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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Orden Nº 1 a los ejércitos del arte El Nacional, sábado 28 de noviembre de 1999 I Así titulaba Vladimir Maiakovsky un poema suyo, a comienzos de la revolución bolchevique. El poema era una especie de «elegía conminatoria» a los artistas e intelectuales revolucionarios: cerrar filas en torno al designio de la historia, tal era la orden a los ejércitos del arte. «Ejércitos del arte: ¡qué clase de símil!», diría mi amigo Gonzalo López Silvero. Con todo, lo de «ejércitos del arte» suena mucho mejor que aquella otra demagogia, a todas luces fraguada para bombear fuera del pozo de las diferencias de clase algo de simpatía proletaria: me refiero a la sugerencia bolchevique de que los intelectuales debían ser para la revolución como genuinas «fábricas sin chimeneas». Parafraseaba el poema de Maiakovsky otra muy sonada «orden número uno»: la que el comisario para la Defensa, Lev Trotksy, impartiera al por entonces también naciente Ejército Rojo, empeñado en una denodada guerra defensiva. Maiakovsky terminó pegándose un tiro, como es o debería ser de todos sabido. No hay que callar nada y lo cierto es que Maiakovsky se quitó la vida en gran medida al influjo de un amor contrariado. Así que no resulta riguroso decir que se pegó un tiro sólo para escapar a la pesadilla burocrática del aparato cultural de la Revolución. Pero de ello hubo algo, más bien demasiado. «No es método que recomiende a todo el mundo», dejó dicho en la carta suicida el antiguo funcionario, aunque añadía que desde su caso particular no veía otra salida. Si mal no recuerdo, se despide pidiendo perdón a su amada. Y también al partido. No soy un experto en literatura rusa contemporánea, apenas soy un devoto lector de Sirin y de Nabókov. Además, cito de memoria, como cuadra a un artículo volandero escrito a orillas del mar. Por eso no puedo asegurar que, antes de morir, Maiakovsky no haya tenido un atisbo de la suerte que habrían de correr Isak Babel y Alexander Blok y Ossip Mandelhstam y la irreductible Anna Ajmátova. Una cosa es cierta, él fue uno de las primeras víctimas notorias de esa patología de las revoluciones de este siglo que se manifestó en un empeño en la necesidad, más bien de normar las relaciones entre el Estado y esa inmanejable cristalización del individualismo que suelen ser los artistas verdaderos. II Algunos estudiosos de las estéticas, en especial los neotomistas, encuentran que esa figuración del artista como un intratable erizo de singularidades neuróticas, poco contentadizo y siempre presto al desafío (deliberados o no) de la autoridad y al patrón aceptados, traduce la aparición en la escala evolutiva de una especie animal que se circunscribe a la modernidad, a la época de la muerte de Dios y la exacerbación del «yo»: el artista. Al parecer, así no era la vaina en otros tiempos. El medieval monje vitralista que durante décadas allegaba su minucioso trabajo al levantamiento de una catedral no estaba pensando en lo que habrían de decir de él los curadores del Museo Guggenheim ni competía por una beca del «Public Endowment for the Arts». El no era nada; la exaltación de la gloria del Señor lo era todo. Fue con el Romanticismo que empezó el relajo: la exaltación del «yo» creador, que comienza con Goethe y Las cuitas del joven Werther, tenía que conducirnos, inescapablemente y pasando por los Estudios trascendentales de Liszt, el Guernica de Picasso y el Ulisses de James Joyce, hasta el «Melao p'al sapo», del inmortal Eddie Palmieri, III Por cierto que a estas alturas del siglo moribundo, no puede decirse que los ministerios de la cultura sean una fantasmagoría exclusiva de los países de economía centralizada. Fue el degaullismo el que echó a rodar la noción de que era posible para un estado gestionar lo que Malraux describió como «auspicio sin dirigismo; propiciar sin conducir». No andaba del todo vacía de sensatez esa propuesta, sin duda muy difícil de cumplir para cualquier estado, mucho más cuando tiene en la acera de enfrente a lanzadores zurdos de la contundencia y efectividad de un Sartre o un Camus. Prescindiré de comentar la especial circunstancia de posguerra francesa que rodeó aquella iniciativa. Me interesa mucho más recordar que con ella ocurrió algo que no estaba en el plan original: se sancionó en el derecho administrativo europeo una cierta figura republicana, la del «ministro de cultura», alguien que lidia con artistas e intelectuales no necesariamente afectos al gobierno ni al sistema político prevaleciente. Y esa modalidad, que postula un sujeto específico y un accionar distinto al de educación e instrucción pública, fue entusiastamente imitada, con distinta suerte, por algunas formas del populismo hispanoamericano. De manera que no ha sido exclusividad del comunismo la refriega estacional entre intelectuales y artistas y el Estado que vela por todos, incluyendo a los que no son intelectuales ni artistas. El PRI y los estamentos intelectual y artístico mexicanos han protagonizado las suyas. Las cubanas han sido las más letales porque proceden del tronco estalinista y por eso ha habido profusión de suicidas, exilados, renegados tardíos, castraciones precoces y exclusiones perpetuas. Es preciso añadir que, en ambos casos, ha habido también nobleza en la intención y no poca grandeza humana en el fracaso. En México, y en la España democrática, se constata a simple vista que los bandos y facciones del mundo intelectual y de las artes, subvencionados o no, se cohesionan en torno a figuras, es cierto, pero figuras de indiscutible autoridad (intelectuales públicos o líderes del gremio artístico) que encarnan y propalan posiciones y que en ningún caso son ese lobanillo mendicante, rara vez conocido más allá de su círculo de paniaguados, que aquí hemos dado en llamar «gerente cultural». Entre nosotros, país de gremios, de derechos adquiridos y de «puntos de cuenta» a las seis de la mañana con el ministro de turno, ha prosperado la variante banal, cazurra, pícara, pandillera, ampulosa, taimada, pordiosera y ladronzuela del dispositivo cultural del Estado. IV «Diálogo y compromiso» ha querido llamarse un encuentro de intelectuales y artistas con el presidente Chávez, propiciado por el gestor cultural designado. Se anunciaba en la prensa en medio de una sorda pugna de faxes y «contrafaxes». La mecánica del encuentro con el Presidente, descrita en la convocatoria abierta, prescribía voceros designados «por sector» y seis minutos por vocero para bosquejar su problemática. Hemos sonreído al tratar de imaginar cuánto de lo mucho que el siempre dicaz Jacobo Borges (facundo vocero de uno de los sectores, según las gacetillas de prensa) tenga que decir puede caber en una bombilla de arena de apenas seis minutos. Bromas aparte, cabe preguntarse qué tipo de diálogo puede entablarse con un gobernante que, de entre todos sus compatriotas, escoge para llamar «analfabeta» precisamente a Elías Pino Iturrieta, para dar respuesta a un discrepancia formulada por un inerme particular que sólo se representa a sí mismo. Característicamente, somos muy laxos en Venezuela a la hora de discernir un intelectual verdadero. Ultimamente nos ha dado hasta por excusar a los plagiarios sorprendidos in fraganti y les seguimos acordando un lugar en la nomenklatura. Por eso no resulta ocioso preguntar si, por ejemplo, un jurista como el doctor Escarrá puede ser considerado un intelectual. No resulta ocioso porque hemos visto la ligereza con que ahora son recibidos sus reparos a la constitución recientemente aprobada por la Constituyente. En cuanto a lo de «artista», se manifiesta entre nosotros, por lo menos desde los tiempos de Leoni, un alambicamiento del dispositivo clientelar populista de tal eficiencia que basta que un particular se declare «artista» y logre darle visos de «asociación sin fines de lucro» a sus pretendidas reveries para que la sociedad venezolana, Estado y contribuyentes incluidos, se vea intimada a pactar con él toda clase de subsidios y de proteccionismos que ya habían querido para sí un indigente como Verlaine. Se invoca para ello un filantropismo que a su vez se funda en una concepción del arte, curiosamente propiciada por igual por el franquismo y por el fidelismo: la de que el arte es siempre benigno, siempre «constructivo», siempre cosa solidaria y bienintencionada. Un bien deseablemente común, un goce, una experiencia solar y ecuménica; un ente desvalido, como la ballena almizclera. Un quehacer de cuyas oscuras singularidades puede apropiarse un planificador de la Comisión de Finanzas con una metodología de «sectores» y «gerencia por objetivos». La conjunción de un Estado mecenas, por un lado, y de este modo de «liarse» con los innominables motivos del arte, por el otro, es esa degradación de nuestra vida cultural que, en el mejor de los casos, entraña el subsidio obtenido a expensas de torcer la espontánea arbitrariedad de la creación (si es que en verdad se manifiesta) para meterla en los escaques de una planilla donde dice «especifique los objetivos a llenar» o disiparla en ruines cabildeos y humillantes antesalas. V No es nuevo ni revolucionario esto de un cabildo abierto que reúne a un alto funcionario con «el sector»; tampoco es nueva la figura del otorgante de favores: su arquetipo mejor fue José Antonio Abreu, el inauditable superministro de Carlos Andrés Pérez. La picaresca de las fundaciones sin fines de lucro con propósitos «filantrópico-culturales» es, pues, un cabal subproducto del populismo «puntofijista» y de su manera de entenderse con la gente: corrompiéndola a través de interpuestos gestores. En el inicio de sus carreras, muchos de esos gestores se vieron forzados a hacerse expertos cabildeadores ante comisiones de finanzas, convertirse en adivinadores del talante matutino del candidato a viceministro, en panegiristas de los directores generales sectoriales. Pero al principio, fueron simplemente artistas, buenos o pésimos, que ambicionaban un espacio para expresarse, bien o mal. El aparato «cultural» los forzó a hacerse indistinguibles de los supernumerarios. Y de los mercaderes de identidades culturales, de los traficantes del rescate de artesanías, de los promotores de efemérides, bicentenarios y demás eventos especiales con cargo a la partida especial. Por eso quizá lo verdaderamente revolucionario en esta hora sería la eliminación total y sin contemplaciones de todo el tinglado para el subsidio cultural. Me temo que ello no ocurrirá y por eso termino consolando a los mis lectores con un aforismo fue Whistler quien lo dijo, en el que creo a pie juntillas: «el arte ocurre», simplemente.
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