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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR « Oui, oui, je suis belge » Diario de Andalucía, Sevilla, 19 de febrero de 2000 «Me van a permitir que me dirija a todos ustedes en dos idiomas: en francés y en flamenco.» De esta forma tan inusitada comenzó el primer ministro belga, Guy Verhofstadt, una rueda de prensa hace poco en Madrid. Como sabrán, ambas lenguas, francés y neerlandés, son idiomas oficiales en Bélgica, por lo que no es raro que su primer ministro siendo él mismo flamenco utilice una u otra. Pero, aun así, a mí me sonó de lo más extravagante eso de dar una conferencia de prensa en dos idiomas. ¿No hubiera sido más fácil decirlo todo en francés? ¿O todo en flamenco? Me figuré por un momento al presidente Aznar haciendo lo mismo con las cuatro lenguas españolas. Menudo lío, ¿se lo imaginan? En fin, lo cierto es que la inusual aclaración del señor Verhofstadt me recordó una ocasión en la que otro belga también me dejó perplejo a causa de su idioma. Fue en la ciudad francesa de Tours, hace ya algunos años, mientras realizaba un curso de francés para extranjeros. Mi mujer por aquel entonces mi novia estaba en Austria estudiando alemán, así que, ante la perspectiva de pasar el mes de julio de playa en playa, decidí cambiar el bañador por la gramática francesa. Más de un compañero de trabajo me tildó de loco por «desperdiciar» mi mes de vacaciones, pero la verdad es que siempre me han gustado las lenguas extranjeras y encuentro mucha satisfacción en aprenderlas. Amén de la que se obtiene utilizándolas. Pero bueno, a lo que iba. Todo ocurrió una mañana durante una pausa entre dos clases. A esa hora el patio del centro se convertía en un hervidero de estudiantes de toda edad y nacionalidad. Guiado tan sólo por el deseo de hacer amigos me dirigí a una chica de poco más de veinte años, pelo negro, mediana estatura y proporciones requeteproporcionadas. Y además con unos enormes ojos grises que aparecían misteriosamente lejanos detrás de sus gafas de montura colorada, mi color favorito. Apenas chapurreaba francés por lo que deduje que estaría en primer o segundo curso. Yo estaba en cuarto y, como veterano, me decidí a llevar la voz cantante. Después de presentarnos y charlar de la escuela (me confirmó que estaba en primero), le pregunté de dónde era: « Je suis belge », me respondió. Mi expresión de incredulidad tuvo que ser mayúscula porque, sin necesidad de decir nada, la chica insistió: « Oui, oui, je suis belge », y se echó a reír. En aquel momento aprendí que mi cara de tonto es realmente divertida... y, por supuesto, que no todos los belgas hablan francés. La chica en cuestión era de la región de Flandes y resultó que sólo hablaba flamenco. «Pues para flamencas sus leyes educativas pensé yo que permiten que el ciudadano de un país donde el francés es lengua oficial tenga que irse a Francia para aprenderla.» Son los problemas del federalismo lingüístico. Bélgica ha sido desde su creación, en el siglo pasado, un país con dos lenguas. Hay una región, Flandes, donde sólo se habla flamenco, y otra, Valonia, donde sólo se habla francés. Y luego está la zona de Bruselas, donde hay mayoría de bilingües. El bilingüismo era antes más común, sobre todo por parte de los flamencos. Sin embargo, a medida que se ha ido prestigiando el neerlandés, el francés ha comenzado a desaparecer en Flandes. Esto quiere decir que hay belgas que no se entienden entre ellos. En el ejército, por ejemplo, los reclutas son adscritos a diferentes pelotones según sea su lengua. Los capitanes y tenientes tienen, al menos, que entender ambas, pero sólo a los oficiales de más alta graduación se les exige un total conocimiento de los dos idiomas. Siendo optimistas hay que reconocer que los flamencos belgas pueden estar orgullosos de haber conseguido resucitar y prestigiar su idioma, pero hacerlo a costa de olvidar el francés se me antoja un precio muy alto. Tampoco la actitud de los francoparlantes parece la más positiva, ya que hay pocos que se deciden a aprender flamenco, a pesar de lo útil que les resultaría. Sin embargo, lo más interesante es comprobar cómo la única región bilingüe del país es la capital, Bruselas: la zona más cosmopolita demuestra ser también la más flexible. El caso belga puede ayudarnos a valorar nuestra situación. En España no hay dos, sino cuatro lenguas oficiales, sin embargo, y a diferencia de Bélgica, sólo una lo es en todo el territorio: el castellano. La Constitución lo llama así, y no español, para recordarnos que también el catalán, el vasco y el gallego son idiomas españoles. Que todos hablemos castellano es una gran ventaja. Primero porque así nos entendemos entre nosotros, y segundo porque nos hermana con millones de hispanoamericanos, tan cercanos, a pesar de la distancia. Sin embargo, el peso del español en el mundo no debe hacernos olvidar que hay territorios, tanto en España como en Hispanoamérica, donde coexisten dos lenguas. Y en estos territorios lo mejor, como en Bélgica, es ser bilingüe. Si uno vive en Cataluña, por poner un ejemplo, lo normal es que hable catalán, o que lo aprenda. Pero también las autoridades catalanas, por seguir con el ejemplo, han de recordar que su territorio tiene dos lenguas oficiales y están obligadas a facilitar la enseñanza de ambas a la población. Es de perogrullo, pero igual que decimos que el catalán es una lengua española, hay que insistir en que el castellano es, también, una lengua catalana, y vasca, y gallega. Es la lengua de todos y eso es precisamente lo que tiene de bueno. Es cierto que en España tenemos algunos conflictos lingüísticos, pero no son tan graves que no podamos resolverlos. Basta con aplicar una receta basada en la generosidad, la educación y el sentido del humor. Si lo hacemos, España se convertirá en un ejemplo de tolerancia y flexibilidad lingüísticas y seremos un país donde habrá muchos bilingües. Si no sucede así, si dentro de unos años Cataluña, Galicia o el País Vasco se convierten en territorios monolingües y sus ciudadanos olvidan el idioma común, yo, como castellanoparlante, seguiré siendo igual de respetuoso. Eso sí, montaré ipso facto unas cuantas academias de español para españoles. Y fijo que me forro.
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