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Autorreflexión El Nacional del jueves 16 de diciembre de 1999 Fin de año, fin de década, fin de siglo, fin de milenio. Fin de la Constitución del 61, fin de la IV República, fin del Senado, fin de los pactos. Fin de trimestre, fin de proyectos, fin de temporada de lluvias. Fin del directorio de Venamcham, fin de las llamadas a mi padre para pedir consejos, fin de la minoría de mi hijo, fin de fumar (bueno, casi). Es buen momento para reflexionar sobre un año agitado y evaluar mi pensamiento reflejado en estas páginas de opinión. Más de uno de mis lectores ha pedido cuentas y espero aprovechar la oportunidad para informar a mi soberano el lector de El Nacional y hacer una autoevaluación. Errores, aciertos y omisiones siempre habrá. Más que todo, omisiones, por la cantidad de temas que no se pueden tratar, por el límite de mi cuota bimensual, el límite de caracteres permitido o el límite de la creatividad para recargar mis artículos con estímulos al pensamiento sin violar la regla de oro del ensayista: una sola idea en cada entrega. Sin que mis compañeros salistas se fijaran en su implicación, terminé el año pasado con una actitud gandhiana que aconsejó tranquilidad frente a la victoria del otro, en la convicción de que lo único que puede hacer una persona es seguir luchando pacíficamente por sus principios. Y un primer principio democrático es saber perder, aceptar el juicio de la mayoría y funcionar como oposición leal que lucha por los mejores resultados para el país. Es así como aceptamos el reto de la Constituyente aunque hubiéramos esperado que el país pudiese encontrar mayor consenso para un cambio menos brusco. No fue así. Entonces, el único remedio era trabajar por un resultado aceptable o, aún mejor, un buen resultado. Mientras tanto, continuamos algunas campañas particulares para influir en la política económica. Batallamos contra los amigos devaluacionistas, manteniéndolos bajo control en una guerra sin movimiento, cada uno en su trinchera, sin avance o retroceso. Están allí todavía, pero nosotros también. Pedimos tregua al Congreso para dejar funcionar el proceso constituyente y pedimos a la Asamblea que respetara el estado de Derecho; la Corte Suprema se inclinó por el caos pero la negociación conservó un simulacro de paz. El peor error del año fue mi artículo «La chuleta» en el cual sugerí que la lógica de una elección plurinominal llevaría inevitablemente a un sistema de listas informales. Nunca me imaginé que la oposición tuviera tal debilidad y el chavismo tal fortaleza que terminaríamos con el kino unilateral. Disculpas a todos los candidatos independientes si de alguna manera contribuí con la estrategia del Polo Patriótico. Mi intención ciertamente fue otra: indicar a todos la necesidad de la unión. Frustrada por la ingenuidad de mis compañeros, incluso de mis amigos del Foro Constitucional, pedí que desecharan su virginidad política para ser eficaces como oposición. Espero que en el 2000 sea posible organizar una oposición desflorada, capaz de aceptar el liderazgo y actuar como partido político. Espero también hacer dieta (de nuevo), cosa tan improbable como la disciplina de los antichavistas. Menos mal que los chavistas tampoco brillan por su amor familiar. En la Asamblea Nacional está la cosa y el éxito de la nueva Constitución depende de lo que pase allí. Incursioné igualmente en los predios de los internacionalistas (predios míos, por cierto, según mis credenciales), observando las peripecias diplomáticas de nuestro gobernante. Se destacó el problema primordial de este Gobierno: una cabeza habilísima y un cuerpo minusválido por la debilidad de sus voceros económicos. A lo mejor son genios, pero por su verbo es difícil saberlo. Los resultados no han sido tan malos, considerando las circunstancias. Seguí los discursos y las locuras de la Constituyente, confiando en la «ley de hierro de la oligarquía» que dice que toda decisión colectiva termina en pocas manos. Menos mal, porque la continuación de las sesiones sólo prometía que los locos se dedicaran a reinsertar los despropósitos de los 900 artículos de las comisiones. Los peores aspectos de la Constitución florecieron en los últimos momentos las prestaciones, el nombre de país, entre otros. En mi penúltima salida del año, traté de salvar a Fedecámaras de su tentación negativa y fracasé, pero vuelvo a ofrecer mis servicios de ángel de la guarda/abogado del diablo para la próxima ronda. Siempre hay una próxima ronda. Tuve un momento de mal humor prevacacional que degeneró en un artículo que me gustaría retractar, por lo menos en su tono. En «Enemigo del pueblo», despotriqué contra el colega Ibsen Martínez y parece que lo hice tan mal, que Ibsen observó (o fingió) que no entendía por qué lo atacaba. Bueno, Ibsen, lo hice porque no quería que siguieras usando al IESA como tu chiste estándar para ejemplificar el pensamiento bobo de la clase media simplificadora. Eso es todo. Defendí a mi institución, aunque me costara tu respuesta inevitable de que prefieres la compañía de astrofísicos como Agustín Berríos en lugar de unos mediocres como se encuentran en el IESA. Pero sigo admirando tus artículos aunque no sea devuelta la moneda; a lo mejor el espíritu de Santa Lucía logre invadirte el año que viene y converses con la enemiga. Como harán chavistas y antichavistas en la Asamblea Nacional. Feliz Navidad para todos.
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