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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Stiglitz y el «consenso de Washington» 10/08/2000 1.Se me ocurre que esta crónica debería comenzar evocando una tarde que pasé, hace ya varias semanas, en el piso 7 del edificio del Banco Interamericano de Desarrollo, en Washington. Sentado en la cafetería, sostuve una larga entrevista con un experto en el desempeño de la economía latinoamericana, a una de esas almas que transmigran de un organmismo multilateral a otro. Los saberes de este hombre son sólidos; las cosas que tiene que decir no lo dejan a uno indiferente. Pero todo te lo deja llegar envuelto en un tonito cinicón y como de secta, un airecillo superior que, para colmo, pretende impostar un como hastiado desasimiento de la institución que, sin embargo, no alcanza a ser disidencia. Si acaso, ese tonito traduce apenas una tibia crítica de las «costumbres» del organismo multilateral. Es muy propio de esta casta supranacional hacer mofa discreta y a la chita callando, eso sí de las convenciones del «mandarinato» del Banco Mundial, del Fondo Monetario y del Banco Interamericano de Desarrollo. Hablo aquí de un cierto fingido aburrimiento, de una disposición entre fatigada y elegante con que aborda sus días el experto, engastado en sus trajes oscuros adquiridos en Mos & Bros., siempre de reunión en reunión, de misión en misión, de partida de squash en partida de squash. Igual que ocurre en el «pool» de secretarias ejecutivas de toda gran corporación, la conversación menuda de los expertos de planta del Fondo o del Banco suele tramolar con fastidio un estragado chisme de iniciados a costa de los funcionarios más altos, solo para dejarte pensar a ti, el mirón, el preguntón recién llegado, que el experto que te habla no es un peón indiferenciado sino una individualidad «crítica». Pero, como es natural, todo tiene un límite y los funcionarios se cuidan muy bien de cuestionar las premisas últimas del Banco o del Fondo, según sea el caso. Así pues, entrevistaba yo a mi experto en la cafetería del séptimo piso del BID, cuando le espeté arteramente y casi sin pensar: ¿Qué me dice de Stiglitz? La pregunta por Stiglitz tomó al buen hombre fuera de balance, pues la hice en el momento en que el superfuncionario senior adoptaba su mejor pose de disidente de salón. Lo agarré por sorpresa. Igual que a Ud., que si ha llegado hasta aquí debe estar preguntándose quién carajo es Stiglitz. 2.Para empezar, ha de saber Ud. que el señor Sitglitz fue hasta hace literalmente apenas unas semanas nada menos que el chief economist, como quien dice el sonero mayor de los economistas diagnosticadores y planificadores del Fondo Monetario Internacional. Solo reportaba al Presidente del FMI, saque la cuenta. Como imaginará, la de Stiglitz no ha sido la carrera de un fracasado o un logrero: ha llegado tan lejos como es concebible que pueda llegar un economista. De paso, su vida académica lo ha llevado a dictar clases en cualquier universidad que quiera Ud. nombrarme: Harvard, Oxford, Cambdrige, Princeton En diciembre del 99, en una reunión del Fondo Monetario que tuvo lugar en África del Sur, Stiglitz tuvo a su cargo el discurso de orden que resultó ser un verdadero memorial de agravios contra el Fondo Monetario, sus pareceres y sus ejecutorias, algo que dejó atónita a la jerarquía internacional, académica y financiera, que asistía a los actos. Con ese discurso culminaba la trayectoria crítica de Sitglitz dentro del sínodo multilateral: hasta ese momento, sus disensos, manifestados cada vez con mayor frecuencia y enjundia, no habían colmado la paciencia de los jefes. Pero la primavera pasada, en vísperas de las violentas manifestaciones de protesta contra el Fondo Monetario y el Banco Mundial que alborotaron a Washington y sacaron de quicio a mario Vargas Llosa, Mr. Stiglitz fue aún más lejos y publicó un contundente y estremecedor artículo en la pretigiosa revista estadounidense The New Republic. Pocos días más tarde la Presidencia del Fondo anunciaba la partida del profesor Stiglitz. Quien vio la película The Insider, esa protagonizada por Al Pacino y que narra las vicisitudes de un antiguo alto ejecutivo decidido a delatar los inescrupulosos manejos de la industria tabacalera, se hará una idea del estupor que en el cotarro washingtoniano causó el artículode Stiglitz, titulado provocadoramente igual que la película. En él, Stiglitz toma posición respecto de la ortodoxia multilateral en materia de planes de ajuste, y la emprende contra esa «vulgata» de prescripciones y exigencias que la campanuda jerga de los planificadores macroeconómicos hay dado en llamar «consenso de Washington» y que suele desgranarse en las tristemente célebres «cartas de intención». ¿Qué pudo decir Sitglitz en su artículo que circula hasta hoy en la Internet como si fuese una pieza de samizdat disidente en tiempos de la desaparecida la Unión Soviética? Lo primero que hace Stiglitz es poner en relación al Fondo Monetario, sus hábitos, sus procederes, sus sabidurías convencionales, con la idea de fracaso. Con la autoridad que da el haber vivido en las entrañas, Stiglitz desmantela la arboladura y el velamen con que han navegado hasta ahora quienes propugnan la misma inconmovible fórmula para todos los países en aprietos. A Rusia y los disparates del Fondo dedica Stiglitz buena parte de su artículo, aunque también se ocupa de las economías del sudeste asiático, los tan socorridos «tigres» que solían caérsele del cajón de los ejemplos a Miguel Rodríguez. América Latina es, con todo, el plato fuerte de su artículo. Caso por caso, Stiglitz muestra ejemplos dramáticos del fracaso de la docta incuria de los economistas del Fondo. Tal vez lo que más ha sublevado a las instituciones que Stiglitz critica tan acerbamente, es su rechazo decidido a la lasitud ética con que sus funcionarios abordan su trabajo sin atender a los desastrosos efectos que, al final del día, sus medidas puedan tener en la vida de millones de personas. Sitglitz nos cuenta algo sencillamente escalofriante, viniendo de tan autorizada fuente insider: a menudo, las misiones de evaluación que el FMI envía a América Latina ya han redactado sus informes (y sus recomendaciones, desde luego) ¡antes de partir de Washington!, rumbo a los hoteles cinco estrellas. Stiglitz delata cómo, en al menos dos ocasiones, el informe y las recomendaciones concebidas para un país pasaron, sin ninguna modificación, y con misma redacción original, los mismos cuadros comparativos y las mismas cifras, al informe y recomendaciones de otro país. Cuenta Stiglitz que, al parecer, la instrucción «buscar y reemplazar» del procesador de palabras falló en algunos casos y dejó ver la criminal desaprensión del equipo macroeconómico encargado de hacer las recomendaciones y evaluar su observancia. Otros muchos mitos son abordados por el desertor multilateral, pero hay uno que nos atañe en especial: la noción de que los expertos del FMI se reclutan entre la crema de la crema del pensaniento económico. Desde su larga experiencia, Stiglitz afirma que a menudo los economistas a quienes el FMI encomienda la supervisión del desempeño económico de los países que viven planes de ajuste, están mucho peor calificados profesionalmente que los ministros de planificación y sus tecnócratas locales. En toda su carerra como experto del Fondo que en muchas ocasiones encabezó «misiones» a países subdesarrolados, y como profesor emérito de las mejores universidades del llamado «primer mundo», Stiglitz no logró jamás que el Fondo reclutara a los más aventajados: estos siempre preferían destinos más prometedores en el ámbito privado, dejando que el Fondo nutriera sus rangos con lo más adocenado. ¿Subjetivismo?, ¿improbidad? ¿ despecho profesional? De todo esto han acusado algunos polemistas a Stiglitz; el célebre Dornbusch entre ellos. Sea como fuere, la experiencia de primera mano que alienta en el artículo de Stiglitz, la autoridad intelectual de este inoportuno «desertor» del Fondo y la desengañada sabudiría que destila su elegante e irónica prosa, nos deja sumidos en la sensación de que los alborotadores de Seattle y Washington tal vez no sean después de todo unos «loquitos» trasnochados como hasta ahora han pretendido algunos voceros del libre mercadoy del estado mínimo. ¿Stiglitz? respondío mi interlocutor del piso 7, con una mueca de asqueado desdén. Una rata que muerde la mano que lo alimenta. Su boca sea la medida, señor experto.
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