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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Romance del paracaidista y la damnificada

El Nacional, sábado 8 de abril de 2000

I

Los británicos y angloamericanos, gente que ha participado en guerras de verdad, que aprecian y tienen en mucho a sus héroes militares y que valoran electoralmente un record de combate, cuentan también con un ancho registro para reírse a costa de los militares, de los protocolos de la vida castrense y de sus absurdas tozudeces burocráticas.

Se trata de una cultura que así como concibe a Enrique V arengando a los suyos antes de la batalla del día de San Crispín, en Agincourt, concibe también a Donald Sutherland y a Elliot Gould cagándose en el alma del Estado Mayor en M*A*S*H.

El tema es frondoso y seguramente nos llevaría muy lejos. Si lo asomo es porque no es simple sospecha lo que tengo de que en Venezuela no resultaría nada fácil sacar al aire una serie dramática (mucho menos de intención humorística) de tema militar sin herir las susceptibilidades de estos sedicentes herederos de Bolívar y el Mariscal Sucre como son estos ex golpistas que, de uno y otro bando, se disputan el voto de los venezolanos, tanto civiles como militares.

Hace algunos años, por cierto mucho antes de la revolución bolivariana, un canal de televisión local me propuso escribir una miniserie cuyo argumento transcurriese en una unidad militar.

Pero eso sí, me advertía el productor, quien se jactaba de no sé qué conexión con Alto Mando: no podían aparecer conscriptos mestizos, feos y pequeñajos, ni reclutas con escolaridad inconclusa que se sirviesen mal del castellano, ni jugadores de truco, lotería, kino ó 5 y 6, ni tumbadores de mango, ni comedores de casabe o cochino frito, ni amigos del ron o la cerveza, ni lujuriosos que bailaran «rucaneao» ni, en general, personajes echadores de vaina.

No solamente no podían mostrarse los recursos con que todos los muchachos de todos los pueblos del mundo hurtan el cuerpo a la tediosa aspereza de la vida castrense, sino que tampoco cabía presentar un guardia nacional prepotente y matraquero, ni un aspirante a ascender que adulase para ello a la querida del presidente de la Comisión de Defensa, ni un general retirado y multiplicador de cabezas de ganado.

Le dije al ejecutivo que si quería granjearse las simpatías del generalato le resultaría más barato producir gratuitamente una cuña del servicio militar obligatorio. Si, en cambio, se trataba de ganar el rating, le sugerí que ensayasen con una comedia de gramsciano corte «nacional/popular», protagonizada por Emilio Lovera. Y dejar el argumento a su muy competente staff de libretistas.

II

Con esto llego donde quería llegar: a hacer una proposición al primero de los «gerentes de dramáticos» de los canales de televisión que me haga una oferta.

El lector debe tener presente que por razones que escapan a mi semiología, las sinopsis de todo tratamiento televisivo o cinematográfico discurren siempre en presente figurado. A saber: «Briseida, la damnificada, está empatada con un narcobuhonero y azote de barrio que ya tiene varios muertos en su haber.

Pero, ¡atención!, Briseida y el Kennedy no son Bonny & Clyde: ella se enamoró de él cuando el hoy malandro era un muchacho sano, una promesa de la salsa y cantaba con un conjunto de Maiquetía, cuando era el «Maelo» de la franja que va de Punta de Mulatos a Chuspa.

El trigueño se desvió de la buena senda y ella, que estudió enfermería en Catia La Mar, ha intentado abandonarlo sin éxito: el Kennedy amenaza continuamente con matar a Briseida y a Máryori, la chamita que juntos procrearon, si la mulata no se decide a volver junto a él.

Al comenzar nuestra historia, Briseida ha hecho frente al Kennedy, quien ha intentado hacer de Máryori, ¡su propia hija!, una mula de su infame comercio. Indignada, Briseida ha arrojado a una quebrada el alijo de bazuko aliñado que Kennedy ocultó en el bulto escolar de la niña y con cuya venta pretendía comprarle una nevera reconciliatoria a Briseida.

El azar, «que condena o redime», viene en auxilio de Briseida: así, los dos primeros segmentos del primer capítulo trascurren la noche del 16 de diciembre de 1999.

Es justamente la crecida del río lo que impide que el Kennedy, que anda engorilado y «hasta las congas» de bazuko, ultime a Briseida luego de sacarla a rastras por el cabello de la casa de la mamá de la heroína, en Carmen de Uria, a donde ella ha corrido con Máryori a buscar refugio y ocultarse de su concubino, después de votar por el «Sí» en el referéndum.

El torrente de lodo se lleva al Kennedy con todo y pistola Glock 9 milímetros. Briseida salva la vida al aferrarse a una rama de cují, sin soltar la manito de Máryori quien no cesa de clamar por su papá, porque así son las nenas: quieren más a su papá que a su mamá. Complejo de Electra le llaman.

Brisedia apechuga con su propia tragedia y se pone al frente de una partida de lugareños damnificados a quienes organiza, conforta y conduce hasta el hoyo 14 del Caraballeda Golf Club.

Los evacúan en un megahelicóptero Chinook de la US Navy y mientras un tripulante gringo le ofrece agua potable y una caliente ración de combate, Briseida mira estuporosa el mar de la felicidad y se pregunta por el paradero de su señora madre y en qué panza de tiburón andará el Kennedy. Fin del segundo segmento. Comerciales.

III

Los tres segmentos siguientes trascurren entre campamentos de «dignificados», primero en Maiquetía, luego en Fuerte Tiuna, hasta llegar al asentamiento de Guri, a orillas del embalse.

En Maiquetía, Máryori se extravía accidentalmente y Briseida vive horas de angustia. ¿La habrá aplastado sin querer el general Salazar?

Segundo Bienvenido Gamboa, un distinguido de un batallón élite de paracaidistas, devuelve la niña a su progenitora para que salte entre ambos la chispa del amor.

Semanas más tarde, durante una noche de licencia, con la Máryori convenientemente al cuidado de la mamá de Briseida, quien ha aparecido milagrosamente en El Poliedro, el distinguido y la damnificada salen a bailar y van a un rumbeadero que ella conoce en Boleíta Sur y pasan la noche juntos y la ocasión es como para que Leonardo Padrón, Mónica Montañéz o Carlitos Pérez, el laureado autor de Hay amores que matan, se luzcan con su poesía conversacional.

El distinguido Gamboa debe regresar al amanecer a su guarnición y terminar su servicio en el interior del país. Se separan, pero ya comprometidos a enfrentar la vida juntos:

—Tranquilo que p'alante es p'allá, mi rey —exclama la romántica Briseida, ilusionada. Se besan. Tema de amor remonta un «crescendo». Comerciales.

IV

Mientras, igual que Robert De Niro en Cabo de miedo, de Martin Scorsese, el Kennedy «regresa del pasado». Pero con otra cédula de identidad, aprovechando la turbulencia de los tiempos que corren.

A semejanza de cierto personaje inescrupuloso que encarnaba Rod Steiger en Doctor Zhivago, el Kennedy ha visto las ventajas de hacerse activista del Polo Patriótico y se dedica a chapear con un falso carné de la Disip. Instiga invasiones para extorsionar a la agroindustria.

El distinguido Gamboa, ignorante de todo esto, asiste a videoconferencias de ética en el casino de oficiales de su unidad, antes de salir cada mañana a rastrear secuestradores del ELN.

Vive traspasado por la duda porque su capitán, que es simpatizante de Arias Cárdenas, cara a las elecciones del 28 de mayo, se pasa el día dándole muela y muela contra Chávez, en tanto que el sargento primero, que es chavista, le dice que los del ELN son bolivarianos y aliados estratégicos del mar de la felicidad.

Total que el distinguido pasa los meses finales de servicio mirando todo el tiempo la foto de Brisedia. Esto último, puesto en código del género culebrero quiere decir: «Amores de lejos, amores de pendejos».

Una día, Briseida está trabajando en el dispensario del campamento de dignificados de Guri. Mira el calendario y cuenta los días que faltan para que su distinguido sea licenciado con honores. Máryori juega en las cercanías, a orillas del caudaloso Caroní, con un chamita de una etnia local.

Sobre un primer plano de Briseida distraída, se escucha de pronto la voz ominosa del Kennedy, off camera:

—Hola, Briseida. Tremendo palo de agua nos cayó en diciembre, ¿ah, negra?

Zoom in a la expresión torva y rencorosa del Kennedy. Contraplano al rostro atemorizado de Briseida. Corte al bolsiclón de Gamboa, que anda rastreando a un ganadero secuestrado. Corte al Kennedy, corte a Briseida. Acordes dramáticos. Congela. Créditos finales, fin del primer episodio.

V

Apreciado Arquímedes Rivero: admito que, en rigor, es el mismo argumento de Peregrina, original de Inés Rodena, pero admite tú a cambio que esta torsión de actualidad política que le he dado aporta «valor agregado» al argumento.

Y a ti, Mari Pili, ¿qué te parece? Una telenovela con target «CDE»: directo al lecho rocoso del chavismo duro. Y barata, porque no requiere escenarios costosos: bastaría rodarla en la Venezuela de la V República para estar siempre dentro de presupuesto.

Mostrar un «demo» del primer episodio en la preventa sería tremendo batazo. Ya me parece ver los cuñeros congestionados de leche La Campiña, de Telcel su voz sin límites, de puntos verdes Banesco, de Graffiti, de Honda Civic, de Tropicana.

Nos ahorraríamos las cadenas que tanto hacen mermar la popularidad del Presidente y ganaría la libertad de expresión.

Pero eso sólo puede pasar en una economía de mercado normada por vigorosas instituciones del Estado, eficaces y legítimas, telenovela, esa sí, por lo visto imposible de producir en este nuestro particular deslave populista de América Latina.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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