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Sección: Bitblioteca
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Un día en la vida El El Nacional, sábado 10 de febrero de 2001 1.«¿Somatiza Chávez?» El ministro iba pensando en ello mientras se dirigía a su lugar de trabajo. «Lugar de trabajo»: había allí una idea interesante; una buena pregunta sin duda: ¿dónde trabajaba el ministro? ¿Dónde estaba el ministerio? Ya no lo recordaba, de tanto acompañar al Máximo Líder a las transmisiones radiales dominicales desde un lugar remoto la preterida geografía venezolana. Gabinete extraordinario en Elorza, en Alcornocal de Abajo, en las sabanas de Urica, en Yaguaraparo, en Borburata. «¡Las horas-hombre que nos hace perder!», se lamentó el ministro, «con su monomanía de hacer anuncios permanentemente y con el gabinete trotamundos en pleno haciendo coro». Poco se adelantaba el trabajo con esa estrategia de confundir el trabajo y la eficiencia con el movimiento. Excepto sonreír, claro, y responder trivialidades: A ver , Giordani, ¿cuántas coyunturas tiene la culebra macaurel? Y el ecuánime y sapientísimo Giordani (como podría hacerlo también Genatios o Silva Calderón o Dávila) responde donosamente desde lo profundo de sus monacales decenios dedicados a la investigación : La chiquita tiene veinte, Comandante, y la grande treinta y seis. El automóvil del ministro hubo de detenerse por completo ante un atascamiento del tránsito. Tan temprano y ya los mocosos de un liceo (público, por cierto) se entregaban con ardor adolescente a su rutina estacional de caucho quemado, piedra, vinagre antigás empapando la franela del uniforme transformada en pasamontaña. El motivo del bochinche podía ser cualquier cosa: la falta de agua en los excusados del plantel, el dichoso «medio pasaje» estudiantil, todo menos algo que pudiera llamarse «una causa», como la crisis albanokosovar, los derrames petroleros en las Galápagos, los niños de la calle. 2. Volvió al objeto primigenio de su meditación de media mañana y tornó a preguntarse: «¿somatiza Chávez?» El ministro no era sicólogo ni siquiatra, pero como tantos otros, ya había tenido tiempo de discernir un patrón en la conducta del jefe. Calculó que Chávez debe ser el presidente venezolano de este siglo con más ausencias al trabajo justificadas por motivos de salud. Pensar que, ni siquiera cuando le hicieron un atentado dinamitero, Rómulo Betancourt dejó de ir al trabajo, ni se ocultó a los ojos de sus conciudadanos, como solía llamarnos él en sus alocuciones. Ni hablar de José Antonio Páez, a quien lo asaltaba la epilepsia en plena batalla. Pero aun en esos casos, el catire se reponía y volvía a montar para seguir alanceando realistas. Pensaba el ministro que en el patrón ¿ciclotímico? del jefe, cada revés real o imaginario se traducía impepinablemente en una dolencia temporal e inhabilitadora: colitis, amigdalitis, virosis, bronquitis. Conjeturó que tal vez fuese cierto lo que escuchó decir: que el jefe es maniaco-depresivo. Que en fase maníaca se sobreexcita su aparato fonador, y por eso habla y desafía y se da a todos los diablos de la revolución y el delirio mesiánico, mientras que en fase depresiva (como ocurrió aquel diciembre de Vargas, o con el irrisorio referéndum sindical, y últimamente con las encuesta aguafiestas de Venancham, aparecidas pocos días antes de los reclamos del alto mando), el caudillo del pueblo soberano somatiza parejo y le dan tarabasquiñas y vahídos y dolores y se siente como Bolívar después del desastre del año 1814 y no quiere ver a nadie. Pero, fatalmente, cada repliegue depresivo da paso a otro febril arrebato de gesticulación y dromomanía revolucionaria, y venga otra vez a hacer anuncios, con el gabinete en pleno convertido ni más ni menos que en su troupe de exhibición. 3. Cuando llegó a su despacho, el ministro halló correspondencia sobre su escritorio. Destacaba una invitación que cursaba él mismo a todo el personal del ministerio para acudir a la marcha en apoyo del Decreto 1011. «Ya no nos fiamos de la espontaneidad de las masas para nutrir las concentraciones», se dijo con desengaño. «Ahora coaccionamos al personal fijo con una invitación». Cada supervisor, cada jefe, debía cerciorarse de que la circular fuese recibida. Para esto estaba la lista anexa de destinatarios. Parecían cosas del tiempo de Leoni, cuando Prieto Figueroa se llevó medio partido consigo y AD no podía llenar los mitines de la campaña del aburridísimo Gonzalo Barrios sino con el método de la circular firmada: te daban medio día a libre para ir al mitin, bajo tácita amenaza de no cobrar el quince si no demostrabas que había ido. Pensando en esto último, y por las dudas, firmó él también la circular y envió copia de la hoja de ruta a Marian Hanson. Con la misma maquinal muñeca había firmado hacía más de un año la resolución 511 o 411 o 716, ya no recordaba bien, cuyo articulado también había tenido que tragarse, punto por punto, ante la prensa y el país. Un equipo de arbitrarios había decidido que en la historia contemporánea venezolana sobraba todo el trecho que va de la muerte de Juan Vicente Gómez al 4 de febrero del 92, sólo para que el entrépito de Ibsen Martínez escribiese algo en la prensa sobre el asunto. El jefe lo había llamado, y él se había visto en el trance de dar marcha atrás, tartajear explicaciones, anunciar derogatorias y declarar que «esa gente ya está destituida». Esta vez había sido igual. Le habían colado el decreto como a Ramón Jota le colaron el indulto al narcotraficante. El ministro había leído, en una entrevista hecha a Teodoro Petkoff por Venezuela Analítica, el comentario de que Carlos Lanz aseguraba que el decreto no había salido de su laboratorio. Si no eran vainas del comandante Lanz ni de su equipo de Fouriers de ocho a doce y de dos a seis del piso 19 ¿de quién era la idea entonces? ¿Cómo rayos vino a dar el dichoso decreto a mi escritorio? Hurgó por unos segundos en una posibilidad: a lo mejor lo había redactado él mismo y ya ni se acordaba, ¡estos gabinetes de los domingos, tan itinerantes como los supervisores del decreto, lo traían loco y lo desconcentraban! Para colmo de males, se había dejado arrastrar por el padre Luis Ugalde a una celada jesuítica en el Colegio San Ignacio, donde habló como en una sesión de autocrítica comunal durante la revolución cultural china. Allí había admitido, como arrebatado por un enajenamiento culposo, y ante un nutrido auditorio de maestros, padres, representantes y cámaras de televisión, que el universo al que atañía el decreto no era el universo educativo privado. La admisión había ido demasiado lejos, había admitido también algo que sólo se admite en la intimidad relativa de un comité de estrategia política: «Subestimé la reacción de Uds.» Con todo, durante aproximadamente treinta y seis horas, él y casi todos los involucrados pensaron que habían extinguido con éxito aquel incendio y hubo un amago de tregua. 4. Pero ahora estaba el ministro trepado a una tarima bajo el sol, aguardando su turno de arengar a las tres cuadras y media de público. La mayoría de los asistentes estuvo a punto de irse cuando corrió el rumor de que el jefe no asistiría. Igual le pasó a la vicepresidenta en Cúa, localidad mirandina próxima a ser rebautizada Ciudad Zamora. Los solicitantes, los necesitados, acuden a los actos de masas menos por solidaridad con una idea o programa revolucionario que por tratar de «caerle» al hombre con su respectivo memorial de penalidades y solicitudes. Miró a sus compañeros en la tarea de «animar» el acto y se preguntó por qué la vicepresidenta y Lanz y William Lara y hasta la jovencita «representante» del estudiantado de la UCV, gesticulaban todos ante el micrófono como lo habría hecho Fidel Castro en cualquier balcón habanero de 1959, los índices de ambas manos extendidos y girando concéntricamente, pero sin el brillo oratorio, sin el don improvisador para el epíteto que tenía Fidel antes del mal de Parkinson y la Perestroika. Cosas de la «cultura de izquierda» latinoamericana. Con frecuencia la «raza cósmica» de Vasconcelos resulta ser más bien apenas «raza cómica.» Le tocó al fin su turno, y arengó él también con los dedos índices extendidos, al estilo Fidel. Y experimentó la escindida fruición de desdecirse palabra por palabra de todo lo que había dicho en el auditorio del colegio San Ignacio. No hizo esta vez distinción entre el universo educacional público y el privado, el decreto no es ni fue nunca un borrador apócrifo ni está, como había dicho entonces, sujeto a revisión. El decreto va con todos los hierros porque la era está pariendo un corazón y esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar. Sentía a sus espaldas la quemante presencia del jefe, quien ni siquiera estaba atento a lo que decían sus ministros, sino leyendito a ratos una agenda y saludandito gente de lejos, dando tiempo a que cada quien gritase su consigna. El ministro terminó de tragarse aquel sapo vivo y bañado en el aceite de ricino que eran sus propias palabras, y cedió al fin el micrófono al jefe, antes de regresar cumplidamente al sitio que le ha sido asignado en la masa coral del gran solista de la Revolución Bolivariana.
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