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Tres relatos

El Nacional, jueves 18 de diciembre de 1997, p. A-5

Balza
Foto Manuel Sardá, El Nacional
Del día hacia la madrugada

La experiencia ha sido nítida y sencilla, lo que me confunde es por qué ocurre conmigo. Amanecía y fui lanzado violentamente contra una pared, que está hecha con cáscaras de huevo o es una inmensa cáscara de huevo, aunque al comienzo me pareció vertical. El impacto hace que en ella queden atrapadas mis manos, trato de separarlas, gesticular, y entonces también los brazos van quedando adentro. Sin advertirlo, penetro. La piel circular impone una sensación de viscosa humedad. Es mediodía. Lentamente vuelvo del aturdimiento y descubro que estoy en una especie de sala inmensa: en ella se acumulan —por momentos en orden, como capas gaseosas— los materiales del sueño. Estoy en el depósito de sueños de los demás.

Diálogo

Si te levanto un poco con la mano izquierda tu único ojo se fijará directamente en mí. Alrededor está la felpa oscura y los emblemas colgantes. Has sido mi testigo desde un tiempo imprecisable. Testigo, ofrenda y arma: lo único que entregué siempre absolutamente. Te dejo descansar: un tubo vibrante que se inclina. Perteneces al silencio de lo recibido: piel entreabriéndose, piel absorbente, piel cálida. Me has representado como un dios. En tus erupciones era yo mismo quien saltaba en el disparo: hacia el punto magnético del deseo, ese centro insatisfecho, naciente, obsesivo. Desde tu ojo que es una boca rosada, has percibido la profundidad mayor que sea posible otorgar por alguien, has entrado a lo mejor del mundo. Nada ignoramos: adelante, me conducías, detrás, dominas, adelante, mueves y conmueves, detrás, nada hay antes ni después, adelante... Qué animal había en ti? Lo macho? De qué sustancia demoníaca se levanta tu subjetividad? Cómo pudiste saber dónde estaba el secreto del placer antes del placer? Tú eres mi eterna respuesta. Por eso te alzas y me conduces. Presientes, ves el torbellino más íntimo al crecer y sólo al dar vas matizando, dulcificas, poseyendo. Poseer es nuestro sino, te entregas como posesión. La humedad hace mayor tu cabeza. Un tótem, una llama dura, que en este instante espera y va a recibir: la ondulación, la tersura, la pasión: el otro cuerpo donde se crea el milagro. Asciendo, tenemos el todo. Veo a través de tu ojo único.

Los superiores

Se reunieron en la alta sala del edificio, siempre impecable y refrescante. Debía ser el hogar de alguno de ellos, informal, acogedor. Se ha dicho que la ciudad guarda un aire de eterna primavera, y una vez más es cierto: por los amplios ventanales corren las lejanas montañas, los árboles, el soplo azul. Una de las parejas trajo café, té y cerveza. En los sofás del fondo hay dos hombres muy viejos y una anciana con comicidad de conejo. Junto a la mesa central, varios niños. El resto son hombres y mujeres próximos a los cuarenta. Alguno, humilde en su traje, otros levemente ostentosos. Han bromeado y reído durante la primera parte de la reunión, pero cuando la pareja termina de colocar vasos y tazas saben que —como lo habían preparado en sesiones anteriores— ha llegado el momento de hablar con decisiones. —...y esto es lo que acordamos. Una ciudad tan grande y actual, sin nosotros —imposible! Los meses y hasta años de encuentros casuales —según hemos confesado otras veces- concluyeron. Hoy iniciamos las reuniones superiores. —Ya todos conocemos el motivo: vamos a hablar directamente acerca de cómo nos gustaría morir. Por qué acallar, ocultar que la idea de muerte nos aterrorizaba? Por qué pensar que morir no puede ser el efecto de un sano deseo? Vivíamos huyendo de esa certeza. Ahora debemos aprender otro tipo de deseo. —Hemos visto cómo en grupo el tema cambia. Y si al estar solos vuelve el temor, podemos llamarnos, consultarnos. —Es un lugar común que para eso nacemos. Hablemos entonces y digamos cuál sería nuestra muerte predilecta. Saber desear es lograr el deseo. —A mí me gustaría... Nadie tenía una inmediata razón para pensar en el final. Y uno tras otro larga, detallada, lúcidamente expusieron su ensoñación, la que nunca antes había sido convertida en palabras. Entonces alguno de ellos pensó —sólo pensó: —Pero no es ésta una manera de arruinar aquello realmente único que poseemos, no es un modo de vulgarizar la muerte? Y sonrió.


José Balza en La BitBlioteca


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