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Carta a los intelectuales venezolanos
El Nacional, martes 15 de agosto de 2000 Decía el escritor venezolano Enrique Bernardo Núñez, en un breve y memorable texto escrito en 1939, que «ser intelectuales solamente es no ser nada. Es preciso ser soldados, exploradores, obreros». Enseguida agregaba, para enfatizar la idea del comienzo: «Un hombre sedentario, encerrado en una biblioteca, es poco menos que un hombre inútil». La cita de Bernardo Núñez me interesa no tanto por el carácter imperativo que él pretende asignarle al intelectual, sino por esa especie de franco llamado a la inteligencia activa, creadora y, desde luego, vinculada, directamente, a los complejos procesos históricos dentro de los cuales su vida y su obra alcanzan plena resonancia pública. Si de algún hecho han estado profundamente desvinculados los intelectuales de este país, al menos durante los últimos 20 años, es del sentido de pertenencia afectiva, vital y comprometida frente a las difíciles realidades sociales que vienen golpeando la estructura política de la nación. Más allá de las necesidades individuales, de la íntima desesperanza que nos ha determinado, de la rigurosa pesadumbre y del sentimiento de pesimismo infiltrado en lo más hondo del corazón, a la larga nos hemos atrincherado en el bosque solitario de la indiferencia, sin poder y sin querer mirar lo que está pasando alrededor, sin percatarnos, en suma, de que la vieja casa que nos albergaba y nos nutría, se ha despedazado para siempre. Los intelectuales venezolanos hemos tenido la fortuna de ser absolutamente contemporáneos del mundo y la desgracia, a su vez, de no serlo con respecto al país en que vivimos, amamos, sufrimos y morimos. Por razones inherentes a su propia conformación social, al temperamento escurridizo de sus gestos, a su decantada invisibilidad y al miedo que los inmoviliza, no se pudo articular una relación crítica, participativa y beligerante a través de la cual el país fuera objeto, igualmente, de los muchos desvelos que determinaban el sentido intransferible de nuestra subjetividad. Ya no se puede salir a la calle con los ojos vendados; ya no se permite desviar la mirada, pretender que aquí no pasa nada, que Venezuela sigue inconmovible y detenida en el tiempo. Sería inútil desconocer la trascendencia de los cambios que están ocurriendo, sus dramáticas contradicciones, los debates inevitables, las confrontaciones ideológicas, las discusiones en torno al fenómeno cultural y económico. Es preciso abordar, de manera inteligente y con un elevado nivel de tolerancia, las transformaciones sociales que están a punto de suceder. Sólo desde una perspectiva abierta, democrática y plenamente libre, los intelectuales y los artistas podrán contribuir a fortalecer la visión contemporánea de un país que desea, a toda costa, salir del infortunio y de la patética desolación que hemos heredado por más de medio siglo. No se trata, en efecto, de crear condiciones que envilezcan y mediaticen el papel de los intelectuales con respecto al poder. Siempre y en todo momento, la misión del intelectual ha de ser definitivamente crítica, cuestionadora, proclive a sostener su independencia por encima de cualquier circunstancia política. No se busca efectuar tratos incondicionales con las instancias del poder, sino incitar a un debate que permita decirle a la gente, al ciudadano común, que existe una «inteligencia» dispuesta a insertarse en los nuevos destinos de una nación. Para que esto se produzca, para que el pensamiento entre en clara sintonía con las demandas, las esperanzas y los sueños de una república que busca afanosamente refundarse, debemos sacudirnos la modorra, el cinismo y el silencio que impida convertirnos en los cómplices involuntarios de un pasado que habla muy mal de sí mismo. Los intelectuales tienen, hoy, una evidente responsabilidad tanto consigo mismos, como con un país que pide ser «pensado» a partir de inéditos conceptos desprendidos del reciente marco institucional. Podemos o no estar de acuerdo con lo que ocurre. Sin embargo no por ello vamos a enterrar la cabeza en el suelo. La peor de todas las desdichas humanas es ocultarse en los instantes en que se nos pide ser honestos y valientes. El reto vale la pena.
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