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Sección: Bitblioteca
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Zootecnia El Nacional, sábado 15 de mayo de 1999 En aquel copretérito remoto, yo andaba «ladrando», como suele decirse. Y me salió un «tigre» redaccional que no dudé en salir a matar: el guión de un documental de venticuatro minutos. Petróleos de Venezuela que a la sazón apoyaba vigorosamente un programa de investigación y desarrollo pecuario, promovido por la Universidad del Zulia era el productor de la desaparecida serie «Cuadernos Lagoven». El tigre requería que, por un tiempo y antes de sentarme a escribir, volviese yo a la escuela y leyese mucho material de apoyo. Y que viajase y viviera la experiencia de campo. Y así fue que un día tuve que embutirme en una especie de traje de buzo con escafandra de plexiglás y bañar mis botas en una enérgica solución germicida, antes de poder pasar revista a la falange de sementales de una estación de inseminación que, sin melindres, se llamaba Bull Semen. Estábamos en las estribaciones de Perijá. La estación, si no recuerdo mal, sigue siendo propiedad de Juan Cochesa, un nombre que no sonará extraño a los aficionados al automovilismo. Allí aprendí que hay criadores que viajan centenas de kilómetros para adquirir aquí y llevar a casa un vial de apenas unos centímetros cúbicos de esperma bovino, burbujeante de atributos genéticos. Algunas vacas prefieren que las traigan a la estación de monta que, vista de lejos, semeja una instalación nuclear. Yo debía familiarizarme con los «ritos» de la inseminación artificial porque el método del que se ocuparía el documental era, justamente, el método «contrario», o mejor dicho, recíproco: la fecundación in vitro de óvulos bovinos. Es decir, una técnica basada en las potencialidades de la hembra y no del macho. ¿Ventajas de un método sobre el otro? Obviamente, las que se desprenden la incontrovertible superioridad de la hembra sobre el macho. Veamos: la inseminación artificial apenas puede, en el mejor de los casos, impregnar una vaca por vez. La fecundación in vitro de óvulos bovinos permite, en cambio, multiplicar las posibilidades de impregnación tantas veces como óvulos produzca la hembra en ovulación. De una vaca en celo pueden recuperase unos quince óvulos que, fecundados en la sugestiva intimidad del laboratorio, pueden a su vez ser alojados en el útero de otras tantas congéneres. La cuenta es sencilla: un único vial puede elevar hasta en un 70% la cantidad de animales hembra impregnados, casi simultáneamente, con la carga genética de un mismo padrote. Suena halagüeño, sin duda. Pero con todo, la fertilización de óvulos in vitro es todavía un sistema debatible, todavía en fase de implantación entre nosotros y, en general, poco favorecido por nuestros curtidos y suspicaces ganaderos. Sea como fuere, estas son, hasta ahora, las dos técnicas básicas con que un criador puede mejorar genéticamente sus rebaños. Considérense ahora los horizontes de productividad alcanzables si a la fertilización in vitro se añadiesen de modo «extensivo/intensivo» las técnicas de gestación acelerada que ha desarrollado en su modesta finca el general Rojas Pérez, controvertido yerno del ex presidente Caldera. El perito en zootecnia que hay en mí me dice que con el aporte del Gral. Rojas Pérez, el cielo es el límite. ¡Creced y multiplicaos! Hay umbrales que, al parecer, no pueden trasponerse. Desde hace más de un siglo los humanos procuran cronometrar la milla en tres minutos flat, límite al que tienden, sin alcanzarlo jamás, las «fluxiones» de los récords olímpicos. Pues bien, pasa lo mismo con la zootecnia: uno de sus infranqueables umbrales es el tiempo de gestación. Imagínense los prodigios que podrían obrar una campeona de raza «Holstein Pardo-Suiza» donante, seis vaquillas costarricenses y un vial de semen certificado si pudiese reducirse sensiblemente el período de gestación. Actualmente la gestación bovina consume 283 días. El intervalo entre dos «estros» o períodos de celo es de 21 días. Una vaca puede parir un becerro cada 12 meses. Reducir dramáticamente el tiempo de gestación, trasmutar una constante en variable sujeta a control, permitiría acompasar los celos y los alumbramientos según una cadencia de dos ¿y porqué no hasta tres? ¿o cuatro? recentales por vaca al año. Esto no es un descarrío imaginativo ni un ejercicio de «zootecnia-ficción»: toda le evidencia empírica con la que contamos señala que el general Rojas Pérez ¡ha logrado reducir el tiempo de gestación bovina en, por lo menos, un 50% ! Conjeturo que el Gral. Rojas Pérez ha preferido sustanciar mejor sus hallazgos y sus logros prácticos, para no ofrecernos expectativas incumplibles. Ello explicaría la reserva en que durante el último lustro ha mantenido su trabajo científico, conducido en el escaso tiempo libre que sus múltiples funciones como oficial en activo de nuestras Fuerzas Armadas le dejaban. Su circunspección y su modestia remiten a la de otros visionarios que, en su momento, y por carecer de formación científica formal, debieron padecer el escarnio del establecimiento académico. Y pienso en Luther Burbank, quien fuera genuino geneticista avant la lettre y quien, gracias a su experimentación en la cruza de variedades, nos legó la afamada «patata Burbank», tan nutritiva y tan resistente a las heladas y a los prolongados períodos de almacenamiento. La circunstancia de hallarse el Gral. Rojas Pérez en un malhadado y publicitado trance judicial, ha restado brillo a sus logros en ciencia aplicada. Sus detractores han llegado a acusarlo de adoptar jamelgos y pencos realengos, candidatos al matadero y la elaboración de embutidos y alimentos concentrados, hacerlos asegurar en EE.UU. como ejemplares de «pura sangre», utilizar para ello instalaciones y recursos del Ejército, ordenar el sacrificio de las bestias a manos de un recluta y cobrar dolosamente la póliza en dólares. Ello lo emparentaría con aquellos recurrentes personajes de Faulkner que, durante la Guerra de Secesión estadounidense, robaban pencos a los confederados sudistas para venderlos, «maquillados», a la caballería unionista. Luego robaban a los azules yanquis y revendían a los grises rebeldes y así, hasta la rendición del general Lee o el deceso de los rocines, lo que ocurriera primero. Tengo para mí, sin embargo, que sacrificar un animal irrecuperablemente enfermo «sacarlo de penas», es la expresión usada con frecuencia en los westerns de bolsillo de Zane Grey o de Marcial La Fuente Estefanía es una manera clásica de mostrarse piadoso con tan nobles animales. No sería de extrañar semejante muestra de empatía por el noble bruto en un campeón ecuestre como lo es el Gral. Rojas Pérez. En cuanto a la póliza de seguros grotesca insinuación donde las haya, toca únicamente a la Corte Suprema elucidarlo. Yo prefiero atenerme a la evidencia empírica de que hablo más arriba, aportada por el excelente magazine semanal que ofrece Televen (canal 10), todos los domingos en la mañana. En su imparcial y bien averiguada entrega del pasado domingo 16 de mayo, pudimos los televidentes leer un sumario de la declaración jurada de bienes del Gral. Rojas Pérez. De unos cien millones de bolívares, la cifra salta a los setecientos y pico. Este diferencial entre el año 93, al comienzo del período constitucional del doctor Caldera, y el año en curso, medido en patrimonio semoviente, deja ver un incremento de más del 300%. La envidia, el revanchismo y el resentimiento no han tardado en interpretar maliciosamente estas cifras. «Las vacas paren», es la única respuesta que ha dado el reticente General a la infamia, sin duda advertido de que la ocasión no se presta para revelar logros científicos , y de la incredulidad que en los más simples azuzaría invocar a su favor la invención de un método de gestación acelerada. Su declaración no podía sino ser pasto de la sorna demagógica y enconada de los sectores oficialistas. Esperemos que, una vez superado este enojoso trance judicial, el Gral. Rojas Pérez se decida a compartir con la comunidad científica mundial sus logros zootécnicos que superan con creces el prodigioso efecto fertilizador que es fama tenía la sola mirada del Gral. Juan Vicente Gómez, cuando resbalaba sobre los rebaños. En especial, los rebaños ajenos.
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