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¿Nuevos hombres?, ¿nuevos ideales?, ¿nuevos procedimientos?

El Nacional, sábado 30 de diciembre de 2000

Al Dr. Ramón J. Velásquez, con un abrazo de Año Nuevo

Esta será la última crónica que escriba en el siglo XX; la que aparezca el sábado venidero ya será cosa del siglo XXI.

Y se me ocurre comenzarla evocando a un «cercano pariente lejano», a un tío mío, ya desaparecido, que en vida se llamó Gabriel Espinosa, fue telegrafista y murió en el año 46 del siglo que terminará mañana a las doce de la noche.

Otras muchas cosas fue el viejo Gabriel: escritor, por ejemplo, a quien se le daban bien el relato breve y el ensayo. Filósofo a sus horas, tradujo a Spinoza y a Heine. Anduvo revuelto entre los fundadores de El Universal.

Y suya fue la primera biblioteca que visité en mi vida. Quiero decir la primera biblioteca hecha como Dios manda, con estanterías que se alzaban hasta el techo, escalerillas que se deslizaban sobre rueditas y un fichero.

De niño entraba yo allí, sobrecogido de unción y respeto, como se entra a un santuario donde las reliquias eran la memorabilia del viejo Gabriel, hecha de efectos personales: su colección de bastones, por ejemplo, uno de ellos notable por el mecanismo retráctil que, llegado el caso de un lance personal, descubría una especie de florete.

Había también una llave de telegrafista, recuerdo agradecido del oficio que llevó el pan a su casa durante décadas.

Y en una gaveta, un revólver Smith & Wesson, cromado, de calibre .32 (un calibre hoy en desuso), con culata de baquelita muy corta, cañón de tres pulgadas y cinco tiros en el tambor. Aquel modelo de finales del XIX llegó a publicitarse en la prensa de la Caracas de Crespo y de Andrade como «práctico revólver de chaleco para el caballero elegante».

A diferencia de cualquier otro revólver, no era aquella un arma de «doble acción», pues había que amartillarlo con el pulgar antes de cada disparo, y recuerdo muy bien que tampoco tenía guardamonte que protegiese el gatillo.

Y Ud. no creerá, doctor Velásquez, que venía provisto de un gancho junto a la culata, un gancho en todo similar al de un bolígrafo, que permitía portar el liviano y discreto revólver literalmente en el bolsillo del chaleco, bajo el paltó levita, del mismo modo en que los caballeros de entonces solían llevar el reloj de bolsillo, prendido a una leontina.

El folclor familiar recoge que, a mediados del año 1899, el dueño del revólver de chaleco, es decir, el tío Gabriel, estaba destacado en una estación de telégrafos de campaña que el coronel o general Luciano Mendoza (el doctor Velásquez seguramente recuerda con precisión el grado) había hecho instalar en la estación de ferrocarril de Valencia.

Todavía un chamo imberbe, el trabajo de mi tío consistía en transmitir a Miraflores los frenéticos mensajes del ya mentado Luciano Mendoza, solicitando del gobierno de Ignacio Andrade el inmediato envío de tropas de refresco, de fusiles y municiones con que contener a Cipriano Castro y sus andinos invasores que, por el momento, vivaqueaban en Tocuyito porque el jefe tachirense había cogido un tiro en una acción de guerra algún tiempo atrás.

Durante días, el tío Gabriel debió mantenerse a las órdenes de aquel oficial cuyos desesperados telegramas a la superioridad no recibían otra respuesta que preguntas y evasivas, aplazamientos, excusas y más preguntas sobre el desarrollo de la situación, pero jamás la noticia de que el esperado tren había partido.

Lo que quedaba de tres décadas del régimen liberal amarillo, incapaz, irresoluto y en bancarrota, barbotaba su ineptitud terminal en aquellos telegramas que el tío Gabriel leía con verdadera pena ajena al atribulado Luciano Mendoza.

Toda tradición oral (y más si se trata de un cuento de familia), suele resolverse en una locución memorable, una frase que puede ser exaltada o serena.

La que el tío Gabriel atribuía a un Luciano Mendoza, indignado porque nadie en Miraflores parecía pararle bolas en aquella inminencia, fue una frase fría, desengañada y profética: «Deje esa vaina así y ya no trasmita un carajo, Espinosa. Allá le van los andinos a Caracas: ¡a saber cuando se los quitarán de encima!».

Según entiendo, después de proferida la broncínea frase, el coronel o general Mendoza corrió a entenderse con los invasores. Pero mi cuento no es ese ni acaba allí.

El tío Gabriel era central, como toda mi familia. Había nacido en Valencia, en el último tercio del XIX, y le tocó «calarse» la cruenta guachafita finisecular de gobiernos y gobiernitos liberales, con sus reformas y recontrareformas a la constitución, sus llamados a elecciones que luego se desconocían con una proclama y un alzamiento, sus aclamaciones y leguleyismos y quemazones y caudillos y más doctores y más correderas.

Y central al fin, el tío no había visto nunca un andino, ni de cerca ni de lejos, ni siquiera en huecograbado, así que tuvo mucha curiosidad por saber quiénes eran esos aborrecibles extraterrestres de quienes Luciano Mendoza hablaba como si de los hunos se tratase.

Cuando al fin pudo verlos, supo que lo que venía era una vaina muy distinta a la mamaderita de gallo de los liberales amarillos. Lo cató —eso decía el tío, que era buen jinete— en el desmadejado y torpe modo de cabalgar de los hombres de Castro que ocuparon la estación del ferrocarril.

Hay una foto ecuestre de Juan Vicente Gómez, captada durante una parada militar, que ilustra el deslucido modo andino de ir a caballo de que hablaba el tío.

Algo en la manera de estirar las piernas y recostarse del arzón de la silla, propia de montañeses, lo persuadió oscuramente de que hasta allí llegaba lo que Guzmán Blanco comenzó en 1870.

Esta bagatela sobre la «politología ecuestre» de un telegrafista adolescente de hace cien años me la propone la foto oficial de los integrantes del llamado «poder moral» que la prensa nacional ha difundido en los últimos días.

Con su designación, termina la provisionalidad de la revolución bolivariana y comienza, justo con la llegada del nuevo siglo, el primer gobierno de la llamada Quinta República.

Los Michelet o los Pino Iturrieta del futuro tal vez tengan dificultad en reconocer algo distinto a lo que tuvimos, si atienen su juicio sólo a esos fluxes, esas corbatas y esas sonrisas de Comité Ejecutivo Nacional de AD en trance de recibir el Año Nuevo en casa de Alfaro Ucero.

El tío Gabriel tendría que verlos primero montar a caballo para saber si se trata en verdad de nuevos hombres, nuevos ideales y nuevos procedimientos.


Ibsen Martínez en la BitBlioteca

 
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