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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Chávez y la franja amarilla El Nacional, sábado 20 de enero de 2001 Ascender del Oráculo del guerrero a un libro del extraordinario escritor y hombre de ideas colombiano William Ospina es algo que puede tener efectos similares a lo que experimentan los montañistas que ascienden demasiado rápido a la cima sin equipo respirador: una especie de «soroche» o mal de altura epistemológico. Es como de un solo golpe pasar de «Chepa Candela» a Virginia Woolf, de «Condorito» a Ferdinand Braudel. Con todo, escuchar a Hugo Chávez citar profusamente a William Ospina en una de sus alocuciones dominicales, a fines del año pasado, no dejó de alegrarnos. «El hombre mejora sus lecturas», nos dijimos, aunque sin perder de vista el hecho, anotado por Ortega en un celebérrimo ensayo sobre Mirabeau, de que el político y Chávez es primordialmente un político solo percibe la facción utilizable de las ideas ajenas: «Todo tiene un asa, un agarradero», solía decir el propio Mirabeau. Chávez cita a Ospina en su programa radial y el asa, el agarradero son los pareceres que sobre las élites de su país despliega el escritor colombiano en un iluminador ensayo titulado «Colombia: el proyecto nacional y la franja amarilla» (William Ospina, ¿Dónde está la franja amarilla?, Bogotá: Norma, 1997). Si es cierto que la literatura puede ser un instrumento interrogador de nuestra realidad, más penetrante y comprehensivo que la dieta de equilibrios macroeconómicos, Friedrich Hayek y Karl Popper que ha descaminado a las élites latinoamericanas durante más de dos décadas, entonces la obra de William Ospina es soberbiamente demostrativa de ello. Debemos a la colega Valentina Marulanda, de la Biblioteca Nacional, el habernos acercado por vez primera a la obra de Ospina. La ocasión fue un libro con que en 1998 la revista colombiana Número conmemoró los cincuenta años del «Bogotazo». El libro se titula El saqueo de una ilusión y, junto al testimonio fotográfico de Sady González, recoge una decena de ensayos en torno al 9 de abril de 1948 firmados por escritores neogranadinos de la talla de Antonio Caballero, R.H. Moreno-Durán y Lisandro Duque Naranjo y el propio Ospina. Poeta, traductor y ensayista que, según nos anunció en ocasión reciente, anda ya camino de darnos una novela, hasta ahora su obra más deslumbrante y turbadora ha sido sin duda su texto Las hogueras de sangre: Juan de castellanos y el descubrimiento poético de América (Bogotá: Norma, 1999), en el que postula (¡y demuestra!) que la plenitud del castellano como lengua clásica occidental fue un hecho americano y no europeo. Séame licito añadir que luego de leer la traducción que Ospina rinde de los Sonetos de Shakespeare uno puede preguntarse cómo pudieron por tantos años pasar por «traducciones» las efusiones de Mujica Láinez y los caprichosos atropellos de Astrana Marín. Lo dicho va sobre todo en plan de encarecer ante el lector, no tanto el indiscutible valor de la obra de Ospina, como el hecho de que Chávez haya dejado, por una vez al menos, de citar en sus lecturas dominicales la lloriqueante ramplonería de Alí Primera o las desternillantes incursiones de Tarek Williams Saab en el vedado de la poesía. Sin embargo, no es insidioso suponer que fue la pugnaz obcecación de Chávez con las «oligarquías» lo que aconsejó al adulante que arrimó el libro a Chávez subrayar los atinados y duros juicios que a Ospina le merecen las élites de su país, tan parecidas a las nuestras en cuanto a supremacismo miope y decadente insensibilidad. Pero la lectura que Chávez hace del ensayo de Ospina es ciega (y peor: es muda) ante el hecho de que en ¿Dónde está la raya amarilla? discurre una inteligencia más atenta a las perversiones de toda una cultura nacional colombiana que a trillar un argumento estrictamente clasista. Ospina invoca las palabras de W.B. Yeats para inscribir la Colombia de hoy, «intimidada por sí misma, acorralada por sí misma», el fracaso republicano, la violencia y el descreimiento, la impostura y la corrupción, la envilecida retórica institucional, la envilecida retórica revolucionaria, la falta de carácter, la incapacidad de reaccionar de las grandes multitudes del país, incluyendo desde luego a sus sectores dirigentes, en un cuadro en el que: Los mejores carecen de toda convicción. Relea Ud. por favor esos versos de Yeats y pregúntese si será casual que tal enunciado de la trágica calamidad nacional colombiana, en términos de «los mejores y los peores», nos venga cabalmente también a nosotros los venezolanos. Resulta también perfectamente aplicable a Venezuela la aserción de Ospina sobre Colombia : «Un país donde los pobres no pueden comer, la clase media no puede comprar y los ricos no pueden dormir». Pero tanta analogía, tanta comunidad de problemas no debería autorizar a Chávez a equipararse a Gaitán cada vez que nos extorsiona con la idea del magnicidio que fraguan contra él la oligarquía y los «enemigos del proceso». Una obscena infatuación consigo mismo lleva a menudo a Chávez a sentirse una cruza de Bolívar y Gaitán. La idea de la muerte y del sacrificio antes de llegar a ver la Tierra Prometida irrumpe con frecuencia en sus peroratas que ya quisieran algo de la brillantez retórica del colombiano. Y con la idea de la muerte violenta, la noción del diluvio de sangre y fuego que ello acarrearía. Su fulminación de los medios, de las «oligarquías» y en general de los «poseyentes», como se dice ahora, suele ir seguida de alusiones al 9 de abril bogotano y sus secuelas históricas de violencia e ingobernabilidad. Muchas y abismales diferencias entre Jorge Eliécer Gaitán y el presidente Chávez se nos ocurre hoy traer a la atención de los lectores, pero preferimos compartir con ellos (y con Chávez, si es que su horario digno de los trabajos de Hércules se lo permiten) algunos fragmentos espumados de entre lo mucho que William Ospina tiene que decirnos sobre Gaitán, alguien con quien por implicación le halaga tanto a Chávez compararse cuando se piensa a sí mismo en voz alta un domingo sí y otro también. Las bastardillas son nuestras: Gaitán cometió sus errores. Uno de ellos (pero no sé si habría sido posible entonces evitarlo) fue permitir que su movimiento político girara exclusivamente en torno suyo y se alimentara sólo de su voz y sus ideas. Esa estructura caudillista hizo del gaitanismo algo enardecido y tremendo, pero irremediablemente frágil. [ ] Es posible que otro error de Gaitán estuviera en el tono permanentemente desafiante de su discurso. No eran falsas sus afirmaciones acerca del carácter apátrida de las élites colombianas, a su triste falta de carácter y de amor por el país, pero Colombia necesitaba, y sigue necesitando, un proceso de educación de unas élites asombrosamente rudimentarias, que con su avidez y su insensibilidad, no solo han maltratado al país sino que han arruinado su propia posibilidad de vivir en un país decente. Nadie ignora que los ricos en Colombia son los ricos que peor viven en el mundo. La calidad de vida de las clases dirigentes en cualquier sociedad industrial moderna demuestra que lo que les falta a nuestras élites económicas, políticas y sociales, es inteligencia y sensibilidad. Se han resignado a vivir en la precariedad y en la zozobra, y les basta el triste lujo de discriminar a sus conciudadanos para sentirse mejores. Pero la sociedad requiere caminos de entendimiento y de prosperidad general, y la historia ha demostrado que ese entendimiento es posible. Colombia no podría cambiar sin un cambio de conciencia de un sector, al menos de su clase dirigente, y para ello hay que señalar los males y advertir las consecuencias. Un lenguaje meramente acusador y una verdad dicha siempre de frente no prometen mucho en un país tan psíquicamente frágil como el nuestro. Todo colombiano anda a la defensiva, toda verdad dicha con vehemencia no se recibe como un consejo sino como una afrenta. Es triste decirlo, pero no fue por falta de verdad, sino por un exceso de sinceridad que Gaitán fue destruido (William Ospina, «La persistencia de un día tremendo», en El saqueo de una ilusión, Número Ediciones, 1998).
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