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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR La cruzada de Bernardo Kliksberg El Nacional, sábado 25 de noviembre de 2000 Bernardo Kliksberg, Diez falacias sobre los problemas sociales de América Latina. Washington: INDES/BID, octubre de 2000.
Bernardo siempre tiene un libro en la imprenta. El primero de una larga lista de obras especializadas lo escribió a los veintiún años y lleva ya diecisiete ediciones. Nadie sabe en qué momento los escribe, pues es un trabajador incansable que comparte su tiempo entre la coordinación del Instituto Interamericano para Desarrollo Social, adscrito al BID, y numerosas invitaciones del mundo académico y sindical, de las más acreditadas ONGs, y del ámbito empresarial y oficial de muchos países que se benefician de su indiscutida autoridad en estos temas. No es Kliksberg meramente un teórico de la pobreza: proyectos muy diversos entre comunidades pobres, que despliegan variadas y eficaces técnicas de gestión que Kliksberg bautizara hace ya tiempo como «gerencia social», han contado con su concurso en lugares tan distantes como El Salvador o São Paulo, en el Brasil. Bernardo nació en Buenos Aires, en una familia de judíos pobres judíos del Mar Dulce, provenientes de Europa Central. Su vida está animada de una no fingida y sí muy profunda religiosidad que jamás desciende a lo santurrón ni a lo moralista. Su madre fue una mujer de decidida vocación por la solidaridad aquí en la Tierra, virtud teologal que paradójicamente muestran más los pobres que los ricos: «el vecino es el único pariente rico del pobre», reza un proverbio turco que la señora Kliksberg sin duda habría hecho suyo. Las dictaduras fascistas del Cono Sur en los años setenta trajeron a Bernardo Kliksberg y a su esposa a Venezuela, donde nacieron sus tres hijos. Con un cuarto de siglo entre nosotros, la familia de Bernardo llegó a ser tan venezolana como argentina. Lo testimonia el caudal de amigos que tiene en todas las esferas de la vida nacional y los numerosos doctorados honoríficos de que ha sido objeto entre nosotros. Lo que aquí narraré ahora le ocurrió hace algunos años, mientras estaba al frente del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo humano, con sede en Caracas. Acudió Bernardo a una audiencia concedida por un todopoderososo ministro de la Secretaría de la Presidencia. Lo acompañaba una nutrida comitiva de científicos sociales venezolanos de primer orden. Muchos de ellos coautores de un trabajo pionero en los estudios de desarrollo humano en América Latina: El desarrollo humano en Venezuela, varias veces agotada en su edición de Monte Ávila. ¿El propósito de la reunión? Abogar por recursos para la inversión social. La jerga de los tecnócratas suele llamarla «gasto social»; Kliksberg y quienes como él pensamos, preferimos hablar de inversión en desarrollo humano. Abogaba también por la creación de algo así como un Instituto de Altos Estudios de Gerencia Pública, que contribuyera a hacer racional y eficiente esa inversión; abogaba por más atención para los más recientes hallazgos de la ciencia social en materia de pobreza. Quien no lo haya escuchado no puede saber de la calidad levítica que embarga a Kliksberg cuando habla en favor de los que son su única devoción: los pobres. Pero esa devoción está muy lejos de disiparse en efusiones retóricas o sensibleras: se ciñe invariablemente a hechos y cifras, a montañas de evidencia aportada por calificados equipos de estudiosos de la pobreza y sus causas y, sobre todo, de sus mortíferos efectos en nuestro futuro. Pese a esa proverbial capacidad de persuasión, aquel jerarca cortado con el patrón de tantos funcionarios latinoamericanos del pasado y del presente lo escuchó con impaciente cortesía. Al cabo de la intervención de Kliksberg, el superministro caminó hasta los ventanales de su despacho, unos ventanales que dominaban el oeste de la ciudad y cediendo a su incredulidad sistémica en estos asuntos, preguntó con sorna: «¿De verdad están tan mal los pobres, doctor Kliksberg?» Y redondeó con una duda inelegante: si el cuadro era tan dantesco, «¿porqué no bajan a cortarnos el cuello? ¿Porqué no se amotinan y salen a saquear?». El caso es que bajaron. Llegado el momento bajaron y cuando bajaron los ametrallamos, como es de todos sabido. Aunque no es seguro que el ex ministro se haya acordado entonces de la exposición de Kliksberg. Aquel ministro no estaba solo en su disposición a relativizar y diminuir los alcances del crecimiento abismal de la pobreza entre nosotros. Leamos, al respecto, las palabras del propio Kliksberg: En el discurso público latinoamericano de las últimas dos décadas, ha sido reiterada la tendencia de algunos sectores a optar por la negación o minimización del problema. La falacia discurre por diversos cauces. Uno de ellos es la relativización del problema: «pobres hay en todos lados», acostumbraba señalar el mandatario de un país latinoamericano frente al ascenso de las cifras de pobreza en su país durante su periodo gubernamental. En materia económico-social lo conveniente es siempre desagregar los datos y tener una perspectiva comparada e histórica para saber cuál es situación real. Los países desarrollados también tienen, ciertamente, porcentajes de población ubicados debajo de la línea de pobreza. Pero hay varias diferencias. Las cifras difieren muy fuertemente. La población de pobres en ellos es normalmente menor del 15% del total. Eso es muy diferente de tener entre una sexta y una séptima parte de la población casi la mitad de ellaen ese estado. No solamente es una diferencia cuantitativa: es otra escala. Una escala que implica considerables diferencias cualitativas. En los países desarrollados se habla de «islotes de pobreza» o de «focos de pobreza». En vastas áreas de América Latina es muy difícil reflejar la realidad con semejante lenguaje. La pobreza entre nosotros es extensa, diversificada, y tiene actualmente incluso una fuerte expresión en la clases medias, entre las cuales el deterioro de sus bases económicas ha generado un estrato social en crecimiento denominado por los expertos «los nuevos pobres». No; no hay «focos de pobreza» a erradicar, sino un problema mucho más amplio y generalizado que requiere vigorosas estrategias globales. Por otra parte, la comparación estricta podría llevar a identificar que la brecha es aún mucho mayor. Las líneas de pobreza utilizadas en los países desarrollados son mucho más altas que las empleadas normalmente en América Latina. Así, entre otras, la difundida tendencia a medir la pobreza considerando pobres a quienes ganan menos de 2 dólares diarios, es muy cuestionable. En todos países de la región la línea de pobreza está muy por encima de esa cifra. Otro pasaje frecuente del discurso negador es la afirmación de que «pobres hubo siempre». Aquí la falacia adquiere el tono de la historicidad. Uno de los recursos más utilizados cuando se trata de relativizar un problema grave es quitarle el piso histórico. La pobreza ha existido en América latina desde su orígenes , pero ¿cuáles son las tendencias presentes? ¿En qué dirección apuntan? ¿Van hacia su disminución, su estancamiento o su incremento? En los últimos 20 años parece haber suficiente evidencia para preocuparse. Los indicadores han experimentado un deterioro. Con altibajos y variaciones nacionales, las cifras han ascendido en toda la región. Son muy pocos los casos en los que ha habido reducciones de consideración. La falacia de desconocer o relativizar la pobreza, no es inocua. Tiene severas consecuencias en términos de políticas públicas: «Si hay pobres en todos lados, y los ha habido siempre, ¿por qué darle al tema tanta prioridad? Hay que atenuar los impactos, pero no asustarse. Basta con políticas de contención rutinarias: La política social no es lo importante: es una carga de la que no es posible desprenderse, pero como se trata de afrontar un problema que siempre existirá y que todos los paises tienen, cuidado con sobrestimarla». Este enfoque lleva a políticas sociales de muy bajo perfil y rendimiento y a una «desjerarquización» de todo el área social. En algunas de las expresiones más extremas de la falacia se procuró, en décadas pasadas, eliminar la pobreza de la agenda de reuniones importantes. Además de conducir a políticas absolutamente incapaces de enfrentar las realidades de pobreza, la falacia expuesta entraña un importante problema ético. No solamente niega soluciones a los pobres, lo que lleva a la perduración y acentuación de situaciones de exclusión humana antiéticas, sino que va aún más lejos: al minimizar y relativizar está cuestionando la existencia misma del pobre.
Bernardo Kliksberg, Nuevas direcciones en el debate mundial sobre la pobreza y el desarrollo social
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