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La chuleta y la revolución de las instituciones

Janet Kelly
jkelly@newton.iesa.edu.ve

El Nacional del jueves 25 de marzo de 1999

La cuenta regresiva ha apremiado al Consejo Nacional Electoral, que ha mostrado en todo momento sus buenas intenciones de cumplir con el deseo del Presidente de que se celebre el referéndum consultivo sobre la Constituyente el 25 de abril. Los lapsos los impone la tecnología, que exige un mínimo de 30 días para la impresión y distribución de las boletas y la programación de las máquinas de votación. La decisión de la Corte Suprema de Justicia de requerir un cambio en el texto propuesto en el decreto número 3 añadió un paso a la tarea del CNE: una nueva redacción del texto del referéndum para que se adecuara a la Constitución vigente. La presión del tiempo casi hizo que se olvidara definir la modalidad de la votación en las elecciones para la Asamblea y el mecanismo de adjudicación de los puestos, procesos bien complicados, como señaló José Enrique Molina en un artículo publicado en este diario el pasado domingo. A las observaciones de Molina, se pueden añadir otras, como picante para un plato cuyo condimento ya sobra.

Molina dice, con razón, que la designación de los circuitos regionales y nacional, y la fijación del número de puestos según las bases propuestas por el Ejecutivo es incompleto como sistema electoral plenamente especificado, porque no se define la forma de la votación misma. Las bases anunciadas serían consistentes con varias modalidades: la escogencia no diferenciada de los representantes en la que ganan quienes obtienen más votos, la selección ordenada que permite asignar los puestos según un cociente, la votación por listas nominales abiertas o una variante mixta. A diferencia de Molina, creo que la lógica de las candidaturas «por nombre y apellido» en la boleta no contempla listas de ningún tipo. En común con Molina, creo que las bases son consistentes tanto con el voto indiscriminado como con el voto jerarquizado.

Por otra parte, Molina sostiene que la Constitución requiere que el sistema garantice la representación proporcional de las minorías, por lo que necesariamente debería imponerse un sistema que reserve puestos a las «organizaciones medianas y pequeñas», es decir, un sistema que tiene listas por lo menos como un componente. Pero este razonamiento supone que las minorías sean siempre «organizaciones» (partidos políticos o grupos de electores), mientras que el sistema propuesto no privilegia la «organización» sino el candidato, cuya postulación es válida por las firmas recogidas y no por el apoyo partidista. Si bien Molina tiene razón en principio, no es claro qué significa «minoría» en comicios de este tipo. Por ejemplo, la persona que saca el puesto número 24 en el circuito nacional lo puede hacer con un porcentaje bien pequeño del voto total —¿no es esto una especie de representación proporcional de minorías?

El CNE habrá sorteado estos problemas para convocar el referéndum, aunque la presión de la cuenta regresiva puede conducir a cabos sueltos y consultas adicionales con la Corte Suprema. Ahora bien, suponiendo que lleguemos sin trabas adicionales a una solución satisfactoria, todavía tenemos que pensar en la conducta del votante y de los partidos políticos y grupos de apoyo. Con la cantidad de candidatos que seguramente se van a postular por nombre y apellido, habrá primero una soberana tranca para validar las firmas. Sólo cien candidatos nacionales generaría dos millones de firmas y eso sin contar las firmas para los 24 circuitos regionales, cada uno con numerosos candidatos propios. ¿Es sorprendente que el CNE reduzca el número mínimo de firmas? ¿Sería atrevido sospechar que no vaya a ser posible chequear esa avalancha de garabatos y cédulas de legibilidad dudosa? ¿Será que el sistema de postulación partidista tradicional tenía ciertas virtudes para evitar este tipo de escollo?

Suponiendo de nuevo que, a pesar de nuestras dudas, se logre llegar a la elección de julio (¿o agosto?) con un voto nominal puro, el elector tendrá que escoger de doce a 19 candidatos por nombre y apellido de una oferta sumamente cuantiosa de aspirantes. Si yo tengo problemas para recordar los nombres completos de mis 19 sobrinos, ¿cómo seleccionará el votante común sus favoritos? Es obvio que, sin llevar una chuleta, se perderá en el mar de los Sánchez, Gómez y Rodríguez. Feliz el candidato cuyos padres le pusieron un nombre raro. La pregunta es ¿quién prepararía la chuleta? Sin duda surgirá una industria de chuletistas. Los candidatos descubrirán muy rápido que ganar será cuestión de estar en el mayor número de chuletas. Ya estoy delirando con la idea de que habrá chuletas chimbas y acusaciones de falsas representaciones, papelitos que dicen MVR pero que anotan nombres de AD, y viceversa. ¡Ay de mí! ¡Las posibilidades son infinitas! Se me ocurre que no hay nada tan impredecible como acabar con las instituciones, sin saber cuáles son las nuevas que llenarán su lugar.



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