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El mono aullador de los manglares
El Nacional, 7 de octubre de 2000
Durante once meses recibí en moneda nacional el equivalente, por entonces, de U.S. $ 1.555,55 los cuales financiaron la escritura de los primeros cinco capítulos de mi novela El mono aullador de los manglares. Al lector internauta le bastará visitar los sitios virtuales www.monoaullador.com o www.ibsenmartinez.com, para echar un vistazo al primer capítulo y decidir si vale la pena comprar o no el resto . Pero volvamos a la beca de la Granier Haydon Foundation, la del Kathy Phelps Endowment for the Arts. Que yo sepa, hasta ahora he sido el único beneficiario de esa apócrifa fundación que sólo existe en mi imaginación. Pero aquel dinero no fue ficticio, ¡oh no!; aún recuerdo el monto exacto de cada remesa y la manera gozosa en que me gasté cada níquel de cada una de ellas. El modo en que me vi dueño de todo mi tiempo, sin preocupaciones materiales durante casi un año, pues la Fundación Marcel GranierHaydon pagaba todas mis cuentas para que yo pudiese dedicarme a la literatura, es cosa que merece contarse. Entre otras razones, porque creo que la Sra. Phelps, el señor Jaime Nestares, el señor Peter Bottome y en general, los accionistas de RCTV, tienen algún derecho a saber qué estuve haciendo con su dinero durante todo ese tiempo en que ni siquiera me dejé ver por las instalaciones del canal. Religiosamente, cada quince y último de mes, llamaba por teléfono al banco e invariablemente colgaba el auricular con un suspiro de alivio: ¡otro mes por delante!, otro mes a razón de mil doscientas palabras diarias, dos visitas mensuales al automercado Gamma Excélsior, alquiler del apartaco, energía eléctrica y teléfono cubiertos, media caja de Ballantines 8 años. Otro mes a flote para dedicarlo a este oficio «sin garantías» de escribir novelas, como dice de él Peter Handke. Mil quinientos dólares americanos, sin más exigencia a cambio que esperar a que se disipara el contrato: a eso llamo yo un «grant»; eso sí es una bolsa de trabajo. En aquel tiempo remoto, yo había estado escribiendo una telenovela titulada Por estas calles que algún ruido alcanzó a hacer. Culminaba así una carrera televisiva en modo alguno brillante: debo haber sido el libretista de culebrones más errático y fecundo en infructuosos ardides argumentales que pretendían hurtar el bulto a un género «de invariable invención», como lo llamó José Ignacio Cabrujas. Mis verdaderos logros en la TV fueron más bien los del cazador de talentos: fui yo, incrédulos del mundo, quien «descubrió» y atrajo al negocio de la telenovela a César Miguel Rondón, tal como él mismo suele recordar. Yo salvé de un futuro izquierdoso al brillante ex jesuita Alberto Barrera Tyzska, hoy libretista estrella de Televisión Azteca. Pero yo, que consejos vendo y para mí no tengo, en veinte años de televisión no había tenido ningún éxito de esos indiscutibles. Y lo afrontaba mal, se lo confieso: lo afrontaba a base de mal humor, de chistes autodeprecatorios y una dosis «humana más que humana» de whisky escocés. Pero a Por estas calles le iba bien, contra la incredulidad de los ejecutivos. Tan bien que el efecto neto resultó para mí perverso: era tan exitosa que iba camino de convertirse en mi cadena perpetua. Una vez que un culebrón vuela alto, solo el tiempo, el hartazgo y la desafección suprema del público pueden sacarlo del aire. ¡Podía estar allí escribiendo libretos durante años ! Había ocurrido antes. De cosas así está hecho el folklore de la TV comercial latinoamericana; no es una exageración didáctica. Cuando doblé el cabo de los 218 capítulos una marca desudada para mí, cuya reputación en la industria era la de alguien que desarrolla precoces aversiones al trabajo y que renuncia intempestivamente, decidí que ya había tenido suficiente éxito y que tocaba escribir la palabra «fin». Pero el gerente del área (un tal señor Méndez ) no devolvía mis llamadas. El productor, un santafecino fumador en cadena, tampoco. Empecé entonces a conspirar contra el éxito de mi propio producto: me volví deliberadamente desprolijo, dejaba decisiones argumentales en manos del equipo de aficionados una señora uruguaya, incluida, admiradora de Julio César Mármol, ¿pueden creerlo? que trabajaban para mí como dialoguistas, y aprobaba sus ideas más descabelladas, las que tenían menos oportunidad de prosperar. Y todo en vano: los venezolanos sintonizaban aquella vaina todas las noches, impertérritamente. Me desentendí del desempeño de su canal, querida señora Phelps, el día en que el gerente Méndez me hizo hacer antesala durante tres horas porque estaba discutiendo «teoría dramática», justamente con Mármol, el libretista cuya telenovela estaba pautada para sustituir la mía, «cuando ya no le quede carne pegada al hueso», según la frigorífica expresión que usara el hoy extinto Gerente General. Desistí de parlamentar con aquellos cernícalos, y llevado de un impulso iluminador, bajé dos pisos, consulté con Recursos Humanos el monto de los pasivos laborales a mi favor, ordené el retiro del 80% de los mismos, salí a tomarme una copa en un bar cercano llamado «Gran Orinoco» y allí decidí escribir la carta de renuncia que haría pública en las páginas de este matutino [El Nacional] , de las cuales, en un extravío, me había apartado. Regresé al canal a la caída de la tarde, y sin hacerlo partícipe de mi plan de fuga, instruí al equipo de dialoguistas adelantar el trabajo de una semana la semana que estaría ausente. Tan pronto convertí en dólares todo el dinero que pude obtener como adelanto de mis prestaciones, volé a Cartagena. Más tarde haría pensar a la prensa que estaba en Mochima. ¿Porqué tenía que renunciar a RCTV en las páginas de El Nacional? ¿Un desvarío megalómano acaso? Por una sencilla razón: el negocio de la telenovela en Venezuela se funda, entre otras truchimanerías, en el hecho de que ningún canal paga derechos de autor. Con ello, por cierto, viola la actual Constitución Bolivariana que es inequívoca al respecto, querido Manuel Fraíz Grijalba. Lo que un escritor firma con esos arrogantes gangsters moralistas, meros concesionarios de las señales propiedad del estado, es una cesión de derechos que a su vez obra como contrato laboral. Derecho Mercantil y Laboral embolatados en un mismo documento; ¿qué tal, doctor Elechiguerra? ¿Qué opinas de eso, Julio Borges? De modo que cuando RCTV, por ejemplo, vende una telenovela de Ibsen Martínez en el extranjero, Ibsen Martínez no figura como autor sino como mero ejecutor de una obra original de una tal «Mariana Luján», denominación fraudulenta de RCTV que le permite cobrar en USA los derechos de autor. Pero en el mercado local, el contrato, si es que se puede llamar contrato a esa aberración jurídica, los autoriza a usar tu nombre en las promociones. Me importaba sobremanera en aquel tiempo hacer saber a los panas de Prado de María que, pasase lo que pasase con aquella telenovela, yo ya no tenía nada que ver con ella. Por eso llamé a Aquilino José Mata, jefe de la sección de espectáculos de este matutino y desde siempe el único periodista venezolano que ha sabido dignificar la página de farándula. Lo hice con un pie en el avión y tuve que jurarle por los meniscos de Mickey Mantle al gordo Aquilino que no era una broma: si publicaba aquello que acababa de enviarle yo no iba a retractarme. Los canales de televisión se parecen a los críticos literarios posmodernos y derridianos: prefieren el texto al autor. Su sueño es poder contar con una novela que no necesite idiosincrásicos escritores para ser producida. Por eso instalan moliendas de viejos libretos de Delia Fiallo e Inés Rodena y las llaman «departamentos de dramáticos». Por eso han llegado a contratar semiólogos argentinos que los ayuden a acorralar una fórmula inconmovible, un móvil perpetuo de primera especie que no necesite de talento para ganar el rating. El Canal 2 no fue una excepción: yo acababa de firmar un contrato que me ataba a ellos por un año. Pero nadie en el mundo puede obligarte a escribir una telenovela si estás hasta las congas de ella: es como hacer el amor por obligación. Forzosamente acordamos que dejaría de escribirla, pero que la «bicha» seguiría en el aire: ya estaba demasiado bien «posicionada» y podía seguir en vuelo a cargo de un equipo de libretistas sin rostro. No habría despido, no habría reproches; y juzgué equitativo dejar de hacer declaraciones en la prensa contra la industria de la teledifusión. Ve pensando en otro proyecto se me dijo, en terso tono conciliador. Así se constituyó el fondo para la primera y única beca para la creación de la Fundación Granier. No dediqué ni un segundo de mi vida al proyecto que prometí que comenzaría a fraguar porque sólo tenía cabeza para la pregunta : «¿cómo voy a gastar todo ese dinero ahora que durante once meses no tendré que ir a las ergástulas de Bárcenas a Río?» «Escribiendo el libro que has aplazado tanto tiempo», me susurró al oído mi voz más secreta. «Una novela sobre la improbidad intelectual y la televisión en Latinoamérica», añadió. El resto, valga lo que valiere, está en El mono aullador de los manglares.
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