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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Solidarnosc! El Nacional, 18 de noviembre de 2000
No es un empirismo afirmar que en Venezuela fue Acción Democrática la que terminó por controlar los sindicatos, mientras que buena parte de la izquierda marxista hubo de conformarse con escribir sesudamente sobre el movimiento obrero. División del trabajo le llaman a eso. La paradoja está en que, según el canon que nuestros marxistas lograron ordenar acerca del origen y devenir del movimiento obrero criollo, la organización de las primeras huelgas y la forja de los primeros sindicatos habría sido obra casi exclusiva de la izquierda marxista. Haga el lector la prueba de consultar el catálogo digitalizado de la Biblioteca Nacional y coloque en la ventanilla del buscador las palabras clave «movimiento obrero, Venezuela». Al punto aparecerá en pantalla una dilatada colección de títulos, casi todos de filiación ñángara o criptoñángara. En casi todos esos títulos se evoca con fervor la huelga petrolera de fines de los años treinta y se le señala como el comienzo de la vida sindical en la Venezuela «moderna». Probablemente haya habido algo de idealización en el modo de acreditar la actividad sindical en la hoja de servicios rendidos por la izquierda venezolana a la historia democrática del siglo que termina. Pero lo cierto es que esas denodadas huelgas petroleras ocurrieron. Y que fatalmente tocó a unas compañías yanquis el papel del patrono: ¿podía pedirse más tensión épica y antiimperialista al nacimiento de nuestro movimiento sindical a mediados de los años treinta? Pero ya para los tardíos años cuarenta nuestros comunistas se habían dado maña en perder buena parte del ascendiente que entre nuestros trabajadores llegaron a ejercer. Se ofuscaron y pelearon entre sí en un tiempo, por cierto, en que el proverbial sectarismo de Miquilena ya se dejaba sentir. Para cuando yo era un chamo de diez años, allá por 1961, el movimiento obrero era mayoritariamente cosa de adecos: disciplinado, cabilleramente sectario y solidariamente oficialista. Las modestas centrales de izquierda se desquitaban cada primero de mayo, ordenando un ritual «alternativo»: se singularizaban de esos cabilleros y «vendehuelgas» concentrando a sus afiliados en una lugar distinto al de la CTV y haciéndolos marchar por distintas arterias. Desde Catia, parroquia trabajadora por excelencia, desfilaba multitudinariamente la CTV, Avenida Urdaneta abajo, rumbo a Petare. El Parque Carabobo, muy cerca del Liceo Andrés Bello fue el lugar geométrico donde la izquierda sindical se consolaba de su soledad. La Avenida México era su vía dolorosa. Y como Eloy Torres solía estar preso y Argelia Laya se mantuvo siempre clandestina, los oradores eran casi siempre desconocidos habituales para la masa. En ocasiones la plomazón era tanta que Betancourt o Leoni suspendían los actos del primero de mayo, y entonces, con arrojo protocristiano, se organizaban mítines relámpagos que duraban hasta la noche del treinta y uno de abril. Como no podían exaltar demasiados logros, el mitin se les iba en confusas alusiones sobre los mártires de Chicago y clamando gloria eterna a los valerosos pueblos cubano, ruso, chino y vietnamita. Los anónimos luchadores decían sus vainas siempre apuraditos y como con arrechera ante el escaso público, descontentos de la evangélica tarea testimonial que les había tocado en suerte. De esos tiempos acá, la CTV ha pasado más de una crujía y protagonizado truhanerías sin cuento, desde un atentado a uno de sus directivos hasta el mayor desfalco a un banco que se hubiese visto antes de la crisis financiera del 94. No todos sus adversarios languidecieron en la Plaza Carabobo. Más de uno hizo desde la izquierda lo indecible por desalojarla de la imaginación y del talonario de cotizaciones de los trabajadores. En su mejor hora, Causa R alcanzó a infligirle estupendas derrotas en su propio terreno. Pero pese a todo, ahí sigue estando la CTV, insoslayable dato del problema que somos los venezolanos. 2.El mayor error en que a paso de vencedor va incurrir Chávez es pretender algo que, al margen de que sea o no constitucional, puede tener efectos paradójicos y terminar siendo el mejor reconstituyente concebible para la CTV. Acaso lo mejor que puedan hacer los cetevistas sea afrontar este trance acordando decididamente no solo ir al referéndum, sino convocarlo con el mayor entusiasmo, sin detenerse en consideraciones constitucionalistas. Una razón para consejo tan drástico puede hallarse en el hecho de que los plebiscitos y este disparate del «referéndum sindical» es un plebiscitotienen una calidad «todo o nada», de duelo en la calle principal del Dodge City a las doce del día. Esa cualidad resulta tentadora para quien se siente elegido de las mayorías. Pero en el caso del plebiscito que nos ocupa, se advierte que quienes han votado y votan por Chávez una y otra vez, lo han hecho porque para ellos la crucialidad con que se les presentaba cada elección resultaba clara: disolver al congreso oficiante de la «vieja política», refrendar la nueva Constitución, darle un mandato indiscutible a su paladín. Quien más, quien menos, todos se habían sentido agraviados alguna vez por la Venezuela excluyente encarnada en aquel congreso y en aquella política. Pero pretender movilizar «¡una vez más, vamos, la patria de Bolívar lo requiere!»a todos los desdentados cuya mayoría ni siquiera ha soñado jamás con un empleo fijo; no hablemos ya de sindicalizarse, para enfrentarlos a la activa minoría de los afiliados de la CTV puede muy bien depararle su primera derrota electoral a Chávez. Y muy especialmente si llega a ganar. Empeñarse en ello puede tener el desenlace de una batalla napoleónica en la campaña de Italia: una fuerza pequeña, concentrada y fuertemente motivada derrota a una mucho mayor que no discierne los propósitos ni qué beneficio habrá de obtener. Así, fincar el resultado en la mayoría que hasta ahora ha acompañado a Chávez podría ser su mayor debilidad, pues esa mayoría acaso no se sienta involucrada en una querella que, en rigor, es entre la CTV que al fin y al cabo existe y puede arbitrar recursosy el sindicalismo oficial, que para todo propósito organizativo electoral es todavía inexistente. La sola idea del sindicalismo está tan desprestigiada entre nosotros que contra ese descrédito se ha estrellado más de un empeño de desplazar a la CTV. Esto lo digo pensando en los empeños de la izquierda sindical del Parque Carabobo y en los del gobierno de Chávez. Considérese además la ineptitud de sus operadores, contrastada con todo el poder desplegado por el gobierno en el conflicto contractual Pdvsa versus Fedepetrol: no logró Chávez ni de lejos su cometido de desarbolar la central industrial más curtida en esto de ponerse los guantes con el estado patrón. Me late que esta vez los desdentados del pueblo soberano y dignificado decidirán que ya han librado suficientes batallas por Chávez y que esta vez querrán saber qué han de ganar votando el 3 de diciembre. «Un nuevo sindicalismo, hermanas y hermanos. Digno, honesto, revolucionario, bolivariano, comprometido con el proceso y no con las cúpulas podridas», puede ser la respuesta que le llegue de lo alto. Pero ha de llegar en mal momento para moverlo a una mesa electoral dentro de dos semanas: justo en lo más espeso del Segundo Acto de Vargas, con su carga de mal agüero recordatorio de promesas incumplidas. Viéndolo bien, la CTV necesita este referéndum porque, para usar un símil medieval, es su prueba de Dios. Lo más probable es que salga bien librada, en especial si pierde, pues al día siguiente de ser «eliminada por plebiscito», se verá despojada de su peor lastre: el pasado. Chávez le habrá dado tal baño lustral que incluso no sería impensable a mediano plazo la incorporación de Causa R , con todo y Andrés Velásquez, a sus filas. Igual que en el socorrido relato minimalista de Monterroso, y mal que le guste a Chávez, al día siguiente del plebiscito, la CTV todavía estará allí. El mejor emisario de Chávez para desarticular el «sindicalismo corrupto» era Ciavaldini. Tenía Ciavaldini todas las potestades, pero terminó pegándose un tiro en su propio pie al firmar un contrato colectivo igualito al que firmaban los anteriores directivos de Pdvsa. Y con los delegados sindicales, que calculadamente había designado él mismo, sentados del otro lado de la mesa, cooptados en masa por los líderes cetevistas. Chávez se verá obligado a hacer algo para imponer una sindical corporativista y no puede dejar esa tarea en manos de Nicolás Maduro porque Maduro ¿cómo describirlo? es de los que arrojan la espoleta al enemigo y se guardan la granada de recuerdo en el bolsillo. La otra noche lo escuché decir en la televisión que la OIT era una emanación del neoliberalismo. ¿Sabrá Maduro que Venezuela está afiliada a la OIT desde 1921, en tiempos del General Gómez? Nicolás Maduro bien pudiera envejecer como orador de orden del primero de mayo en el Parque Carabobo. Al lado de Maduro, Ciavaldini es Henry Kissinger. ¿Qué tocará hacer entonces con la CTV luego del plebiscito? ¿Proscribirla legalmente? ¿Allanar sus locales? ¿Incautar sus activos? ¿Reprimir sus previsibles acciones de protesta en la calle? ¿Inhabilitar políticamente a todos sus afiliados y directivos? Es por ello que si saben mirar por ellos mismos, los cetevistas deberían ir al plebiscito. La CTV debe perderlo gallardamente para poder tener chance de recuperar la calle: Lech Walesa les recordaría que no hay nada más arrebatador del alma popular que una curtida organización sindical puesta al margen de la ley por un gobierno arrogante e incompetente.
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