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«El pescuezo no retoña»

El Nacional, sábado 29 de setiembre de 2001
Marcos Pérez Jiménez en La BitBlioteca

De acuerdo con múltiples testimonios, la frase que dejó escapar Marcos Pérez Jiménez, (a) «Tarugo», último dictador venezolano del siglo pasado, la madrugada de enero del 58 en que se le hizo patente que sus compatriotas no iban a permitirle permanecer ni un minuto más en el poder desde el cual había sojuzgado y saqueado a su país durante diez años, fue: «mejor vámonos: el pescuezo no retoña».

Dígame usted si no es un detallazo esa frase, si no deja ver la estofa de la que estaba hecha su miserable espíritu cleptómano y tirano. Para ser un militar latinoamericano ciertamente sorprende que en una ocasión tan pintada para los arrestos no se haya colgado Pérez Jiménez de ninguno de los broncíneos episodios que ofrece la Historia militar del mundo.

La ocasión demandaba una frase que aspirase a la calidad denodada de «¡La Guardia muere pero no se rinde!», o la que se atribuye al franquista general Moscardó, defensor del Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil Española, al poner fin a un intercambio telefónico con su hijo, a quien los republicanos que asediaban el alcázar aplicaban una pistola en la sien, buscando la rendición del padre: «¡Cuelga el puñetero teléfono, hijo mío, y muere como un hombre!».

Sin que su vida nos parezca un imperativo categórico kantiano, «Chapita» Trujillo, el feroz autarca dominicano tuvo algo más que presencia de ánimo cuando decidió bajarse del carro, revólver en mano, y hacer frente a sus asesinos: se portó como cuadra a un malandro que sabe cuánto debe y muere en su ley. «Chapita» cambió muchos disparos con sus ajusticiadores antes de que lo abatieran y metieran su cadáver en la maleta de su propio Cadillac.

No así Pérez Jiménez, quien en la segunda del noveno sencillamente «arrugó y marcó la milla», sin pensar en el juicio de la posteridad, en el deber, el pundonor, la Patria, los compañeros de armas, el Nuevo Ideal Nacional y demás zarandajas con que se llenaban la boca los generales de la «Internacional de las espadas» latinoamericana de los años 50, sino en su ovoide y fofo pellejito obeso. Por eso exclamó un socarrón y cobarde «vámonos, que el pescuezo no retoña».

Socarrón y cobarde, ¿no es cierto?, como cuadra al autor intelectual de un magnicidio que la tarde del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud —¡un compañero de armas!, mire usted qué idea de la lealtad y del honor tenía aquel tipo ya en 1950— recibe un sórdido papelito de parte del autor material del hecho que, palabra más o menos, reza: «Ya le cumplí, mi general. Cúmplame usted y sáqueme de aquí».

El solicitante se desangraba asilado en la embajada de Nicaragua. La herida se la causó un compinche borracho y nervioso a quien se le fue un tiro en el transcurso del grotesco y sangriento secuestro-asesinato del Presidente Delgado Chalbaud. «Tarugo» ordenó, efectivamente, que fueran a sacar al sicario de la embajada, pero no para «cumplirle» luego de llevarlo a un hospital, sino para deshacerse convenientemente de él ultimándolo en un calabozo de la Cárcel Modelo.

Un sujeto así no puede sino desconocer los resultados de una elección que le resulta desfavorable para luego encarcelar y desterrar a sus adversarios antes de promover una constitución a su medida, sancionada por un congreso pelele. No puede sino allanar liceos y clausurar universidades y perseguir a hombres y mujeres decentes por el único delito de profesar ideas democráticas. Un tipo así se asocia en todo tipo de negociados.

Un tipo que sabe decir «vámonos, que el pescuezo no retoña» no se molesta en borrar sus huellas y puede muy bien dejar olvidada una incriminadora maleta repleta hasta las congas de dólares robados. Un sujeto así ordena que un sicario viaje a Barranquilla para dar muerte a un inconforme y joven oficial de nuestro ejército. Un tipo así convoca un plebiscito y se hace el loco cuando lo pierde. Un «patriota» así puede ser tan ruin como para permitir en la hora once que un fugitivo de la justicia argentina, llamado Juan Domingo Perón, torture e interrogue personalmente a los resistentes cautivos. A un tipo así había que desalojarlo del poder a costa de mucha sangre.

A un tipo como ese le aparecen panegiristas que a menudo han sido sus conchabados en los negocios. Tipos de esos que cuando se les habla de atrocidades contra los derechos humanos responden con kilómetros de vialidad y con metros cúbicos de la represa del Guárico. A esa gente le dices «el doctor Ruiz Pineda, asesinado a tiros en la calle y fotografiado por sus asesinos al lado de media botella de Vat 69 y empuñando un revólver para escarnecerlo después de muerto» y te responden con una fábula integracionista como esa de la Compañía Gran Colombiana de Navegación que solo sirvió para integrar en la riqueza malhabida a Llovera Páez y sus paniaguados.

Les dices «campo de concentración de Guasina» y te responden «Ciudad Vacacional Los Caracas». Les dices «negocios turbios con la Innocenti» y te responden con la autopista de La Guaira; les hablas de La Orchila y sus pachangas y te responden con la Semana de la Patria, o peor, con la Virgen de Coromoto.

Los tipos como el obeso ovoide que sabía cuidar su pescuezo suelen morir en la cama a los 86 años y la única reseña que merece ese tránsito es el ejemplar equilibrio adjetival con que publicó El País de Madrid la noticia en su edición del 21 de septiembre pasado, en la que puede leerse, entre otras exactitudes de fondo y estilo, que «su gobierno se distinguió por el desarrollo en infraestructuras». El matutino prosigue de modo conciso, desapasionado y veraz, digno del Diccionario Polar de Historia de Venezuela: «Pese a ello —continúa—, su mandato se caracterizó por el establecimiento de una férrea dictadura que disolvió a los principales partidos políticos, sindicatos obreros y, en general, a cualquier tipo de oposición. Pérez Jiménez persiguió, encarceló y torturó a opositores políticos, fundamentalmente comunistas y socialdemócratas.

»Su gobierno también cercenó los movimientos vecinales y recortó las libertades de expresión y de los medios de comunicación, allanó hogares y su temida policía política, la Seguridad Nacional (SN), fue acusada de asesinar a dirigentes políticos, entre ellos al socialdemócrata Leonardo Ruiz Pineda.

»En 1957 se intensificaron las manifestaciones contra la dictadura de Pérez Jiménez, quien finalmente fue derrocado el 23 de enero de 1958 y huyó del país. Se refugió entonces en Estados Unidos, de donde fue extraditado y sometido a juicio. En 1963, el gobierno venezolano del entonces presidente Rómulo Betancourt lo encarceló y sentenció a cuatro años de prisión por especulación y malversación de fondos. Al salir en libertad se exilió en España».

En la misma edición del matutino madrileño leímos una esquela mortuoria pagada por la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela en cuyo texto se lee que «el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, con el más profundo sentimiento patriótico, cumple el penoso deber de participar el fallecimiento del ex presidente de Venezuela y general de división de nuestro ejército forjador de libertades, Marcos Evangelista Pérez Jiménez, en la ciudad de Madrid, el día 20 de septiembre de 2001». Siguen las condolencias a sus deudos de parte de «Venezuela entera».

¿Qué relación —pregunto yo— puede guardar la trayectoria moral del dictador Pérez Jiménez con las acciones de Ayacucho o Boyacá o con los sacrificios del coronel Ambrosio Plaza o del Negro Primero en Carabobo, por citar solamente dos arquetipos morales del ejército forjador de libertades? ¿Qué índole desprevenida puede dejarse imbuir de tan «profundo sentimiento patriótico» como para permitirse hablar por «Venezuela entera» prescindiendo de las víctimas de aquella oprobiosa dictadura? El Inconsciente Estamental Militar Latinoamericano no es una categoría de sicología junguiana, pero sin duda existe, habita entre nosotros y a veces dicta despropósitos que, como el de la esquela, ningún demócrata verdadero puede dejar de rechazar y denunciar. Al fin y al cabo, el 23 de enero de cada año no se conmemora la firma del Pacto de Punto Fijo, como pretendió hacer ver en su momento la bancada del MVR, sino, precisamente, el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, último dictador soportado por los venezolanos.


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