
La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas: Monte Ávila, 1990
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Debe ser otra manera de medir el atraso: plantear el viejísimo debate de la pena de muerte. Cuenta cuándo lo hacen: ¿por qué esperar siempre a cualquier vulgar asesinato? Es lo de acordarse de cierta santa cuando truena; lo que no deja de revelar parte del viejo problema: la pena de muerte en tanto venganza de la sociedad, concebida y ejecutada para calmar pasiones y desaguar humores.
Lo curioso es que con eso de la pena de muerte sucede lo que con el matrimonio: los que están dentro quieren salir y entrar los que quedaron fuera. Es tan poco original la humanidad que se balancea en tan incómodo vaivén: cuando un país disfruta de los beneficios de la pena de muerte, no faltan voces que aticen al debate y a la larga logren abolirla, al menos por un tiempo. Luego, comenzarán otras protestas a levantar el tono de la discusión hasta que de nuevo se restaure o imponga. Lo que bastaría de suyo para probar, si menester fuera hacerlo, que la pena de muerte no es solución a nada. Si acaso, ayuda a apaciguar ciertas malas conciencias, si es que no cumple otra función más primitiva: saciar la sed de sangre del animal en sociedad. Como es sabido, hasta no hace tanto las ejecuciones tenían que ser públicas: además de servir de supuesto ejemplo, refocilaban al populacho, ávido de venganza y crueldades. Ahora, de implantarse, se transmitirían en vivo y en directo. Y pasaría como con todo: al principio, gran rating, para, al poco, decaer su interés. Un juego no tonto es imaginar quiénes serían los anunciantes interesados en patrocinar el programa, además de la religión, claro, que no desaprovecha los últimos momentos para vender el producto. El caso límite lo proporcionó aquel capellán-jefe de las prisiones franquistas, que sostenía, de lo más seriamente, que nadie es más dichoso que el condenado a muerte, pues siendo el único que sabe con exactitud cuándo ha de morir, tiene la oportunidad, que no a todos se presenta, de preparar su alma como Dios y la Santa Iglesia mandan. No deja de ser una lógica aplastante; llevada al extremo, propiciaría la difusión de las condenas a la pena capital sólo por llenar el cielo de pecadores arrepentidos. Tiene el pequeño defecto de no poder aplicarse a los impíos, los que niegan ese soplo llamado «alma».
El mejor argumento a favor de la pena de muerte lo adelantó el pasado siglo un humorista francés, Alphonse Karr; más que un argumento es un alegato contra los abolicionistas: «si se pide abolir la pena de muerte, que MM. les assassins comiencen». Forma más gruesa que ingeniosa de reactualizar la viejísima ley del talión. De la otra parte, el argumento que siempre podrán blandir los enemigos de la pena de muerte es el de su absoluta y harto comprobada inutilidad. El hombre no deja de matar porque sepa que lo pueden matar. Antes bien: recuérdense aquellas películas algo retóricas de André Cayatte contra la pena de muerte (Se hizo justicia, Todos somos asesinos), en las que presentaba el caso de criminales que se habían tatuado una línea de puntos en la garganta con la inscripción: «córtese por el punteado», con el fin de facilitar la ingrata, pero bien remunerada tarea del verdugo.
Si los indignados reclamadores de la pena de muerte se parecen a la enloquecida Reina de Corazones («¡Que les corten la cabeza!»), los mansos defensores de la vida humana, siempre se acuerdan de aquellos versitos de Donne, que comienzan asegurando que la muerte de cualquier hombre nos disminuye para terminar con las trajinadas campanas y por quién doblan. Debate tan inútil como falaz: todos en el fondo exaltan la vida: los abolicionistas para evitar más derrame de sangre, los amigos de la pena de muerte para vengar la ya vertida. Tienen los signos cambiados: o una vida de más o una de menos.