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Erramos o inventamos

El Nacional del jueves 30 de noviembre de 2000

El ambiente político está cargado de acontecimientos y pasiones que en nada contribuyen a la solución civilizada de los problemas de interés nacional. Valdría la pena, si fuera posible, que el país entero hiciera un retiro espiritual, una reflexión colectiva acerca de los valores que tenemos en común, restablecer el respeto mutuo y recordar que estamos todos en un mismo saco, compartiendo un mismo destino. Es un hecho documentado por los psicólogos que, al florecer las emociones, las personas asumen posiciones rígidas que acarrean enfrentamientos costosos en lugar de buscar salidas que generan ganancias compartidas. El resultado inevitable de este tipo de situaciones es la equivocación. Aun así, con errores y todo, siempre es posible recapacitar, dar un paso atrás e inventar un nuevo marco para avanzar de nuevo.

El caso del referéndum sindical ha sido un excelente ejemplo de este fenómeno, independientemente del desenlace. La propuesta del referéndum se hizo en un entorno poco propicio para su éxito. No se había reconocido suficientemente cuál iba a ser el ambiente sociopolítico de la época postconstitucional. La idea de que la aprobación de la Constitución abriría un nuevo período de tranquilidad nacional era una quimera, conveniente para justificar su aprobación, pero ilusa en el optimismo de las expectativas. La nueva Constitución plantea un sinfín de decisiones legislativas y administrativas como resultado de los necesarios ajustes a las nuevas reglas de juego. El apuro exigido por la misma Constitución y deseado por la gente ansiosa de finiquitar la «transición» impone un ritmo difícil de sostener. El proceso hace inevitable que surjan muchos conflictos simultáneos, debido a que siempre habrá diferencias honestas de opinión con respecto a las leyes fundamentales que representan el piso de nuestro futuro. Así, asumimos un referéndum muy conflictivo, no en un momento de tranquilidad propicio para permitir un debate sano, sino en un período de conflictos paralelos que complican la negociación. Sintiéndose innecesariamente amenazado por unos jerarcas sindicales desprestigiados, el Gobierno emprendió una batalla que hubiese ganado con facilidad de otra manera. Se equivocó de estrategia y ahora pagaría los platos rotos: por un lado tendría que atragantarse una suspensión del referéndum en los tribunales y, por el otro, habría que aguantar las represalias inevitables en caso de proceder. Ninguna alternativa muy atractiva.

La pregunta clave para los decisores ha sido: ¿cómo reducir el daño que se preveía como seguro? Para cualquier decisión, por supuesto, es prioritario decidir qué produce el menor daño. Dado que la democratización sindical se podría lograr sin el referéndum, hubiera parecido preferible echarse para atrás. Pero, si por terquedad o orgullo, se persistiría en el error de la consulta, había que calcular cómo evitar los daños que podrían suscitarse. De suspenderse el referéndum, sería fácil inventar una transformación de la pena en beneficio, recurriendo a la misma táctica del 28 de mayo: anunciar que la suspensión es una muestra fiel de la vocación democrática del Gobierno, de la pulcritud de los procesos y de la independencia de los poderes públicos. Sencillo.

En el segundo caso —llevar a cabo el referéndum contra viento y marea— aún se podría disminuir el costo con una actitud de ganar-ganar. En lugar de invadir intempestivamente las sedes sindicales y sacar a los fariseos de sus templos con nombramientos de autoridades transitorias a dedo, se podría negociar la entrega voluntaria mediante otro mecanismo que luciría más aceptable. Así se ha hecho en Estados Unidos: en algunas oportunidades los tribunales han intervenido sindicatos para llevar a cabo elecciones después de ciertos escándalos que desprestigiaron sus líderes. En el contexto venezolano, sería posible la participación de mediadores u observadores que suavizaran los ánimos. Hecho el error, el objetivo sería deshacer el daño y crear nuevas posibilidades de solución.

El país está sobreestimulado y muestra señales de sobrecarga emocional. Todo pequeño conflicto se convierte en un microcosmo de los conflictos mayores. Todo se complica. Lo que normalmente se resolvería con calma, respeto y buena voluntad se interpreta como una batalla campal sobre principios no negociables. No será posible hacer un retiro espiritual colectivo, pero con un poquito de voluntad y mayor conciencia de los peligros, podremos salir del paso. Si admitimos nuestros errores sin complejos, podremos inventar un futuro más promisorio.


Janet Kelly en La BitBlioteca


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