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San Cayetano y la Caja de Conversión

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 19 de agosto de 2000

Al doctor Bernardo Kliksberg

1.

La víspera del 7 de agosto pasado acudí a la procesión de San Cayetano, en una parroquia al borde del extrarradio de Buenos Aires, donde la Capital Federal se torna Gran Buenos Aires.

Más de un millón de personas haría eclosión la medianoche del domingo, muchas de ellas provenientes del interior de la vasta provincia de Buenos Aires, y de otras regiones de Argentina: los había de Córdoba y del litoral tucumano. Otros venían de Entre Ríos, de Salta, de La Rioja.

Me convidaban unos colegas de la sala de redacción del muy leído matutino Página 12. Habían sido destacados para cubrir la tradicional vigilia que este año se esperaba desbordase las cifras de asistencia de años anteriores.

Me dieron a escoger: ir yo solo a la clausura de la Exposición Rural —convención anual de los grandes estancieros, agroexportadores y demás peces gordos— que en Argentina expresa anualmente los logros zootécnicos y también los intereses y preocupaciones de la sociedad poseyente, o ir con ellos a la vigilia de San Cayetano, donde habría bife, chinchulines, lomo de puerco, empanadas, cerveza Quilmes y algún vinillo.

—En la clausura de la Exposición Rural seguramente también habrá parrillada —opuse tibiamente, por maquinal método contradictorio.

—Andá, Martínez, no digás boludeces; ¿a vos quién te conoce en el Jockey Club?

El certero y cordial comentario del colega porteño zanjó la cuestión: tomé mi chalina —que es el castizo nombre que en Argentina todavía dan a la bufanda— y allá me fui, a la vigilia anual de San Cayetano, santo patrono de los desempleados, recordando que mi difunta vieja había sido también muy creyente de este santo que en vida fue médico, igual que San Cosme y San Damíán.

¿Cómo se las apañó San Cayetano para terminar convirtiéndose en una devoción laboralista, en abogado de los parados? Misterios del fervor popular, que en el caso del San Cayetano de Buenos Aires, una ciudad que a principios del siglo XX albergaba una población cuyos dos tercios eran inmigrantes europeos, me parece una devoción originalmente napolitana.

Recuerdo haber ido de niño con mi tía Carmen a la iglesia de La Candelaria, a prenderle cirios a San Cayetano, algunas veces para impetrar, y otras para agradecer.

Pero tengo la impresión de que en Venezuela la devoción por San Cayetano no está tan extendida como a todas luces se deja ver en la Argentina. En Venezuela le pedimos a José Gregorio —un santo problemático, sin duda, a juzgar por los reparos que el Vaticano ha venido oponiendo durante décadas a su expediente de postulación—, o nos encomendamos a las fluctuaciones de la cotización del crudo referencial Brent.

Torsiones de esa especie venezolana de religiosidad, que cabalga de noche por el bosque tropical de lluvia, en lomos de una danta —cuando es deidad sincrética—, o bien es mayoritariamente displicente cuando es católica, a cambio de no ser pagana.

La vigilia del San Cayetano porteño es un acontecimiento que anualmente reseña la prensa argentina desde varios días antes del onomástico.

Pero este año, las tomas aéreas mostraban el fluir de los creyentes semejante a una larga y nutrida columna de refugiados de alguna catástrofe.

La palabra «catástrofe» no resultará hiperbólica en este caso, si se consideran las cifras de la economía rioplatense: en la Argentina que dejó «el turco» Menem, la misma que los pundits de la caja de conversión nos mostraban como vitrina de las bondades de la reducción del déficit fiscal a toda costa, mueren de hambre 55 niños cada día y a duras penas sobreviven 14 millones de pobres, más del 40% de la población.

Más del 40 % restante percibe entre 400 y 800 dólares mensuales y una minoría que se estima entre el 10 % y el 20% cobra salarios que oscilan entre U.S. $ 1.000 y U.S.$ 4.000. En lo que va de año, 206.000 personas se han sumado al mar del desempleo.

La masa empleada se ha visto todavía más golpeada por una reducción del 12% en los salarios del sector público. Al recorte salarial se suma un nuevo aumento de los impuestos, arbitrado por el gobierno en un frenético intento de cerrar la brecha fiscal. Según un sondeo de la Gallup, conducido recientemente en media docena de ciudades argentinas, uno de cada tres jóvenes quiere marcharse del país.

De esa desolada humanidad está hecha la romería de San Cayetano.

2.

Hablo de un colosal contingente humano que hallé acampado a la vera de los caminos que llevan a la ermita, a lo largo de kilómetros y kilómetros de fogatas en torno a las cuales vivaqueaba un millón y pico de parados, muchos de ellos con sus familias.

Se improvisaban partidos de balompié a la luz de las farolas, se jugaba a la cartas, se hacía y se escuchaba música, se comía, se rezaba y se charlaba de política y de fútbol. Este año muchas personas portaban imágenes del doctor René Favaloro, notabilísimo cardiocirujano argentino que contaba 77 años de edad cuando, hace pocas semanas, se quitó la vida descerrajándose un irónico disparo en el corazón.

El doctor Favaloro —médico él también, como San Cayetano, como nuestro José Gregorio Hernández—fue hasta el día de su muerte la personalidad pública de mejor aceptación en la Argentina, según diversos sondeos de opinión.

Su popularidad celebraba los rasgos dominantes de una exitosa vida profesional, hecha de excelencias académicas, de realizaciones materiales y de generosos logros supremos como inventor de audaces técnicas cardioquirúrgicas, en los años setenta. Y de igualmente audaces y desprendidas iniciativas de asistencia médica de alta calidad, a través de una fundación filantrópica que atendía a los desposeídos y puesta por el propio Favaloro bajo administración del Estado, luego de llevarla a su punto máximo de eficiencia.

En las cartas personales que dejó a familiares, a amigos, a la prensa y al Presidente de la república, Favaloro acusaba las insalvables deudas que la fundación había contraído —Favaloro adquiría siempre tecnología de punta, invariablemente contrataba a los mejores especialistas—, y a la criminal morosidad de los institutos de previsión de los sindicatos oficiales y de las asociaciones de jubilados que habrían debido sostenerla.

Y todo esto en momentos en que un informe del Ministerio de Economía revela que los fondos privados argentinos depositados en paraísos fiscales del exterior rondan los 95.000 millones de dólares: el equivalente de tres años de exportaciones, tres veces y media las reservas del banco central argentino, siete veces el total del dinero que circula en el país austral.

«René, vos no te mataste: a vos te matamos todos porque somos un país de mierda», rezaba un hosco cartel colgado del retrovisor de la desportillada furgoneta de un componelotodo a domicilio.

Si es cierto que la pobreza mata, la muerte del doctor Favaloro, llorada por los argentinos de todas las clases sociales, demuestra que también puede hacerlo la insolidaridad, uno de los peores legados de las últimas décadas de ortodoxia económica liberal en América Latina.

Quizá sea más letal que la pobreza misma: si le damos rienda suelta puede alcanzarnos a todos, igual que fulminó al inolvidable e insustituible René Favaloro.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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