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No rendirse

Luis Castro Leiva

El Universal, viernes 23 de octubre de 1998

¡Viva Zapata! ¡Viva Villa! ¡Viva Sandino! ¡Viva Fidel! ¡Viva Gómez! ¡Viva López, Delgado, Pérez Jiménez, Rómulo, Carlos Andrés, Alfaro, Chávez, Salas! Viva, viva, siempre viva. ¡Hasta cuándo seguiremos actuando como sirvientes del personalismo en política y moral!

Apenas reviso a esos vivas, para entender sus diferencias, cuando alcanzo a ver lo que tienen y no tienen en común. Entonces se despierta en mí algo que me gustaría pensar que es la necesidad de la libertad de pensamiento y no la del miedo. Sería bueno para mi república, me digo, no sepultar en uno la «razón crítica», no aceptar la vergüenza de rendirse precisamente ahora cuando el personalismo renueva su insolencia. Trato de ponerme en la piel de mis «enemigos» y «amigos» para hallarle sentido al desacomodo que siento en la mía y al compromiso con su razón.

El asunto es este: amar u odiar a un hombre en política y moral, como si fuera Dios o el Diablo, y recurrir a otro para «pararlo», es confesión de indolencia. Puesto así hago gala de la degeneración propia de un oficio del cual no me reclamo y que, a la hora de contarse, no sirve; el oficio de intelectual. Permítame intentar rendir cuenta del escozor que siento y acaso del desprecio que sentirá usted ante esta renuencia de no plegarme a la opinión. A estas alturas del debate electoral el duelo está fijado: o el uno o el otro.

Pues no, he aquí que reclamo, y solo para mí, mi menguado derecho para decir esto; que ni el uno, ni el otro, ni ninguno. Y luego, como si no fuese ya suficiente bastardía, ahora añado algo más: me he obligado ya, como ciudadano activo, a hacer todo lo posible por que sus preferencias, libre y transparentemente expresadas, las suyas de usted, sean respetadas por todos nosotros. Y es que defendiendo mi independencia como lo hago también, creo, defiendo la suya: así defiendo del mejor modo que cabe esta democracia que tenemos y el cambio que ella dice querer poner en marcha en estas elecciones. No quiero bajar la cabeza ante el miedo ni ante el «personalismo» que nos extorsiona moral y políticamente, por lo menos desde que Guzmán inventara, para su provecho y el de sus «muchachos», el culto a Bolívar. Como sé que esta posición pudiera resultarle necia, o peor aún, una estéril arrogancia, me veo en la obligación de razonar ante usted, estas intenciones malhadadas a riesgo de defraudarlo en sus esperanzas. Critiquemos entonces la historia de esta hora.

Sé que hay diferencias sustanciales entre cada uno de esos nombres, sus vidas y sus vivas. Los dos cabalgan mitos. Y es sabido que la fuerza de los mitos es una necesidad en la historia, pero esa misma fuerza nos obliga moralmente a someter aquella a crítica, que la abramos al juicio para comprender y explicar esa historia y decidir nuestra suerte en ella.

Por ejemplo, una cosa es el carácter agrarista, integrista y reaccionario del Zapata de la historia, y otra cosa, muy distinta, el héroe-santo que entronizara el mito de Emiliano como Dios popular y revolucionario en el Walhalla de los nacionalismos. Que hay una diferencia entre el Villa, ladrón de caballos, construido por Martín Luis de Guzmán, y el nuevo Villa, aquel críticamente rescatado para la historia por el profesor Katz desde los archivos de México y los estantes de la biblioteca Regenstein de la Universidad de Chicago. Pero, ¿qué se le hace?, la historia crítica apenas consuela, y solo introduce el juicio donde antes no lo había, mientras que la fuerza del mito consuela y desconsuela, mueve pasiones y gente y no el silencio de los gabinetes. No obstante, ¿debemos por ello obedecer sólo a la fuerza del mito para actuar política y moralmente, para transar el negocio de nuestra paz con la irracionalidad que se expresa en el servilismo de la mitología del caudillismo? ¿Acaso son Winnie Pooh y el caballo del ex gobernador de Carabobo el precio a pagar por domesticar de tan mala manera la mañosa bestia personalista que llevamos todos por dentro? Aquella que nos hizo cantarle al general Pérez Jiménez, aclamar a Pérez II, después de haber conocido a Pérez I, y que nos conmina a esta riña de gallos. ¿Por qué, pregunto, nadie grita: ¡Viva Vargas! o ¡viva Gallegos! Es porque lo peor de nosotros mismos cultiva lo peor de nosotros mismos: los consideramos, para miseria nuestra, unos soberanos pendejos y todos aceptamos esa cobardía.

Con lo dicho me alejo de la tiranía de la opinión y del miedo. Unos y otros han cerrado filas en polos opuestos, pero los campeones provienen, pienso, de la misma viciada cultura que entroniza la impostura del moralismo y la farsa del caudillismo. Y como ambas cosas son perniciosas, mi razón reclama su independencia y la libertad que así se me expresa. Con igual vehemencia a la del mandonismo que me impone un estado de emergencia moral en mi decisión, declaro la necesidad cívica de ser testigo de mí mismo sin declinar la responsabilidad de defender la libertad y la paz de todos, incluyendo la de quienes no respetarán la mía.

No estoy indefenso: ¡Viva el 250 de la Constitución de 1961!



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