Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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Pensamiento en Venezuela, de Gómez a nuestros días


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
Hay una constante en la producción de] pensamiento venezolano: la dependencia de ideas eurocéntricas. Desde la Colonia rige esa norma: entonces, fueron los tomistas y suarecistas, de la Escuela del Tocuyo; después, con Andrés Bello, el empirismo inglés y, con Simón Rodríguez, le tocó el turno a Rousseau y los enciclopedistas. En el siglo XIX, Venezuela seguirá dependiendo de la expresión conceptual importada. Situación que no cambiará en el XX, de modo tal que continúa insatisfecha la exigencia que hace ya más de treinta años formulara Leopoldo Zea, desde México, cuando reclamaba una «emancipación mental» americana.

Desde fines del XIX, es el positivismo, en sus diversas variantes, el que impregna la vida cultural venezolana: con ello, Venezuela sigue la tendencia iberoamericana. Desde México a Argentina, sin olvidar a Brasil, donde se llegó a incorporar el lema central positivista en la propia bandera («Ordem e Progresso»), el Continente iberoamericano recibió de pleno el impacto de la doctrina comtiana. En Venezuela, fue así hasta la aparición de la llamada «generación del 28».

La variante científica del positivismo, el darwinismo social, que viene representado por los nombres de Ernst y de Villavicencio, sirvió para impregnar de biologismo a la generación de historiadores de los primeros años del siglo XX, es decir, sobre todo, a Gil Fortoul, Arcaya y Vallenilla Lanz. A lo que aspiraban aquellos teóricos sociales era a hacer de la historia una ciencia, dentro de la más pura exigencia positivista. Pero el positivismo de corte sociológico, dominante en la época de Gómez, pronto se transmutó en ideología encubridora del sistema dictatorial. Para ello no tuvieron sino que desarrollar al límite las tesis deterministas contenidas a la vez en el positivismo de Comte y en el evolucionismo spenceriano. En efecto, tanto geografía, clima, composición étnica (todavía se atrevían a decir «raza», aunque ya Arcaya se muestra abiertamente crítico del concepto), como condiciones sociales, sicológicas y materiales les sirvieron para levantar la noción del «caudillo» o «gendarme» necesario. De lo que se trataba, con esa figura intermedia, y obligada por las circunstancias negativas, era de asegurar el avance social que garantizara el ingreso en la idea comtiana e irrenunciable de «progreso», siempre dentro de un «orden». No es necesario insistir en el hecho de que fue el mismo Comte el encargado de subrayar la importancia del orden social hasta el punto de enfrentarse abiertamente con las ideas socialistas de la época, que para Comte eran, en tanto expresión de violencia revolucionaria, la negación de toda posibilidad de progreso. De modo que antes de apresurarse a depositar toda la carga acusatoria sobre un Gil Fortoul o un Vallenilla Lanz, convendrá tener presente que pertenece al más clásico espíritu positivista la valoración del orden en tanto condición esencial para aspirar a cualquier progreso.

Por lo mismo, en la medida en que las ideas positivistas, en su fase social y política de la dictadura, sirvieron de ideología de respaldo al régimen gomecista, no es de extrañar que, a la desaparición física del caudillo andino, comenzara la declinación del positivismo como expresión conceptual representativa del pensamiento venezolano. Habrá que tener también en cuenta que hasta los años treinta del siglo XX cualquier manifestación conceptual venezolana era exclusiva de las clases superiores en la escala social, únicas con posibilidades de acceso a la educación universitaria, en el país o en el extranjero. En dicho sentido, bien podría tildarse de «elistesco» el pensamiento positivista venezolano. El que además cobrara su expresión más representativa a través de las ciencias biológicas y de la historia puede explicarse por los orígenes académicos y las especializaciones que de ahí resultaban: los pensadores venezolanos de principios de siglo, hasta el final del gomecismo, fueron en su mayoría médicos y abogados. Habrá que tener en cuenta que, desde la extinción del sistema universitario de la Colonia, de marcado corte teológico, no existían estudios específicos de ciencias humanas (la tradicional Filosofía y Letras, más las disciplinas sociales y sicológicas), sino que, en forma fragmentada y subordinada, se encontraban incluidos en los planes de estudio de la carrera de derecho. Ello puede explicar el cierto retraso que se registra en la expresión conceptual venezolana respecto de otros países latinoamericanos. En Argentina, por ejemplo, pudo darse un pensamiento comprehensivo positivista como el de Alejandro Korn, o en México, el de José Vasconcelos, por haber continuado ambos países con la tradición de centros autónomos de formación humanística (Facultades de Filosofía, Letras e Historia). No así Venezuela, que hubo de esperar a 1946 para que, en el primer gobierno accióndemocratista, se reabriera una Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Central. Ello origina una curiosa paradoja.

Y es que, con la irrupción en la escena política de los partidos revolucionarios (Acción Democrática, tras sus cambios de siglas; URD y, sobre todo, el Partido Comunista), a la desaparición del gomecismo, entran en escena las clases sociales inferiores, hasta entonces no representadas ni política ni culturalmente en la vida social venezolana. La paradoja aludida viene dada por el hecho de que mientras eran las clases mantuanas elitescas, superiores, las que tuvieron el control del pensamiento nacional, no consideraron conveniente disponer de un centro académico superior para la transmisión y enseñanza de las ideas de que se alimentaban. Mientras que fueron precisamente los representantes populares, tanto del proletariado, como de la burguesía en ascenso, quienes dieron el paso de restaurar la vieja Facultad de Filosofía y Letras, expresión tradicional del pensamiento occidental de corte europeo.

En el interregno de transición política que vivió Venezuela de 1935 a 1945 (de la muerte de Gómez a la toma del poder por una Junta Cívico-Militar encabezada por Rómulo Betancourt), declina definitivamente el positivismo como expresión de pensamiento social. No sólo sucede así por la ya registrada vinculación de dicho pensamiento con el régimen dictatorial gomecista, sino que es en parte consecuencia del empuje con que se presentaban nuevos sistemas conceptuales en el agitado horizonte político y social de aquella Venezuela. Las ideas que desplazan del primer lugar al positivismo decimonónico son el nacionalismo informe, pero combativo, de los primeros accióndemocratistas, y el marxismo, deficiente y rudimentario, de los introductores de las ideas comunistas en Venezuela. Hay que observar, no obstante, que ninguna de las nuevas ideas logra suplantar al positivismo en su papel de ideología oficiosa y dominante. Tanto las ideas nacionalistas como las marxistas se presentaron en estado de agitación y confusión, más aptas para combatir la ideología establecida (determinista, gradualista y, en el fondo, pesimista) que para reemplazarla por una nueva y potente ideología de repuesto.

El nacionalismo se alimentó al principio de las ideas indoamericanistas que estaba desarrollando en el Perú Haya de la Torre, mientras que el marxismo no penetró a través de influencias directas, sino o por textos de gran simplismo conceptual (casi todos, breviarios de materialismo dialéctico) o por adaptaciones latinoamericanas del marxismo, como la efectuada, también en tierras peruanas, por Mariátegui. De modo que, en esta nueva fase, la dependencia fue doble: no sólo se trataba de ideas tomadas en préstamo de ideologías eurocéntricas (aquellos nacionalismos tenían inspiración remota en el francés Maurras y en el fascismo italiano), sino que en esta ocasión ni siquiera se operaba el préstamo directamente, sino a través de intermediarios latinoamericanos. El ejemplo de pensamiento político más representativo de este periodo sigue siendo Rómulo Betancourt por haber coincidido en él ambas corrientes. Tributario a la vez de las ideas nacionalistas y americanistas del APRA peruano y de las más generales categorías marxistas, el Betancourt de la primera época, esto es, el creador de Acción Democrática, viene a sintetizar la incorporación de la nueva ideología populista con ribetes de doctrina proletaria. No fue el único representante de esas tendencias. En el campo marxista, fue más profunda y sostenida la representación social comunista, con nombres en lo teórico como el de Salvador de la Plaza y, más tarde, Rodolfo Quintero. Eran marxistas militantes de la época economicista del marxismo, que ponían todo el énfasis en la lucha de clases, aplicada a lo social, y en lo político y económico, en las contradicciones que creían detectar en el sistema capitalista. De cualquier forma, a partir de entonces, el marxismo hace su aparición en el panorama de las ideas sociales en la Venezuela contemporánea, por más que conviene registrar aquí una diferencia histórica: en sus comienzos (período de 1935 a 1950, aproximadamente), el marxismo era un instrumento de lucha política manejado casi exclusivamente por militantes comunistas y afines. Pero, a partir de los años cincuenta, el marxismo pasó a ser una filosofía de raigambre universitaria, que se discute, enseña y polemiza a partir de las aulas o de escritos especializados.

Pero la generación del 28 originó también el surgimiento de nombres independientes de lo político y abiertos al campo creativo y especulativo que han cubierto con su obra y expresión conceptual prácticamente todo el periodo. Desde un Picón Salas a un Úslar Pietri, sin olvidar nombres como Gabaldón Márquez, Enrique Bernardo Núñez, Isaac Pardo o Briceño Iragorry, los hombres de aquella generación, por dispares que fueran sus posiciones y diversos sus medios de expresión, coincidieron en la obsesión de entender y recrear la historia y las costumbres venezolanas. Son pensadores más dispersos que sistemáticos en la medida en que algunos de ellos prefieren elegir géneros literarios de ficción para la exposición de sus ideas, pero todos acusan el peso de la herencia gomecista para tratar de sacudírselo mediante el análisis fragmentario y la creación artística. Si la literatura puede ser a veces vehículo de ideas progresistas y esperanzadoras para un país convulsionado, como lo fue la Venezuela que sufrió la dictadura gomecista, también la obra de Rómulo Gallegos debería inscribirse en el recuento de un pensamiento que pugna por buscarse a sí mismo.

En el plano meramente político, que al fin y al cabo fue predominante en la fase de transición de la dictadura de Gómez a la de Pérez Jiménez, también ejercieron cierta influencia las ideas totalitarias, representadas en Europa por el nacionalsocialismo y el fascismo. En Venezuela, la introducción parcial de semejantes ideologías se hizo mayormente a través de partidos políticos de la derecha, como el incipiente Copei, vagamente influido en sus orígenes por la Falange Española y la derecha de Gil Robles, también de España. En cierta medida, el golpe de Octubre de 1945, unido a la victoria aliada de ese mismo año en la Segunda Guerra Mundial, dieron al traste con cualesquiera pretensiones totalitarias de la derecha. De 1945 a 1948, la ideología que trató de penetrar en los grupos de poder político tenía más de nacionalismo populista que de otra cosa. Fue el momento en que el gobierno propició la enseñanza laica en los colegios, no sin cierta resistencia, y fomentó el tipo de enseñanza normalista inspirada en la pedagogía y experiencia chilenas. Fruto de aquella política fue la creación del Instituto Pedagógico y, más tarde, de la Facultad de Filosofía y Letras. A través de ambas instituciones, pero especialmente de la segunda, penetran en Venezuela nuevas ideas y corrientes de pensamiento.

El vehículo más poderoso para la propagación de teorías científicas y filosóficas fueron los refugiados españoles de la Guerra Civil. Si bien su impacto cultural en Venezuela no fue, ni con mucho, tan poderoso como el que experimentó México, no dejaron de instalarse en el país representantes de calidad que pronto dejaron sentir su influencia. En lo científico, por ejemplo, un Augusto Pi i Sunyer significó la renovación de la biología y de la medicina en la Universidad caraqueña. En el campo de la investigación histórico-literaria, la obra de Pedro Grases ha sido de gran importancia. Pero fue en el terreno del pensamiento especulativo en donde los republicanos españoles hicieron sentir más acusadamente su influencia. Ya con anterioridad a la guerra española de 1936-39, los escritos de Ortega y Gasset habían marcado la pauta: a través de un órgano de divulgación tan prestigioso y difundido como la Revista de Occidente, los países iberoamericanos de había española recibieron una marcada formación orteguiana a la par que europeizante. Conviene tener en cuenta que cuando Ortega hablaba de Occidente, refiriéndolo a Europa, quería significar, casi exclusivamente, Alemania y el pensamiento en lengua alemana. Podía hacer ciertas concesiones a pensadores franceses, pero en ningún momento sirvió la Revista de Occidente para presentar las ideas de países anglosajones. Conocido es el desprecio de Ortega por Inglaterra, al que etiquetó de «país sin imaginación», para no hablar de la superioridad con que se dignaba hablar de los norteamericanos, como por lo demás era la tendencia europea de la época. Todavía a fines de los cuarenta, Ortega llegó a decir que el triángulo de la ciencia contemporánea quedaba limitado al formado geográficamente por Berlin-París-Londres. Conviene señalar tales limitaciones en el enfoque orteguiano porque su influencia fue notable en Latinoamérica, aunque no tanto en Venezuela, como, por ejemplo, en Argentina. Pero la mayoría de los pensadores españoles que la guerra civil aventó al Continente americano o eran orteguianos de formación (caso de José Gaos) o comulgaban con las ideas germanocentristas de la cultura europea (caso de García Bacca).

El resultado fue que los sistemas de pensamiento especulativo que prendieron en Venezuela de fines de los cuarenta y principios de los cincuenta fueron, en su mayoría, de ascendencia y filiación alemanas. Así, la fenomenología, el existencialismo heideggeriano y la gnoseología de Hartmann. Ello explica la formación de una corriente importante de profesionales venezolanos adictos de la tradición metafísica germana. Sin embargo, fue imposible cerrarse a ciertas corrientes en boga, tales como el existencialismo de Sartre o, mucho más tarde, ya en los sesenta, el estructuralismo francés. Unas y otras influencias eran el resultado de haber creado y puesto en funcionamiento, desde 1946, un centro de estudios filosóficos superiores. La figura dominante por muchos años, en la enseñanza y difusión filosófica, y el maestro que formó a varias generaciones de nuevos investigadores fue el español Juan David García Bacca. Más tarde aquel centro de estudios, que era la Facultad de Filosofía y Letras de la Central se vio acompañado de otros cuando, ya en plena dictadura de Pérez Jiménez, se crea la Universidad Católica. En ella, así como posteriormente en la del Zulia, surgieron otras Facultades Humanísticas que vinieron a reforzar los estudios sistemáticos de filosofía en el país. Los casi diez años de la dictadura perezjimenista tuvieron una doble consecuencia en el campo de las ideas: por un lado, una creciente influencia de las órdenes religiosas en la educación media y superior. Por otro, como reacción contra la dictadura, la proliferación de las ideas marxistas y su profundización teórica. La mayoría de los intelectuales opositores al régimen sintieron la necesidad de expresar su inconformidad a través de las explicaciones generales revolucionarias que les brindaba la doctrina marxista. Hasta el punto de que, a la caída de la dictadura, en Enero de 1958, los grupos marxistas eran dominantes en el panorama intelectual del país. Agréguese a ello el prestigio que al poco tiempo alcanzó la Revolución Cubana entre los sectores nacionalistas y avanzados y se comprenderá por qué, a partir de los sesenta, el cuadro general de las ideas socio-políticas estuvo dominado por las vivas polémicas que el marxismo militante y el académico desataron sin tregua.

Mientras tanto, al socaire de la recién fundada Universidad Católica, penetraron y se difundieron en ciertos círculos, más bien reducidos, las ideas sociales y filosóficas de Maritain y las del personalismo de Mounier. Los nuevos cuadros del partido socialcristiano (igualmente en la clandestinidad durante la dictadura) se formaron al calor de tales doctrinas, sin olvidar la enorme influencia que posteriormente tuvo el aggiornamento que experimentó la Iglesia Católica con el Concilio Vaticano II, de 1962. Con el tiempo, tales semillas, sembradas en parte en las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris, junto con los crecientes problemas de las sociedades latinoamericanas en crisis, habrían de dar paso a posiciones más radicales, signadas por el lema de la «teología de la liberación»; en particular, los jesuitas fueron atraídos por semejante radicalización.

En el orden económico, la sociedad venezolana había seguido, desde que se inició la explotación del petróleo a gran escala, una tendencia keynesiana de facto: era el Estado el dispensador de presupuestos para asegurar tanto la disponibilidad de empleos como la capacidad importadora de bienes y servicios. Semejante línea se acentuó con la dictadura, no sólo porque, durante ésta, el auge de la explotación petrolera se acrecentó al calor de nuevas concesiones a las compañías multinacionales, sino por esa curiosa tendencia hacia una política del cemento que parecen tener todos los dictadores. En la medida en que Pérez Jiménez no fue una excepción a tal regla y promovió la construcción de grandes obras, de vialidad (autopistas), suntuarias (hoteles, teleféricos) o habitacionales (bloques multifamiliares), la visión keynesiana del Estado venezolano se consolidó. Los gobiernos posteriores de la democracia no hicieron gran cosa por abandonar esa tendencia, por más que reorientaran el gasto público hacia obras de mayor interés social (salud, educación). Durante los sesenta y setenta tal tendencia se vio complementada con la no menos expansionista de la economía que aportó el auge del desarrollismo inspirado en las ideas de la CEPAL: de ahí, la industrialización forzada y la acumulación de grandes deudas, fruto de esa política económica de crecimiento a cualquier costo. Ha sido menester que sobrevenga la crisis general de los ochenta para que el pensamiento económico venezolano se diversifique y surjan expresiones criticas tanto desde los sectores planificacionistas y centralistas como desde los más agresivos neoliberales, en auge en este fin de siglo.

En el campo político-social, la nota más destacada de los últimos veinte años la proporciona el derrumbe a escala mundial de la ideología marxista y las consecuencias que ello ha tenido en los países sometidos a su influencia, bien directa (política) bien indirecta (simplemente filosófica). Primero, fueron las divisiones internas, desde el titismo y el maoísmo hasta grupos más radicales y utopistas (Sendero Luminoso, Jemer Rojo) pasando por toda la gama de movimientos de liberación nacional. Particularmente influyentes fueron en Venezuela durante los años sesenta las doctrinas indigenistas y tercermundistas de Fanon y las foquistas, de Debray y el Che Guevara. Su influencia no fue meramente académica, sino que se llevó al sangriento terreno de la práctica con una enorme pérdida de esfuerzos y vidas humanas. Todo ello contribuyó en no pequeña medida al hundimiento de las teorías revolucionarias de inspiración marxista, que comenzó a registrarse en los setenta y ha alcanzado su punto más bajo a fines de los ochenta. Desde el punto de vista político, ello ha supuesto el reforzamiento de las posiciones moderadas (tanto socialdemócrata como socialcristiana), pero desde el punto de vista teórico, conceptual, ha marcado un clima de desorientación y confusión que influye negativamente en las posiciones intelectuales contemporáneas. Hay que tener en cuenta que, en gran medida., el marxismo había sido aceptado a modo de doctrina religiosa de salvación en la mayoría de los países latinoamericanos; lo que significa que su desaparición va a traer consigo un vacío espiritual para las nuevas generaciones. Ello pudiera explicar la fácil penetración que en los últimos tiempos han logrado los credos religiosos no tradicionales, de orientación cristiana (sectas protestantes), orientales (budismo, harekrishna) o simplemente paganas (magia, hechicería).

Por su parte, la evolución del pensamiento filosófico, en su mayor parte de pertenencia y formación académicas, puede concentrarse en dos palabras: revisión y pluralismo. Desde fines de los años sesenta, las grandes corrientes del pensamiento (fenomenología, existencialismo, historicismo hegeliano) pierden la casi exclusividad temática de que gozaban en los pensa de estudios y tienen que dar paso a otras escuelas filosóficas, tales como el estructuralismo, tanto en su vertiente marxista (Althusser) como socio-cultural Foucault) o simplemente lingüística; también cobran auge las diversas filosofías cientificistas, comenzando por el empirismo lógico y continuando con la filosofía analítica del lenguaje ordinario y la metodología de las ciencias. En parte, en el campo universitario, semejante transformación es una consecuencia de la llamada «renovación cultural» que experimentaron muchas de las universidades venezolanas por tardía, pero violenta influencia del Mayo francés de 1968. Como puede apreciarse, siempre el factor imitativo o de reflejo en la aparición de las ideas en Venezuela.

Junto con la proliferación de nuevas formas de producción intelectual, se registraron sucesivas oleadas criticas en la revisión y balance de las doctrinas tradicionales. Esto permitió, ante todo, sacar al marxismo del terreno de la actividad política inmediata y poder estudiarlo críticamente con la objetividad debida en toda investigación académica. También sirvió para evaluar los sistemas metafísicos tradicionales a la luz de modernas pautas de análisis conceptual y terminológico.

Ha sido posible semejante abundancia de estudios y dispersión de esfuerzos investigativos gracias a la aparición de centros superiores de enseñanza humanística en el país: a los varios de Caracas, en donde al menos tres universidades cuentan con estudios de filosofía, hay que agregar los de Valencia, Mérida y Maracaibo.

Si bien hacia los sesenta se registró un intento de «nacionalización» del pensamiento abstracto, mediante la adopción de temas tales como «el ser del venezolano» y afines, tomados por lo general de la filosofía mexicana de la época (como se ve, siempre la tendencia a copiar), la expresión del pensamiento filosófico en Venezuela sigue siendo, por su misma pluralidad, de referencia modélica universal. Si acaso lo que ha sucedido en los últimos veinte años es que se desplazó la zona de referencias, de Alemania y el centro de Europa a los países de habla inglesa. Sin embargo, como por doquier se ha dado el mismo fenómeno, a saber, la pérdida de paradigmas filosóficos estables, el que en la Venezuela contemporánea se disfrute de un pluralismo de doctrinas y del consiguiente relativismo valorativo, no hace sino confirmar una vez más la dependencia cultural de las doctrinas generadas en Europa y en los Estados Unidos.

Por muchas críticas que se le puedan hacer a la actividad intelectual universitaria, enfrentándola en ocasiones a otra, más abierta y participativa, más divulgativa y general, hay que reconocer que el pensamiento filosófico venezolano existe y es creador. Con independencia de la mucha y variada obra que las sucesivas generaciones de profesionales han aportado al índice editorial en los últimos cuarenta años largos, hay una obra que se destaca y sirve de epítome de todo el intenso y fecundo trabajo de este período: la monumental traducción de las Obras Completas de Platón, efectuada por García Bacca y editada en Venezuela. Desde el siglo pasado no se hacía una cosa semejante: que un solo investigador acometa y lleve a feliz término la ardua empresa de verter toda la ingente obra de un pensador como Platón. Pero si el ejemplo citado es la mejor muestra del pensamiento creador filosófico en su dimensión académica, conviene no olvidar que la expresión intelectual de un país no se limita a los muros universitarios. Los ensayistas, los politólogos, los nuevos historiadores comienzan a aportar los materiales que determinarán la continuidad del pensamiento de la Venezuela del futuro.


Juan Nuño en La BitBlioteca

Coedición con
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