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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Ornitología y globalización

El Nacional, sábado 10 de julio de 1999

Flaubert abominaba por igual de los periódicos y de las «ideas recibidas», galicismo éste que juzgo más elocuente que la palabra «tópicos». La expresión «idea recibida» da cuenta del modo con que damos la bienvenida a una noción cualquiera. Da cuenta, también, del cariz social y encontradizo, de trueque y desgaste por fricción de las ideas.

Las ideas recibidas —de cualquier tipo— son el cereal mañanero de los esnobs; desayuno de campeones.

En ellas va la clave de cierta gesticulación advenediza e «intelectual» que entre nosotros se ha hecho forzoso padecer: la del neoliberal-rom.

Debemos el fenómeno, entre otros descarríos, a la tiranía de los gerentes, trocados en pensadores, gerentes que devienen en eso que cierta sociología llamó «intelectuales públicos». No hace mucho tiempo, Antonio López Ortega denunciaba mordazmente el fenómeno.

Con la misma simpleza con que el marxista achaflanado latinoamericano interrogaba la vastedad del mundo, apenas armado de la aplomada estulticia de sus manuales de Martha Harnecker o de Brito Figueroa, el esnob de arsenal «neoclásico» ha hecho suyo, no lo que buenamente hayan podido decir Popper o Hayek —por nombrar dos iconos—, sino lo que las citas al pie de página de más de una recensión apretada le ha dejado saber de Popper y Hayek.

Oyó decir las palabras «paradigma», «consistente» y «competitividad», y se quedó con ellas; encuentra de buen tono resumir una situación con el tropo «síndrome de Fulano». Peter Drucker es su Mecánica Celeste; la tira cómica de Dilbert es su Voltaire.

Finge creer —o cree, simplemente, el muy buenazo— que cada quincena ocurre un cataclismo cosmogónico, una revolución científico-técnica semestral. Por eso, igual que la publicidad, su palabra favorita es la palabra «nuevo», proferida casi siempre en combinación con la expresión «la tendencia es...»

El tifón que estremeció las otrora ejemplares economías asiáticas apenas le ha hecho perder la compostura, y todavía no ha dejado de componer el tema de «¿por qué hay sociedades exitosas y otras que no lo son?» Y compara previsiblemente al Japón «sin materias primas, pero con recursos humanos y gerencia» con Venezuela, «rica en petróleo y hierro, pero empobrecida por el populismo proteccionista y los buenos revolucionarios».

Le halaga pensar que funda en piso teórico sus pareceres, pero no le concederá importancia a ninguna teoría que no pueda tramolar mientras cabecea un sueñecito durante un vuelo a Porlamar. Su librería favorita es la de los aeropuertos.

Porque es así como lee el esnob neoliberal criollo; libros de fin de semana al borde de la piscina. A veces preferiría que los libros fuesen hechos de material flotante. Echemos un vistazo a la biblioteca de su petulancia: abundan volúmenes con títulos donde siempre ocurren numerales: «la tercera ola, la quinta disciplina, las siete leyes del dinero, las ocho reglas de la gente exitosa, el noveno paradigma», etcétera.

A menudo, deja caer nombres de pila en la conversación, por hacer ver intimidad y privanza con los más aptos. Así, donde dice «Ricardo», no debe escucharse David Ricardo sino Ricardo Haussmann. Ultimamente le escama enterarse de que Adam Smith haya sido también autor de un tratado sobre sentimientos morales.

Es que su desaprensión por todo lo que no sea sumario de un coloquio del IESA le impide, no digas tú animar, sino llanamente participar en la sobremesa. Así, si escucha hablar de la polémica entre George Soros y Mario Vargas Llosa, automáticamente y por las dudas, tomará partido por el banquero; así de platónico es su recelo.

¿Su mascota más pataleante y peludita? La llamada globalización. Pero entendida como el triunfo indiscutible de lo uniforme —en la acepción McDonald's de la palabra uniforme— sobre lo singular, lo individual, lo irrepetible.

Lo americano, sí, pero no la cepa Tom Payne, la cepa Abraham Lincoln, la cepa Walt Whitman, la cepa Oliver Wendell Holmes, la cepa William Faulkner, la cepa Martin Luther King Jr., la cepa Carl Sandburg, sino más bien, la cepa Budweiser, la cepa Big Mac, la cepa Peter Drucker, la cepa Homero Simpson.

Topé hace poco, en el transcurso de una cena entre amigos, con uno de estos «globalizadores». A propósito de la OTAN y Kosovo, y con sugestiva ignorancia de lo que allí haya ocurrido, su pronóstico se contrae a que, desaparecido el Gran Adversario, asistiremos fatalmente a una americanización universal de usos y costumbres. Y sin melindres, decía que hallaba esto último francamente deseable para el coima general de los negocios. En esto repetía un atroz disparate que leyó en el Foreign Policy.

No era más que una distendida conversación de sobremesa, así que nadie hizo cuestión de honor «ganar la discusión». Se sabe lo que decía Camus sobre la mediocridad que entraña pretender tener siempre la razón.

Pero una vez en casa he topado con varios contraejemplos que no me asistieron durante la cena y que aquí comparto, con la ligereza que ofrece una crónica sabatina.

II

Releyendo al extraordinario filólogo y helenista español, don Carlos García Gual, doy de manos a boca con un título suyo dedicado a los orígenes de la novela en la antigüedad clásica. El tema es de suyo frondoso y la tiranía de mil trescientas palabras obliga a soslayarlo. Lo que encontré de pertinente en las páginas de García Gual es el recordatorio de que ya en otras eras ha prosperado la idea de la globalización... sólo para mostrarse paradójica e inesperada, como los deseos que el diablo concede.

Alejandro Magno esperaba de sus afanes una especie de globalización de los valores griegos en el mundo antiguo. Al final, el imperio «multinacional» que forjó puso fin a la era de las ciudades-estado en la que había florecido Grecia, y abrió las compuertas de la historia a una humanidad con la que Occidente no había contado hasta entonces: Asia Menor, el Cercano Oriente la Arabia Félix, la India...

Tan sólo una lengua franca —el griego, pero el griego intervenido por las lenguas de Asia Menor que hablaron los apóstoles— pervivió de todo lo que se pensó fugazmente sería un gran imperio milenario y esencialmente griego.

Y en la civilización helenística, la primera gran civilización occidental, encarnó los valores de Grecia...sin Grecia.

Del mismo modo, y siglos más tarde, el esfuerzo romano de latinizar hasta el último confín del mundo conocido no logró romanizar irreversiblemente al mundo, sino agilizar la barbarización del núcleo romano, la absorción de valores orientales y nórdicos; «bárbaros». Entre otras intrusiones, estuvo la de aquella pequeña secta judaica que se hacía llamar cristiana, y que llegó a prevalecer precisamente irradiando desde Roma, su adversaria, y propalando su mensaje en latín, la lengua del dominador pagano: visto así, el fracaso de la Roma «globalizadora» tomó cuerpo en una cosa distinta, animada de diversidad y diferencia: la Europa cristiana.

Así, hoy: de un lado Estados Unidos, Internet y las inefables «fuerzas del mercado»; del otro, el vasto mundo, irreductible en su escapadiza diversidad.

¿Tendrá que haber siempre un vencedor absoluto? Los vencedores de una hora, ¿no han resultado, acaso, con pasmosa frecuencia, los vencidos del tiempo?


El debate sobre la globalización de la economía
Roberto Hernández Montoya, ¿Es posible una cultura global?
Janet Kelly, Enemigo del pueblo
Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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