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No oyen sino a ellos mismos
Parte del dossier preparado por Imagen sobre los siete pecados capitales en este fin de siglo. De él forma parte también Siete, de Roberto Hernández Montoya. Índice El capitalismo
Potencialmente forma parte del hombre mismo. Está en su mente desde sus primeros pasos. Se fue afirmando entre las vicisitudes del acontecer histórico, en Occidente, hasta imponerse en todas las sociedades, tras el hundimiento sorpresivo y no bien estudiado, de la Unión Soviética. El capitalismo desplazó al feudalismo, a la monarquía absolutista y a la Iglesia en el transcurrir de los siglos. Pasó del mercantilismo incipiente medieval al monstruoso tecnoindustrialismo actual. El recorrido ascendente del mercantilismo se cumplió entre finales del siglo XVI, los siglos XVII y XVIII, hasta cuajar en teorización de la riqueza con Adam Smith (1723-1790). Correspondió a Inglaterra acoger al movimiento filosófico empírico, materialista que fomentó la economía de mercado, la libre empresa, la propiedad de los medios de producción, la industrialización, el beneficio, punto clave de divergencia con el marxismo, el cual combatió al capitalismo desde su expansión decimonónica y la Revolución Industrial. Desgraciadamente el marxismo resultó tan empírico y materialista histórico como el capitalismo, y no supo o no pudo ascender las concepciones sociales a una vigorosa y firme ética. Por otra parte faltaba alguna forma de metafísica. El hombre no es sólo un productor de bienes materiales, de riqueza acumulativa, sino también un ente necesitado de otredad, de metafísica. Si no fuera por la crítica de Carlos Marx (1818-1883), la teoría de Adam Smith hubiera sido inatacable, con sus promesas de prosperidad, de riqueza acumulada, de ley de la oferta y la demanda, del mercado libre, de beneficio creciente y constante. Marx introdujo la noción de que era el trabajo humano la fuente de la riqueza y del beneficio. Por eso mismo, en la actual ofensiva arrolladora angloamericana, aliada a la tecnología genética carente por completo de ética y humanismo, vislumbra el crítico de esta civilización entronizadora de la codicia y de una forma pretenciosa de avaricia, la más que segura creación de máquinas substitutivas del trabajo humano, sin preocuparse mayormente del desempleo. Los puntos de vista del capitalismo neoliberal, conducen a un regreso a la división medieval entre señores y plebeyos, siervos de aquellos. Para lo cual se necesita disminuir hasta el máximo posible, el papel de los estados. El Nuevo Orden concibe la dirección del mundo por las corporaciones y transnacionales. Los estados sobran como soberanos. No pasarán de ser cuerpos secundarios administrativos obedientes a los centrales directivas corporativas o transnacionales. La clonación era la meta buscada por la genética para ponerse al servicio del poder de turno. Recomiendo, una vez más, leer la novela de anticipación de Aldous Huxley (1894-1963), un inglés atraído por la filosofía perenne, publicada en 1952, con el título de Un Mundo Feliz. Este gran escritor forma parte de la generación nacida al fin del siglo xix, exponentes notables y firmes de crítica ante los acontecimientos históricos y sociales, la imposición de las máquinas y de las nuevas tecnologías masificadoras de la gente, el materialismo y el empirismo economicistas, sustentos del neoliberalismo. Inglaterra, en este período de forzado industrialismo imperial, tuvo sus cantores como Kipling, pero también sus detractores como Beckett, Orwell, Huxley, D.H. Lawrence. Esas voces de inteligencia crítica en nada influyeron a los prohombres del capitalismo devorador. Se llega así al tema de la avaricia, tercer pecado capital. Son siete, como los sacramentos. El siete forma parte de los símbolos mundiales. El tres representa el plan divinal, el cuatro, la creación. Por lo tanto el septenario constituye una totalidad simbólica generalizada. Desde el punto de vista iniciático esotérico, el siete, favorito de la tradición semítica, es una cifra tabú, y forma parte de todas las tradiciones. Lo encontramos enumerando los días de la semana, los planetas, el lapso de la creación, figura en el Apocalipsis. Desde el punto de vista astrológico, los siete planetas están en el origen de los siete cielos de la Hebdómada. El gnosticismo también lo absorbe y las tradiciones orientales. La Iglesia siguió el movimiento de la héptada, tan frecuente. Por mi parte soy devoto del siete en función de mi fecha de nacimiento, número de letras de mi apellido, sucesos biográficos frecuentísimos. Es un número sagrado cuando se le aplica en función tradicional religiosa. En relación con los siete pecados capitales, se advierte una desproporción en cuanto a naturalezas. La gula y la pereza no conducen a los extravíos perversos de la envidia, la lujuria y la avaricia. El orgullo es un superestructura mientras que la cólera, una afección del sistema nervioso. Ninguno de los pecados cardinales iguala en torcedura psíquica y rastrerismo mundanal, a la avaricia. Ninguno salvo quizás la lujuria cuando pensamos en Sadefueron capaces de asumir el Mal en los estímulos formadores, en su naturaleza originaria. En contraposición con la generosidad, la avaricia significa no sólo, según el Diccionario etimológico: «Apetito desordenado de adquirir y tener riquezas», o «amor excesivo al dinero con fines acumulativos», sino medio para adquirir poder y dominar a sus semejantes y al mundo. La Economía es, fundamentalmente política, política para la posesión, acumulación, preservación y aumento de la riqueza. Ningún empresario trabaja por amor al arte. Ve la realidad en números. Si en una época, al abrigo de sus casas, comerciantes y artesanos trabajaron para tener dinero, a fin de obtener cierta libertad de movimientos, gradualmente fueron absorbiendo la sociedad, agrupándose, formando «cabeza», del latín caput, capitis acumulando poder, fortuna, influencias, hasta erigirse en una clase alternativa de la nobleza y al sacerdocio. En ese proceso de sepultar a la sociedad tradicional, ayudó la revolución intelectual del racionalismo, del empirismo, del materialismo, del economicismo hasta instituir el capitalismo, el cual entró a crear una nueva sociedad cuando se impuso la revolución industrial. La Iglesia condenaba la usura lo mismo que el Islam. La usura, desde el temprano economicismo, concedió puesto de prioridad al interés. Si desmenuzamos la Economía política, desde Smith hasta ahora, advertiremos que se tira al pajón casi todas las normas tradicionales para ocupar la usura y el aprovechamiento desmedido del trabajo humano. La Economía fue la reacción contra el orden teológico, contra el orden agrícola y contra el trabajo manual artesanal. El móvil era doble: ganar más y promover el sentimiento de que se progresaba. Los economistas y sus aliados, los empíricos, los deterministas, los agnósticos, hacían coro. Alcanzamos un punto crucial: el progreso. ¿Cómo debe entenderse? ¿Progreso exterior o interior? Parecería que lo interior y lo exterior son realidades excluyentes. Y lo son cuando intervienen las valoraciones éticas, espirituales, anímicas. Para los partidarios del capitalismo tecnoindustrial, dicho sistema es el único que garantiza, libertad, adelantos, productividad, bienestar. Para los marxistas se trata de darle el giro ideológico de la antialienación del trabajo. Para los idealistas, las almas religiosas, los espiritualistas, el capitalismo es un vulgar materialismo, el interés es usura, la producción no es para satisfacer necesidades humanas sino para superproducción, en un crecimiento diabólico. No se trata de disfrutar de riquezas sino de acrecentarla continuamente. Esta es una forma de avaricia disfrazada de consumo, de productividad. Los empresarios no son ya Shylock o Harpagon, prototipos de avaros individualizados, sino inmersas y poderosas corporaciones sin rostro, donde la antonimia cunde como protección de una de las tentativas más codiciosas de la historia. Por ejemplo, el Consorcio Económico Transnacional (CET), el cual mediante el desarrollo de 8 bloques, controla más del 50% de las fuentes de dinero en el mundo. Así entiende el Nuevo Orden la alianza económica y política angloamericana. La mente es la inteligencia-cerebro. Todas las proposiciones de liberación y desarrollo espirituales son obra de la mente. El hombre es, fundamentalmente, la inteligencia-cerebro. De modo que perdería su condición de homo sapiens, si pierde su poder mental. Pues una de las tareas del actual régimen de codicia monetaria y poder político, consiste en apoderarse de la mente, para lo cual la tecnología electrónica audiovisual cumple un papel determinante promoviendo el consumo, la publicidad, la propaganda, la informática y la comunicación. Los desarrollos de las nuevas tecnologías y su promoción como redes y cables, sin entrar a discriminar entre TV e Internet, de algún modo apresan la mente, por lo demás bastante dispersa y confusa, del hombre contemporáneo. El capitalismo actual necesita siervos, no trabajadores libres. El ciberpunk y los autómatas no presentan los problemas del trabajador libre que discute su salario y puede desencadenar huelgas, paralizando la sacrosanta producción. El mesías de la nueva religión, la economía, fue Adam Smith nacido y fallecido en el siglo xviii, contemporáneo del genial pintor místico William Blake. Inglaterra produjo, pues, dos individualidades que asumían posiciones divergentes mentales. El economicismo triunfó de todas las diferencias. Ni Blake ni la fisiocracia frenaron esa nueva disciplina seudo científica, destinada a enriquecer al capitalista, versión moderna del avaro tradicional. Sea dicho de paso, la Economía dista mucho de ser otra cosa que para lo que sirve sustentar el capitalismo. Los economistas se multiplican como los zancudos y cada uno dice lo suyo. Es un saber sin belleza ni ideales que enreda hasta el intríngulis, cifras, porcentajes, curvas, leyes, teorías, y en todo momento se detiene para la pausa de la oración al Dios Dinero. Se parece al orden institucional norteamericano, calificado por Alfredo Toro Hardy, un comentarista venezolano de la realidad social, política y económica: «de gigantesca receptoría de intereses creados, sometidos al forcejeo permanente de fuerzas de la más variada naturaleza» *. Las técnicas audiovisuales tienen, al parecer, una finalidad común: obtener la adicción de la mente del hombre para dictar comportamientos, conductas, gustos, sentimientos, cuyo trasfondo persigue la integración al sistema consumista del supercapitalismo mundial orientado por los angloamericanos, después del hundimiento del comunismo y de la U.R.S.S. Para los desarrollos del espíritu y del conocimiento del en-sí, la mente resulta el piloto todopoderoso. El ascenso irresistible del cristianismo se originó en la mente de los cristianos. Esta fe sobrevivió al imperio romano, recogiendo lo salvable. Su trayectoria otorgó un orden trascendente a las sociedades bárbaras y a Occidente. La Iglesia fue un factor de poder innegable y su acción temporal no atentaba contra los misterios, la figura magna de Cristo y la exaltación de las virtudes. En pleno siglo de su mayor desarrollo condenó la usura, comparable al interés capitalista. Pero su sedimentación en verdades absolutas y la imposición de ellas con métodos temporales crueles así como su intransigencia, puso en movimiento el racionalismo filosófico y de éste se desprendieron el empirismo, el determinismo, el agnosticismo, el materialismo capitalista actual cuya avaricia estriba en la codicia de acumulación de poder y dinero. El racionalismo ya no sirve sino para justificar la prepotencia avara de los grandes consorcios y los meandros teóricos de la disciplina economicista, apenas golpeada por quienes la padecen pero puesta en tela de juicio por especialistas menos fanáticos que los cerebros calculadores de los consorcios y sus planificadores. Un refrán popular puede ser aplicado como crítica al estamento de empresarios y economistas neoliberales: «El avariento tiene el tesoro, tiene el entendimiento». La noción de avaricia cuadra con dificultad a lo expuesto sobre el capitalismo neoliberal, pues detrás del calificativo se imagina el vulgo a personajes como Shylock, y Harpagon. El camino andado por la codicia de dinero ha sido largo desde los nombrados avaros retratados por el teatro de Shakespeare y Molière, hasta los grandes consorcios que manejan el mundo, capaces de inversiones de utilidad pública, las cuales los afianzan. Sin embargo, el caso de un Paul Getty, fallecido, está más cercano a la perversidad de aquellos personajes de escena que a la anonimia aplastante de los consorcios petroleros. El nivel de riqueza alcanzado por los grandes consorcios ya no se puede apreciar con la noción de individuo, sino de estamentos sociales en plena actividad de depredación pública, internacional y mundial. El marxismo concibió la crítica integral del capitalismo en su etapa decimonónica pero su falla fue mantenerse en la pura exterioridad del juego del poder político, sin asomo de interiorización ética y valoración intemporal. Sin transición entre Stalin y sus sucesores, entre quienes admiro a Gorbachov, quien sí intentó una transición racional y coherente, se deshizo el imponente bloque soviético y cayó en manos de aventureros que voltearon sus propias convicciones, para servir al capitalismo neoliberal. La palabraLa avaricia bajo todos sus aspectos, desde Shylock hasta Getty, desde Harpagon hasta la CAT, tiene que ver con la creación y el ser humano y animal. A veces se confundió con la necesidad de subsistencia, otras con el afán de dominio y codicia acumulativa. ¿Se podría llamar instinto? En todo caso, cuando advinieron Cristo y el cristianismo, la codicia estaba tan ampliamente desarrollada e imperante que todas las religiones, sectas espirituales y cultivadores de estados de trascendencia y liberación desecharon la riqueza material y a sus cultivadores afanosos, como expresiones de una mundianidad negativa. Esa mundianidad, desde la perspectiva actual del dinero, excluye las inquietudes religiosas y éticas, la fraternidad, el amor al semejante, la humildad. Lo cual nos encara con una contradicción insalvable: la que expuso en pocas palabras Jesús: «Nadie puede servir a dos amos: odiará a uno y amará al otro, se vinculará a uno y despreciará al otro. No podréis servir a Dios y al Dinero». La antinomia permanece porque las obras de bien de los codiciosos de dinero, no salen del corazón sino forman parte de la estrategia dual de servir a dos amos. Jesús, en su tiempo y hasta hoy, formuló claramente una invitación: la de servir a Dios y no al Dinero. En ese sentido Dios es su propio en-sí, la meta suprema del liberado en vida. Reiteró en más de un episodio ese rechazo a la codicia, esa avaricia potencial. Arrojó a los mercaderes del templo. Puso en guardia sobre el peligro de la riqueza: «Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad, os lo digo, será más difícil para un rico entrar en el Reino de los Cielos. Sí, os lo repito, más fácil es que un camello pase por el hueco de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos». (Se impone señalar que no se trata literalmente del hueco de una aguja sino de las puertas de la ciudad llamadas agujas). Esa reticencia con la codicia de bienes era propia del Sanedrín repudiado por Jesús. Su prédica sobre los peligros de la riqueza ha sido contradicha por el profeta del neoliberalismo actual, Adam Smith, aunque éste no la tomaba en cuenta para nada. Entra el sol en el signo de Acuario. Se cumplieron dos milenios de cristiandad. Lo que va a regir no son las palabras de Jesús, sino las del Apocalipsis. La codicia sin límites del mercantilismo evolucionado hasta el CAT llegó a un cenit. El dinero ya no es dinero, sino papeles financieros. La decadencia del Nuevo Orden apenas se anuncia en la crisis de la bolsa y de la banca coreanas. Ningún avaro del Nuevo Orden oye el galope de los jinetes destructores. * «Lobby» venezolano en Washington. El Universal, Caracas, 12-1-1998. En ocho apretados párrafos enumerativos de las reglas del juego para alcanzar un propósito, queda develado el caos institucional norteamericano muy parecido a las estructuras complejísimas de la economía. Pero la meta es simple: hacer producir al dinero más dinero. |
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