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El lenguaraz

De topónimos y topos

Diario de Andalucía. Sevilla, 1º de mayo de 2000

Esta semana voy a hablar bien de la Real Academia. Así, como lo oyen. Y la verdad es que ya tenía yo ganas. Se lo comentaba hace poco a un amable lector que, además de leerse mis artículos —¡gracias!—, tuvo la gentileza de enviarme un correo electrónico para decirme que, en su opinión, criticaba en exceso a la Academia. Yo no creo que haya críticas excesivas, siempre y cuando se basen en argumentos sólidos, pero admito que instituciones como la Academia no son santo de mi devoción: mucho poder y poca salsa. Mucha norma y poco swing. Por eso estoy sonriéndome mientras les escribo, ya que, para una vez que puedo alabar a la RAE, voy a hacerlo precisamente criticando a sus homólogas autonómicas españolas, que han acusado esta semana a su colega castellana de cometer "errores de concepto e inexactitudes" a la hora de fijar los topónimos que aparecen en la nueva Ortografía de la lengua española, que edita la citada RAE.

Según la Euskaltzaindia, el Institut d’Estudis Catalans y la Real Academia Galega, en el Apéndice 3 de la nueva Ortografía castellana, dedicado a los topónimos (los nombres propios de lugar), figuran algunas denominaciones "absurdas" porque propician "usos que no tienen tradición alguna y en otros casos se opta por una grafía del todo inadecuada". Las denominaciones "absurdas e inadecuadas" a que se refieren son, por ejemplo, escribir Baracaldo en vez de Barakaldo, Gerona en vez de Girona o Lérida en vez de Lleida. Vamos, que la Academia Española parece haber tenido la desfachatez de escribir en español.

Estas críticas no han sentado nada bien en el seno de la RAE que, por boca de su vicedirector, Gregorio Salvador, ha achacado a las academias regionales que "intenten gobernar la casa del vecino". Y llevan razón Gregorio Salvador y la Academia Española. Si los castellanoparlantes no tenemos porqué inmiscuirnos en la ortografía de otras lenguas —sean españolas o no—, igual podemos exigir que tampoco se inmiscuyan en la nuestra, en la lengua común, esa que hablamos casi 400 millones de personas en el mundo. ¿Se imaginan ustedes a un inglés quejándose de que digamos Londres y no London?

Lo más peliagudo del caso —y también lo más revelador— es la explicación que ofrecen las academias autonómicas españolas para justificar sus acusaciones a la Real: hay que escribir Barakaldo, Azkoitia, Ourense, Lleida o A Coruña, porque estas son las "únicas denominaciones oficiales reconocidas". Y aquí es donde está el quid de la cuestión. Resulta que en realidad estamos hablando de política, y no de lengua. Porque razones políticas son las que llevan a decir que la RAE "no tiene en cuenta el actual Estado de la Autonomías a la hora de elaborar sus topónimos (?)". Se acusa sin miramientos a la Academia Española de anticonstitucional por defender la propia ortografía española. A la Academia y a todos los que defendemos esta postura, claro, que parece que somos más franquistas que los duros de Franco.

Me pregunto que pensarán de todo esto los hispanoamericanos, ¿sabrán ellos que el topónimo Lérida ya no existe en España? ¿Serán capaces de entender que Gipuzkoa es Guipúzcoa, esa provincia española, o que Bizkaia es Vizcaya, de donde seguramente muchos de ellos procedan? ¿Les parecerá razonable que usemos una ortografía diferente a la común, ahora que tanto hablamos de compartir responsabilidades idiomáticas? ¿Entenderán que Girona se pronuncia "Yirona" y no Girona?. No lo sé, pero seguro que las academias vasca, catalana y gallega no han pensando en absoluto en los hispanohablantes, sino en ellos mismos y en sus complejos.

Aunque en realidad —y para ser justos—, la culpa del problema que ahora se plantea la tuvo el mismo Congreso de los Diputados español, que fue el que tomó la decisión de establecer como únicos topónimos oficiales del país los que se escriben en lengua vernácula. Fue, sin lugar a dudas, una concesión a los partidos nacionalistas que está siendo explotada ahora muy hábilmente. Pero fue una decisión totalmente desacertada. Porque, ¿cómo se puede defender que lo liberal, lo democrático y lo justo es establecer la cooficialidad de cuatro lenguas en España y luego pretender que esta ley no se cumpla en el caso de los topónimos? El Congreso de los Diputados, en vez de defender el derecho, el pluralismo y el sentido común, lo que hizo fue terminar de un plumazo con muchas palabras del idioma español. Palabras que cuentan con siglos de antigüedad y que pertenecen a una lengua que se habla en más de veinte países en el mundo, como ha recordado Gregorio Salvador. Es cierto que Franco, en su afán imperialista, tradujo al español muchos topónimos del vasco, el catalán y el gallego que jamás antes habían sido usados, pero son la excepción que confirma la regla. ¿O es que palabras como San Sebastián (Donosti), Álava (Araba), La Coruña (A Coruña) o Pamplona (Iruña) no tienen siglos de existencia porque los mismos hablantes decidieron utilizarlas?

Esta decisión de los políticos españoles trajo cola entonces y todavía la trae ahora, ya que lo único que provoca es confusión. Porque una cosa son los topónimos y otra diferente el nombre de personas, empresas o entidades. Si uno se llama Iñaki, por ejemplo, no hay por qué llamarle Ignacio, hablemos en español o en vasco. Si un club de fútbol (sociedad anónima) decide llamarse Espanyol —en catalán—, es incorrecto que escribamos Español, por más tradicional que esto haya sido en el pasado. Si el Pacto de Lizarra (un acuerdo entre partidos nacionalistas vascos) se llama así, con el topónimo vasco, porque así lo han decidido sus promotores, es absurdo que nosotros digamos ahora —en plan nacionalista español— el Pacto de Estella, como si el topónimo castellano fuese una pieza de artillería pesada.

Sin embargo, lo que tampoco viene a cuento es el victimismo que demuestran algunos nacionalistas, que además ahora pretenden dar lecciones de democracia. Y este caso de los topónimos así lo demuestra. Porque lo cierto es que es un orgullo saber que la ciudad de uno tiene una ortografía y un nombre propio en otras lenguas. Es un rasgo de distinción, ya que sólo traducimos a nuestro idioma y a nuestra ortografía aquellos términos que nos resultan familiares o importantes. Decimos Nueva York, y Fráncfort y Burdeos. Y lo hacemos en español —y no en inglés, alemán o francés— porque estas ciudades son realmente importantes para nosotros. Por eso, a mí no hay cosa que me agrade más que saber que mi ciudad se llama Siviglia en italiano y Séville en francés, y que Córdoba se escribe Cordova en italiano, y que Andalucía es Andalusia en inglés y Andalousie en francés, y que España es Spain y Espagne y Spanien, etc. Lo considero un honor. En esos países, en esas lenguas y en esas culturas tenemos nombre y ortografía propios, con lo que se demuestra la relevancia de nuestra tierra. Olvidar esto no es un rasgo de democracia, sino de papanatismo y mediocridad.

Así que intentar, como intentan las academias vasca, catalana y gallega, que todos escribamos como a ellos les da la gana —y con una ortografía diferente a la común— no es más que pura intransigencia motivada por un sentimiento de inferioridad: es la verdadera razón de esta desafortunada injerencia en los "asuntos del vecino". Un vecino que no es sólo español, sino también americano ¿o es que esto ya no importa? Es el problema del nacionalismo, que se ciñe con demasiada frecuencia a sus propios límites, y que, además, intenta imponer esos límites, esa miopía, a los demás. Quizás por eso la Euskaltzaindia, el Institut d’Estudis Catalans y la Academia Galega llegan incluso a presumir de que nunca acomodarán a la ortografías de sus lenguas los nombres de otras ciudades españolas. Vamos que en vasco Sevilla nunca será Sebilla, que sería lo normal, ya que en vascuence la letra v no existe. Y yo me pregunto: ¿pensarán también hacer lo mismo con todas las ciudades hispanoamericanas? Pues allá ellos, porque lo único que consiguen así es demostrar una actitud cicatera y miope. Una actitud que no es propia de científicos, sino de topos. Personas que, de manera figurada, el diccionario define como propensas a equivocarse por cortedad de miras o por desatino. O por ambas cosas a la vez, como es el caso.


Luis Carlos Díaz Salgado, El andaluz y las leyes
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