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Carta a Miguel Ángel Burelli Rivas

 

Mario Briceño-Iragorri

Mi querido Miguel Ángel
Madrid, 13 de septiembre de 1955

Señor Dr.
Miguel Ángel Burelli Rivas
Mérida

Mi querido Miguel Ángel:

La falta de noticias de Uds. nos tenía profundamente angustiados. Gracias a Dios llegaron al fin cartas suya y de María. Por ellas sabemos pues, que están bien de salud, aunque agobiados de pena por la suerte del hermano. Sin embargo, creo que él no cambiaría su destino actual por el holgado de muchos compatriotas, como tampoco cambiaría yo mi doloroso destierro por el placer que allá disfrutan hombres mil.

La noticia de que Ud. se pondrá frente de la Escuela de Humanidades de la Universidad de Mérida, me llena de satisfacción Nuestro mundo cultural reclama una inmersión humanística. Hemos sido víctimas de saberes inconsistentes. En todas los órdenes de la vida campea la insuficiencia presuntuosa.

Sobre las páginas de un diario madrileño miro justamente hoy la fotografía de un desairado edificio de siete plantas, levantado sobre resistentes pilares, y el cual ha sido construido recientemente en la barriada de La Florida, de nuestra querida Caracas. Carece de primer piso y puede decirse, según apunta el título, que ha sido montado al aire.

Fotografía y comentario constituyen un elocuentísimo resumen simbólico de lo que es nuestro mundo venezolano presente y de lo que ha venido siendo nuestra cultura de última data. Como pueblo y como intelectuales, carecemos de primer piso. Hemos sido alegremente montados al aire.

Adelantándome a presentar mi propia obra de hombre y de escritor como testimonio de esta realidad dolorosa, he insistido en forma fastidiosa sobre ese tema tremendo. Desde mi Caballo de Ledesma, aparecido en 1942, hasta mis más recientes ensayos: Mensaje sin destino, La tradición de los mejores, Aviso a los navegantes, Problemas de la juventud venezolana, he venido machaconadamente dando sobre esta circunstancia transida de angustia. Varían los programas de enseñanza, se alteran los pensa de las facultades, se suman nuevas técnicas al proceso difusivo de la cultura, y si bien la horizontalidad algo gana, el rumbo y la profundidad permanecen en su actitud original.

No tenemos primer piso. Estamos montados al aire. Jamás símil más perfecto de nuestra realidad de pueblo o de nuestra específica realidad cultural. Nuestro país, en el área de la interioridad, sigue siendo realmente lo que este orden arquitectónico montado al aire. Carecemos de fondo donde hallen resistencia defensiva los grandes valores que constituyen lo humano. No tenemos primer piso.

La cultura humanística aporta una serie de elementos que ayudan a la conquista de un saber útil. Lógica, lenguas clásicas, gramática superior, antropología, ontología, pondría yo al principio de cualquier curso que intente proporcionar una formación de primer piso. Por aquí debiera comenzar toda disciplina superior. Sin estos ingredientes iniciales se hace difícil entender en forma provechosa el derecho, la historia, la política. A mis crecidos años, me he visto precisado a regresar a estas materias, pasadas a la ligera en mis años mozos. Filosofía general y principios del derecho son mi pan de cada día.

La crisis del humanismo en nuestra universidad caraqueña, culmina con el positivismo de Ernst y de Villavicencio. Sin embargo, los estudiantes que aprovecharon directamente el empirismo y el materialismo de las nuevas ideas, tomaron a la vez el último rescoldo humanístico (Alvarado, Gil Fortoul). Unido este desahucio de las viejas letras con la descatolización promovida por el guzmancismo, se llegó a mirar la filosofía clásica y el latín como disciplinas ordenadas a la vida clerical. Cuando comencé a estudiar latín en 1909, la mayoría de mis compañeros y yo celebrábamos nuestra desgana por el rosa, rosae como testimonio de «altiva irreligiosidad». Allá Américo Valero con su empeño de latinizar, que pensaba entrar a seminarista.

La irreligiosidad fue signo de la moda. También por aquellos tiempos se miraba como signo de hombradía padecer cualquier morbo venéreo. Atacar la enseñanza religiosa y negar el sentido religioso de la vida se tomó por señal de distinción republicana. Para pensar bien, sólo servían los postulados de la «razón física», por donde se llegó a un sociologismo pesimista, que intentó acabar y está acabando con todo impulso de ascensión popular. Mientras tanto las buenas prácticas cívicas no contaban. La impiedad ocupó el puesto central en el orden de la cultura de los iconoclastas. Fulano era muy liberal, sí, porque atacaba a la Iglesia, mientras practicaba los métodos más reñidos con la justicia. La libertad fue un mero supuesto para provecho propio. Libertad para pensar al antojo, mas no para admitirla como patrimonio del pensamiento ajeno. Libertad sin alteridad, que hizo de los pseudoliberales una manera de teólogos sin Dios, empeñados en defender la intangibilidad de sus dogmas. Cualquiera recuerda el pronunciamiento dogmático de la Academia de Medicina sobre la teoría evolucionista. De otra parte, se tomó el ser religioso como talante de beatos y sacristanes; hasta miróse al hombre católico como elemento ineficaz en el orden social. Hacer pública la fe se juzgó cosa pueril y tonta. Al mismo tiempo, por un error de apreciación de circunstancias, la religión fue presentada desde el propio ámbito cristiano, «como un moralismo, cuyo ideal parecía reducirse, para escribir con palabras de Charles Mollear, a reglas formales, universales, negativas, restrictivas y extrínsecas». La religión se enmarcó en un cuadro inmóvil y timorato, que subyace aún en el criterio asustadizo y desleal de quienes por no haber llegado a intuir la luminosa realidad de Cristo, ignoran lo que significa la propia doctrina evangélica.

Enhebrando de nuevo el tema de las causas del menosprecio en que cayeron los estudios clásicos, apuntaré que muy pocos han parado mientes en la responsabilidad que en el caso tiene don Cecilio Acosta, justamente nuestro último gran humanista del siglo xix. Junto con su vertebración clásico-católica, don Cecilio gozaba ideas progresistas. Había ambientado don Cecilio su espíritu al rescoldo de ideas liberales tomadas en parte de la España de fines del xviii y de la propia Revolución Francesa. Don Cecilio estaba, también, muy tomado por el fervor de la gran era industrial, abierta a la esperanza creadora del mundo. Miró al mismo tiempo en la decadencia a que había llegado la enseñanza filosófica y literaria en la golpeada Universidad, y fácil le fue juzgar que el momento reclamaba una orientación más práctica de la enseñanza. El manifiesto «Cosas sabidas y por saber» tiene su airecillo iconoclasta. En él aboga razonablemente nuestro amable humanista por la provechosa difusión de la técnica y aconseja, también, la eliminación de las disciplinas sin fines prácticos. Todos estamos con don Cecilio acerca de la necesidad imperiosa de difundir las escuelas primarias y las escuelas de artes y oficios. El extraordinario valor de éstas no contradice, en cambio la reclama, con una bien orientada cultura superior y media. Sin las aportaciones de ésta no es posible hacer eficaz la enseñanza primaria. Primero hay necesidad de preparar los maestros que juntar a los alumnos. Antes que buscar lectores para los libros, precisa solicitar quienes los escriban y los impriman. Antes que obreros especializados, las grandes industrias reclaman ingenieros, químicos, electricistas, de formación universitaria, que integren con los prestadores de trabajo la unidad constructora de la empresa. En aquellos años, un mal latín y una filosofía anquilosada reclamaban una superación de sistemas y no su menosprecio como instrumentos de cultura y de progreso.

Lamentablemente ciertos demagogos, que nada hicieron ni han intentado de hacer a favor del pueblo, reniegan todo prius que se conceda a la cultura superior, como si el pueblo no tuviese acceso a ella. En nombre del pueblo piden un rasero que baje las propias posibilidades de las clases desasistidas económicamente; y de error en error han llegado a suprimir la gratuidad de la enseñanza universitaria, como medio que impide la nivelación hacia arriba de los cuadros sociales.

En los años que corren del 870 al 900 es necesario fijar la hora de los iconoclastas. De Luis López Méndez es del único que tengo algo en mi raquítica biblioteca. En un artículo sobre enseñanza laica, publicado por 1887, asienta cosas tan disolventes como la que al azar copio: «La historia de la civilización está ahí para probar que la moralidad no aumenta sino por cambios en el mundo cerebral». En su artículo López Méndez recomendaba eliminar la moral cristiana para enseñar en lugar suyo una moral estatista. De esos buenos polvos vienen los malos lodos donde se atascan las instituciones libres. Con descristianizar la cultura y las raíces del Estado, prepararon la desoladora avenida que acabó con todo. En cambio, ¿qué nos dieron? Literatura agradable y mal ejemplo. César Zumeta, cuya muerte ha sido ocasión para que se le rinda el homenaje debido a sus extraordinarias dotes literarias, nos regaló con un admirable estilo y con una rebeldía abortiva. Sus panfletos de principios de siglo entusiasmaron a los jóvenes. Sus escrituras, tan contorsionadas como de quien halla semejanza entre León XIII y Voltaire, fueron aplaudidas por la gracia arquitectónica del estilo. Mas, cuando pudo ayudar al progreso y a la vitalidad de las instituciones, ayudó, por lo contrario, a la ruina de la idea constitucional. ¿Cuál fue la contribución práctica a la vida cívica de Venezuela que prestaron los hombres de la generación de Zumeta? Si se examina su obra con ojos serenos, se ve que dejaron un nivel inferior al político de su juventud; mas, con su propia conducta madura, contrahicieron lo que habían condenado. De ellos podría decirse lo que Joung ha escrito respecto a los iconoclastas ingleses: «Han creado un mundo de conejos hipnotizados por las serpientes y dominado por el sentimiento de la perplejidad». Esto lo robustece un detalle simplísimo: ¿Puede tomar la juventud a alguno de esos famosos inconoclastas como arquetipo indiscutible? ¿Sirven sus ideas y su conducta para construir algo perdurable en el orden del pueblo? ¿Dónde está la República que los iconoclastas limpiaron de fantasmas? ¿Por qué nuevo valor sustituyeron el «temor a Dios», que tanto desagradaba a López Méndez como móvil de conducta social? ¡Ah, vano espejismo! Renegaron la debida religación con la Divinidad, para fomentar inconscientemente, so color de libertad, los vergonzosos ligámenes y los temores espantosos que anulan la dignidad de la República.

El examen de nuestra cultura rococó de fines del ochocientos y principios del siglo xx lo está pidiendo a gritos nuestro país. Urge ir a fondo en este discrimen de valores y de contra-valores, cuya glosa cabal podría ayudarnos a mirar la razón de gran parte de nuestras dolencias públicas. Veríamos, con frase de Julien Green, cómo «toda la educación moderna nos ha armado contra lo espiritual».

De veinticinco o treinta años a esta parte se ha puesto en resalto una corriente que busca la resurrección de Dios en el orden de la vida (yo mismo he servido, así se me haya atacado desde ángulos pseudocatólicos, con mi insignificante grano de arena en esta noble causa). Esa corriente ganaría mucho si se desnudasen las razones de la quiebra anterior de la religiosidad y se la mirase como eficaz coadyuvante en el proceso de desagregación que llegó a culminar en la inversión de los valores del institucionalismo.

Le doy pues, tema de trabajo. La nueva universidad ha de hacerse presente en el mundo venezolano por medio de una densa aportación formativa y crítica. La cultura de charol ha sido y sigue siendo nuestro fardo más pesado. La carencia de principios es nuestra falla peor. Como pueblo y como individuos obramos sin pensar en nuestro destino. ¿Constituimos una auténtica comunidad? ¿No traduce acaso nuestra conducta el efecto de que no hubiésemos superado aún el individualismo anárquico del yo, del tú, del él, negados, en consecuencia, a la realización fecunda del nosotros? Nuestra falta de responsabilidad y de solidaridad cívica tiene su razón última en la ausencia de la alteridad sobre la cual radican los valores jurídicos. Solón hallaba el espíritu de justicia sólo en comunidades donde los no perjudicados se sientan tan lesionados como los que reciban el daño. Para mí todas nuestras deficiencias son fruto fatal de la culpable incomprensión de nuestro destino humano.

En carta del año pasado le apunté la necesidad del estudio de la Filosofía del Derecho y la Universidad necesita producir juristas más que abogados. Los abogados se truecan con frecuencia en enemigos eficaces del Derecho. Han llegado algunos a convertirse en enemigos del pueblo y de la nación. Los abogados suelen olvidar la admirable enseñanza que nos legó Gentile al declarar la «identidad de Derecho y Moral en la vida concreta del espíritu». En un mundo formado a la luz de ideas cuya resonancia supere al vulgar interés, se haría más fácil el escogimiento de las normas que configuran la conducta social. A eso ha de tender la Universidad. Su fin es juntar y moldear hombres más que fabricar profesionales. Su principal empeño debe consistir en acercar a los jóvenes a la comprensión de una auténtica dimensión de lo humano, que los salve, por medio del equilibrio entre la libertad y el deber de caer en la filosofía de la angustia a que han sido empujadas las presentes generaciones. Es decir, la universidad debe ayudar al joven a hacerse una conducta. Si ayer esta misión fue negada y traicionada, hoy precisa llevarla a su más vigorosa autenticidad. Así la hora sea por demás difícil, la Universidad debe dar a la juventud luces que orienten su derrotero en medio de la profunda oscuridad de la hora terrible de un mundo arruinado por la propia inteligencia. Un retorno a las humanidades —lógica, letras clásicas, metafísica— pudiera hacer que en las nuevas promociones se avive el ansia de la sabiduría. La inteligencia no atina muchas veces a diferenciar los caminos de Dios de los caminos de Satán. Los caminos de la verdad de los caminos de la mentira. La inteligencia tiene aún luz mundanal. La sabiduría ha superado en cambio, todo reclamo sensual. La inteligencia no sabe a veces diferenciar el placer (individualista y embotador) de la alegría (altruista y luminosa).

La carta va larga y precisa ponerle término. Ojalá le aprovechen algunas ideas. A su mamá y hermanas afectuosos saludos. A Quintero un buen abrazo y que no olvide escribir. A María y a María Guadalupe besos y bendiciones.

Lo abraza su aftmo.

MBI

Miguel Ángel Burelli Rivas (1921). Trujillano. Abogado, profesor universitario, político, escritor, diplomático. Ha sido Ministro de Relaciones Exteriores en dos oportunidades. Esposo de la hija menor de don Mario, María Briceño Picón.

(En: Mario Briceño-Iragorry. Cartas con destino (Correspondencia inédita). Compilación y notas: Rafael Ángel Rivas Duarte. Prólogo: Elías Pino Iturrieta. Caracas: Comisión Presidencial para el Centenario de Mario Briceño-Iragorry, 1998).



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