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Lo que las mujeres quieren

El Nacional, miércoles 13 de junio de 2001

Siete de la mañana. La clase de tae bo empieza al ritmo de una marcha brasileña que rápidamente se transforma en un hip-hop con su increíble mezcla tecnológica de funk, reggae, disco music, cantos gregorianos, baladas y jingles de televisión. El único hombre de la clase es el instructor, todas las demás son mujeres. Todas trabajan, todas tienen celulares que se oyen timbrar casi al ritmo de la música. Buena parte de ellas tiene hijos que a esa hora ya están en la escuela o van en camino. Todas miran sus cuerpos en el espejo del salón, escrutan rigurosamente sus músculos ganados literalmente con el sudor de su frente y estudian con vocación de vernier los centímetros de grasa que aún se resisten a tanto puñetazo, patada, rotación de cintura y movimientos de nalgas. Al terminar la hora, todas resuelven problemas profesionales y caseros por teléfono. Todas apuran el paso, es tiempo de la siguiente rutina.

Ninguna de estas amazonas parece necesitar la fuerza de un hombre para montar un caucho, abrir una lata o descorchar una botella de vino. Pero si así fuera, desde que se inventaron los aparatos inteligentes (mecánicos, eléctricos o electrónicos) que reparan cauchos, abren latas o descorchan botellas de vinos existe la posibilidad de sustituir el gesto masculino por estas silenciosas y eficientes maravillas técnicas. Los hombres devienen superfluos en las tareas relacionadas con la casa, el jardín y el automóvil. En todo caso, el trabajo que no hacen las máquinas se les compra a los especialistas. Una mujer puede escoger entre hacerlo por sí misma, pagar el especialista o dejar que su hombre resuelva el asunto (con o sin el artefacto). La elección puede depender de una cuestión de dinero, pero en relación con la pareja la necesidad de que el hombre realice el trabajo se convierte en un asunto estético más que en alguna otra cosa.

Las abuelas de estas amazonas se casaron para tener hijos. La ecuación matrimonio-sexo-hijos era ineludible. Las hijas nacidas de estas abuelas aprendieron a separar el sexo del matrimonio, gracias entre otras cosas a la píldora anticonceptiva y las tecnologías de control de natalidad que fueron desarrollándose a partir de los 60. Casarse, tener sexo y tener hijos empezó a ser un triángulo cuyas puntas podían separarse a conveniencia. Dudar acerca de la necesidad de tener un hijo fue una plataforma que se sirvió con la revolución cultural y tecnológica. Las amazonas de hoy pueden ir incluso más lejos: escoger si tienen un hijo con pareja conocida o sin ella. Con las posibilidades dispuestas por las tecnologías de reproducción artificial, los bancos de semen y sus laboratorios de tratamiento in vitro sustituyen las funciones reproductivas del hombre de carne y hueso, si bien no pueden hacerlo respecto a sus funciones sexuales.

No crean los amigos lectores que estos escenarios plantean sólo comodidades para la mujer. Segura estoy de que frente a la ausencia de elecciones la vida puede exhibir toda clase de durezas, pero la incertidumbre no es una de ellas. Mi abuela no podía plantearse ninguna duda respecto al matrimonio y la maternidad, para ella se trataba de un destino. Las mujeres de mi generación y quienes nos siguen tienen frente a sí un mapa lleno de encrucijadas que deben considerarse en relación con la carrera, la maternidad, la pareja, y que suponen como con toda elección que algunas cosas se dejan de lado. Parece bastante fácil la decisión de sustituir el músculo masculino por un moderno y bien diseñado descorchador de vino, no así la de sustituir al padre del futuro hijo por una muestra de semen escogida en un catálogo on-line. En todo caso, las posibilidades obligan a las mujeres a afinar las percepciones acerca de lo que quieren y a exigir de sus parejas otro tanto.

Si no necesitamos a los hombres para que descorchen el vino, arreglen un caucho, carguen maletas o abran las latas ¿qué es lo que queremos de ellos? Quizá lo que la tecnología aún no puede darnos: el gesto amoroso y galante.


María Eugenia Esté en La BitBlioteca
Carolina Espada, De mujer a mujer

María Eugenia Esté: abogado graduada en la Universidad Central de Venezuela, candidata a doctor en el postgrado de FACES, UCV con un trabajo de tesis en torno al tema de la construcción de subjetividad y la tecnología. Es profesora de «Sociología de la Técnica y la Tecnología» en la Escuela de Sociología de la UCV e imparte un seminario en el postgrado de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, titulado «Dispositivos Tecnológicos».


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