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El presidente, general Cipriano, en el Panteón Nacional Manuel E. Carrero Caracas, viernes 14 de febrero 2003 Soy cristiano por formación y por convicción, y como tachirense que soy, agradezco al creador el privilegio de ser quien pronuncia el discurso de orden en el ingreso al panteón nacional del primer tachirense que fue presidente de la República de Venezuela y primer tachirense que viene a descansar en este templo sagrado de la patria. ITraemos hoy al Panteón Nacional los restos del general Cipriano Castro, figura polémica en la Historia y en la historiografía venezolana; con defensores y adversarios por lo que hizo y lo que dejó de hacer entre 1899 y 1908 como Presidente de los Estados Unidos de Venezuela Procedente de las montañas andinas, y con poco más de un millar de hombres que en su mayoría jamás se habían apartado de sus aldeas, vino el general Castro a completar la integración política-territorial de la República, y, adicionalmente, a desmontar un sistema político anarquizado, cuyos Jefes expresaban la suma de campamentos regionales disgregadores de la unidad nacional. La región andina y el Táchira especialmente, había sido bajo ese orden político, tierra apropiada para el abuso, el expolio y la rapiña de los caudillos occidentales y los Delegados Nacionales. Con sobrados derechos los andinos llegaron a la Capital para dejar de ser actores pasivos y pasar a ser protagonistas de la vida nacional. Llegó el general Castro al poder en tiempos nada fáciles porque la economía se hallaba en peligrosa merma, los precios del café en descenso, la Caja Nacional exangüe, la deuda pública en mora y la prole caudillista nacida del vientre del liberalismo amarrillo, al acecho del poder «para salvar a Venezuela», tal era la consigna de todo alzamiento armado en aquella época. A esa crítica situación hay que agregar los costos de los distintos alzamientos contra su gobierno y la amenaza de las potencias imperialistas, con apetencias voraces de expansión sobre nuestro territorio tras las riquezas minerales ya inventariadas. En efecto, a lo largo del siglo XIX, Sociedades Científicas y Geográficas de Europa y Norteamérica enviaron a Venezuela exploradores, viajeros y visitantes, a levantar estudios científicos que en realidad eran inventarios sobre nuestras riquezas. Precisamente hace un siglo las potencias imperialistas se disputaban las áreas ricas en materias primas básicas para la producción industrial, los mercados mundiales y los espacios de valor estratégico en la geopolítica de la época; entonces Venezuela fue contabilizada por las potencias como pieza sujeta al reparto y al despojo. Aquellos eran tiempos de agresiones imperialistas en el mundo y los cañones imponían sus leyes. Solo los Boxers en la China, los Boers en Suráfrica y el general Cipriano Castro en Venezuela levantaron la frente ante los abusos y agresiones de las potencias. En esa época igual que hoy, todo lo justificaban las materias primas, los mercados y las posiciones estratégicas. En la carrera para tomar esas riquezas no hubo leyes ni códigos escritos o normas morales que las detuviera. África, Indochina, el Pacífico y Asia Central, habían sido repartidos como botín de guerra, mientras Latinoamérica se hallaba bajo condición de protectorado norteamericano, y Venezuela fue calculada en ese juego de intereses, resultando tan apetecida que las mismas potencias terminaron disputando su dominio. Fue así como surgieron los problemas estructurales de la soberanía venezolana que hoy parecen volver a tomar relevancia en los escenarios nacionales e internacionales, justo cuando el imperialismo porta el disfraz planetario de globalización y esgrime para nuestra América el eufemismo de ALCA, para acogotar nuestras naciones. De modo que no son nuevas estas tensiones,... lo que sí es reciente es el estado de conciencia que nuestros pueblos vienen tomando acerca de la expoliación de sus riquezas y las formas de dominación. Por eso decimos con certeza, al comenzar el siglo XXI, en 2003, que los actuales problemas que enfrentamos los venezolanos surgieron hace unos cien años, por las disputas imperialistas para dirimir quién aprovechaba y quién aprovecha mejor las materias primas que guarda nuestro país. Primero controlaron el alto comercio, las finanzas, los ferrocarriles, la navegación fluvial y marítima, alumbrado, telégrafos, teléfonos y otros conductos neurálgicos de nuestra economía; luego penetraron las frágiles Instituciones del Estado y colocaron sus cipayos y comisarios; después violentaron la cultura ancestral: poco a poco lograron expulsar referentes históricos y culturales de la memoria colectiva, sustituyéndolos por íconos foráneos, hasta introyectar elementos socioculturales ajenos a los rasgos, carácter y temperamento de los venezolanos. Hace un siglo, cuando esto ocurría, aquel hombre de pequeña estatura que fue el general Cipriano Castro, condujo a su paisanaje hasta la Capital en una fugaz y triunfal campaña militar. Llegó al poder encarnando la esperanza de rescatar la dignidad nacional abatida por los beneficiarios de la política y de las guerras civiles. Aquella Venezuela, que adolecía de Instituciones sólidas, le sobraban granujas y embaucadores de la fe pública. Así lo entendieron los jóvenes intelectuales de comienzos del siglo XX, quienes dieron la bienvenida al nuevo Jefe de Gobierno en un Manifiesto público firmado por Santos Dominici, Eduardo Calcaño, Luis Razetti, Pedro Emilio Coll, Carlos León, Ángel César Rivas, Elías Toro, Pablo Acosta Ortiz, Félix Montes, Francisco Antonio Rísquez, Esteban Gil Borges, Emilio Conde Flores y Enrique Loynaz Sucre entre otros. Su llamativo programa de «nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos», fue maleado y desfigurado por los aprovechadores del poder; digamos concretamente: por los amos de la banca, del alto comercio, terratenientes, negociantes, financistas, plumarios, rábulas y cortesanos diestros en las mañas de la adulancia, habituados a medrar jugosos negocios utilizando eficaces astucias heredadas desde tiempos añejos. Sobre esas mañas y mañosos en nuestra Historia, dice Don Mario Briceño-Yragorri en su ensayo La traición de los mejores: «Ningún ejemplo más elocuente presenta nuestra Historia que el de Cipriano Castro. Cuando éste llegó al Capitolio Federal después de una brillante hazaña de guerra, venía rebosante de ideales y de buenos propósitos. No era Castro, como suele ser pintado, un bárbaro caudillo, unido por ombligo de bejuco a la selva nutricia. La Cámara de Diputados había oído su voz chillona, cuando el propio Ejecutivo claudicaba en la cuestión Guayana. Lleno de un fogoso espíritu nacionalista, Castro se mostró en el Parlamento por dirigente de una fracción que censuraba la timidez gubernamental. No llegó tampoco como un Caudillo en el plan de imponer a rajatabla una tribu tachirense. [...] Pero a poco Castro había sido convertido por la camarilla caraqueña en retablo de todos los vicios...». Rodeado de adulantes y oportunistas, el presidente Castro hizo uso y abuso de sus prerrogativas y los excesos fueron frecuentes durante su gobierno. Fue dictador en un tiempo cuando las Instituciones democráticas apenas eran embrionarias en la América Latina y Venezuela aún carecía de la unidad y solidez de un Estado Nacional. Con dolor hay que decirlo: se requerían medidas rigurosas para poner orden y el general Castro no dudo en aplicarlas. En este sentido, críticos, periodistas e historiadores adversarios, fueron implacables y cuajaron matrices de opinión que opacan lo positivo de su gobierno; ¡sépase que algunos lo hicieron para ocultar las complicidades de sus parentelas o de gentes con gran linaje en nuestro país! Escribieron virulentos panfletos, recuerdos y libelos en los cuales registran, probablemente con sobrada razón, acusatorias personales y familiares sobre los desmanes del Gobierno; y en virtud de esas alusiones, el hombre-Castro fue «enjuiciado» por beodo, lascivo y camorrero. No obstante, una Historia menos contaminada sobre el tiempo, las circunstancias y el gobierno del general Castro, comenzó a escribirse desde años relativamente recientes. En ese sentido es oportuno recordar que el presidente Castro puso empeñó para difundir en Europa el procerato y las luces de Hispanoamérica. Esto pedía a su publicista en París, Luis Bonafaux: «Hábleles del gran Bolívar que peleó por la libertad y no por un trono, que conozcan al Cóndor de Ayacucho, que lean a Bello y a otros letrados, a los mejores caudillos de Argentina, a los próceres civiles de México, a los ministros que apenas nosotros conocemos. Después deben saber de nosotros y de los méritos que también tenemos, como afirman allá tienen sus emperadores y gobernadores de hoy.» Y a su Cónsul en Nueva York ordenaba: «Derroque los falsos ídolos, o haga que allá suenen los nuestros para que poco a poco nos vean como semejantes. Venezuela es testigo de un trabajo admirable que debe sorprender a todos los americanos y a los veteranos de la política que apenas saben de Washington y de Monroe. Establezca paralelos; así lo pide el Dios de las Naciones que vela por el destino de la Patria...». Los desmanes de aquel gobierno no se pueden opacar, pero siempre será necesario preguntarse ¿Podría haberse sometido aquel país anarquizado sin aplicar medidas severas? ¿Acaso no había fracasado el gobierno indulgente y de copartidarios del presidente Ignacio Andrade en misión conciliadora? Son interrogantes a considerar en el cuadro de aquel tiempo nada fácil. Ya desalojado del poder el caudillaje beneficiario del liberalismo amarillo, el general Castro tuvo que hacer frente a una coalición de los intereses depuestos, algunos vinculados a capitales internacionales, lo cual significó que esos poderes intervinieran en nuestros problemas. Las potencias imperialistas, con grandes intereses establecidos y propósitos para desmembrar nuestro territorio, tropezaron con Don Cipriano, con el sentimiento patriótico de los venezolanos y con la voz solidaria de los pueblos latinoamericanos desde México hasta Argentina, así como críticas en las propias metrópolis por el desproporcionado abuso contra una Nación pobre, débil e inerme. Desde Argentina la voz de su Canciller, el ilustre jurista Luis María Drago, sostuvo ante el gobierno norteamericano la tesis, reconocida después como Doctrina del Derecho Internacional, de que la deuda pública no podía ser motivo para la intervención armada ni para ocupación territorial por parte de un país acreedor. Basta leer la prensa, los archivos diplomáticos o compilaciones documentales de aquel tiempo para encontrar adhesiones de intelectuales latinoamericanos de la talla de Amado Nervo, de México; Luis Berisso, de Argentina; José Santos Chocano, de Perú; Sanín Cano, de Colombia; Juan Coronel, de Chile; Froilán Turcios, de Honduras; Olavo Bilac, de Brasil; Enrique I. Carvajal, de República Dominicana; Máximo Soto Hall, de Costa Rica; A. Medrado, de Nicaragua; Francisco Gavidia, de El Salvador; José Joaquín Palma, de Guatemala; Julio César Valdez, de Bolivia; Aniceto Valdivia, de La Habana; José María Vargas Vila, de Colombia y voces del otro lado del Atlántico como la de Don Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Salamanca, protestando las tropelías y agresiones de las potencias imperialistas. IILa crisis financiera que padecía Venezuela obligó al presidente Castro a tomar medidas extremas con la banca y los banqueros venezolanos para obtener recursos, lo cual le ganó el odio de los financistas y sus socios extranjeros, quienes lo vieron como un gobernante poco adecuado a sus negocios y decidieron su salida del gobierno en la convicción de que otro gobernante sí admitiría imposiciones. En verdad esas deudas no correspondían al Gobierno del presidente Castro, venían desde la época de la colonia y desde la guerra de Independencia; y al terminar el siglo XIX esa deuda aumentó el peso con el célebre préstamo del Disconto de Berlín, por cincuenta millones de bolívares, suma enorme para esa época, del cual no ingresó al Fisco Nacional un solo centavo porque todo se consumió en pago de deudas, intereses y comisiones, y peor aún, con el agravante de que las reclamaciones sobre este préstamo, y de otras deudas convenidas anteriormente, debían ser resueltos en tribunales extranjeros. Estas circunstancias coincidieron en tiempo y espacio con la avilantez de las potencias imperialistas sobre escenario venezolano para medir rivalidades y posibles conflictos: ¿hasta dónde la potencia del Norte, que mantenía una especie de cerco protector en nuestros países, permitiría la incursión de Europa en Latinoamérica? La agresión a la soberanía venezolana en 1902-1903 fue un desafío entre potencias sobre suelo venezolano. Pero el presidente Castro capitalizó en lo interno y externo la codicia de las potencias. Así lo asegura el historiador Elías Pino Iturrieta, quien fue de los primeros en reivindicar, documental y coherentemente, las ideas nacionalistas de Cipriano Castro: «La respuesta de Castro a la actitud de los países acreedores se caracterizó por una extraordinaria energía que detuvo el apetito imperialista, dio rumbo satisfactorio a las negociaciones diplomáticas, enfrentó la ley de un pueblo en ruinas a los excesos del capital monopolista y fortaleció su autoridad, aprovechando el apoyo masivo que le llegó de todas partes. Sin duda la posición más digna de una nación indefensa ante la voracidad foránea, entonces en renovada competencia por los mercados estratégicos.» III¿Cuáles méritos traen a este Templo de la Patria los restos del presidente Cipriano Castro? El solo hecho de haber levantado la cara frente a las embestidas del imperialismo, en tiempos cuando casi todos los gobernantes del mundo se doblegaban, rendían la dignidad de sus países, y aceptaban violaciones, hace merecedor al general Castro de este reconocimiento. Para los adversarios de este acto que reivindica y hace justicia al general Cipriano Castro, debemos recordarles que en este Templo de la Patria no hay santos. No es el Panteón Nacional una necrópolis para santos, y quien se empeñe en buscarlos perderá el tiempo. Mucho me temo que de insistir en esa tarea, quedaría vacío el Panteón. Aquí reposan huesos y cenizas de seres humanos, es decir: de seres imperfectos, pero con razones para recibir memoria permanente. Los restos del presidente Castro vienen al Panteón Nacional como homenaje a su posición frente a la agresión de las potencias imperialistas, entre 1902-1903, cuando Alemania, Inglaterra e Italia y otras potencias, bloquearon las costas venezolanas bajo el argumento formal del cobro de deudas, pero con el objetivo estructural de desmembrar nuestro territorio. En esa hora menguada el presidente Castro supo despertar y encausar el fervor nacional en defensa de la soberanía con su energía y su verbo puestos en la conocida proclama: «¡Venezolanos! La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria», grito de denuncia ante el país que corrió por llanos y montañas avivando el espíritu de nacionalidad, y que fue impresa y reimpresa en la prensa y en hojas sueltas, repartida en cada esquina de ciudades, pueblos y aldeas: «La planta insolente del extranjero...». En su obra La caída del Liberalismo Amarillo, dice el Doctor Ramón J. Velásquez: «Las declaraciones de los gobiernos de Alemania e Inglaterra determinaron una poderosa reacción patriótica. Manifestaciones, discursos, acuerdos y asambleas señalan una actitud colectiva de sincero interés por la suerte de Venezuela amenazada. Desde La Rotunda, los presos piden ir en las avanzadas del ejército que vindique la ultrajada dignidad de Venezuela. La Corte de Casación protesta solemnemente la ante Dios y ante el mundo contra el insólito atentado; la Corte Federal manifiesta su decisión de acompañar al Jefe del Gobierno en todas las providencias que dicte en defensa de la Nación. [...] Una manifestación de universitarios llega hasta el Palacio y el orador jura en nombre de la juventud, sostener nuestros derechos ante la rapacidad del extranjero». Nunca antes vio Venezuela un levantamiento nacional en defensa de sus derechos y su territorio como en 1902, aunque había padecido varios bloqueos durante el siglo XIX. Dice Domingo Alberto Rangel en su libro Los andinos en el poder: «Más de cien mil venezolanos acudieron a las jefaturas civiles a buscar armas para integrar el ejército patriótico. Joyas y dinero cayeron en las arcas del gobierno. Es el ejército más grande que se haya formado en el país. La Nación volvió a ser como en los tiempos de la Independencia», y agrega que a Castro «en 1902 le llegó el momento de ser el último de los Presidentes venezolanos con pasta de héroe. Y lo fue plenamente, sin cobardías ni mezquindades. [...] Se necesitaba poseer quilates espirituales muy bien probados, convicciones profundas y valentía que no trepidara para enfrentarse a aquella coalición de potencias». El general Castro viene aquí porque, aunque cedió ante la descomunal ventaja del poderío naval de las potencias imperialista y por la celada de presiones que le tendieron las «fuerzas vivas» de banqueros, comerciantes y levitas, apremiándolo a dejar el problema en manos del Embajador de Estados Unidos, no se acobardó ante la brutal agresión. Hay que ser sinceros: aquellas colosales fuerzas navales no tenían rivales en ninguna parte del mundo, ni siquiera Estados Unidos las igualaba. Viene el general Castro al Panteón Nacional porque bajo su Gobierno puso fin a la terrible peste de las guerras civiles, batiendo al «fiero caudillaje» conjurado en la Revolución Libertadora, por cierto financiada y apoyada por una cruzada de capitales nacionales e internacionales, en la cual se enfrentaron unos dieciséis mil enemigos del Gobierno contra unos seis mil soldados castristas en la más larga batalla de la historia militar de Venezuela, y en cuyo desenlace se dio la paradoja de que una minoría organizada y bajo el mando de un genuino Jefe derrotó a una mayoría anarquizada y confusa. La Libertadora, dirigida por el principal banquero de Venezuela, Manuel Antonio Matos, fue costeada por la compañía New York and Bermúdez Company y apoyada por el Cable Francés, la Orinoco Shipping Company, el Ferrocarril Alemán, el Disconto de Berlín y filiales de esas empresas en varias partes del mundo. Derrotada esa coyunda de intereses nacionales y foráneos, comenzó el tiempo de paz que desde entonces vive Venezuela, y que abrió el camino a la institucionalidad y a la formación de lo que podemos llamar, con cautela, el Estado moderno en Venezuela. Llegó el general Castro a hilvanar la integración del país y a terminar la dispersión. Primera de esas Instituciones fue el actual Ejército Nacional, cuyos inicios datan de la reforma constitucional de 1904, la cual estableció la transformación y estructuración de las milicias gubernamentales en cuerpo armado orgánico, con rango académico y doctrina nacional. A partir de 1904 el presidente Cipriano Castro, abrió juicios en el exterior contra empresas que violaron nuestra soberanía, financiaron revoluciones y desacataron las leyes venezolanas, principalmente a la New York and Bermúdez Company, la Orinoco Steamship Company, la Compañía de Aguas de Caracas, la Compañía de Luz Eléctrica de Caracas, la Orinoco Corporation, la United States and Venezuela Company, el Ferrocarril Alemán y el Cable Francés. El presidente Castro resultó ser un gobernante incómodo para los codiciosos intereses foráneos; tanto que en 1904, el Embajador estadounidense en Caracas, señor Herbert Bowen, sugirió al Departamento de Estado ejecutar el Plan Parker, urdido por el Agregado Militar de aquella potencia, y que consistía en desembarcar infantes de marina en las costas venezolanas, secuestrar al presidente Castro y colocar un títere al frente del gobierno venezolano. Son datos para recordar el sentido patriótico de quien a partir de hoy viene a descansar en el Panteón Nacional. Patriotismo que intereses y viejos rencores y rencores habían subordinado; pero la Historia coloca a cada quien en su lugar por encima de toda circunstancia. Muestra de ello es el aquilatado elogio del afamado escritor José Rafael Pocaterra, enconado adversario del general Castro, de quien sufrió prisión engrillado, pero quien al saber su muerte en diciembre de 1924, publicó en la prensa la siguiente confesión: «Descanse en paz el general Cipriano Castro. ¡Es horrible lo que me ocurre! Le odié en vida, le combatí, le clavé en la picota de mis libros; y hoy muerto, desde el fondo de mi sangre venezolana, la admiración a su valor, a su energía, a su inteligencia ¡a haberse hecho a puño propio desde un remoto villorrio perdido en las vueltas de Cordillera! sacude mis nervios y cubre su recuerdo con una honrada simpatía, con un deseo absurdo de que no hubiese sido lo que fue para no tener que decir lo que dije... »Que Dios haga con él justicia completa, ya que la nuestra es siempre deficiente en la tierra...». Hoy, 14 de febrero de 2003, centenario del levantamiento del bloqueo a las costas venezolanas, rogamos al Creador para que en este Panteón Nacional, descanse en paz el general Cipriano Castro. ¡Que así sea...! |
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