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Mi otro yo no tiene porras
Isaías Rodríguez El Nacional, miércoles 31 de mayo de 2000 Con un descuido imperdonable dejé pasar las advertencias de mi siempre leída Adriana Azzi Sedes. En su horóscopo del 21 y 27 de mayo, me previno sobre «... Un hombre calvo con quien tendría una diferencia de criterios y frente a quien debía actuar con cautela...». Conforme a las más recientes informaciones de prensa pareciera que «mi otro yo» anda por allí, suelto, sin control de ninguna especie, haciendo, sin freno, de las suyas; atreviéndose a lo que el otro no se atreve y realizando actos que el otro no es capaz de realizar. Ya antes «mi otro yo» había sido referido por un diario que se anuncia con un nombre que va más allá de los dos milenios. En una nota extraña se me atribuyeron estudios de veterinaria y se me aplicó un reglamento con el cual se excluye de la universidad a los malos estudiantes. No fui tan mal alumno, jamás estuve expuesto a expulsiones y mis únicos estudios han sido de Derecho y de sus especializaciones. Nunca antes supe que «mi otro yo» tuviera vocación por los animales. Recientemente mi secretaria me anunció que en la recepción de la Vicepresidencia se encontraba alguien que decía ser mi ahijado. Traía como prueba una foto del bautizo. A la fotografía le faltaba un pedazo y era precisamente de una parte de mi cabeza. Alguien logró arreglar el desperfecto con un peinado que nada tiene que ver con mi pelo ensortijado, orgullosamente heredado de mi padre. De nuevo supuse que «mi otro yo» anduvo por allí haciendo travesuras y jugando peligrosamente con un sacramento de la Iglesia. A cada momento me salen parientes, vecinos, compadres, ahijados, amigos, paisanos, coterráneos, íntimos de mi infancia, alumnos, compañeros de estudios, colegas de promoción que siempre tienen algo por resolver y a quienes no me atrevo a desconocer porque afirman el parentesco y la relación con una convicción que me hace dudar de mí mismo. En muchos casos se los atribuyo a «mi otro yo», que tiene tantos parientes y amigos como yo, y en su nombre, los atiendo con el afecto y el respeto que mi «alter ego» aspira para sus travesuras. En algún momento me anunció uno de mis escoltas, que alguien, que era yo mismo, quería hablar conmigo. Sobresaltado pensé que por fin tendría la fortuna de descubrir a «mi otro yo». Me dije: ¡Te fijas, tienes que despojarte de tu bendita lógica racional! ¡Olvídate de los convencionalismos perversos y asume las verdades insólitas del universo! Ni siquiera lo mandé a pasar, bajé casi en vilo las escaleras que hay entre mi oficina y la recepción y encontré a un dirigente indígena que se llama exactamente como yo: Isaías Rodríguez. A veces, no sé si me falta corazón para desmentir a «mi otro yo». O es que en verdad no tengo la firmeza necesaria para confesar que no hay más «yo» que ese que todo el mundo conoce. Me encantaría tener algún «clon», que me ayude a atender a los periodistas, asistir a todos los programas que me invitan y que, con paciencia, escuche sus continuas y permanentes llamadas de teléfono. Pero, volvamos al cuento. Se me atribuye haberle levantado la mano a un arzobispo y hasta que, de no haber mediado la oportuna intervención de algunos periodistas, me habría caído a puños, nada más y nada menos, que con el presidente de la Conferencia Episcopal. Confieso, padre, que jamás he peleado a golpes con nadie, ni siquiera en la escuela. Para quienes oyeron la historia mal contada o nada saben de lo que ocurrió voy a repetirla: solo estábamos en el lugar de los acontecimientos, el padre Freites, monseñor Baltazar Porras, el periodista que me asiste para actos que no son de boxeo y ¡por Dios! no sé, si el otro que estaba allí era mi yo o «mi alter ego». El arzobispo, beligerantemente, tomó la iniciativa de la conversación para imputarme un allanamiento que nunca tuvo lugar, desmentí su afirmación y él insistió. Lo negué y volvió a insistir. Preferí cortar la conversación: ¡Padre, usted tiene su opinión y yo la mía! Me respondió: ¡la mía es la de la Iglesia! y yo le contesté: Monseñor, la Iglesia es una institución, usted no es la Iglesia. La Iglesia, en nuestros países, ha regido desde cuando impuso con la espada, la cruz y la religión, y todas las maneras de amar y comer, de velar a los muertos y de cortejar a las vivas, de lavar los pecados y escoger el cielo a donde queremos ir; de quién puede y quién no puede ser santo y de celebrar con misas e invitados especiales los buenos y los malos gobiernos. Por supuesto que ellos escogen tanto los malos como los buenos gobiernos. Nuestras democracias, por lo demás, nacieron de actitudes asumidas frente a la Iglesia. La norteamericana nació de la Reforma. La de las colonias francesas del «jansenismo» (suerte de movimiento laico anticlerical y anticatólico). Las hispanoamericanas, sin tomas internas de conciencia, nacieron de una extraña ideología construida con piedad y cálculo. Es por ello que, Octavio Paz, asegura que en nuestras democracias la Iglesia se salva y el cristianismo se pierde. Para el premio Nobel mexicano, la iglesia hispanoamericana siempre ha sido templo y.... palacio. En efecto, la crítica a la religión establecida, dio origen a la Reforma, que trasladada luego a los colonos de Nueva Inglaterra, como cultura de debate, produjo la democracia norteamericana. En Francia, la democracia nació de una crítica idéntica, solo que expresada desde afuera de los templos. Crítica religiosa y filosófica expresada de afuera hacia adentro de la iglesia. En uno y otro caso, se logró una democracia que no estuvo, ni estará inmovilizada. En Hispanoamérica, por el contrario, esa discusión tercamente se nos ha negado. La religión, o la Iglesia, o las jerarquías eclesiásticas la han impedido. El debate religioso se ha convertido en un pecado y la teología de la liberación es la mejor prueba de ello. Se nos ha impuesto una democracia político-religiosa, frágil, copiada de las otras, ajena a cualquier debate y a cualquier crítica. Mi propio yo, y «mi otro yo», necesitan de la luz divina que penetró poéticamente en San Juan de la Cruz y en la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, para que nos iluminen e, igualmente, alumbren, en nombre del pueblo, el opaco misterio de algunas jerarquías eclesiásticas cerradas e inamovibles. Los guardianes de una fe a la defensiva siempre predican continuidad y las sociedades inmóviles jamás tendrán justicia.
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