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Cómo crear un sistema corrupto El Nacional del jueves 5 de abril de 2001 Después de tanta sangre, sudor y lágrimas en el largo proceso de desmantelamiento de la IV República, sería una lástima que el esfuerzo se hubiese hecho sólo para reafirmar la corrupción. Es todavía temprano para declarar la derrota definitiva, pero hay indicios de que el régimen camina derechito hacia la perdición. Esta evidencia no se basa en los reportajes de los periodistas -aunque sus cuentos indudablemente empiezan a preocuparnos- sino en la observación directa de los métodos de gobierno que se van aplicando. Pareciera que la V República fuera modelada sobre el hipotético Manual de diseño de sistemas corruptos, un libro basado en las leyes de la historia universal. Según este Manual de anticonsejos, hay un conjunto de reglas que garantizan el florecimiento de la corrupción en casi cualquier situación o cultura, sin importar el grado de honestidad personal del jefe. Claro, con un líder deshonesto, es casi imposible que los subalternos sean angelitos de la guarda. Pero hasta un jefe pulcro puede dirigir un gobierno funesto. Para que haya corrupción, es suficiente que el líder esté convencido de que su propia buena voluntad y honestidad son suficientes para asegurar la misma rectitud en los colaboradores. Más aún, si el jefe sufre del mal de la ingenuidad (algunos lo llaman el mal de Herrera), más rápido será el proceso de desintegración moral. Frase siempre peligrosa: «metería las manos en el fuego...». Hay procesos que atraen a corruptos como a moscas en busca de un cadáver. La improvisación y la falta de planificación constituyen un primer ingrediente útil. El apuro se justifica por la «crisis» que no espera soluciones burocráticas, a pesar de que ya hemos pasado 200 años en modalidad de espera. Sin planes, no hay objetivos claros, y menos aún contabilización de los resultados o evaluación. Si se añade al caldo de la corrupción una cantidad importante de transacciones en efectivo, mejor, porque después será imposible trazar su destino. ¿Qué otra cosa recomienda el Manual de diseño de sistemas corruptos para asegurar el mal funcionamiento y degradación de cualquier gobierno? Definitivamente, dos elementos adicionales contribuyen al fenómeno. El primero es la poca experiencia de los dirigentes en las tareas administrativas. Esto propicia no sólo la vulnerabilidad del novato frente a los trucos de los corruptos de oficio, sino también la probabilidad de errores en la selección de personas que no tienen una trayectoria previa como aval de su ética pública. Habrá daños mayores si los flamantes dirigentes carecen de formación específica para sus funciones: sus subordinados pronto descubrirán la facilidad con que podrán hacer lo que les dé la gana, aun con la anuencia del jefe. Para muestra, el Banco del Pueblo. Claro, cuando el máximo jefe está ofreciendo créditos a costureras desempleadas a pocos días de la creación del banco, es obvio que no ha habido tiempo para establecer los sistemas de contabilidad y control y los resultados son predecibles. La corrupción prospera en ambientes informales donde se toleran desviaciones de las normas en general. La transparencia, en cambio, requiere el orden y la regularidad. Desde los horarios impredecibles hasta la acumulación de montañas de documentos que esperan firma, el irrespeto a las reglas es señal casi segura de que la burocracia sea como un queso suizo, llena de vacíos donde los corruptos se instalarán para llevar a cabo sus fechorías. Un elemento final que tiende a contribuir de manera especial a la proliferación del abuso en la función pública es la discreción del funcionario para la asignación de los beneficios colectivos. La concentración del poder de decisión -en manos del agente aduanal, del coordinador de un programa de vivienda o del oficial que dirige alguna actividad del Plan Bolívar 2000- convierte al funcionario en dispensador de favores. Pronto aparecerá una lluvia de ofertas de comisiones, alimentando las dudas de los idealistas de que ellos sean los únicos pendejos en toda la burocracia venezolana. Pocos se quedan como pendejos por mucho tiempo. Cualquier observador de la burocracia venezolana conoce la presencia tradicional de prácticas inadecuadas para el control de la corrupción, así como su intensificación bajo el régimen actual. Era sólo una cuestión de tiempo antes de que llegaran las malas noticias sobre los programas sociales de Chávez. Y si el Gobierno sigue sin corregir su estilo, subirá la presión dentro de la olla. El fenómeno no se debe a la bondad o maldad inherente del Gobierno, sino a su ingenuidad burocrática, inexperiencia y exceso de fe en el voluntarismo por encima del orden. |
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