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Para una antropología del bojote

El Nacional, sábado 29 de mayo de 1999

Para una antropología del bojote valdrá la pena advertir que se trata, en sí mismo, de un índice que la paternalista pedantería de la Unesco, de la FAO, de la Unicef y de la OMS ha sabido dejar fuera de sus informes de fin de año.

El bojote, esa informe adherencia del viajero flemático que a veces llamamos «refugiado» ¿cómo podría hacer más inteligible este planeta de los excluidos a los expertos ocupados en «repensar la pobreza» en sus gabinetes de Washington, Bruselas o Zurich?

Yo no lo sé. Y, sin embargo, convendrá usted conmigo en que una taxonomía del bojote —ese atadijo irregular, y en más de un sentido, peregrino— podría dar mejor cuenta de lo que pasa en el mundo que tanto descaminador informe especial de páginas centrales de Foreign Affairs.

Hay bojotes «leptosomáticos» y también en forma de bala de algodón; hay el bojote fusiforme, el bojote de «planta» discoidal y el que tiene forma de hallaquita fosilizada. Cada cual —creo— traduce la subjetividad y la circunstancia del portador. Lo crucial en esto del bojote es que no atiende a la estética, pero tampoco se proclama deliberadamente desaliñado: en mis andanzas, he alcanzado a ver circunspectísimos bojotes.

Pero el bojote cabal se desentiende de lo primoroso y lo hace con gravedad. Porque el bojote se aplica —en el sentido de «esmerarse»— a una necesidad, en el mejor de los casos a un apuro muy privado. El bojote es cosa adusta, como que a menudo acompaña una tragedia personal.

El dibujo de un bojote, apenas despojado de sus singularidades, haría el logotipo perfecto para el buró del Alto Comisionado de Naciones Unidas para refugiados y otras personas forzosamente desplazadas.

II

Me ocurre que siempre ando entre bojotes: los improviso, me los encargan los amigos, me los endosa mi mujer cuando viajamos.

Hace unos veinte años que tengo una maleta American Tourister que compré en una barata en Nueva York, y que apenas ha necesitado repararse una sola vez. La complemento con una valijita razonablemente viajera, resistente y discernible de lejos en los andenes. La compré en Bogotá, hace años también.

No es equipaje de firma, son apenas piezas tan recatadas y utilitarias como me ha sido posible hallarlas. Pero igual siempre termino viajando con un bojote en el regazo, con un bojote adormecido entre los pies, donde no pueda perderlo de vista, con un bojote estrepitoso en el compartimento elevado del pasillo de un 747, con un bojote embutido entre dos asientos del metro de cualquier ciudad.

Esta divagación que hoy ofrezco al lector sabatino es, desde luego, una elucubración «mestiza», y ojalá con ello logre explicarme. Es tema que no parece indigno de V.S. Naipaul, tan atento como es él a las sociedades que, como la nuestra, son saldo del hecho colonial, período histórico en el que, por muchas razones, floreció la cultura del bojote.

Porque ese bojote y mi tez y mi cabello irreductible atraen a menudo a las autoridades de inmigración lo mismo que un silbato, a media noche en un brumoso muelle londinense, atrae al pelotón de bobbies de Scotland Yard en las películas de Basil Rathbone.

Así, y siempre a causa de un bojote, me he visto detenido en el aeropuerto JFK —cortésmente, es verdad— por un caballero del Border Patrol que quiere mirar dentro de mi bojote o intimado a mostrar mis papeles —y a deshacer mi bojote— por un agente de la DST francesa que, paradójicamente, tenía más cara de argelino que Rafael Rengifo y yo juntos.

¡Ah, pero también hay regocijo cuando otro nómada bojotudo nos toma por uno de los suyos! Afirma un escritor francés que no hay cosa más agobiante para un individuo que verse obligado a representar un país. Aventuro que ese agobio se desvanece portando un bojote.

En un tren, rumbo a Essen, un turco y su familia desliaban sus bojotes y me ofrecían de su comida y excusaban a su rocheleantes chamos, y lo hacían con ráfagas de turco que yo respondía con una sonrisa o una cabezada porque así viajamos los turcos, como buenos hermanos, en los trenes alemanes.

Un bojote ha propiciado el encuentro que mueve estas líneas y que acaba de ocurrirme, en un vagón de la línea número 1 del metro de Ciudad de México, donde he venido «a matar un tigre» en calidad de consultor.

III

El señor tiene un bojote cuya sintaxis lo hace indistinguible del mío. Concebidos y ejecutados de un modo increíblemente semejante, nuestros bojotes han llegado a confundirnos y ha habido que abrirlos para persuadirnos de que el bojote que él tomaba por suyo, era en realidad el mío y viceversa.

El mío contiene entre otras cosas un libro de Enrique Krauze, un ejemplar de la revista Nexos, un frasco de chiles asados y toreados, dos camisas sucias, una cajita de diskettes. No quieran saber lo que iba en bojote ajeno.

El litigio ha sido jovial y nos lo hemos tomado a chacota y, claro, terminamos platicando el resto del camino.

Hace años que no vengo a Ciudad de México y me da por bajar en la estación de Sevilla —aunque Chapultepec me vendría mejor porque mi cliente me ha alojado en la Colonia Anzures—, pues quisiera caminar y caminar en Ciudad de México es más seguro que abordar un taxi.

El señor toma mi acento por jarocho, cosa que le pasa a los venezolanos: nos toman a menudo por veracruzanos los chilangos.

—¿Ah, no es jarocho?

—No, venezolano.

—Con razón habla rechistoso.

¡Rechistoso! El tipo habla como «Resortes» pero soy yo quien le suena rechistoso.

IV

Esta tarde debo llamar al secretario privado del Secretario de Energía mexicano, licenciado Téllez.

Los teléfonos me los ha proporcionado un joven ex funcionario de esa Secretaría, quien es verdadera «estrella ascendente» de la nomenclatura del PRI.

Releo la tarjetica que llevo, junto con todo lo demás que viaja en mi bojote. Y reza, con calculado balance adjetival propio de burócrata azteca: «garantizo la gestión mas no el resultado».

Garantiza la gestión, mas no el resultado ¿no es un «detallazo»? Parece un satori de budismo Zen que de lejos luce alentador —«garantizo la gestión»—, y de cerca es un «ya no la muelas, pinche buey: ¿quién crees que eres para molestar al licenciado Téllez?».

Es el genuino santo y seña del partido populista latinoamericano, llámese AD o Institucional Revolucionario: «Confía en mí: garantizo que haré la gestión; mas no garantizo el resultado».

Esta vez viajo en el metro, pero en dirección contraria. Bajo en la estación de Pino Suárez, para hacer transferencia, y me topo con una manifestación de oaxaqueños que se dirige al Zócalo. Hay sequía y la culpa es, por supuesto, de Zedillo.

De entre la masa de bojotes que marcha hacia la salida , el mío destaca por minimalista, comparado con la impedimenta que esta gente lleva encima.

Vocean consignas contra el PRI, consignas de vocación cronológica: cuando topé con ellos gritaban «Gustavo Díaz Ordaz, ratero, ratero». Cuando dejé de verlos, lo bojotudos iban ya por «López Portillo, ratero, ratero».

Iba a echar un vistazo en las librerías de viejo de la calle Donceles, pero decido que mejor tomaré una cerveza «Dos Equis» en algún Sanborns y desde allí llamaré al secre del licenciado Téllez.

Los del bojote debemos siempre hacer la gestión, aunque nadie garantice el resultado.


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