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Estado, cultura y sociedad civil

El Nacional, 12 de agosto de 2000
El debate cultural en Venezuela

No tengo la menor duda de que cualquier tipo de transformación social, política, económica y cultural, debe hacerse dentro de un marco estrictamente constitucional. Valores como la solidaridad, la tolerancia y el respeto, constituyen un pilar básico sobre el cual se estructura todo el andamiaje colectivo, preservando a las instituciones de oscuros y perniciosos conflictos que, al cabo, pueden socavar aquellos ideales legítimos que en un principio dieron fuerza a la noción misma del cambio.

Sería injusto desconocer los esfuerzos que este Gobierno pretende llevar a cabo en lo que respecta a la creación de un inédito modelo de país. La respuesta política del presidente Chávez es válida en la medida en que se desea llevar a Venezuela por un rumbo distinto, alejado de las viejas prácticas partidistas, instaurándose una ética apropiada, humanista, con base en la estricta justicia, redefiniendo el implacable modelo económico capitalista en función de una equitativa distribución de la riqueza.

Estos son, en suma, los objetivos claros de un proceso que bien podemos apoyar, si logran sostenerse a partir de un profundo y respetuoso diálogo con la sociedad entera. Más allá de los fundamentos ideológicos y de las convicciones políticas que se tengan con respecto al cambio, resulta conveniente, en virtud del respeto y la tolerancia propias de una revolución pacífica, tomar muy en cuenta los reparos, las observaciones y las críticas que, a tales efectos, puedan hacer los distintos grupos de la sociedad civil.

Sólo una sociedad civil organizada y pensante, puede contribuir, coherentemente, a la cristalización de un particular proyecto de nación insertándose, de manera honesta, en cada uno de los proyectos que surjan al calor del proceso social. La sociedad civil, como señalan algunos estudiosos de este fenómeno, no es nunca —al menos en democracia— la respuesta a una específica transición, sino que ella encarna una manera singular y polémica de percibir su complejidad. Esto es, sin duda, lo que he venido percibiendo en el seno de muchas organizaciones no gubernamentales, cuyo afán de señalar evidentes errores en la conducción actual del Gobierno, no puede interpretarse como un alegato a la desobediencia civil o como un intento para desestabilizar el régimen.

El fortalecimiento de un Estado se construye tomando en cuenta todos los puntos de vista que vayan surgiendo a lo largo del camino. Y estos puntos de vista provienen de muchos sectores —económicos, religiosos, políticos, culturales— los cuales integran el amplio espacio de una sociedad heterodoxa, divergente y contradictoria a la que debe asignársele, en razón de sus inalienables derechos, un lugar, una voz y un criterio en los destinos que regirán al país.

Digo todo esto, porque me preocupa la excesiva beligerancia, la gratuita intimidación y el elevado nivel de hostilidad que muchas veces se utiliza contra instituciones o personas que, muy probablemente, quieren aportar ideas para el cambio y no insidiosas fórmulas de destrucción al estilo de ciertos grupos reconocidos por sus habituales estrategias en materia de sembrar el caos. La revolución es un concepto hermoso, plural, integrador y creativo difícilmente apreciable fuera de estos ámbitos donde impera, a la par, la tolerancia y prevalece, al mismo tiempo, el respeto. Lo peor que pudiera ocurrirnos es perder de vista, por causa de chovinismos y sectarismos inexplicables, el verdadero norte de un proceso que debería apuntar hacia el diálogo, la concertación y la coexistencia pacífica, sin que por ello se transija en cuestiones que no tienen vuelta atrás. Si uno de los principios que mueven a esta revolución es tratar de luchar contra la exclusión, no se puede invocar su nombre para excluir, paradójicamente, a los que manifiestan puntos contrarios a ella. Balcanizar culturalmente a una nación comporta unos riesgos y peligros que ninguna revolución amable debe permitir. Hay que bajar el tono, matizar los juicios, calibrar la naturaleza de ciertas aseveraciones. En resumen, una revolución se hace con amorosa inteligencia y nunca con empecinado odio.


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