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Claudio Fermín y la «espantá» de Cagancho

El Nacional, sábado 25 de marzo de 2000

Todo el arte del pitcheo reside en aprender a infundir temor
Sandy Koufax

I

Uno de los logros que ciertamente ha podido enriquecer la práctica del beisbol, abriendo posibilidades al juego estratégico y puertas al campo de lo táctico, ha sido esa aristotélica admisión de los límites humanos que entraña reconocer que hay semidioses que pueden lanzar nueve innings completos y simples mortales que, sencillamente, no podemos lanzar nueve innings completos.

El beisbol de Grandes Ligas —el beisbol de «alta competencia», diríamos— fue para mí una experiencia casi estrictamente radiofónica hasta bien entrados los años sesenta. Así, pertenezco a la última generación que creció escuchando hablar de tipos que «no pudieron lanzar toda la distancia».

La expresión tenía siempre un dejo de compasiva sorna y de escarnio machista cuando se caía de labios de Lalo Orbañanos o de Buck Canel.

El pitcheo de relevo por entonces no era cosa de arbitrio y estrategia. Corríjame don Humberto Acosta si aquellos no eran tiempos en que la mayoría de las veces te mandaba a la ducha la toletería contraria y no el criterio anticipatorio del piloto.

Por lo demás, nadie acariciaba el sueño de hacerse algún día «relevista corto» de los Yankees de Nueva York. Se soñaba con ser pitcher abridor, sin más vueltas. Y se era relevista del mismo modo en que, en otro ámbito, se es mozo de estoque: confiando en llegar a ser matador de toros bravos.

Se esperaba de ti que lanzases nueve tramos. A tu vez, confiabas en que si el idiota que te precedía en la rotación explotaba no te tocase a ti sacarle las castañas del fuego con imprevisibles consecuencias para tu estadística personal. Desde luego, todo cortejaba la posibilidad de que ocurriesen portentos de vez en cuando: cosas de no creer.

Estos hipermétropes ojos vieron una vez a Luis Tiant lanzar en una doble tanda dominical: ganó como abridor los nueve trechos del primer partido, sólo para reaparecer en la sexta entrada del segundo como apagafuegos, a tiempo de terminar rescatando un juego que lucía perdido ya.

Desde el momento en que hacer de ti un pitcher de relevo pasó a ser una deliberación discrecional de la oficina de recursos humanos de los equipos para disponer premeditadamente de tus dotes —«vas a lanzas sesenta “pitcheos” y solo sesenta, ¿lo oyes?»— el juego se apropió de otra calidad.

De manera que ya no es un baldón ni un oprobio ni un estigma el que a un lanzador le sobrevenga una tendonitis antes del tercer out. Nadie está hoy obligado a ser un prodigio antropoanatómico como lo fue Satchel Paige, longevo y letal.

Y ahora una pausa. Al regreso, en el próximo segmento, abordaremos la pregunta que bulle en la fanaticada: ¿Es Claudio Fermín capaz de lanzar nueve innings completos?

II

Al paso que segrego esta crónica acerca de las insuficiencias electorales de Claudio Fermín no he dejado de pensar en «Cagancho», el gran «Cagancho» de Triana, un diestro maravilloso, contemporáneo del legendario «Chicuelo», de Marcial Lalanda y de Antonio Márquez. Se llamaba Joaquín Rodríguez y era sevillano, precisamente del barrio de Triana.

Escuchemos lo que, en su libro Muerte en la tarde, Ernest Hemingway dice de él: «Cagancho» es un gitano que puede considerarse heredero del “Gallo” en lo que se refiere a gracia, pintoresquismo... y pánico. Si tiene la suerte de vérselas con un animal que le inspire confianza puede ofrecer una tarde que jamás olvidaréis. Pero si el toro es apenas un poquitín impredecible, si se distancia un poco de la perfección mecánica, “Cagancho” es presa del pánico. Y así, puede mostrarse siete veces seguidas de forma tal que os dejen de gustar para siempre las corridas de toros» *. A lo que habría que añadir que jamás la afición, ya fuese española o americana, dejó de manifestar aprecio y admiración por el toreo de «Cagancho».

Así, cuando el gitano recurría a su famosa suerte de «la espantá», que consistía en apenas rozar al toro con la punta de la muleta, sostenida a la mayor distancia posible que permite el brazo, antes de precipitarse como alma que lleva el diablo hacia los burladeros, el público lo tomaba como algo idiosincrático y excusable: «¡Vamos, señores, que una espantá no es cosa pa quitale la estima a un mataó ni mucho menos er saludo!».

Del mismo modo, creo yo, nos sentimos los venezolanos respecto del por muchísimas razones, tanto personales como cívicas, muy estimable Claudio Fermín.

Las renuncias en mitad de la vuelta a Francia a que nos tiene acostumbrados Fermín dejan ver algo en su carácter que un skinneriano como Edmundo Chirinos seguramente llamaría «una conducta instalada».

Se echa de menos en Fermín esa categoría del código moral hemingwayano que prescribe mostrar “grace under pressure.” Por el contrario, Fermín ha mostrado consistentemente que la presión puede hacerle «perder el tranquillo». Y quizá atento a la imagen que tiene de sí mismo, opta por renunciar antes del tercio de varas.

Pero antes de ese desenlace, recrudece en él una propensión a lo didáctico ilustrativo, que no es gárrula ni parlera, sino al contrario, muy apropiadamente gramatical. Lo gana una impertérrita actitud tolerante de la opinión ajena que juzgo admirable en este país de gritones y arbitrarios.

Le da a Fermín por hacer sutiles distinciones que uno no puede sino agradecer. Uno puede literalmente escuchar la puntuación de su impecable prosa hablada. Fermín jamás deja un período inconcluso, siempre redondea sus oraciones subordinadas y regresa a la trilla original de su a menudo irrebatible argumentación. Y todo con envidiable facundia escolástica y eufónica.

Lo llamativo, lo que puede considerase un «aura» anunciadora de que es inminente el vuelo de la toalla hacia la lona, son precisamente sus protestas de que «ahora sí, esta vez no arrugo, esta vez voy a lanzar toda la distancia, esta vez me como a Chávez y no escupo huesito».

Son esas protestas de inconmovible determinación de ir hasta el final las que, conociendo como electores a Fermín, nos lucen como aquellos tocamientos que, con la punta de la muleta hacía «Cagancho» a la encornadura de los toros que le infundían recelo, justo antes de «la espantá».

III

Para no hablar de la corporación que lo postula: caballeros que no tienen ni el espectro de una posibilidad de captar votos en una elección de junta de condominio: manidos politólogos de fin de semana, «polonios» y repúblicos de foro y simposio, gerentes y vecinos «de nuevo tipo», antiguos parlamentarios jubilados, dicaces ex ministros copeyanos y hasta el ex secretario general de un partido malhadado, un «demócrata» que renunció airadamente a su casi vitalicio cargo el día que perdió la primera elección interna.

Gente que lleva camino andado pontificando acerca de la naturaleza de la crisis del antiguo régimen y del carácter verdadero de Chávez y el chavismo, sean éstos lo que puedan ser, sin atinar ni una sola vez.

Gente que desestimó las matanzas del 89 y el golpe del 92, que creyeron que el todo estaba en aquella trapisonda de último minuto de adelantar las elecciones regionales. Que cabildearon en torno a Lauría, que exaltaron a Irene o Alfaro sólo para cerrar filas en torno a esa emanación de Copei llamada Salas Römer. Y todo el tiempo sin realmente atinar a saber el nombre de la centella que los fulminó históricamente.

Lo cual no les impide arrogarse hoy la representación de todos nosotros, los civiles, representación bastante debatible en las actuales circunstancias.

A diferencia de Arias Cárdenas, en el trayecto que va del 92 a la fecha, la prepotencia intelectual, el supremacismo clasista y el despecho por el poder perdido no les han permitido pensar en nada de provecho acerca de por qué Chávez está allí, acerca la naturaleza de su liderazgo, de sus fortalezas y, sobre todo, de sus debilidades.

En cambio, y acaso por la linfática y humana razón de que conspiraron juntos por una década y estuvieron presos en la misma celda, Arias Cárdenas sin duda tiene saberes que atañen a los talones de Aquiles y las hojas de tilo del chavismo que nadie del presunto sector civilista que postula a Fermín ha mostrado hasta ahora.

Arias Cárdenas, y me perdonan los políticos de fin de semana, sí infunde en Chávez y los suyos lo que Koufax dice que hay que infundir. Por algo será y no puede dejar de tener consecuencias. Pero eso es harina de otro artículo.

Este sólo quiere terminar sugiriendo que te hagas a un lado, Claudio, y nos dejes a todos ver una buena verdadera pelea, de campana a campana. Nadie en el ring side va a reprocharte otra espantada, entre otras cosas porque vamos a necesitar tus competencias en la Asamblea Nacional.

Te gusta competir, Claudio, te gusta escuchar tu propia prosa hablada; lo comprendemos. Te gusta partir confundido en el pelotón de ciclistas, uno más entre los llamados. Pero hay algo que no te deja cubrir la vuelta a Francia, y no es cuestión de musculatura, de riego sanguíneo, ni de más o menos o vocación de servir: ese algo está en el carácter: no te interesa realmente ganar.

¿Porqué esperar hasta el séptimo inning para admitirlo?

* Death in the Afternoon, Nueva York: Scribner & Sons, 1932.


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