarra el castellano,
aunque está bota y mohosa,
por la muerte de su amo;
y si le pierdo el respeto,
quiero que admita en descargo
del ceñírmela ofendido,
lo que la digo turbado.
Haz cuenta, valiente espada,
que otro Mudarra te ciñe,
y que con mi brazo riñe
por su honra maltratada.
Bien sé que te correrás
de venir a mi poder,
mas no te podrás correr
de verme echar paso atrás.
Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
segundo dueño has cobrado
tan bueno como el primero.
Pues cuando alguno me venza,
corrido del torpe hecho
hasta la cruz en mi pecho
te esconderé, de vergüenza.
Vase. Salen a la ventana doña URRACA y JIMENA Gómez
RODRIGO: Hermanos, mucho me honráis.
BERMUDO: A nuestro hermano mayor
servimos.
RODRIGO: Todo el amor
que me debéis, me pagáis.
HERNÁN: Con todo habemos quedado.
Que es bien que lo confesamos,
envidiando los extremos
con que del rey fuiste honrado.
RODRIGO: Tiempo, tiempo vendrá, hermanos,
en que el rey, placiendo a Dios,
pueda emplear en los dos
sus dos liberales manos,
y os dé con los mismos modos
el honor que merecí;
que el rey que me honra a mí,
honra tiene para todos.
Id colgando con respeto
sus armas, que mías son;
a cuyo heroico blasón
otra vez juro y prometo
de no ceñirme su espada,
que colgada aquí estará
de mi mano, y está ya
de mi esperanza colgada,
hasta que llegue a vencer
cinco batallas campales.
BERMUDO: ¿Y cuándo, Rodrigo, sales
al campo?
RODRIGO: A tiempo ha de ser.
Sale DIEGO Laínez con el báculo partido en dos partes
DIEGO: ¿Agora cuelgas la espada,
Rodrigo?
HERNÁN: ¡Padre!
BERMUDO: ¡Señor!
RODRIGO: ¿Qué tienes?
DIEGO: (No tengo honor.) Aparte
¡Hijos!
RODRIGO: ¡Dile!
DIEGO: Nada, nada...
¡Dejadme solo!
RODRIGO: ¿Qué ha sido?
(De honra son estos enojos Aparte
Vertiendo sangre de los ojos
con el báculo partido...)
DIEGO: ¡Salíos fuera!
RODRIGO: Si me das
licencia, tomar quisiera
otra espada.
DIEGO: ¡Esperad fuera!
¡Salte, salte como estás!
HERNÁN: ¡Padre!
BERMUDO: ¡Padre!
DIEGO: (¡Más se aumenta Aparte
mi desdicha!)
RODRIGO: ¡Padre amado!
DIEGO: (Con una afrenta os he dado Aparte
a cada uno una afrenta.)
¡Dejadme solo...!
BERMUDO: Crüel
es su pena.
HERNÁN: Yo la siento.
DIEGO: (¡Que se caerá este aposento Aparte
si hay cuatro afrentas en él!)
¿No os vais?
RODRIGO: Perdona...
DIEGO: (¡Qué poca Aparte
es mi suerte!)
RODRIGO: (¿Qué sospecho? Aparte
Pues ya el honor en mi pecho
toca a fuego, al arma toca.)
Vanse los tres
DIEGO: ¡Cielos! ¡Peno, muero, rabio!...
No más, báculo rompido,
pues sustentar no ha podido
sino al honor, al agravio.
Mas nos os culpo, como sabio.
Mal he dicho, perdonad.
Que es ligera autoridad
la vuestra, y sólo sustenta
no la carga de una afrenta,
sino el peso de una edad.
Antes con mucha razón
es vengo a estar obligado,
pues dos palos me habéis dado
con que vengue un bofetón.
Mas es liviana opinión
que mi honor fundarse quiera
sobre cosa tan ligera.
Tomando esta espada, quiero
llevar báculo de acero
y no espada de madera.
Ha de haber unas armas colgadas en el tablado y algunas espadas
Si no me engaño, valor
tengo que mi agravio siente.
¡En ti, en ti, espada valiente,
ha de fundarse mi honor!
De Mudarra el vengador
eres; tu acero afamado
desde el uno al otro polo;
pues vengaron tus heridas
la muerte de siete vidas,
¡venga en mí un agravio solo!
¿Esto es blandir o temblar?
Pulso tengo todavía;
aún hierve mi sangre fría,
que tiene fuego el pesar.
Bien me puedo aventurar;
mas, ¡ay cielo!, engaño es,
que cualquier tajo o revés
me lleva tras sí la espada,
bien en mi mano apretada
y mal segura en mis pies.
Ya me parece de plomo,
ya mi fuerza desfallece,
ya caigo, ya me parece
que tiene a la punta el pomo.
Pues, ¿qué he de hacer? ¿Cómo, cómo
con qué, con qué confïanza
daré paso a mi esperanza,
cuando funda el pensamiento
sobre tan flaco cimiento
tan importante venganza?
¡Oh, caduca edad cansada!
Estoy por pasarme el pecho.
¡Ah, tiempo ingrato! ¿Qué has hecho?
¡Perdonad, valiente espada!
¡Y estad desnuda y colgada
que no he de envainaros, no!
Que pues mi vida acabó
donde mi afrenta comienza,
teniéndoos a la vergüenza,
diréis la que tengo yo.
¡Desvanéceme la pena!
Mis hijos quiero llamar;
que aunque es desdicha tomar
venganza con mano ajena,
el no tomalla condena
con más veras al honrado.
En su valor he dudado,
teniéndome suspendido,
el suyo por no sabido,
el mío por acabado.
¿Qué haré?... No es mal pensamiento.
¡Hernán Díaz!
Sale HERNÁN Díaz
HERNÁN: ¿Qué me mandas?
DIEGO: Los ojos tengo sin luz,
la vida tengo sin alma.
HERNÁN: ¿Qué tienes?
DIEGO: ¡Ay hijo! ¡Ay hijo!
Dame la mano. Estas ansias
con este rigor me aprietan.
Tómale la mano a su hijo, y apriétala lo más fuerte que pudiere
HERNÁN: ¡Padre, padre! ¡Que me matas!
¡Suelta, por Dios, suelta! ¡Ay cielo!
DIEGO: ¿Qué tienes? ¿Qué te desmaya?
¿Qué lloras, medio mujer?
HERNÁN: ¡Señor!...
DIEGO: ¡Vete! ¡Vete! ¡Calla!
¿Yo te di el ser? No es posible...
¡Sale fuera!
HERNÁN: ¡Cosa extraña!
Vase
DIEGO: ¡Si así son todos mis hijos,
buena queda mi esperanza!
¡Bermudo Laín!
Sale BERMUDO Laín
BERMUDO: ¿Señor?
DIEGO: Una congoja, una basca
tengo, hijo. Llega, llega...
¡Dame la mano!
Apriétale la mano
BERMUDO: Tomalla
puedes. ¡Mi padre! ¿Que haces?
¡Suelta, deja, quedo, basta!
¿Con las dos manos me aprietas?
DIEGO: ¡Ay, infame! Mis manos flacas
¿son las garras de un león?
Y aunque lo fueran, ¿bastaran
a mover tus tiernas quejas?
¿Tú eres hombre? ¡Vete, infamia
de mi sangre!
BERMUDO: Voy corrido.
Vase
DIEGO: ¿Hay tal pena? ¿Hay tal desgracia?
¿En qué columnas escriba
la nobleza de una casa
que dio sangre a tantos reyes?
Todo el aliento me falta.
¿Rodrigo?
Sale RODRIGO
RODRIGO: ¿Padre? Señor,
¿Es posible que me agravias?
Si me engendraste el primero,
¿cómo el postrero me llamas?
DIEGO: ¡Ay hijo! Muero...
RODRIGO: ¿Que tienes?
DIEGO: ¡Pena, pena, rabia, rabia!
Muérdele un dedo de la mano fuertemente
RODRIGO: ¡Padre! ¡Soltad en mal hora!
¡Soltad, padre, en hora mala!
¡Si no fuérades mi padre,
diéraos una bofetada!
DIEGO: Ya no fuera la primera.
RODRIGO: ¿Cómo?
DIEGO: ¡Hijo, hijo del alma!
¡Ese sentimiento adoro,
esa cólera me agrada,
esa braveza bendigo!
¡Esa sangre alborotada
que ya en tus venas revienta,
que ya por tus ojos salta,
es la que me dio Castilla,
y la que te di heredada
de Laín Calvo y de Nuño,
y la que afrentó en mi cara
el conde... el conde de Orgaz...
ése a quien lozano llaman!
¡Rodrigo, dame los brazos!
¡Hijo, esfuerza mi esperanza,
y esta mancha de mi honor
que al tuyo se extiende, lava
con sangre; que sangre sola
quita semejantes manchas!
Si no te llamé el primero
para hacer esta venganza,
fue porque más te quería,
fue por más te adoraba;
y tus hermanos quisiera
que mis agravios vengaran
por tener seguro en ti
el mayorazgo en mi casa.
Pero pues los vi, al proballos
tan sin bríos, tan sin alma,
que cobraron mis afrentas,
y crecieron mis desgracias.
¡A ti te toca, Rodrigo!
Cobra el respeto a estas canas;
poderoso es el contrario
y en palacio y en campaña
su parecer el primero,
y suya la mejor lanza.
Pero pues tienes valor
y el discurso no te falta
cuando a la vergüenza miras
aquí ofensa y allí espada.
No tengo más que decirte
pues ya mi aliento se acaba
y voy a llorar afrentas
mientas tú tomas venganza.
Vase DIEGO Laínez, dejando solo a RODRIGO
RODRIGO: Suspenso, de afligido,
estoy... Fortuna, ¿es cierto lo que veo?
¡Tan en mi daño ha sido
tu mudanza, que es tuya, y no la creo!
¿Posible pudo ser que permitiese
tu inclemencia que fuese
mi padre el ofendido? ¡Extraña pena!
¿Y el ofensor el padre de Jimena?
¿Qué haré, suerte atrevida,
si él es el alma que me dio la vida?
¿Que haré--¡terrible calma!--
si ella es la vida que me tiene el alma?
Mezclar quisiera, en confïanza tuya,
mi sangre con la suya,
¿y he de verter su sangre? ¡Brava pena!
¿Yo he de matar al padre de Jimena?
Mas ya ofende esta duda
al santo honor que mi opinión sustenta.
Razón es que sacuda
de amor el yugo y, la cerviz exenta,
acuda a los que soy; que habiendo sido
mi padre el ofendido,
poco importa que fuese--¡amarga pena!
el ofensor el padre de Jimena.
¿Que imagino? Pues que tengo
más valor que pocos años,
para vengar a mi padre
matando al conde Lozano,
¿qué importa el bando temido
del poderoso contrario,
aunque tenga en las montañas
mil amigos asturianos?
¿Y qué importa que en la corte
del rey de León, Fernando,
sea su voto el primero,
y en guerra el mejor su brazo?
Todo es poco, todo es nada
en descuento de un agravio,
el primero que se ha hecho
a la sangre de Laín Calvo.
Daráme el cielo ventura,
si la tierra me da campo,
aunque es la primera vez
que doy el valor al brazo.
Llevaré esta espada vieja
de Mudarra el castellano,
aunque está bota y mohosa,
por la muerte de su amo;
y si le pierdo el respeto,
quiero que admita en descargo
del ceñírmela ofendido,
lo que la digo turbado.
Haz cuenta, valiente espada,
que otro Mudarra te ciñe,
y que con mi brazo riñe
por su honra maltratada.
Bien sé que te correrás
de venir a mi poder,
mas no te podrás correr
de verme echar paso atrás.
Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
segundo dueño has cobrado
tan bueno como el primero.
Pues cuando alguno me venza,
corrido del torpe hecho
hasta la cruz en mi pecho
te esconderé, de vergüenza.
Vase. Salen a la ventana doña URRACA y JIMENA Gómez
URRACA: ¡Qué general alegría
tiene toda la ciudad
con Rodrigo!
JIMENA: Así es verdad,
y hasta el sol alegra al día.
URRACA: Será un bravo caballero,
galán, bizarro y valiente.
JIMENA: Luce en él gallardamente
entre lo hermoso lo fiero.
URRACA: ¡Con qué brío, qué pujanza,
gala, esfuerzo y maravilla
afirmándose en la silla,
rompió en el aire una lanza!
Y al saludar, ¿no le viste
que a tiempo picó el caballo?
JIMENA: Si llevó para picallo
la espada que tú le diste,
¿qué mucho?
URRACA: ¡Jimena, tente!
Porque ya el alma recela
que no ha picado la espuela
al caballo solamente.
Salen el CONDE Lozano y Per ANSURES, y algunos criados
CONDE: Confieso que fue locura,
mas no la quiero enmendar.
ANSURES: Querrálo el rey remediar
con su prudencia y cordura.
CONDE: ¿Que ha de hacer?
ANSURES: Escucha agora,
ten flema, procede a espacio...
JIMENA: A la puerta de palacio
llega mi padre, y, señora,
algo viene alborotado.
URRACA: Mucha gente le acompaña.
ANSURES: Es tu condición extraña.
CONDE: Tengo condición de honrado.
ANSURES: Y con ella, ¿has de querer
perderte?
CONDE: ¿Perderme? No,
que los hombres como yo
tienen mucho que perder,
y ha de perderse Castilla
antes que yo.
ANSURES: ¿Y no es razón
el dar tú...?
CONDE: ¿Satisfacción?
¡Ni dalla ni recibilla!
ANSURES: ¿Por qué no? No digas tal.
¿Qué duelo en su ley lo escribe?
CONDE: El que la da y la recibe,
es muy cierto quedar mal,
porque el uno pierde honor,
y el otro no cobra nada;
el remitir a la espada
los agravios es mejor.
ANSURES: ¿Y no hay otros medios buenos?
CONDE: No dicen con mi opinión.
Al dalle satisfacción
¿no he de decir, por lo menos,
que sin mí y conmigo estaba
al hacer tal desatino,
o porque sobraba el vino,
o porque el seso faltaba?
ANSURES: Es ansí.
CONDE: ¿Y no es desvarío
el no advertir, que en rigor
pondré un remedio en su honor
quitando un girón del mío?
Y en habiendo sucedido,
habremos los dos quedado,
él, con honor remendado,
y yo, con honor perdido.
Y será más en su daño
remiendo de otro color,
que el remiendo en el honor
ha de ser del mismo paño.
No ha de quedar satisfecho
de esa suerte, cosa es clara;
si sangre llamé a su cara,
saque sangre de mi pecho,
que manos tendré y espada
para defenderme de él.
ANSURES: Esa opinión es crüel.
CONDE: Esta opinión es honrada.
Procure siempre acertalla
el honrado y principal;
pero si la acierta mal,
defendella y no enmendalla.
ANSURES: Advierte bien lo que haces,
que sus hijos...
CONDE: Calla, amigo;
¿y han de competir conmigo
un caduco y tres rapaces?
Vanse, como que entran en palacio. Sale RODRIGO
JIMENA: ¡Parece que está enojado
mi padre, ay Dios! Ya se van.
URRACA: No te aflijas; tratarán
allá en su razón de estado.
Rodrigo viene.
JIMENA: Y también
trae demudado el semblante.
RODRIGO: (Cualquier agravio es gigante Aparte
en el honrado... ¡Ay. mi bien!)
URRACA: ¡Rodrigo, qué caballero
pareces!
RODRIGO: (¡Ay, prenda amada!) Aparte
URRACA: ¡Qué bien te asienta la espada
sobre seda y sobre acero!
RODRIGO: Tal merced...
JIMENA: (Alguna pena Aparte
señala... ¿Qué puede ser?)
URRACA: Rodrigo...
RODRIGO: (Que he de verter Aparte
sangre del alma! ¡Ay, Jimena!
URRACA: ...o fueron vanos antojos,
o pienso que te has turbado.
RODRIGO: Sí, que las dos habéis dado
dos causas a mis dos ojos,
pues lo fueron de este efeto
el darme con tal ventura,
Jimena, amor y hermosura,
y tú, hermosura y respeto.
JIMENA: Muy bien ha dicho, y mejor
dijera, si no igualara
la hermosura.
URRACA: (Yo trocara Aparte
con el respeto el amor.)
A JIMENA
Más bien hubiera acertado
si mi respeto no fuera,
pues sólo to amor pusiera
tu hermosura en su cuidado,
y no te causara enojos
el ver igualarme a ti
en ella.
JIMENA: Sólo sentí
el agravio de tus ojos;
porque yo más estimara
el ver estimar mi amor
que mi hermosura.
RODRIGO: (¡Oh, rigor Aparte
de Fortuna! ¡Oh, suerte avara!
¡Con glorias creces mi pena!)
URRACA: Rodrigo...
JIMENA: (¿Qué puede ser?) Aparte
RODRIGO: ¡Señora! (¡Que he de verter
Aparte sangre del alma! ¡Ay Jimena!
Ya sale el conde Lozano.
¿Cómo, ¡terribles enojos!,
teniendo el alma en los ojos
pondré en la espada la mano?
Salen el CONDE Lozano, Per ANZURES y los criados
ANSURES: De lo hecho te contenta,
y ten por cárcel tu casa.
RODRIGO: (El amor allí me abrasa, Aparte
y aquí me hiela el afrenta.)
CONDE: Es mi cárcel mi albedrío,
si es mi casa.
[Hablan aparte JIMENA y URRACA]
JIMENA: (¿Qué tendrá?
Ya está hecho brasa, y ya está
como temblando de frío.
URRACA: Hacia el conde esta mirando
Rodrigo, el color perdido.
¿Qué puede ser?)
RODRIGO: (Si el que he sido Aparte
soy siempre, ¿qué estoy dudando?)
JIMENA: (¿Qué mira? ¿A qué me condena?)
RODRIGO: (Mal me puedo resolver.) Aparte
JIMENA: (¡Ay, triste!)
RODRIGO: (¡Que he de verter
sangre del alma! ¡Ay, Jimena!...
¿Qué espero? ¡Oh, Amor gigante!...
¿En qué dudo? Honor, ¿qué es esto?
En dos balanzas he puesto
ser honrado y ser amante.
Salen DIEGO Laínez y ARIAS Gonzalo
Mas mi padre es éste; rabio
ya por hacer su venganza,
¡que cayó la una balanza
con el peso del agravio!
¡Cobardes mis bríos son,
pues para que me animara
hube de ver en su cara
señalado el bofetón!)
DIEGO: (Notables son mis enojos. Aparte
Debe dudar y temer.
¿Que mira, si echa de ver
que le animo con los ojos?)
ARIAS: Diego Laínez, ¿qué es esto?
DIEGO: Mal te lo puedo decir.
[Per ANSURES habla al CONDE Lozano]
ANSURES: Por acá podremos ir
que está ocupado aquel puesto.
CONDE: Nunca supe andar torciendo
ni opiniones ni caminos.
RODRIGO: (Perdonad, ojos divinos Aparte
si voy a matar muriendo.)
¿Conde?
CONDE: ¿Quién es?
RODRIGO: A esta parte
quiero decirte quién soy.
JIMENA: (¿Qué es aquello? ¡Muerta estoy!)
Aparte CONDE: ¿Qué me quieres?
RODRIGO: Quiero hablarte.
Aquel viejo que está allí,
¿sabes quién es?
CONDE: Ya lo sé.
¿Por qué lo dices?
RODRIGO: ¿Por qué?
Habla bajo, escucha.
CONDE: Di.
RODRIGO: ¿No sabes que fue despojo
de honra y valor?
CONDE: Sí, sería.
RODRIGO: ¿Y que es sangre suya y mía
la que yo tengo en el ojo?
¿Sabes?
CONDE: Y el sabello...Acorta
razones... ¿qué ha de importar?
RODRIGO: Si vamos a otro lugar
sabrás lo mucho que importa.
CONDE: ¡Quita, rapaz! ¿Puede ser?
Vete, novel caballero,
vete, y aprende primero
a pelear y a vencer;
y podrás después honrarte
de verte por mí vencido,
sin que yo quede corrido
de vencerte y de matarte.
Deja agora tus agravios,
porque nunca acierta bien
venganzas con sangre quien
tiene la leche en los labios.
RODRIGO: En ti quiero comenzar
a pelear y aprender;
y verás si sé vencer,
veré si sabes matar.
Y mi espada mal regida
te dirá en mi brazo diestro,
que el corazón es maestro
de esta ciencia no aprendida.
Y quedaré satisfecho,
mezclando entre mis agravios
esta lecho de mis labios
y esa sangre de tu pecho.
ANSURES: ¡Conde!
ARIAS: ¡Rodrigo!
JIMENA: ¡Ay de mí!
DIEGO: (El corazón se me abrasa.) Aparte
RODRIGO: Cualquier sombra de esta casa
es sagrado para ti...
JIMENA: ¿Contra mi padre, señor?
RODRIGO: ...Y así no te mato agora.
JIMENA: ¡Oye!
RODRIGO: ¡Perdonad, señora!
¡Que soy hijo de mi honor!
Sígueme, Conde!
CONDE: Rapaz
con soberbia de gigante,
mataréte si delante
te me pones; vete en paz.
Vete, vete si no quiés
que como en cierta ocasión
di a tu padre un bofetón
te dé a ti mil puntapiés.
RODRIGO: ¡Ya es tu insolencia sobrada!
JIMENA: ¡Con cuánta razón me aflijo!
DIEGO: Las muchas palabras, hijo,
quitan la fuerza a la espada.
JIMENA: ¡Detén la mano violenta,
Rodrigo!
URRACA: Trance feroz!
DIEGO: ¡Hijo, hijo! Con mi voz
te envío ardiendo mi afrenta.
ÉNTRANSE acuchillando el CONDE y RODRIGO, y todos tras ellos,
y dice [el CONDE] dentro lo siguiente
CONDE: ¡Muerto soy!
JIMENA: ¡Suerte inhumana!
¡Ay, padre!
ANSURES: ¡Matalde! ¡Muera!
URRACA: ¿Qué haces, Jimena?
JIMENA: Quisiera
echarme por la ventana.
Pero volaré corriendo,
ya que no bajo volando.
¡Padre!
Vase JIMENA
DIEGO: ¡Hijo!
URRACA: ¡Ay, Dios!
Sale RODRIGO acuchillándose con todos
RODRIGO: ¡Matando
he de morir!
URRACA: ¿Qué estoy viendo?
CRIADO 1: ¡Muera, que al conde mató!
CRIADO 2: ¡Prendedlo!
URRACA: Esperad, ¿qué hacéis?
Ni le prendáis, ni matéis...
¡Mirad, que lo mando yo,
que estimo mucho a Rodrigo,
y le ha obligado su honor!
RODRIGO: Bella infanta, tal favor
con toda el alma bendigo.
Mas es la causa extremada,
para tan pequeño efeto,
interponer tu respeto
donde sobrara mi espada.
No matallos ni vencellos
pudieras mandarme a mí,
pues por respetarte a ti
los dejo con vida a ellos.
Cuando me quieras honrar,
con tu ruego y con tu voz
detén el viento veloz,
pára el indómito mar,
y para parar el sol
te le opón con tu hermosura;
que para éstos, fuerza pura
sobra en mi brazo español;
y no irán tantos viniendo
como pararé matando.
URRACA: Todo se va alborotando,
Rodrigo, a Dios te encomiendo,
y el sol, el viento y el mar,
pienso, si te han de valer,
con mis ruegos detener
y con mis fuerzas parar.
RODRIGO: Beso mil veces tu mano.
A los criados
¡Seguidme!
CRIADO 1: ¡Vete al abismo!
CRIADO 2: ¡Sígate el demonio mismo!
URRACA: ¡Oh, valiente castellano!
Acto segundo
Salen el REY don Fernando y algunos CRIADOS con él
REY: ¿Qué rüido, grita y lloro
que hasta las nubes abrasa,
rompe el silencio en mi casa,
y en mi respeto el decoro?
Arias Gonzalo, ¿qué es esto?
Sale ARIAS Gonzalo
ARIAS: ¡Una gran adversidad!
Perderáse esta ciudad
si no lo remedias presto.
Sale Per ANSURES
REY: ¿Pues qué ha sido?
ANSURES: Un enemigo...
REY: Per Ansures?
ANSURES: ...un rapaz
ha muerto al conde de Orgaz.
REY: ¡Válame Dios! ¿Es Rodrigo?
ANSURES: Él es, y en tu confïanza
pudo alentar su osadía.
REY: Cómo la ofensa sabía
luego caí en la venganza.
Un gran castigo he de hacer.
¿Prendiéronle?
ANSURES: No, señor.
ARIAS: Tiene Rodrigo valor,
y no se dejó prender.
Fuése, y la espada en la mano,
llevando a compás los pies,
pareció un Roldán francés,
pareció un Héctor troyano.
Salen por una puerta JIMENA Gómez, y por otra DIEGO Laínez, ella
con un pañuelo lleno de sangre y él teñido en sangre el carrillo
JIMENA: ¡Justicia, justicia pido!
DIEGO: Juan venganza he tomado.
JIMENA: ¡Rey, a tus pies he llegado!
DIEGO: ¡Rey, a tus pies he venido!
REY: (¡Con cuánta razón me aflijo! Aparte
¡Qué notable desconcierto!)
JIMENA: ¡Señor, a mi padre han muerto!
DIEGO: Señor, matóle mi hijo.
Fue obligación sin malicia.
JIMENA: Fue malicia y confïanza.
DIEGO: Hay en los hombre venganza.
JIMENA: ¡Y habrá en los reyes justicia!
¡Esta sangre limpia y clara
en mis ojos considera!
DIEGO: Si esa sangre no saliera,
¿cómo mi sangre quedara?
JIMENA: ¡Señor, mi padre he perdido!
DIEGO: ¡Señor, mi honor he cobrado!
JIMENA: Fue el vasallo más honrado.
DIEGO: ¡Sabe el cielo quién lo ha sido!
Pero no os quiero afligir.
Sois mujer. Decid, señora.
JIMENA: Esta sangre dirá agora
lo que no acierto a decir.
Y de mi justa querella
justicia así pediré,
porque yo solo sabré
mezclar lágrimas con ella.
Yo vi con mis propios ojos
teñido el luciente acero;
mira si con causa muerto
entre tan justos enojos.
Yo llegué casi sin vida,
y sin alma, ¡triste yo!,
a mi padre, que me habló
por la boca de la herida.
Atajóle la razón
la muerte, que fue crüel,
y escribió en este papel
con sangre mi obligación.
A tus ojos poner quiero,
letras que en mi alma están,
y en los míos, como imán,
sacan lágrimas de acero.
Y aunque el pecho se desangre
en su misma fortaleza,
costar tiene una cabeza
cada gota de esta sangre.
REY: ¡Levantad!
DIEGO: Yo vi, señor,
que en aquel pecho enemigo
la espada de mi Rodrigo
entraba a buscar mi honor.
Llegué, y halléle sin vida,
y puse con alma exenta
el corazón en mi afrenta
y los dedos en su herida.
Lavé con sangre el lugar
adonde la mancha estaba,
porque el honor que se lava,
con sangre se ha de lavar.
Tú, señor, que la ocasión
viste de mi agravio, advierte
en mi cara de la suerte
que se venga un bofetón;
que no quedara contenta
ni lograda mi esperanza,
ni no vieras la venganza
adonde viste la afrenta.
Agora, si en la malicia
que a tu respeto obligó,
la venganza me tocó
y te toca la justicia,
hazla en mí, rey soberano,
pues es propio de tu alteza
castigar en la cabeza
los delitos de la mano.
Y sólo fue mano mía
Rodrigo. Yo fui el crüel
que quise buscar en él
las manos que no tenía.
Con mi cabeza cortada
quede Jimena contenta,
que mi sangre sin mi afrenta
saldrá limpia y saldrá honrada.
REY: ¡Levanta y sosiegaté!
¡Jimena!
JIMENA: ¡Mi llanto crece!
Salen doña URRACA y el PRÍNCIPE don Sancho, con quien los acompañe
URRACA: Llega, hermano, y favorece
a tu ayo.
PRÍNCIPE: Así lo haré.
REY: Consolad, Infanta, vos
a Jimena. ¡Y vos, id preso!
PRÍNCIPE: Si mi padre gusta de eso
presos iremos los dos.
Señale la fortaleza...
mas tendrá su majestad
a estas canas más piedad.
DIEGO: Déme los pies vuestra alteza.
REY: A castigalle me aplico.
¡Fue gran delito!
PRÍNCIPE: Señor,
fue la obligación de honor,
¡y soy yo el que lo suplico!
REY: Casi a mis ojos matar
al conde, tocó en traición.
URRACA: ¡El conde le dio ocasión!
JIMENA: ¡Él la pudiera excusar!
PRÍNCIPE: Pues por ayo me le has dado,
hazle a todos preferido;
pues que para habello sido
le importaba el ser honrado.
Mi ayo, ¡bueno estaría
preso mientras vivo estoy!
ANSURES: De tus hermanos lo soy,
y fue el conde sangre mía.
PRÍNCIPE: ¿Qué importa?
REY: ¡Baste!
PRÍNCIPE: ¡Señor,
en los reyes soberanos
siempre menores hermanos
son crïados del mayor!
¿Con el príncipe heredero
los otros se han de igualar?
ANSURES: Preso le manda llevar.
PRÍNCIPE: ¡No hará el rey si yo no quiero!
REY: ¡Don Sancho!
JIMENA: ¡El alma desmaya!
ARIAS: (¡Su braveza maravilla!) Aparte
PRÍNCIPE: ¡Ha de perderse Castilla
primero que preso vaya!
REY: Pues vos le habéis de prender.
DIEGO: ¿Qué más bien puedo esperar?
PRÍNCIPE: Si a mi cargo ha de quedar,
yo su alcaide quiero ser.
Siga entre tanto Jimena
su justicia.
JIMENA: ¡Harto mejor!
Perseguiré el matador.
PRÍNCIPE: Conmigo va.
REY: ¡Enhorabuena!
JIMENA: (¡Ay, Rodrigo! Pues me obligas Aparte
si te persigo verás)
URRACA: (Yo pienso valelle más Aparte
cuanto tú más le persigas.)
ARIAS: (Sucesos han sido extraños.) Aparte
PRÍNCIPE: Pues yo tu príncipe soy,
ve confïado.
DIEGO: Sí, voy.
Guárdete el cielo mil años.
Sale un PAJE, y habla a la Infanta [URRACA]
PAJE: A su casa de placer
quiere la reina partir;
manda llamarte.
URRACA: Habré de ir;
con causa debe de ser.
REY: Tú, Jimena, ten por cierto
tu consuelo en mi rigor.
JIMENA: ¡Haz justicia!
REY: Ten valor.
JIMENA: (¡Ay, Rodrigo, que me has muerto!) Aparte
Vanse, y salen RODRIGO y ELVIRA, criada de JIMENA
ELVIRA: ¿Qué has hecho, Rodrigo?
RODRIGO: Elvira,
una infelice jornada.
A nuestra amistad pasada
y a mis desventuras mira.
ELVIRA: ¿No mataste al conde?
RODRIGO: Es cierto;
importábale a mi honor.
ELVIRA: Pues, señor,
¿cuándo fue casa del muerto
sagrado del matador?
RODRIGO: Nunca al que quiso la vida;
pero yo busco la muerte
en su casa.
ELVIRA: ¿De qué suerte?
RODRIGO: Está Jimena ofendida;
de sus ojos soberanos
siento en el alma disgusto,
y por ser justo
vengo a morir en sus manos
pues estoy muerto en su gusto.
ELVIRA: ¿Qué dices? Vete y reporta
tal intento; porque está
cerca palacio y vendrá
acompañada.
RODRIGO: ¿Qué importa?
En público quiero hablalla,
y ofrecella la cabeza.
ELVIRA: ¡Qué extrañeza!
Eso fuera... ¡vete, calla!
...locura y no gentileza.
RODRIGO: ¿Pues qué haré?
ELVIRA: ¿Qué siento? ¡Ay, Dios!
¡Ella vendrá...! ¿Qué recelo?
¡Ya viene! ¡Válgame el cielo!
¡Perdidos somos los dos!
A la puerta del retrete
te cubre de esa cortina.
RODRIGO: Eres divina.
Escóndese RODRIGO
ELVIRA: (Peregrino fin promete Aparte
ocasión tan peregrina.)
Salen JIMENA Gómez, Per ANSURES, y quien los acompañe
JIMENA: Tío, dejadme morir.
ANSURES: Muerto voy. ¡Ay, pobre conde!
JIMENA: Y dejadme sola adonde
ni aun quejas puedan salir.
Vanse Per ANSURES y los demás que salieron acompañando a JIMENA
Elvira, sólo contigo
quiero descansar un poco.
Mi mal toco
Siéntase en una almohada
con toda el alma; Rodrigo
mató a mi padre.
RODRIGO: (¡Estoy loco!) Aparte
JIMENA: ¿Qué sentiré, si es verdad...?
ELVIRA: Di, descansa.
JIMENA: ¡Ay, afligida!
¡Que la mitad de mi vida
ha muerto la otra mitad!
ELVIRA: ¿No es posible consolarte?
JIMENA: ¿Qué consuelo he de tomar,
si al vengar
de mi vida la una parte,
sin las dos he de quedar?
ELVIRA: ¿Siempre quieres a Rodrigo?
Que mató a tu padre mira.
JIMENA: Sí, y aun preso, ¡ay Elvira!,
es mi adorado enemigo.
ELVIRA: ¿Piensas perseguille?
JIMENA: Sí,
que es de mi padre el decoro;
y así lloro
el buscar lo que perdí,
persiguiendo lo que adoro.
ELVIRA: Pues, ¿cómo harás--no lo entiendo--
estimando el matador
y el muerto?
JIMENA: Tengo valor,
y habré de matar muriendo.
Seguiréle hasta vengarme.
Sale RODRIGO y arrodíllase delante de JIMENA
RODRIGO: Mejor es que mi amor firme,
con rendirme,
te dé el gusto de matarme
sin la pena del seguirme.
JIMENA: ¿Qué has emprendido? ¿Qué has hecho?
¿Eres sombra? ¿Eres visión?
RODRIGO: ¡Pasa el mismo corazón
que pienso que está en tu pecho!
JIMENA: ¡Jesús! ¡Rodrigo! ¡Rodrigo
en mi casa!
RODRIGO: Escucha...
JIMENA: ¡Muero!
RODRIGO: Sólo quiero
que en oyendo lo que digo
respondas con este acero.
Dale su daga
Tu padre el conde, Lozano
en el nombre y en el brío,
puso en las canas del mío
la atrevida injusta mano;
y aunque me vi sin honor
se mal logró mi esperanza
en tal mudanza
con tal fuerza, que tu amor
puso en duda mi venganza.
Mas en tan gran desventura
lucharon a mi despecho
contrapuestos en mi pecho
mi afrenta con tu hermosura;
y tú, señora, vencieras
a no haber imaginado
que afrentado
por infame aborrecieras
quien quisiste por honrado.
Con este buen pensamiento,
tan hijo de tus hazañas,
de tu padre en las entrañas
entró mi estoque sangriento.
Cobré mi perdido honor;
mas luego a tu amor, rendido
he venido
porque no llames rigor
lo que obligación ha sido
donde disculpada veas
con mi pena mi mudanza,
y donde tomes venganza
si es que venganza deseas.
Toma, y porque a entrambos cuadre
un valor y un albedrío,
haz con brío
la venganza de tu padre
como hice la del mío.
JIMENA: Rodrigo, Rodrigo, ¡ay triste!,
yo confieso, aunque la sienta,
que en dar venganza a tu afrenta
como caballero hiciste.
No te doy la culpa a ti
de que desdichada soy;
y tal estoy
que habré de emplear en mí
la muerte que no te doy.
Sólo te culpo, agraviada,
el ver que a mis ojos vienes
a tiempo que aún fresca tienes
mi sangre en mano y espada.
Pero no a mi amor,rendido,
sino a ofenderme has llegado,
confïado
de no ser aborrecido
por lo que fuiste adorado.
Mas, ¡vete, vete Rodrigo!
Disculpará mi decoro
con quien piensa que te adoro,
el saber que te persigo.
Justo fuera sin oírte
que la muerte hiciera darte;
mas soy parte
para sólo perseguirte,
¡pero no para matarte!
¡Vete! Y mira a la salida
no te vean, si es razón
no quitarme la opinión
quien me ha quitado la vida.
RODRIGO: Logra mi justa esperanza.
¡Mátame!
JIMENA: ¡Déjame!
RODRIGO: ¡Espera!
¡Considera
que el dejarme es la venganza
que el matarme no lo fuera!
JIMENA: Y aun por eso quiero hacella.
RODRIGO: ¡Loco estoy! Estás terrible...
¿Me aborreces?
JIMENA: No es posible,
que predominas mi estrella.
RODRIGO: Pues tu rigor, ¿qué hacer quiere?
JIMENA: Por mi honor, aunque mujer,
he de hacer
contra tú cuando pudiera...
deseando no poder.
RODRIGO: ¡Ay, Jimena! ¿Quién dijera...
JIMENA: ¡Ay, Rodrigo! ¿Quien pensara...
RODRIGO: ...que mi dicha se acabara?
JIMENA: ...y que mi bien feneciera?
Mas, ¡ay Dios!, que estoy temblando
de que han de verte saliendo...
RODRIGO: ¿Qué estoy viendo?
JIMENA: ¡Vete y déjame pensando!
RODRIGO: ¡Quédate, iréme muriendo!
Vanse los tres. Sale DIEGO Laínez, solo
DIEGO: No la ovejuela su pastor perdido,
ni el león que sus hijos le has quitado,
baló quejosa, ni bramó ofendido,
como yo por Rodrigo... ¡Ay hijo amado!
Voy abrazando sombras descompuesto
entre la oscura noche que ha cerrado...
Dile la seña y señaléle el puesto
donde acudiese en sucediendo el caso.
¿Si me habrá sido inobediente en esto?
¡Pero no puede ser! ¡Mil penas paso!
Algún inconveniente le habrá hecho,
mudando la opinión, torcer el paso...
¡Qué helada sangre me revienta el pecho!
¿Si es muerto, herido o preso? ¡Ay cielo santo!
¡Y cuántas cosas de pesar sospecho!
¿Qué siento? ¿Es él? Mas no merezco
tanto;
será que corresponden a mis males
los ecos de mi voz y de mi llanto.
Pero, entre aquellos secos pedregales
vuelvo a oír el galope de un caballo.
De él se apea Rodrigo. ¿Hay dichas tales?
Sale RODRIGO
¿Hijo?
RODRIGO: ¿Padre?
DIEGO: ¿Es posible que me hallo
entre tus brazos? Hijo, aliento tomo
para en tu alabanzas empleallo.
¿Cómo tardastes tanto? Pies de plomo
te puso mi deseo, y pues viniste,
no he de cansarte preguntando el cómo.
¡Bravamente probaste! ¡Bien lo hiciste!
¡Bien mis pasados bríos imitaste!
¡Bien me pagaste el ser que me debiste!
Toca las blancas canas queme honraste,
llega la tierna boca a la mejilla
donde la mancha de mi honor quitaste.
Soberbia el alma a tu valor se humilla,
como conservador de la nobleza
que han honrado tantos reyes en Castilla.
RODRIGO: Dame la mano, y alza la cabeza,
a quien, como la causa, se atribuya
si hay en mí algún valor y fortaleza.
DIEGO: Con más razón besara yo la tuya,
pues si yo te di el ser naturalmente,
tú me le has vuelto a pura fuerza suya.
Mas será no acabar eternamente
sino doy a esta plática desvíos.
Hijo, ya tengo prevenida gente;
con quinientos hidalgos, deudos míos,
que cada cual tu gusto solicita.
Sal en campaña a ejercitar tus bríos.
Ve, pues la causa y la razón te incita,
donde está esperando en sus caballos,
que el menos bueno a los del sol imita.
Buena ocasión tendrás para empleallos,
pues moros fronterizos arrogantes,
al rey le quitan tierras y vasallos;
que ayer, con melancólicos semblantes,
el Consejo de Guerra, y el de Estado,
lo supo por espías vigilantes.
Las fértiles campañas han talado
de Burgos; y pasando Montes de Oca,
de Nájera, Logroño y Vilforado,
con suerte mucha, y con vergüenza poca,
se llevan tanta gente aprisionada,
que ofende al gusto, y el valor provoca.
Sal les al paso, emprende esta jornada,
y dando brío al corazón valiente,
pruebe la lanza quien probó la espada,
y el rey, sus grandes, la plebeya gente,
no dirán que la mano te ha servido
para vengar agravios solamente.
Sirve en la guerra al rey; que siempre ha sido
digna satisfacción de un caballero
servir al rey a quien dejó ofendido.
RODRIGO: ¡Dadme la bendición!
DIEGO: Hacello quiero.
RODRIGO: Para esperar de mi obediencia palma,
tu mano beso, y a tus pies la espero.
DIEGO: Tómala con la mano y con el alma.
Vanse. Sale la infanta doña URRACA, asomada a un ventana
URRACA: ¡Qué bien el campo y el monte
le parece a quien lo mira
hurtando el gusto al cuidado,
y dando el alma a la vista!
En los llanos y en la cumbres
¡qué a concierto se divisan
aquí los pimpollos verdes,
y allí las pardas encinas!
Si acullá brama el león,
aquí la mansa avecilla
parece que su braveza
con sus cantares mitiga.
Despeñándose el arroyo,
señala que como estiman
sus aguas la tierra blanda,
huyen de las peñas vivas.
Bien merecen estas cosas
tan bellas, y tan distintas,
que se imite a quien las goza,
y se alabe a quien las cría.
¡Bienaventurado aquél
que por sendas escondidas
en los campos se entretiene,
y en los montes se retira!
Con tan buen gusto la reina
mi madre, no es maravilla
si en esta casa de campo
todos sus males alivia.
Salió de la corte huyendo
de entre la confusa grita,
donde unos toman venganza,
cuando otros piden justicia...
¿Qué se habrá hecho Rodrigo?
Que con mi presta venida
no he podido saber de él
si está en salvo, o si peligra.
No sé qué tengo, que el alma
con cierta melancolía
me desvela en su cuidado...
Mas ¡ay!, estoy divertida.
Una tropa de caballos
dan polvo al viento que imitan,
todos a punto de guerra...
¡Jesús, y qué hermosa vista!
Saber la ocasión deseo,
la curiosidad me incita...
¡Ah, caballeros! ¡Ah, hidalgos!
Ya se paran y ya miran.
¡Ah, capitán, el que lleva
banda y plumas amarillas!
Ya de los otros se aparta,
la lanza a un árbol arrima.
Ya se apea del caballo,
ya de su lealtad confía,
ya el cimiento de esta torre,
que es todo de peña viva,
trepa con ligeros pies,
ya los miradores mira.
Aún no me ha visto. ¿Qué veo?
Ya le conozco. ¿Hay tal dicha?
Sale RODRIGO
RODRIGO: La voz de la infanta era...
Ya casi las tres esquinas
de la torre he rodeado.
URRACA: ¿Ah, Rodrigo?
RODRIGO: Otra vez grita...
Por respetar a la reina,
no respondo, y ella misma
me hizo dejar el caballo.
Mas... ¡Jesús! ¡Señora mía!
URRACA: ¡Dios te guarde! ¿Dónde vas?
RODRIGO: Donde mis hados me guían,
dichosos, pues me guiaron
a merecer esta dicha.
URRACA: ¿Ésta es dicha? No, Rodrigo;
la que pierdes lo sería.
Bien me lo dice por señas
la sobrevista amarilla.
RODRIGO: Quien con esperanzas vive,
desesperado camina.
URRACA: Luego, no la has perdido.
RODRIGO: A tu servicio me animan.
URRACA: ¿Saliste de la ocasión
sin peligro, y sin heridas?
RODRIGO: Siendo tú mi defensora
advierte cómo saldría.
URRACA: ¿Dónde vas?
RODRIGO: A vencer moros,
y así la gracia perdida
cobrar de tu padre el rey.
URRACA: ¡Qué notable gallardía!
¿Quién te acompaña?
RODRIGO: Esta gente
me ofrece quinientas vidas,
en cuyos hidalgos pechos
hierve también sangre mía.
URRACA: Galán vienes, bravo vas,
mucho vales, mucho obligas;
bien me parece, Rodrigo,
tu gala y tu valentía.
RODRIGO: Estimo con toda el alma
merced que fuera divina,
mas mi humildad en tu alteza
mis esperanzas marchita.
URRACA: No es imposible, Rodrigo,
el igualarse las dichas
en desiguales estados,
si es la nobleza una misma.
¡Dios te vuelva vencedor,
que después...
RODRIGO: ¡Mil años vivas!
URRACA: (¿Qué he dicho?) Aparte
RODRIGO: Tu bendición
mis victorias facilita.
URRACA: ¿Mi bendición? ¡Ay Rodrigo,
si las bendiciones mías
te alcanzan, serás dichoso!
RODRIGO: Con no más de recibillas
lo seré, divina infanta.
URRACA: Mi voluntad es divina.
Dios te guíe, Dios te guarde,
como te esfuerza y te anima,
y en número tus victorias
con las estrellas compitan.
Por la redondez del mundo,
después de ser infinitas
con las plumas de la fama
y el mismo sol las escriba.
Y ve agora confïado
que te valdré con la vida.
Fía de mí estas promesas
quien plumas al viento fía.
RODRIGO: La tierra que ves adoro,
pues no puedo la que pisas;
y la eternidad del tiempo
alargue a siglos tus días.
Oiga el mundo tu alabanza
en las bocas de la envidia,
y más que merecimientos
te dé la Fortuna dichas.
Y yo me parto en tu nombre,
por quien venzo mis desdichas,
a vencer tantas batallas
como tú me pronosticas.
URRACA: ¡De este cuidado te acuerda!
RODRIGO: Lo divino no se olvida.
URRACA: ¡Dios te guíe!
RODRIGO: ¡Dios te guarde!
URRACA: Ve animoso.
RODRIGO: Tú me animas.
¡Toda la tierra te alabe!
URRACA: ¡Todo el cielo te bendiga!
Vanse. Gritan de adentro los MOROS, y sale huyendo un PASTOR
MOROS: ¡Li, li, li, li!...
PASTOR: ¡Jesús mío,
qué de miedo me acompaña!
Moros cubren la campaña...
Mas de sus fieros me río,
de su lanza y de su espada,
como suba y me remonte
en la cumbre de aquel monte
todo de peña tajada.
Sale un REY MORO y cuatro MOROS con él, y el PASTOR éntrase huyendo
REY MORO: Atad bien esos cristianos.
Con más concierto que priesa
id marchando.
MORO 1: ¡Brava presa!
REY MORO: Es hazaña de mis manos.
Con asombro y maravilla,
pues en su valor me fundo,
sepa mi poder el mundo,
pierda su opinión Castilla.
¿Para qué te llaman magno,
rey Fernando, en paz y en guerra,
pues yo destruyo tu tierra
sin oponerte a mi mano?
Al que grande te llamó,
¡vive el cielo, que le coma,
porque, después de Mahoma,
ninguno mayor que yo!
Sale el PASTOR sobre la peña
PASTOR: Si es mayor el que es más alto,
yo lo soy entre estos cerros.
¿Qué apostaremos--¡ay, perros!--
que no me alcanzáis de un salto?
MORO 2: ¿Qué te alcanza una saeta?
PASTOR: Si no me escondo, sí hará.
¡Morillos, volvé, esperá,
que el cristiano os acometa!
MORO 3: Oye, señor ¡por Mahoma!,
que cristianos...
REY MORO: ¿Qué os espanta?
MORO 4: ¡Allí polvo se levanta!
MORO 1: ¡Y allí un estandarte asoma!
MORO 2: Caballos deben de ser.
REY MORO: Logren, pues, mis esperanzas.
MORO 3: Ya se parecen las lanzas.
REY MORO: ¡Ea, morir o vencer!
Toque dentro una trompeta
MORO 2: Ya la bastarda trompeta
toca al arma.
Dicen dentro a voces
VOZ: ¡Santïago!
REY MORO: ¡Mahoma! Haced lo que hago.
Otra voz dentro
VOZ: ¡Cierra España!
REY MORO: ¡Oh, gran profeta!
Vanse y suena la trompeta y cajas de guerra, y ruido de golpes dentro
PASTOR: ¡Bueno! Mire lo que va
de Santïago a Mahoma...
¡Qué bravo herir! Puto, toma
para peras. ¡Bueno va!
¡Voto a San! Braveza es
lo que hacen los cristianos;
ellos matan con las manos,
sus caballos con los pies.
¡Qué lanzadas! ¡Pardiez, toros
menos bravos que ellos son!
¡Así calo yo un melón
como despachurran moros!
El que como cresta el gallo
trae un penacho amarillo,
¡oh lo que hace! Por decillo
al cura, quiero mirallo.
¡Pardiós! No tantas hormigas
mato yo en una patada
ni siego en una manada
tantos manojos de espigas,
como él derriba cabezas...
¡Oh, hideputa! Es de modo
que va salpicado todo
de sangre moro... ¡Bravezas
hace! ¡Voto al soto! Ya
huyen los moros. ¡Ah, galgos!
¡Ea, cristianos hidalgos,
seguildos! ¡Matá, matá!
Entre las peñas se meten
donde no sirven caballos...
Ya se apean... alcanzallos
quieren... de nuevo acometen...
Salen RODRIGO y el REY MORO, cada uno con los suyos acuchillándose
RODRIGO: ¡También pelean a pie
los castellanos, morillos!
¡A matallos, a seguillos!
REY MORO: ¡Tente! ¡Espera!
RODRIGO: ¡Rindeté!
REY MORO: Un rey a tu valentía
se ha rendido, y a tus leyes.
Ríndesele el REY [MORO]
RODRIGO: ¡Toca al arma! Cuatro reyes
he de vencer en un día.
Vanse todos, llevándose presos a los MOROS
PASTOR: ¡Pardiós! Que he habido placer
mirándolos desde afuera;
las cosas de esta manera
de tan alto se han de ver.
Éntrase el PASTOR, y salen el PRÍNCIPE don Sancho y un
MAESTRO de armas con sendas espadas negras, y tirándole
el PRÍNCIPE, y tras él, reportándole, DIEGO Laínez
MAESTRO: ¡Príncipe, señor, señor!
DIEGO: Repórtase vuestra alteza
que sin causa la braveza
desacredita el valor.
PRÍNCIPE: ¿Sin causa?
Al MAESTRO
DIEGO: Vete, que enfadas
al príncipe.
Éntrase el MAESTRO
¿Cuál ha sido?
PRÍNCIPE: Al batallar, el rüido
que hicieron las dos espadas,
y a mí el rostro señalado.
DIEGO: ¿Hate dado?
PRÍNCIPE: No. El pensar
que a querer me pudo dar,
me ha corrido, y me ha enojado.
Y a no escaparse el maestro,
yo le enseñara a saber...
No quiero más aprender.
DIEGO: Bastantemente eres diestro.
PRÍNCIPE: Cuando tan diestro no fuera,
tampoco importara nada.
DIEGO: ¿Cómo?
PRÍNCIPE: Espada contra espada,
nunca por eso temiera.
Otro miedo el pensamiento
me aflige y me atemoriza;
con una arma arrojadiza
señala en mi nacimiento
que han de matarme, y será
cosa muy propincua mía
la causa.
DIEGO: ¿Y melancolía
te da eso?
PRÍNCIPE: Sí, me da.
Y haciendo discursos vanos,
pues mi padre no ha de ser,
vengo a pensar y a temer
que lo serán mis hermanos.
Y así los quiero tan poco,
que me ofenden.
DIEGO: ¡Cielo santo!
A no respetarte tanto,
te dijera...
PRÍNCIPE: ¿Que soy loco?
DIEGO: Que lo fue quien a esta edad
te ha puesto en tal confusión.
PRÍNCIPE: ¿No tiene demostración
esta ciencia?
DIEGO: Así es verdad.
Mas ninguno la aprendió
con certeza.
PRÍNCIPE: Luego, di.
¿Locura es creella?
DIEGO: Sí.
PRÍNCIPE: ¿Serálo el temella?
DIEGO: No.
PRÍNCIPE: ¿Es mi hermana?
DIEGO: Sí, señor.
Salen doña URRACA y un PAJE que le saca un venablo tinto en sangre
URRACA: En esta suerte ha de ver
mi hermano, que aunque mujer,
tengo en el brazo valor.
Hoy, hermano...
PRÍNCIPE: ¿Cómo así?
URRACA: ...entre unas peñas...
PRÍNCIPE: ¿Que fue?
URRACA: ...este venablo tiré,
con que maté un javalí,
viniendo por el camino
cazando mi madre y yo.
PRÍNCIPE: Sangriento está. ¿Y le arrojó
tu mano?
[Habla el PRÍNCIPE aparte a DIEGO Laínez]
(¡Ay, cielo divino!
Mira si tengo razón.
DIEGO: Ya he caído en tu pesar.)
URRACA: ¿Qué te ha podido turbar
el gusto?
PRÍNCIPE: Cierta ocasión
que me da pena.
DIEGO: Señora,
una necia astrología
le causa melancolía
y tú la creciste agora.
URRACA: Quien viene a dalle contento,
¿Cómo su disgusto aumenta?
DIEGO: Dice que a muerte violenta
le inclina su nacimiento.
PRÍNCIPE: ¡Y con arma arrojada
herido en el corazón!
DIEGO: Y como en esta ocasión
la vio en tu mano...
URRACA: ¡Ay, cuitada!
PRÍNCIPE: Alteróme de manera
que me ha salido a la cara.
URRACA: Si disgustarse pensara
con ella no la trujera.
Mas tú, ¿crédito has de dar
a lo que abominan todos?
PRÍNCIPE: Con todo, buscaré modos
como poderme guardar.
Mandaré hacer una plancha,
y con ella cubriré
el corazón, sin que esté
más estrecha ni más ancha.
URRACA: Guarda con más prevención
el corazón. Mira bien
que por la espalda también
hay camino al corazón.
PRÍNCIPE: ¿Qué me has dicho? ¿Qué
imagino?
¡Que tú de tirar te alabes
un venablo, y de que sabes
del corazón el camino
por las espaldas! ¡Traidora!
¡Temo que causa has de ser
tú de mi muerte! ¡Mujer,
estoy por matarte agora,
y asegurar mis enojos!
DIEGO: ¿Qué haces, príncipe?
PRÍNCIPE: ¿Qué siento?
¡Ese venablo sangriento
revienta sangre en mis ojos!
URRACA: Hermano, el rigor reporta
de quien justamente huyo.
¿No es mi padre como tuyo
el rey, mi señor?
PRÍNCIPE: ¿Qué importa?
Que eres de mi padre hija,
pero no de mi fortuna.
Nací heredando.
URRACA: Importuna
es tu arrogancia, y prolija.
DIEGO: El rey viene.
PRÍNCIPE: (¡Qué despecho!) Aparte
URRACA: (¡Qué hermano tan enemigo!) Aparte
Salen el REY don Fernando y el REY MORO que envía RODRIGO, y
otros que le acompañan
REY: Diego, tu hijo Rodrigo
un gran servicio me ha hecho;
y en mi palabra fïado,
licencia le he concedido
para verme.
DIEGO: ¿Y ha venido?
REY: Sospecho que habrá llegado;
y en prueba de su valor...
DIEGO: ¡Grande fue la dicha mía!
REY: ...hoy a mi presencia envía
un rey por su embajador.
Siéntase el REY
Volvió por mí y por mis greyes;
muy obligado me hallo.
REY MORO: Tienes, señor, un vasallo
de quien lo son cuatro reyes.
En escuadrones formados,
tendidas nuestras banderas,
corríamos tus fronteras,
vencíamos tus soldados,
talábamos tus campañas,
cautivábamos tus gentes,
sujetando hasta las fuentes
de las soberbias montañas;
cuando gallardo y ligero
el gran Rodrigo llegó,
peleó, rompió, mató,
y vencióme a mí el primero.
Viniéronme a socorrer
tres reyes, y su venir
tan sólo pudo servir
de dalle más que vencer,
pues su esfuerzo varonil
los nuestros dejando atrás;
quinientos hombres no más
nos vencieron a seis mil.
Quitónos el español
nuestra opinión en un día,
y una presa que valía
más oro que engendra el sol.
Y en su mano vencedora
nuestra divisa otomana,
sin venir lanza cristiana
sin una cabeza mora,
viene con todo triunfando
entre aplausos excesivos,
atropellando cautivos
y banderas arrastrando,
asegurando esperanzas,
obligando corazones,
recibiendo bendiciones
y despreciando alabanzas.
Ya llega a tu presencia.
URRACA: (¡Venturosa suerte mía!) Aparte
DIEGO: Para llorar de alegría
te pido, señor, licencia,
y para abrazalle, ¡ay Dios!,
antes que llegue a tus pies.
Sale RODRIGO y abrázanse
¡Estoy loco!
RODRIGO: Causa es
que nos disculpa a los dos.
Arrodíllase delante del REY
Pero ya esperando estoy
tu mano, y tus pies, y todo.
REY: ¡Levanta, famoso godo,
levanta!
RODRIGO: ¡Tu hechura soy!
A don Sancho, [el PRÍNCIPE]
¡Mi príncipe!
PRÍNCIPE: ¡Mi Rodrigo!
A doña URRACA
RODRIGO: Por tus bendiciones llevo
estas palmas.
URRACA: Ya de nuevo,
pues te alcanzan, te bendigo.
REY MORO: ¡Gran Rodrigo!
RODRIGO: ¡Oh, Almanzor!
REY MORO: ¡Dame la mano, el mío Cide!
RODRIGO: A nadie mano se pide
donde está el rey, mi señor.
A él le presta la obediencia.
REY MORO: Ya me sujeto a sus leyes
en nombre de otros tres reyes
y el mío. (¡Oh, Alá, paciencia!) Aparte
PRÍNCIPE: El "mío Cid" le ha llamado.
REY MORO: En mi lengua es "mi señor,"
pues ha de serlo el honor
merecido y alcanzado.
REY: Ese nombre le está bien.
REY MORO: Entre moros le ha tenido.
REY: Pues allá le ha merecido,
en mis tierras se le den.
Llamalle "el Cid" es razón,
y añadirá, porque asombre,
a su apellido este nombre,
y a su fama este blasón.
Sale JIMENA Gómez, enlutada, con cuatro ESCUDEROS, también
enlutados, con sus lobas
ESCUDERO 1: Sentado está el señor rey
en su silla de respaldo.
JIMENA: Para arrojarme a sus pies,
¿Qué importa que esté sentado?
Si es "magno," si es "justiciero,"
premie al bueno y pena al malo;
que castigos y mercedes
hacen seguros vasallos.
DIEGO: Arrastrando luengos lutos,
entraron de cuatro en cuatro
escuderos de Jimena,
hija del conde Lozano.
Todos atentos la miran,
suspenso quedó palacio,
y para decir sus quejas
se arrodilla en los estrados.
JIMENA: Señor, hoy hace tres meses
que murió mi padre a manos
de un rapaz, a quien las tuyas
para matador crïaron.
Don Rodrigo de Vivar,
soberbio, orgulloso y bravo,
profanó tus leyes justas,
y tú le amparas ufano.
Son tus ojos sus espías,
tu retrete su sagrado,
tu favor sus alas libres,
y su libertad mis daños.
Si de Dios las reyes justos
la semejanza y el cargo
representan en la tierra
con los humildes humanos,
no debiera de ser rey
bien temido, y bien amado,
quien desmaya la justicia
y esfuerza los desacatos.
A tu justicia, señor,
que es árbol de nuestro amparo,
no se arrimen malhechores
indignos de ver sus ramos.
Mal lo miras, mal lo sientes,
y perdona si mal hablo;
que en boca de una mujer
tiene licencia un agravio.
¿Qué dirá, qué dirá el mundo
de tu valor, gran Fernando,
si al ofendido castigas,
y si premias al culpado?
Rey, rey justo, en tu presencia,
advierte bien cómo estamos:
él ofensor, yo ofendida,
yo gimiendo, y él triunfando;
él arrastrando banderas,
y yo lutos arrastrando;
él levantando trofeos,
y yo padeciendo agravios;
él soberbio, yo encogida,
yo agraviada y él honrado,
yo afligida, y él contento,
él riendo, y yo llorando.
RODRIGO: (¡Sangre os dieran mis entrañas Aparte
para llorar, ojos claros!)
JIMENA: (¡Ay, Rodrigo! ¡Ay, honra! Aparte
¿Adónde os lleva el cuidado?)
REY: No haya más, Jimena. ¡Baste!
Levantaos, no lloréis tanto,
que ablandarán vuestras quejas
entrañas de acero y mármol;
que podrá ser que algún día
troquéis en placer el llanto,
y si he guardado a Rodrigo,
quizá para vos le guardo.
Pero por haceros gusto
vuelva a salir desterrado,
y huyendo de mi rigor
ejercite el de sus brazos,
y no asista en la ciudad
quien tan bien prueba en el campo.
Pero si me dais licencia,
Jimena, sin enojaros,
en premio de estas victorias
ha de llevarse este abrazo.
Abrázale
RODRIGO: Honra, valor, fuerza y vida,
todo es tuyo, gran Fernando,
pus siempre de la cabeza
baja el vigor a la mano.
Y así, te ofrezco a los pies
esas banderas que arrastro,
esos moros que cautivo
y esos haberes que gano.
REY: Dios te me guarde, el mío Cid.
RODRIGO: Beso tus heroicas manos.
(Y a Jimena dejo el alma.) Aparte
JIMENA: (¡Que la opinión pueda tanto Aparte
que persigo los que adoro!)
URRACA: (Tiernamente se han mirado; Aparte
no le ha cubierto hasta el alma
a Jimena el luto largo,
¡ay cielo!, pues no han salido
por sus ojos sus agravios.)
PRÍNCIPE: Vamos, Diego, con Rodrigo,
que yo quiero acompañarlo,
y verme entre sus trofeos.
DIEGO: Es honrarme, y es honrallo.
¡Ay, hijo del alma mía!
JIMENA: (¡Ay, enemigo adorado!) Aparte
RODRIGO: (¡Oh, amor, en tu sol me hielo!) Aparte
URRACA: (¡Oh, amor, en celos me abraso!) Aparte
Acto tercero
Salen ARIAS Gonzalo y la infanta doña URRACA
ARIAS: Mas de lo justo adelantas,
señora, tu sentimiento.
URRACA: Con mil ocasiones siento
y lloro con otras tantas.
Arias Gonzalo, por padre
te he tenido.
ARIAS: Y soylo yo
con el alma.
URRACA: Ha que murió
y está en el cielo mi madre
más de un año, y es crueldad
lo que esfuerzan mi dolor:
mi hermano con poco amor,
mi padre con mucha edad.
Un mozo que ha de heredar,
y un viejo que ha de morir,
me dan penas que sentir
y desdichas que llorar.
ARIAS: ¿Y no alivia tu cuidado
el ver que aún viven los dos,
y entre tanto querrá Dios
pasarte a mejor estado,
a otros reinos y a otro rey
de los que te han pretendido?
URRACA: ¿Yo un extraño por marido?
ARIAS: No lo siendo de tu ley,
¿qué importa?
URRACA: ¿Así me destierra
la piedad que me crïó?
Mejor le admitiera yo
de mi sangre, y de mi tierra;
que más quisiera mandar
una ciudad, una villa,
una aldea de Castilla,
que en muchos reinos reinar.
ARIAS: Pues pon, señora, los ojos
en uno de tus vasallos.
URRACA: Antes habré de quitallos
a costa de mis enojos.
Mis libertades te digo
como al alma propia mía...
ARIAS: Di, no dudes.
URRACA: Yo querría
al gran Cid, al gran Rodrigo.
Castamente me obligó,
pensé casarme con él...
ARIAS: Pues, ¿quién lo estorba?
URRACA: ¡Es crüel
mi suerte y honrada yo!
Jimena y él se han querido,
y después del conde muerto
se adoran.
ARIAS: ¿Es cierto?
URRACA: Cierto
será, que en mi daño ha sido.
Cuanto más si padre llora,
cuanto más justicia sigue,
y cuanto más le persigue,
es cierto que más le adora;
y él la idolatra adorado,
y está en mi pecho advertido,
no del todo aborrecido,
pero del todo olvidado;
que la mujer ofendida,
del todo desengañada,
ni es discreta, ni es honrada,
si no aborrece ni olvida.
Mi padre viene; después
hablaremos... mas, ¡ay, cielo!
ya me ha visto.
ARIAS: A tu consuelo
aspira.
Salen el REY don Fernando y DIEGO Laínez y los que les acompañan
DIEGO: Beso tu pies
por la merced que a Rodrigo
le has hecho; vendrá volando
a servirte.
REY: Ya esperando
lo estoy.
DIEGO: Mi suerte bendigo.
REY: Doña Urraca, ¿dónde vais?
Esperad, hija, ¿qué hacéis?
¿Qué os aflige? ¿Qué tenéis?
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