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Sección: Bitblioteca
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Acostúmbrense a la normalidad El Nacional, jueves 18 de octubre de 2001 Es ya una costumbre arraigada opinar que Venezuela está inmersa en una crisis. Aun en los momentos menos críticos de los últimos veinte años, algo nos perforó el globo de la tranquilidad: cuando hubo crecimiento a principios de los noventa, inventamos el desequilibrio político; cuando se calmaron las aguas con la elección de Caldera, confeccionamos un descalabro financiero, generando otra ronda de inestabilidad hasta llegar a Chávez. Su victoria abrumadora vino acompañada de la crisis del petróleo y, para colmo, se completó con un clima persistente de incertidumbre tras la decisión colectiva de cambiar de una vez casi todas las leyes del país. Ahora, sin embargo, el país luce relativamente quieto después de dos décadas en una montaña rusa. Si es así, ¿por qué persiste la sensación de zozobra? Una percepción equivocada de la realidad puede conducir a una acción (o inacción) inapropiada y poco eficaz. Tenemos que aprender a vivir con nuestra normalidad que no debe confundirse con la felicidad, un concepto que podemos tratar en otra oportunidad. Los queridos lectores seguramente están indignados con la sugerencia de que no estemos en crisis. ¡Por supuesto que hay crisis! Miren los buhoneros copando las aceras, los ganaderos alzados frente a invasiones cuasioficiales. Observen la cantidad de importaciones y el caos en las aduanas. Estudien las cifras de violencia y vean los niños (y viejos) que deambulan por las calles. Fíjense en la fragilidad fiscal, la caída del petróleo, el desempleo, la fuga de capitales, el rollo sindical, la amenaza a la libertad de prensa y el estado lamentable de la educación y la salud. El desastre acecha, ¡el fin está a la vuelta de la esquina! Lo que tenemos es la falsa calma del ojo del huracán, pero los vientos de destrucción nos tocarán en cualquier momento. He aquí la opinión dominante de buena parte de las elites del país. Una explicación del desasosiego se encuentra primero en el condicionamiento y el hábito. Por la experiencia de cuatro lustros accidentados, se cree que cada problema conduce inevitablemente al descalabro total, sea este un golpe de Estado, el control de cambio o hasta una guerra civil. Lo que no se quiere reconocer es que todo país padece problemas importantes, pero que estos no necesariamente llevan a un desenlace apocalíptico. Ni siquiera es normal que se resuelvan, aunque sí pueden ser susceptibles de soluciones parciales, mediante las cuales lo que hoy es «el principal problema del país» en el lenguaje de las encuestas, mañana es otro. Otro factor que promueve la sensación de crisis es el psicológico. Los psiquiatras siempre advierten que una persona sometida a varios cambios en su vida corre un alto riesgo de sufrir trastornos mentales, que se manifiestan en depresiones, ataques de pánico o cansancio provocado por alteraciones en el sueño. La mayoría de la gente mantiene el equilibrio porque no presta tanta atención a la política y no tiene la menor idea sobre la evolución del PIB o el nivel de reservas internacionales. El FIEM podría ser una oferta de compras a crédito para su gusto. Pero, para la gente obsesionada con «la crisis», la carga de cambios ha sido grande y negativa para su salud mental. Reacciona con angustia al ver al Presidente en la pantalla de televisión despotricando contra todos los iconos de su mundo y se siente desubicada en un nuevo sistema cuyos patrones y personajes no entiende. El entorno internacional es un tercer agravante que distorsiona la percepción las elites. El fenómeno precede la destrucción de las Torres Gemelas y se debe al miedo de que un realineamiento de la política exterior de Venezuela implique el peligro mortal de aislamiento o, peor aún, un camino hacia un modelo de país socialistoide y condenado al fracaso. La ansiedad se intensifica con la actual crisis real en el mundo externo, por supuesto, porque sí hay vientos huracanados en nuestro alrededor. La amenaza de ser clasificado como país ajeno a la guerra contra el terrorismo causa taquicardia en los intranquilos. Otra vez, tienen que distinguir entre lo que puede ser una equivocación y lo que conduce a la llegada de los marines. Problemas hay, y muchos. No se deben desestimar de ninguna manera. Pero existen muchos indicios de que no estemos viviendo la calma dentro del corazón de una tormenta tropical, sino una estabilidad relativa que podría prolongarse por bastante tiempo si el Gobierno y el sector privado apaciguan los conatos de disturbios en lo social y económico. Para quienes desean quedarse en el poder, habría que inventar algunas soluciones reales y eficaces. Para quienes anhelan una alternativa, habría que asumir la tarea de largo plazo de ofrecer algo mejor y vender las ideas bien. Así son las cosas en estos tiempos normales.
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