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Sección: Bitblioteca
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Teatro de operaciones El Nacional, sábado 3 de marzo de 2001 1.Cuando leí, hace unas semanas, los titulares en que Carlos Andrés Pérez vaticinaba que un golpe militar derrocaría a Chávez, me pregunté cómo es que precisamente él, a quien los sucesos del 4 de febrero del 92 lo sorprendieron literalmente despegado de la almohadilla de primera, parece haber desarrollado, luego de su retiro forzoso de la política, el don de saber dónde y cuándo ocurren los golpes militares. Otros «vaticinadores» ya habían asomado antes que él. Algunos, antes de verse reducidos a su condición actual de «analistas independientes» que una y otra vez nos han anunciado, encuesta en mano, las arrolladoras victorias electorales de Arias Cárdenas y delatado operaciones de lavado masivo de cerebro a cargo de protervos agentes cubanos (que luego han resultado estar a sueldo de la Fundación Cubano Americana), estuvieron justamente entre los ministros más estupefactos y mejor sorprendidos por la asonada del 4 de febrero. Estaban en la Secretaría de la Presidencia o en el mismísmo Ministerio de Defensa de un gobierno impopular como ninguno. Y era para ellos, por lo tanto, un imperativo de sobreviviencia política saber quién conspiraba. Sin embargo, cuando al fin les vino el golpe, no supieron qué centella los fulminó. Si cuando fue crucial para su desempeño no pudieron olfatear un golpe, ¿porqué ahora tendríamos que darles crédito? Por eso sus alarmas nunca habían merecido de mí más que un encogimiento de hombros. Pero para mortificar ese encogimiento de hombros nunca falta un observador a quien respetemos, alguien de ordinario ecuánime y usualmente bien informado, un perspicaz y bien conectado receptor y evaluador de versiones, embustes, chismes, informes confidenciales y rumores. Hablo de un sujeto sensato, capaz de separar la paja del infundio y que una tarde te dice que sí, que lamentablemente es verdad: hay unos oficiales disgustados e inquietos. En estos casos uno pone cara de «cómo va a ser, no me digas» y el enterado asiente con expresión grave mientras arruga la bemba en el gesto clásico del «pues sí señor, quisiera saber menos, pero así están las cosas». Te cuenta entonces una versión muy circunstanciada Balzac decía que el dios de lo verosímil reside en los detalles, y para engordar su verosimilitud, el informante te impone con pelos y señales del motivo presunto del presunto disgusto. Si otra vez pones cara de «no puede ser», te espeta el nombre, el rango y la guarnición al mando del tipo que, según la versión, anda arrecho, pero muy arrecho. Finalmente, te hace sentir que conoce hasta el lugar donde guarda los fósforos el cocinero mayor de la guarnición del tipo que está muy arrecho. Cuando al fin se calla, decido que no voy a memorizar nada, ni el nombre, ni el motivo real o imaginario del disgusto, ni la guarnición del tipo que anda muy arrecho y ordeno mejor otro whisky y una ronda de tequeños. Y es sólo cuando regreso a casa, cuando atino a decirme -¿para tranquilizarme?- que acaso para objetivar su desencanto por el pésimo desempeño de la oposición, a mucha gente sensata le da a veces por especular con el peor escenario posible para todos: la ruptura golpista. 2.Un crío de 19 años hace la demostración de cómo batir un área con fuego táctico de mortero. Usa ese verbo «batir una posición» en la acepción castiza y propia de la jerga de artillería. Es un joven avispado que ya ha adoptado el habla redicha de los militares y hace distinciones entre «batir» y hacer «tiro directo». El chamo es personal de tropa alistada en un batallón de cazadores, en el Arauca profundo. El escucha de la demostración es José Vicente Rangel, y la escena toda compone un cuadro republicano, ya clásico en el mundo moderno y desarrollado: un ministro de la defensa civil en gira por las guarniciones. Estamos en una base fronteriza, no lejos de la guarnición de Guasdualito, sobre la margen venezolana del Arauca y muy cerca de un hato llamado El Stalingrado. Me ha invitado el propio Rangel a esta su primera gira en calidad de ministro de la Defensa. Represento en esta ocasión a la Venezuela de los que hemos alegado excepción al servicio militar, a quienes lo militar no deja de intrigar y, por supuesto, de inquietar. Tal contingente de renuentes y exceptuados conforma la clase media, tanto la acomodada como la que está en vías de extinción, el mundo profesional liberal, la élite ilustrada, política y económica que, a diferencia de otros países, no tiene en Venezuela conexión, siquiera en quinto grado de parentesco consanguíneo, con el mundo militar. Esa Venezuela que alegó excepción, es la que nutre el imaginario de la sociedad civil, la que aporta la agenda de las ONG. También nos ha dado polítologos que, sólo por haber dictado uno o dos seminarios en el Instituto de Altos Estudios de Defensa, se sienten aptos para interpretar las corrientes profundas del mundo militar venezolano. Desde mi silla sin número en el palco de managers de tribuna, tengo la impresión de que en la lista muy corta de civiles realmente capaces de tal cosa se halla , repito que sin mucha compañía, José Vicente Rangel. Menciono mi condición amateur porque desde el principio fue muy fácil adivinar cómo intrerpretarían los pundits de la oposición el hecho de que a Rangel se le hayan rendido, sin aparente mezquindad alguna, honores militares en cada guarnición que visitamos mis jóvenes colegas y yo, y que el trato que le dispensan los generales sea el que se otorga, no sólo a un ministro del gabinete, sino a un alto funcionario merecedor de acatamiento. Como se sabe, los arúspices de la contra sifrina y recuerdo en especial un artículo de Diego Bautista Urbaneja saludan in abstracto la designación de un civil para el cargo, para inmediatamente ofrecer el reparo de «lo contingente», de la «constelación actual de circunstancias», del momento en que se hizo, de la biografía política del designado, de su controvertido récord como denunciador que debe haberle enajenado la buena voluntad de la institución armada, etcétera, etcétera. Yo pienso que hablan como lo que son: como conservadores, pero conservadores del tipo reaccionario, gente que preferiría que nada se hiciese nunca por primera vez. 3.En Guasdualito desayuné una arepa con chigüire como hacía años no probaba, y tuve la suerte de trabar conversación con un oficial de rango superior, un tipo al que las versiones describen como uno de los que anda arrechísimo. De esto último no hablamos, sencillamente porque no soy Larry King, ni mucho menos Oriana Fallaci, para andar a boca de jarro preguntándole vainas a la gente que voy conociendo en la vida. Pero puedo consignar que su conversación lo deja ver como un venezolano preocupado por el estatuto legal de los desplazados colombianos, por el vacío jurídico que, según él, podría exponer a Venezuela a sanciones que se derivan de los mismos acuerdos internacionales que ha suscrito. El alto oficial se pasea con docta facundia profesional por los escenarios más crudos que potencialmente pueden derivarse del Plan Colombia y de la dualidad de poderes Bogotá-San Vicente del Caguán. De hecho, tal es el tema de su tesis de doctorado en Ciencias Políticas. Su apreciación del problema luce sin duda más realista y sensata que la que vocean algunos ruidosos diputados de la Asamblea Nacional, de esos que ya andan haciendo colectas para socorrer, preferiblemente ante las cámaras de la televisión, a todos cuantos nos lleguen cuando de verdad empiecen allá los mameyazos del Plan Colombia. Justo antes de subirme a un helicóptero Cougar que me llevaría a La Fría, el hombre expresó lo que considero es el mejor argumento escuchado de labios de un militar venezolano en pro de un ministro civil: «Un civil puede hacer lobby por la institución mucho mejor, con mucha más agilidad y soltura política que un ministro militar, obligado este último a andar en un riel de equilibrio entre su obediencia al Presidente y su lealtad a los requerimientos de la institución». Un cínico siempre podra argüir: «Bueno, ¿qué esperabas? ¿Qué otra cosa pueden decirte? Ya sabes cómo son los militares». A un tal cínico sólo sé responder con la certera observación de Joan Manuel Serrat: «Dichosos los que lo tienen (todo) claro. Porque de ellos es el reino de los cielos». Si usted es el tipo de lector que lo tiene todo claro y se siente defraudado cuando en algo me muestro de acuerdo con el Gobierno, este es el momento de hacer conmigo y mi artículo una bola de papel y lanzarme a la papelera hasta el próximo sábado, porque la verdad es que no alcanzo a ver un civil a quien un demócrata como el que suscribe, quien felizmente no lo tiene todo claro, pueda desearle la mejor suerte posible como ministro de Defensa de la República que a José Vicente Rangel.
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