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Curare

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 11 de diciembre de 1999


Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
I

A mí que me flechen con curare por impío y eurocéntrico, pero cuando escucho o leo la palabra «cosmogonía» pienso en Ptolomeo, en Kepler, en Copérnico, pero jamás en las leyendas yekuanas recopiladas por el padre De Armellada. Dicho lo cual ya imaginará usted «de qué va» esta crónica.

Mucho antes de los constituyentes aborígenes que apostrofaban a Randy Brewer en dialecto precolombino en las transmisiones televisadas de la decimocuarta constituyente del siglo, los primeros aborígenes venezolanos que recuerdo haber visto fueron los de Pedro Centeno Vallenila, controvertido pintor perezjimenista con cuyos lienzos puede uno aún toparse en la antesala de más de un bufete de abogados.

Corríjame Sofía Imber, pero tengo para mí que su «ismo» particular podría describirse como manierista hiperrealista telúrico gay, a juzgar por los imponentes bíceps, tríceps y deltoides de aquellos caciques forzudos que parecían haberse aplicado gloss en los labios.

Era así como el buen hombre sabía pintarlos. Todos se parecen inquietantemente a Víctor Mature, lamentable actor hollywoodense cuya sola mención en esta crónica me delata como inminente cincuentón.

Aventuro que a Centeno Vallenilla podemos atribuir el canon que llevó a muchos libros de instrucción primaria a representar a nuestros aborígenes como imponentes ejemplares musculados y cobrizos, dotados cada quien de una cabellera que hasta Daniela Romo envidiaría.

Recuerdo además que en casa tuvimos una colección de vasos de high ball ornados en altorrelieve con los bustos de los caciques más sonados durante la Conquista.

Funciona aquí el término «sonado» también en el sentido boxístico: a todos los fueron sacando de la circulación, uno tras otro. Los quebró el yelmo, la alabarda y el arcabuz, igual que los 12 vasos de high ball se fueron quebrando irremisiblemente en sucesivas navidades.

II

Todo esto era, claro, mucho antes de que yo alcanzara a leer a Bartolomé de las Casas, a Mario Sanoja, a Iraida Vargas y otros frailes dominicos.

Estoy advertido de la incorrección política que se le atribuye a quien se sirve de la palabra «indio» para nombrar a los que tenían bienhechurías registradas en el terreno a la llegada de Colón.

En lo sucesivo, cuando se me escape la palabra «indio», sin malicia alguna deberá leerse «aborigen», «ciudadano venezolano con ancestro que se remonta a mucho antes de la Conquista y que merece mi consideración y aprecio». Opino que también la costumbre es ley y como quiera que en mi fuero íntimo no hay xenofobia ni racismo, cuando inadvertidamente los llamare «indios» sépase que lo hago sin animus diminuendi.

Con todo, encuentro divertido el hecho de que para reivindicar su calidad originaria, para singularizarlos respecto de nosotros los mestizos, tengan sus defensores que recurrir a la voz etnia, como si fuese una orgullosa palabra arawaca o caribe y no una voz griega, trocada en tecnicismo antropológico.

Mueve a risa la vaina, pero sigue siendo excluyente. Evoca las hipócritas distinciones que hace la policía gringa cuando describe a un sospechoso: «americano africano de ocho pies dos pulgadas», cuando la urgencia del caso excusaría decir «es un negro alto y tiene una pistola».

A propósito de esta majadería viene a cuento la eficaz, expedita distinción que V.S. Naipaul —admirable escritor británico, trinitario de origen hindú— suele hacer cuando habla de «indios hindúes» y de «indios arawacos», dos grupos humanos que le son familiares y queridos desde su infancia transcurrida entre Trinidad y el Golfo de Paria.

Pues bien, los indios que dejaba ver mi horizonte de vida fueron, sucesivamente, los de las comparsas carnavalescas que solían subirse a la plataforma de un camión de estacas, rumbo a Los Próceres, cargando entre todos una tragavenados de trapo.

Y el Indio Araucano, inalcanzable intérprete de Recuerdos de Ipacaraí, los Indios Tabajaras, dúo de guitarristas amazónicos brasileños que grababan “standards” de Cole Porter. O Yayo «El Indio», sonero que junto a Adalberto Santiago y Santos Colón hacían el coro en la banda de Tito Puente.

Indios de las películas de vaqueros o indios de los documentales de la Unidad Fílmica Shell, presentados por Cruxent y vistos en la Televisora Nacional.

Hasta que, claro, me llegó la Juventud Comunista, las lecturas ya dichas, el Chilam Balam y el Popol Vuh, Asturias y Arguedas, los viajes por lo que Martí llamó “Nuestra América”; esplendores y miserias del sincretismo latinoamericano: radionovelas en quechua, partidos de fútbol narrados en guaraní.

Entre los más regocijantes esplendores de la muy cuitada modernidad hispanoamericana está el que topé una vez en una librería de viejo en Valparaíso. Era una edición de El XVIII Brumario de Napoleón Bonaparte, de Karl Marx, ¡en lengua mapuche!, publicada por la Editorial Lautaro de Santiago de Chile como parte de una serie de divulgación liberadora.

Y es también muy cierto que en Chiapas, en la mismísima Chiapas del obispado de Fray Bartolomé, aún venden niños antes de que se les mueran de hambre.

Sin duda alguna, atender esa realidad, en la medida en que es nuestra también, y darle rango constitucional lucía loable y justo.

Pero ¿qué tiene que ver esa equitativa intención con la impostura santurrona de quienes llegan al extremo de consagrar el derecho a la medicina ancestral?

¿Es que se ha sabido de algún gobierno adeco o copeyano o gomecista o liberal o conservador o patriota o encomendero que haya llevado su preocupación por los indígenas hasta el punto de obligarlos a viva fuerza a hacerse un perfil hematológico y una resonancia magnética?

¿Han forzado alguna vez a un indígena a curarse del Chagas contra viento y marea? ¿Qué petulancia macabra esta de llenarse la boca con palabrejas del repertorio de la Unesco para abogar por unos seres humanos con tanto derecho como el que más a la medicina que la seguridad social bolivariana nos promete?

Imagino que, ceñida a esa extraña filantropía «diferencial» según la cual «indio se cura con monte», una iniciativa inminente del Ministro de Educación será imprimir una edición extraordinaria de Los medicamentos indígenas, de Gerónimo Pompa, quien no sólo fue patriota y combatió al lado de Bolívar, sino que en sus andanzas hizo un impresionante acopio de la farmacopea indígena.

La ordenó según un criterio utilísimo: por dolencias y por nombres vulgares, tanto aborígenes y como «criollos».

Así, usted puede entrar al vademécum precolombino por la voz «coco de mono» o por la voz «mal de orina», por la voz «culebrilla» o por la voz «cojón de toro».

Claro, habría que retraducirlos primero del castellano a sus lenguas primigenias, so pena de incurrir en pecado de imposición cultural, de aculturación inducida.

III

Buena parte de lo que escuchamos argumentar en pro del aborigen durante las sesiones de la Constituyente vino dictado por el mismo espíritu que se manifestó no hace mucho en una facultad de la UCV: el caso de un aborigen que, por la magia empática del Consejo Nacional de Universidades, terminó inscrito en la escuela de antropología.

Un caso de identidad que «se deconstruye» a sí misma; un maquiritare o warao que leía a Lévi-Strauss y a Margaret Mead. Suena de lo más cool, ¿verdad?

El caso en que el compatriota aborigen no era de los más aventajados y es comprensible ese rezago académico: no debe ser fácil cambiar su idílico hábitat por una enrarecida ecología humana en la cual conviven el sindicalerismo de la Asociación de Profesores de la UCV, profesores que se jubilan a los 45 años sin haber pasado de ser asistentes, encapuchados de Bandera Roja «guisadores» de los suministros del comedor, libreros y empresarios de la fotocopia y la encuadernación, privatizadores de los espacios públicos de la UCV, etc.

Nadie se atrevía a «raspar» al compatriota aborigen. Ni los marxistas ni los derridianos posmodernos: habría sido como matar la única cobaya del laboratorio; él era la proyección viva de sus representaciones sobre el buen salvaje.

O quizá pensaban que si lo graduaban rápido y le aprobaban un proyecto de investigación en el Cendes se haría más potable que los indios que el Conac y ¡la propia UCV!, dejaron varados en el centro de Caracas, luego de traerlos a la capital para un encuentro «cultural» de artesanía.

En el Rectorado exclamaron «¡ni de vaina!», al escuchar la solicitud de los indígenas de que se les permitiera acampar en la plaza cubierta mientras recolectaban para el pasaje.

—¿Después quién los saca? —se dice que objetó un encapuchado a quien mucho le costó obtener un local en la Facultad de Farmacia donde guardar la «Ingram» 9 milímetros y el pasamontañas.

Hoy he visto un aborigen, justo al detenerme en un semáforo del Paseo Vargas. Una mujer. Mendigaba al paso que amamantaba. Enajenada, no sólo de Venezuela y del Seguro Social, sino de todas las sabidurías ancestrales de la Humanidad entera.

No era un ejemplar rousseauniano y «presentable», de esos que fotografiaba Thea Segall en un shabono. Era un derrelicto humano sin llegar siquiera a la treintena.

«¡Enhorabuena, hermana, tu Neolítico ha terminado!», imaginé que le diría un constituyente indigenista al avistarla.

«Se ha enderezado el entuerto que comenzó con el tercer viaje de Colón; se ha restituido el orden natural: en 56% del territorio nacional puedes litigar, civil y mercantilmente, con terceros, y atender las necesidades de los tuyos según tus usos y costumbres. No me lo agradezcas: estábamos en deuda contigo desde el exterminio de los taínos.

Pero ¡atención!, tu nueva vieja condición de privilegio ancestral, tu retorno a la edad de oro está amenazado si no votas «Sí» el quince de diciembre».


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