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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Elizabeth Zielinski de Mundlak: niña del holocausto

Nuevo Mundo Israelita, Caracas, febrero 1999

Se calcula que millón y medio de niños murieron entre las espuelas del holocausto. Pero muchos otros, sobrevivientes venturosos, han debido lastrar por siempre una implacable memoria. La Federación de Niños Judíos Sobrevivientes del Holocausto se encarga de apoyar a hombres y mujeres que, pese a la común creencia, no estuvieron a salvo del horror durante la ocupación Nazi. En Venezuela, una dama de conmovedora historia, pertenece a esa institución internacional y se propone mostrar al mundo la solidaridad del país que la acogió.

No sabemos si los ojos de Elizabeth Zielinski de Mundlak son siempre un océano que fiéramente represa el llanto, o una costumbre que atisba el mundo desde la bruma. No sabemos si la voz que recorre con suavidad los recovecos de la infancia es una coraza aprendida a la fuerza, o el matiz de un guerrero al fin en reposo.

Estamos sentadas en la terraza de un apartamento en Los Chorros, amplia y elegante, que parece hecha de las mismas nubes que arropan la ciudad. El agua acompaña toda la conversación: bien porque a ratos llueve; porque una cascada recorre el jardín; porque los días de mi anfitriona se van en investigar exhaustivamente las cuitas de unos judíos que atravesaron el Atlántico huyendo de la guerra; o porque son sus ojos polacos los que se humedecen ya sin restricción.

Elzbieta, nacida en Czestochowa en 1941, no siempre se llamó así. Alguna vez su apellido fue Urbanczyk, luego Zielinski y pudo incluso ser Asch o Rittermann.

—Pero esa es una larga historia….

El año pasado Elizabeth viajó a Washington para reunirse con los miembros de la Federación de Niños Judíos Sobrevivientes del Holocausto, a la que pertenecía ya desde el año anterior. En medio de una taller sobre la tolerancia, una dama interrumpió bruscamente la exposición de Elizabeth acerca de Venezuela , gritándole que estaba errada y que el país había acogido a numerosos nazis. Evidentemente, para la escandalosa e ignorante dama, América Latina era un amasijo. Elizabeth se encargó de aclararle algunos puntos, pero quedó con un remolino de ideas y dudas.

Apena llegó a Caracas, se puso en contacto con su sobrino Jonathan Jakubowicz, un joven cineasta —egresado de la Academia de Cine de New York— que de inmediato la secundó en su propósito de llevar a la pantalla una crónica que permita, a criollos y extranjeros, conocer los entretelones de la historia nacional vinculada a la diáspora. Y la excusa para el noble propósito será la epopeya de dos barcos (el Caribia y el Königstein), cuyo arribo a Venezuela en 1939 significó la salvación de docenas de judíos que, de no haber sido admitidos por el gobierno del general Eleazar López Contreras, hubieran emprendido el camino de regreso a las fauces del nazismo entonces hirviente en Europa, tal como ocurriera al vapor San Luis, expulsado de las costas cubanas y norteamericanas.

A fin de llevar un documento elocuente a Praga —sede del próximo encuentro de la Federación, a realizarse en septiembre— Elizabeth y Jonathan han comenzado a laborar como hormigas. La investigación apenas se halla a fuego lento, sin embargo, tienen ya en sus manos importantes documentos de la época, fotografías, testimonios de algunos de los viajeros y el incondicional apoyo de muchas personas, entre ellas gente de la comunidad, cineastas y la hija del mismísimo López Contreras, Mercedes López Blanco.

Si alguien ha estado en las entrañas de la solidaridad es Elizabeth. Teniendo pocos meses de nacida su padre murió y la madre, por tener apariencia aria, fue conducida a Austria para realizar trabajos forzados junto a muchos gentiles, cambiando Asch por el sonoro apellido Zielinski. Un médico amigo de la familia —Tadeo Ferens, honrado en el Yam Bashem por haber salvado a muchos judíos— llevó a la pequeña a un orfelinato aduciendo que la había encontrado en un tren. Las monjas se hicieron cargo de ella y teniendo año y medio la entregaron en adopción a los Urbanczyk, una pareja polaca que tenía ya un hijo de diez años y deseaba un niña rubia que les aliviara el dolor de haber pedido antes a una criatura.

Los ojos de Elizabeth se sumergen en una ensoñación de tonos acuáticos:

—El doctor solía mirar conmovido cómo mi madre adoptiva me paseaba, brindándome atención y amor. Lo dramático del asunto es que cuando mis padres adoptivos me sacaron del orfelinato llevaban a una niña rubia y a los pocos días, al lavarme el cabello, descubrieron que no estaba sucio sino teñido. El pelo comenzó a salir negro y crespo, lo que era en la cultura polaca un claro signo de que se trataba de una niña judía. El hecho es que esta familia se asustó pero no me devolvieron.

Las constantes denuncias de los vecinos hacía que la Gestapo se paseara por casa de los Urbanczyk —el padre adoptivo pertenecía a la resistencia y sospechaban de él—, por lo que debieron declarar que Elzbieta era hija de una pariente que no tenía recursos para mantenerla.

—Cuando la guerra terminó pudieron suspirar con alivio. Pero poco después, teniendo yo cinco años, reapareció mi mamá, que había regresado a Polonia con el primer transporte después de la guerra. Recuerdo el encuentro como en sueños. Yo arrastraba una muñeca cuando sonó la puerta y una desconocida se echó al suelo llorando. Mis padres adoptivos fueron muy generosos en medio de ese drama. Le pidieron a mi madre que viniera primero como una tía para darme tiempo a acostumbrarme, incluso le ofrecieron adoptarla. Pero ella no vio lógica la situación y prefirió llevarme con ella. Mi madre adoptiva sufrió mucho y se enfermó. Años después supe que ese dolor la acompañó hasta la tumba.

Elizabeth volvió a ver a sus primeros padres dos veces después de la separación: cuando tenía 13 años y poco antes de partir hacia Venezuela. La madre consanguínea contrajo segundas nupcias con el ingeniero Julian Rittermann, quien en un acto de absoluta solidaridad adoptó el apellido Zielinski para así escamotear las complicaciones burocráticas de un nuevo cambio de nombre de la niña. El fue un verdadero padre, cercano, afectuoso e incluso colega.

En noviembre de1957 los esposos Zielinski y sus dos hijas —había nacido ya Daniela, hoy señora Jakubowicz— emigraron a Venezuela, instalándose en Valencia, donde vivían unos familiares paternos.

—Llegamos sin ningún respaldo económico, pero la vida aquí fue fácil, la gente cordial. Papá consiguió trabajo en Cementos Carabobo. Terminé bachillerato en el Liceo Pedro Gual y a los 19 años me casé. Lo único que mis padres le pidieron a Alejandro fue que yo siguiera estudiando. Ellos habían perdido toda fe en los bienes materiales y pensaban que lo único que uno tiene en la vida era su profesión y con ella la capacidad de defenderse.

Quizás por eso mismo la obligaron a aprender piano en Polonia —tierra de Chopin— pensando que esa bien podría ser una salvadora profesión. También por ello no le permitieron estudiar medicina, vocación con la que flirteaba ya a los 16 años

—Mi padre decía que siendo uno emigrante podría serlo por segunda vez y un ingeniero siempre consigue trabajo. Yo era una niña muy obediente y estudié ingeniería. Luego, cuando me gradué le advertí que no ejercería porque no me sentía bien en ninguna industria y me quedé como profesora en la universidad, donde él también daba clases.

En 1973, tras años de correspondencia con sus padres adoptivos, Elizabeth creyó entender que la comunicación debía interrumpirse y así ocurrió. Mucho después sabría que aquella nueva separación fue involuntaria y que la madre adoptiva sufrió mucho por ese silencio.

En 1984 la vida de Elizabeth volvió a virar. Su esposo fallece y tras él sus padres y suegros. No le quedaban sino su hermana y un hijo residenciado en Florida. En esos difíciles momentos el doctor Rubén Merenfeld y su esposa Lya la invitaron a trabajar en la Universidad de Tel Aviv, actividad que le infundió nuevos aires. Tenía ya una maestría y un doctorado en ingeniería ambiental, el primero realizado en Caracas y el otro en New York. Una vez jubilada de la Universidad Central de Venezuela en 1994, sus visitas a Israel se intensificaron.

Fue en una de esas estadías en el medio oriente, en 1993, cuando decidió recorrer Polonia. Allá estaba el que había sido su hermano y la necesidad de volver a sus raíces se hacía apremiante. Andrés Urbanczyk la recibió con calidez. Recorrieron juntos la ciudad natal, visitaron la casa en la que compartieron años de infancia y vieron muchas fotos en las que aparecía una niña casi ajena, vestida con hermosos trajes confeccionados en casa.

—Recordaba vagamente unos gritos en la noche y él me explicó que se trataba de la Gestapo que me sacudía mientras dormía. Me confesó que aún hoy rememora con espanto los aullidos de la despedida, cuando mi madre me arrancó de ellos y yo reclamé que porqué no entregaban a mi hermano.

La ingeniero dice tener abismos de memoria y dolor, aunque reconoce que, en medio de su inconcienca infantil, fue ella quien menos sufrió. El hermano le permitió recuperar algunos recuerdos, rehacer escenas fugadas al vacío.

—Por eso fue tan importante para mí encontrar a la gente de la Federación de Niños Judíos Sobrevivientes del Holocausto . En la sección de Polonia hay cerca de 700 personas a quienes les ocurrió casi lo mismo que a mí. Muchos descubrieron su origen 50 años después de la guerra. Ha de ser un golpe muy duro entender después de una formación cristiana, con una supuesta familia, que tus padres son otros y que eres judío. Esa es incluso la situación de un sacerdote católico.

La Federación —con capítulos en Australia, Canadá, República Checa, Inglaterra, Alemania, Hungría, Polonia, Suiza, Ukrania, Estados Unidos, Holanda, Bélgica y Francia— tiene como objetivo establecer lazos de solidaridad entre sus miembros y dejar testimonio de los últimos sobrevivientes del holocausto. A veces se ha creído que quienes pasaron la guerra navegando en los subterfugios de la infancia, no sufrieron. Craso error.

—Aquello no termina, porque a medida que pasan los años los fantasmas en vez de irse regresan con más fuerza.

Sin embargo, se considera sortaria. Después de todo, le tocó crecer en hogares afectuosos que supieron desdibujar todo posible trauma.

—A veces me preguntan si soy neurótica. Mi teoría es que no importa quien ame a un niño, lo importante es que lo amen. Me siento muy privilegiada de haber vivido mi historia de esa manera, y a la vez siento el compromiso de ser una agradecida mensajera. Creo que no habría soportado ser adulta en esa época.

La posibilidad de mostrar al mundo el país que la abraza amablemente, parece haberle devuelto la vida. Grandes zancadas —como de grácil adolescente— la llevan de la terraza a la habitación donde ha montado su provisional cuartel en Venezuela. En abril regresará a Miami, habiendo dejado en marcha el proyecto de la película, cuyo nombre —por razones cabalísticas— permanece en secreto.

Por lo pronto la bisnieta del Gran Rabino de Czestochowa —Nakum Asch— tiene una agenda complicada: citas con historiadores, politólogos, escritores y cineastas. Nada la apasiona más en este momento que desentrañar le memoria de los dos trasatlánticos que cambiaron la historia de la diáspora venezolana. Y cabe decir que su pasión es ancha, generosa, como esos mares que le azulean la mirada sin dejarnos saber todavía si esta al borde del llanto o son una bruma destilada por el mediodía.

Proa a un final feliz

El barco Königstein, según testimonios aún imprecisos, partió de Hamburgo en enero de 1939, cargando en su vientre un nutrido grupo de judíos. Llegaron a Barbados y después de tres días de esfuerzos del capitán y los representantes de la comunidad de la isla caribeña, fueron echados de nuevo a las aguas. Los mismo ocurrió en la Guyana Inglesa. El capitán, junto al representante de la Gestapo que acompaño la travesía, anunció que debían regresar a Alemania, sin embargo sugirieron comunicarse con New York, desde donde los dirigieron al puerto venezolano de La Guaira. Era marzo, la comunidad judía local agilizó los trámites y gracias al humanitarismo del general López Contreras, fue otorgada una visa general a todos los viajeros.

La historia del Caribia —también por confirmarse— llegó a ser mucho más dramática, subrayada por el hecho de que los pasajeros cruzaron el océano sobre la cubierta del vapor, sometidos a las inclemencias del clima y la falta de alimentos. Tras recorrer Brasil y la Guyana en busca de refugio, el Caribia no pudo atracar en La Guaira y por razones técnicas fue movilizado a Puerto Cabello, donde los pobladores de la zona, en un gesto solidario con aquellos viajeros famélicos, lanzaban frutas tropicales a la cubierta. El buque tenía autorización de permanecer en puerto sólo hasta las ocho de la noche, hora que el reloj marcó tajante sin que el permiso del presidente hubiera sido recibido. El Caribia partió entonces de regreso a Hamburgo, bajo la mirada atónita de los carabobeños y sosteniendo la desesperanza de quienes se sabían condenados a muerte. Sin embargo, dos horas después de surcar alta mar, la autorización de López Contreras llegó a Puerto Cabello y una señal de radio comunicó las buenas nuevas. Los pasajeros debieron suplicar al capitán del barco que regresara a puerto, a sabiendas de que un expediente le esperaba allende los mares, tal como ocurrió.

Había una madrugada profunda cuando el Caribia se acercó de nuevo a las costas venezolanas. Cuentan que en Puerto Cabello no había luz suficiente para que un barco de esa magnitud atracara, por lo que fueran encendidas las bombillas de cada una de las casas del pueblo y de cuanto camión y automóvil fue posible. Esa noche los agotados y resurrectos viajeros fueron cobijados por casas del pueblo. Dicen que hasta fiesta con cuatro y maracas hubo.


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