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Una ideología del terror

Luis Aguilar León

El Nacional del domingo 31 de mayo de 1998
Luis Aguilar León es un escritor cubano y articulista de la Agencia de Noticias AIPE

Resulta simbólico que el 150 aniversario de la publicación del «Manifiesto Comunista» de Karl Marx y Federico Engels coincida con la muerte de Pol Pot, uno de los más ardientes devotos de las ideas que brotaron en ese documento. Pol Pot estudió en Francia, se fascinó con el marxismo, y con la poesía de Paul Verlaine, y cuando alcanzó el poder en Camboya se consagró a aniquilar a dos millones de sus compatriotas.

El Manifiesto, aún celebrado por ciertos académicos como una obra maestra de la cultura occidental, fue escrito a toda prisa en 1848, cuando Marx y Engels, entonces jóvenes alemanes emigrados en Francia, sintieron las primeras ráfagas de una anhelada revolución europea y se apresuraron a sumar su soplo a la inminente tormenta. Esa impetuosidad juvenil, ligeramente teñida por el romanticismo de la época, le prestó al documento un cierto encanto. Desplegando una impresionante retórica, «un fantasma amenaza hoy a Europa, el fantasma del comunismo», «la historia de todas las sociedades existentes es la historia de la lucha de clases»; o apropiándose de frases de otros revolucionarios, «los obreros no tienen patria» (tomada de Jean Paul Marat); «los proletarios no tienen nada que perder excepto sus cadenas» (Marat); «¡proletarios de todo el mundo, uníos!» (del alemán G. Schapper), los jóvenes autores lograron publicar un vibrante, aunque totalmente ignorado, documento.

En el documento, sin embargo, late algo más sombrío que vulnerables generalizaciones sobre el desarrollo y las maldades del capitalismo. Algunos duros rasgos de los autores, que se van a endurecer más con el tiempo, se reflejan en el mismo, como la inapelable convicción, transformada luego en permanente y siempre falsa profecía, de que el capitalismo está a punto de derrumbarse; o la fe en el inevitable triunfo de la revolución socialista. Pero la corriente que más hondo surca, la que va a brotar implacablemente apenas la ola revolucionaria se deshaga en fracaso, es el odio. Ya en el Manifiesto, Marx y Engels se regodean en describir a los burgueses, parásitos explotadores del proletariado, como seres aborrecibles que no merecen piedad. «El burgués», llegan a decir, «ve en su esposa sólo un instrumento de producción». Teniendo a su disposición la carne indefensa de «las mujeres y las hijas de los obreros», el burgués se refocila en seducir a las esposas de otros burgueses.

Pero la derrota de la anunciada revolución destapa en Marx el resentimiento que siempre llevaba consigo. Los burgueses tienen que pagar por el fracaso del joven profeta revolucionario. Sus consejos a los proletarios se bañan en duplicidad y en sangre. Los proletarios se deben aliar a otros partidos, ocultando siempre la decisión de aplastarlos cuando llegue la victoria. Lejos de oponerse a los llamados «excesos del pueblo», los revolucionarios proletarios deben «alentar la venganza de las masas contra los individuos odiados». Más tarde arremete contra los pequeños burgueses, otros socialistas, el «lumpen proletario» y aun los campesinos, «una clase que representa la barbarie dentro de los confines de la civilización». «Hay una sola manera de abreviar la dañina agonía de la vieja sociedad: El terrorismo revolucionario».

Ese es el Marx despótico que, cuatro décadas más tarde, habría sido rechazado por la mayoría de los socialistas europeos. Ese es el Marx que fue abrazado como un iluminado por los revolucionarios rusos, especialmente por Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, quien, gracias a la Primera Guerra Mundial, pudo iniciar el experimento social más gigantesco y más costoso en vidas humanas de la historia. Mientras una gran parte de los intelectuales de Occidente parecían fascinados por la «construcción de un mundo nuevo», en la Unión Soviética, millones de seres humanos, (más que en el diabólico «nuevo orden» de Hitler), perecían bajo los castigos del padre Lenin y de su hijo Stalin. Siguiendo a la estrella roja de Marx, Mao Zedong aplicó la misma medicina en China, y luego en países que Marx despreciaba, una docena de lidercillos se declararon «comunistas» y centuplicaron el número de víctimas.

Pero no todos los intelectuales han aceptado la culpabilidad de Marx. La visión era justa, aducen, pero los discípulos la mancillaron. Aparentemente, un viejo fantasma amenaza hoy las mentes de algunos intelectuales.



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