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Juan Crisóstomo Falcón ¿antihéroe de la Federación?
Inés Quintero
Índice
Aun cuando ha habido esfuerzos por parte de sus panegiristas de presentárnoslo como un combatiente de aciertos contundentes y como un hombre provisto de algunas virtudes para el mando y la dirección políticas, su nombre aparece vinculado a la exacerbación de la anarquía y al imperio del desorden, vicios recurrentes de nuestro siglo diecinueve, según apunta la historiografía. Lejos de ocupar un lugar destacado en la hagiografía épica de los héroes que hicieron posible la edificación de la nación, se le identifica con una de las mayores calamidades del legado federal: el auge del caudillismo. ¿En qué ha consistido esta visión de Falcón como antihéroe de la Federación?; ¿a qué obedece la generalizada descalificación de quien fuera el jefe triunfante de los ejércitos federales?. ¿El proceso de inestabilidad política que se vive al termino de la guerra fue, en efecto, consecuencia de su incapacidad y de sus carencias políticas? ¿Es Falcón responsable directo de las vicisitudes políticas de su tiempo? Quizás una aproximación al personaje que atienda la complejidad e intensidad del período que le correspondió vivir, nos permita una comprensión más certera de lo que han sido las contradictorias y apasionadas relaciones sobre su significación histórica. Ese es el objetivo del presente ensayo. Los detractoresLas referencias a la trayectoria política y militar de Juan Crisóstomo Falcón se encuentran vinculadas de manera estrecha al ambiente de enfrentamientos que acompañó el desenvolvimiento de la Guerra Federal, a las posiciones encontradas respecto a la negociación de la paz y al intranquilo proceso político que se desprende al finalizar la contienda. Dos testigos de la época, ambos combatientes federales, manifiestan sin reservas sus opiniones contrarias al desempeño de Falcón y a sus escasas dotes como Jefe Militar. Ellos fueron el coronel Emilio Navarro y el general Luis Level de Goda. El primero coreano, al igual que Falcón, participó a su lado en la Batalla de Santa Inés y en otros combates, más adelante sería jefe del Estado Mayor del general Jacinto Regino Pachano. En su manuscrito sobre la guerra larga no se reprime a la hora de advertir los defectos de juventud del Jefe Federal: era indisciplinado, insoportable, pretencioso y guapetón, sentencia Navarro. Sus juicios son severos. Lo acusa de cobarde, intrigante, cruel, arbitrario, envidioso, incapaz de poner orden en la administración a su cargo, «...terrible con el débil, miserable cobarde con el fuerte y traidor con sus amigos». Enorme distancia lo separa del jefe caído: el general Ezequiel Zamora, en opinión de Navarro, el más hábil y valeroso de los jefes de la federación, victorioso en centenares de combates, «ínclito jefe» de las tropas federales. No desestima del todo que Falcón estuviese envuelto en la muerte de Zamora, transcribe la versión del general Jesús María Hernández quien afirma tajantemente la intervención directa de Falcón en la muerte del vencedor de Santa Inés. Opina que el fracaso de su gestión fue consecuencia de su mala conducta administrativa y de la manera displicente y caprichosa de relacionarse con algunos de los jefes, oficiales y soldados del ejército vencedor. He allí el origen de la multitud de desafecciones que finalmente promovieron la caída del gobierno federal. Orientación parecida anima la versión ofrecida por Luis Level de Goda en su obra Historia Contemporánea de Venezuela. Política y Militar. En este caso las observaciones están dirigidas, fundamentalmente, a destacar las equivocaciones y omisiones de Falcón en la conducción de la guerra. Su inexplicable dilación a la hora de resolver el desembarco en Palmasola el año 1859, sus notorios desaciertos luego del triunfo de Santa Inés, su funesta resolución de dividir los ejércitos, su retirada a Nueva Granada y muchas otras acciones erráticas y negativas para el buen destino de la guerra. En opinión de Level, la prolongación de los combates hasta el año de 1863, fue producto de la falta de pericia militar de Falcón como Jefe y conductor de los ejércitos federales. Pero su gobierno no fue mejor. El desorden administrativo, la anarquía política, la intriga y la adulación se convirtieron en práctica habitual. En palabras de Level no había producido Venezuela, entre sus hombres públicos, ninguno «...tan vano y presuntuoso y al mismo tiempo tan inservible como el general Falcón». Ni adulador más servil y abyecto que el hábil y talentoso Antonio Guzmán Blanco, su principal aliado y cómplice. Según expone Level, los excesos de Guzmán lindaban con la impudencia. En una ocasión, en Puerto Cabello, finalizó Guzmán un brindis en honor a Falcón con las siguientes palabras: «...las inspiraciones del General Falcón son mandatos para mí, y su voluntad encuentra en mí un ciego instrumento que le obedece. Si él me hubiera dicho mata, yo hubiera matado; si él me hubiera dicho incendia, yo hubiera incendiado; y se me hubiera dicho roba, yo hubiera robado». Sin embargo, no comparte la idea de la complicidad de Falcón en la muerte de Zamora. Aun cuando es un defensor entusiasta de las cualidades, el valor y la calidad estratégica en el arte de la guerra del Valiente Ciudadano, deja explícitamente sentado su rechazo a una versión inspirada en la intriga y la maledicencia. Los apologistasTanto Level como Navarro, en muchos de sus comentarios y recriminaciones, no hacen sino salirle al paso, para desmentir y poner en su lugar, a la versión tergiversadora y en muchas ocasiones apologética que se publica en 1876 sobre la vida de Falcón: la Biografía del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, escrita por Jacinto Regino Pachano, cuñado y estrecho colaborador del Esclarecido Ciudadano. Si sus detractores no encuentran virtudes en el Jefe de los Ejércitos Federales, el general Pachano no identifica errores ni vicios en la trayectoria pública del prócer. Por el contrario, es pródigo en demostrar las bondades y condiciones providenciales del héroe coriano. No se dejaba seducir por el demonio de la ambición desordenada; anhelaba servir a su patria «...porque sentía en su frente la inspiración de un designio providencial y en su alma el reflejo de una predestinación divina», concluye el biógrafo. Pero, no sólo destaca su valentía y buen criterio estratégico, sino que nos lo presenta como un erudito conocedor de los clásicos griegos y latinos, lector ávido de los más importantes historiadores de la antigüedad, de memoria prodigiosa, capaz de recitar sin auxilio la obra monumental de Cervantes. En la exégesis del Mariscal, otro insigne colaborador, Antonio Guzmán Blanco, no se queda atrás. Mientras se desempeña como Secretario de Falcón y desde las páginas de El Eco del Ejército, órgano oficial de las tropas federales, se encarga de saludar y destacar su hábil y pertinente conducción militar, defiende con entusiasmo cada una de las acciones bélicas y comenta sin pudor las bondades de su protector. Igual conducta anima su actuación en la administración que se inicia luego de firmarse el Pacto de Coche. Será precisamente Guzmán el encargado de responder desde las páginas de El Porvenir, periódico oficioso del Régimen, las agrias críticas del publicista colombiano Ricardo Becerra cuando fustiga la administración de los federales, en El Federalista, principal vocero de oposición desde mediados de 1866 hasta el triunfo de la Revolución Azul, en 1868. Cuando lo compara con Zamora, no pretende desmerecer al difunto pero sí calibrar la grandeza de cada cual. Si bien ambos son glorias de la Federación, estima Guzmán que los distancian diferencias apreciables: «..Zamora representa el ardor, el ímpetu y la pasión revolucionarios; Falcón sus deberes, su magnanimidad, su decoro: El uno representa la revolución para la nación entera, el otro representa la revolución para su causa. Zamora tiene más entusiasmo, Falcón más grandeza. Este es el héroe del país: aquel es el héroe del partido». Luego del triunfo de la Revolución de Abril, le corresponde a Guzmán propiciar la repatriación de los restos de Falcón en 1874. Los honores fúnebres permiten restituirlo a la patria como uno de sus egregios héroes. Dos hombres inmortales había dado la Patria: Falcón y Bolívar, declara Guzmán, de pie frente a la tumba del Mariscal. La pasión y la políticaParece quedar claro, entonces, que las opiniones emitidas sobre Falcón son expresión directa de los vínculos y lealtades políticas de quienes las emiten. Navarro y Level, ambos federales, no están entre los obsecuentes aliados del Mariscal, mientras que Pachano y Guzmán se inscriben en el bando de sus incondicionales. No hay términos medios en el ajuste de cuentas y en los alineamientos de la época. Las pasiones que dividen a los protagonistas están sujetas al vaivén de los sucesos, a la movilidad de quienes forman parte del ajetreo político, a quienes se disputan el poder con las armas y la pluma. Se puede estar de un lado e, inmediatamente, producto de las tensiones y los reacomodos, aparecer en el bando contrario; es ello lo que determina el juicio sobre aliados o enemigos. Es el caso de Juan Vicente González, uno de los más beligerantes y polémicos publicistas del siglo XIX. Su vehemencia política, en cualquier circunstancia, determina sus cambios de opinión y sus contradictorios juicios sobre procesos y personajes, tal como ocurre cuando es Falcón el objeto de sus apasionados comentarios. En 1859, al momento de iniciarse la guerra, es uno de sus más pugnaces adversarios, en consecuencia, nos lo presenta como un hombre de corazón inconstante y veleidoso, nadie puede contar con su palabra, dice, ya que es fácil para ofrecer lo que se le exige e igualmente fácil para olvidarlo. Su perfil sobre el personaje concluye de la siguiente manera:: «.....Falcón no parece sino uno de esos fanfarrones cobardes que pueden amagar un día la sociedad, pero dominarla, nunca». Cinco años más tarde ha cambiado por completo su opinión sobre el triunfador de la guerra. El otrora cobarde y fanfarrón es, en la misma pluma de González: «...gallardo en su porte, de corazón indomable, de músculos de acero .... Verdadero héroe, de admirable serenidad». Fue por obra de Falcón, luego de su desembarco en Palmasola, que la guerra cambió de aspecto, afirma González, el ejército se multiplicó y la disciplina se hizo realidad. Valiente, arrojado y hábil en su estrategia, es la conclusión del ahora panegirista del Mariscal Falcón. Falcón y la historia¿Cómo sacar un juicio sobre Falcón entre el panegírico y la descalificación? El panorama es, a todas luces, confuso y contradictorio. Está inevitablemente permeado por la política, por la contundencia de los hechos, por la bipolaridad de los enfrentamientos, por las pasiones de los protagonistas, por sus intereses y expectativas. Más allá de la veracidad o falsedad de los juicios emitidos sobre el Mariscal, no parece tener mayor relevancia tomar partido en una u otra dirección con el fin de condenarlo o reivindicarlo. Seguramente tenga mayor sentido abordar su circunstancia a fin de valorar el sentido y significación de su protagonismo como parte del complejo proceso histórico en el cual se inscribe su actuación. Juan Crisóstomo Falcón nace en la península de Paraguaná en 1820. No tiene participación política ni militar sino hasta 1848, justo en el momento en que las diferencias que separan a las elites rectoras del proceso que se inicia en 1830, se convierten en ruptura definitiva. Monagas asume el poder, se produce el asalto al Congreso y los liberales ingresan al gobierno. A partir de esa fecha su participación en la política local y regional estará vinculada al régimen de los Monagas. Durante diez años combate a favor del caudillo oriental, es Comandante de Armas en Maracaibo y Coro y Jefe de Armas de la provincia de Barquisimeto. Cuando estalla la Revolución de Marzo contra el gobierno de José Tadeo Monagas se mantiene al margen de la revuelta. Sin embargo, instalado el gobierno de Julián Castro, cierra filas con los liberales que apoyan la alianza que sostiene al nuevo gobierno. La reacción antiliberal que anima al nuevo mandatario lo coloca en la mira del gobernante y es expulsado del país junto a Ezequiel Zamora, los Guzmanes y muchos otros liberales. Se inician así los preparativos de la revolución Federal. Falcón es designado Jefe de los Ejércitos Federales, cuenta con la anuencia de Monagas y de la mayoría del círculo liberal comprometido en el proyecto. El proceso de la guerra es complejo. Si bien Falcón es considerado Jefe Supremo de los Ejércitos, en la práctica, no hay una sola dirección ni la conducción de la guerra obedece a una estrategia militar única. El objetivo es político, se pretende desalojar del poder a los usurpadores de la revolución de Marzo y recuperar el control para los liberales, convertidos ahora en Federales. Luego de la derrota de Coplé en 1860, la dispersión de las tropas federales es un hecho regular. Partidas de la más diversa orientación y bajo la conducción de disímiles caudillos hacen la guerra en gran parte del país, enarbolan la bandera de La Federación sí, pero bajo los auspicios e intereses de cada uno de los jefes de tropa. El regreso de Falcón con pertrechos y recursos no modifica sustancialmente la proliferación de facciones. Mientras ello ocurre, el caos gubernativo y la inconsistencia de las fuerzas leales al gobierno, se suman a la confusión general que caracteriza al proceso bélico. El final de la guerra no es resultado de un triunfo inequívoco de las armas federales en combate, sino producto de un arreglo político. El Pacto de Coche, firmado en abril de 1863, tiene como propósito poner fin a los enfrentamientos armados e impedir que el proceso de disolución social y política que había generado el conflicto cobre mayores proporciones. Falcón es designado Presidente Provisional. Entre sus primeros actos de gobierno está la firma del Decreto de Garantías el 18 de agosto de 1863, máximo logro de la Guerra Federal. El documento consagra los principios de la práctica democrática cuya vigencia y pertinencia, aun en nuestros días, son inobjetables. Se garantiza al venezolano el derecho a la vida, a la propiedad, a la inviolabilidad del hogar, el secreto de la correspondencia, la libre expresión del pensamiento, la libertad de instrucción, el derecho al sufragio universal, el libre derecho de asociación y la igualdad ante la ley. Reunida la Asamblea Constituyente y sancionada la creación de los Estados Unidos de Venezuela bajo la organización Federal, Falcón es electo presidente Constitucional. Se inicia un período cuyas características más resaltante son la inestabilidad política y la confrontación armada entre facciones locales, regionales y nacionales. La consagración de los principios federales y la popularización de su alcance como mecanismo idóneo para el ejercicio efectivo del poder local y la autonomía de las partes, fomenta rápidamente el auge y la consolidación de los caudillos como figuras determinantes del sistema político, corolario inevitable de la dinámica que se impuso durante los años de guerra. Falcón, desde la primera magistratura, se convierte en árbitro y negociador de los múltiples enfrentamientos que dividen a los usufructuarios locales del poder en sus disputas domésticas. No existen las condiciones mínimas para instaurar un poder central capaz de unificar las tendencias disgregadoras que inspira el mandato federal, los recursos económicos son absolutamente exiguos, no se ejecuta el situado constitucional sancionado por la Carta Magna, la producción es insuficiente y la escasez parece ser la norma económica, pero las demandas por mayor autonomía y por otorgamiento de más recursos son recurrentes. Las críticas a la Constitución del año 1864 se plasman en la prensa, se aspira a un reacomodo que permita solventar las carencias que se observan en el ordenamiento de la república, la intranquilidad y el descontento se multiplican y los alzamientos pretenden derrocar al jefe del gobierno. Antes de finalizar el año 1867 Falcón se separa de la primera magistratura. En junio de 1868 triunfa la Revolución de Marzo cuyo máximo representante es José Tadeo Monagas. Falcón sale del país en dirección a Europa. Viaja en compañía de Pachano por las principales capitales del viejo mundo, un cancer en la laringe interrumpe su periplo europeo y navega hacia las Antillas en busca de mejor clima para su dolencia terminal. Fallece en Martinica el 29 de abril de 1870. Semanas antes ha entrado triunfante en Caracas, al mando de la Revolución de Abril, el general Antonio Guzmán Blanco, beneficiario efectivo del triunfo de los federales y ejecutor, sobre los escombros de la federación, de un programa de unidad nacional de inspiración centralizadora. A la luz de lo dicho, Juan Crisóstomo Falcón, más que héroe o antihéroe de su agitado tiempo, bien puede considerarse una víctima más del convulsionado y complejo episodio en el cual le correspondió ocupar un lugar estelar. Bajo su mando concluye una guerra cuyas banderas y ejecución no contemplaban la estabilidad, la armonía y la mansedumbre como mandatos para el porvenir. Las aspiraciones de los caudillos por preservar las cuotas de poder obtenidas con las armas durante la guerra y las demandas sociales y económicas del peonaje, convertido en tropa, presentes igualmente en el campo de batalla, conformaron un ambiente donde la conciliación de intereses y la resolución apacible de las contradicciones no ofrecían mayor viabilidad. Ni los caudillos estaban en disposición de deponer su único recurso de poder: la beligerancia armada, ni los actores anónimos de la guerra vieron satisfechas sus expectativas sociales. Se mantuvo, entonces, el recurso bélico como la única posibilidad de solventar, en cada caso, lo que ni la guerra ni la práctica federal habían logrado resolver Esta contradicción, aparentemente insalvable, se liquida con el sometimiento de ambos sectores. Por una parte, son neutralizados los caudillos con la progresiva imposición de un poder central y por la otra, son postergadas las aspiraciones sociales de las mayorías por la vía de un acuerdo excluyente en el cual se imponen los criterios económicos y sociales de los usufructuarios del poder. Atender las circunstancias de la época, más allá de una interpretación individualizadora de la historia, no solamente contribuirá a recuperar una imagen más esclarecedora de las peripecias del Mariscal Falcón, sino también puede permitirnos un acercamiento a nuestro pasado mucho más próximo a lo que fue su complejo y singular desenvolvimiento.
Juan Crisóstomo Falcón, Proclama de Palmasola |
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